IMPROBABLES nº 11 - Davood Koochaki
Este contenido es un extra que acompaña a la publicación IMPROBABLES nº 11 - Davood Koochaki. Se trata de dos textos y una galería de fotos.
Los textos se despliegan pinchando sobre el idioma de cada uno.
Davood Koochaki
داوود کوچکی
► Texto en español
Davood Koochaki
En el corazón de los arrozales eternamente húmedos de Guilán, cerca del bullicioso mercado de los viernes de Rasht, nació en 1939 un niño en el seno de una familia numerosa. Su nombre, años después, resonaría en la historia silente del arte como una melodía cargada de dolor y asombro: Davood Koochaki.
No vino al mundo en una casa luminosa y serena, sino en una choza de miseria y desamparo. Era hijo de un campesino sin tierras, y el sonido de las hoces segando el trigo y el susurro de los campos de arroz mecidos por el viento fueron las primeras nanas que acunaron su infancia. Antes de que las manos de su madre pudieran darle suficiente calor, las suyas, aún pequeñas, fueron entregadas al azadón y la hoz.
¿Escuela? Un sueño imposible. Jamás se sentó en un pupitre. Aprendió el alfabeto de la vida no de labios de un maestro bondadoso, sino en la voz implacable de la pobreza.
A los nueve años, una noche cualquiera, bajo las estrellas mudas del cielo del norte de Irán, huyó de casa. No por falta de amor, sino por hambre. No por rebeldía, sino por ansias de vivir. Se dirigió a Teherán, la capital, que para un niño sin amparo se parecía más a un monstruo devorador que a una ciudad de promesas.
Durante años sobrevivió realizando trabajos anónimos, sin futuro ni nombre: sirvió como mozo en casas ajenas, vendió cigarrillos en las calles, llevó agua y sirvió té en oficinas, hasta encontrar refugio en un taller de reparación de autos. Allí, el martillo golpeando el metal fue la música que marcó el inicio de su redención. Comenzó como aprendiz, desde lo más bajo, con las manos heridas y el estómago vacío. Dormía por las noches en coches oxidados, al fondo del taller; no tenía manta, pero sí sueños.
Pasaron los años. Aquel niño sin techo se convirtió en un maestro del oficio. A los veinticuatro años, con las manos endurecidas por el trabajo y el alma templada por la lucha, fundó su propio taller: un pequeño imperio de fuego y herramientas, forjado desde la nada.
¿Y el amor? También fue suyo. Amaba a una joven cuya familia no aceptaba el matrimonio. Pero Davood, como los héroes de las leyendas antiguas, tomó su mano y huyó con ella a Teherán. Juntos, con el corazón repleto de esperanza, comenzaron una vida nueva. De ese amor nacieron cinco hijos… y quizá cinco razones más para enfrentar con bravura los embates de la vida.
Esta es la génesis de la leyenda de Davood Koochaki, el hombre que, tiempo después, con lápices humildes, daría vida a un universo lleno de misterio. Pero antes de ser artista, fue un héroe anónimo de una guerra desigual contra la pobreza, el destino y la soledad.
En las profundidades de un Teherán saturado de humo, tumulto y cansancio —cuando las callejuelas exhalaban olor a alquitrán, gasolina y derrota—, Davood Koochaki, aquel niño hambriento de los arrozales de Guilán, libraba un combate silencioso contra la vida. Se había convertido en un maestro de la mecánica, un artesano del metal y la grasa, pero su corazón seguía latiendo bajo el yugo de la pobreza y las memorias amargas del pasado.
Sobre sus hombros caía el peso implacable de la existencia: el cuidado de una familia de siete personas, jornadas de trabajo extenuantes, la soledad, la fatiga acumulada. Al caer la noche, cuando el silencio reptaba por las frías aceras de la ciudad, Davood encontraba refugio en bares y tabernas. En los rincones semioscuros de las licorerías, sorbo a sorbo tragaba sus penas contenidas, con la esperanza de olvidar, con la esperanza de hallar un instante de paz.
Era entonces un hombre irascible, hosco, colérico; un alma cansada a la que ni siquiera su propia familia le lograba esquivar el fuego que lo consumía por dentro.
Pero el destino —ese viejo hechicero caprichoso— había preparado otro rumbo.
Un día, un coche averiado, como un corcel herido, fue llevado hasta el taller de Davood. Lo conducía un hombre de mirada penetrante y rostro pensativo: Dariush Mehrjui, célebre cineasta iraní. A su lado, Dr. Gholam-Hossein Sa’edi, médico, poeta y escritor de verbo afilado y espíritu rebelde. Ambos trabajaban en medio de la creación de una de las obras maestras de la Nueva Ola del cine iraní.
El taller de Davood fue para ellos una simple parada… pero esa breve coincidencia abrió una puerta hacia un mundo inesperado.
Sa’edi, un escritor forjado en el crisol del exilio, la lucha y la marginalidad, de ideales firmes y alma de izquierda, intuyó rápidamente la herida viva en el interior de Davood. Tal vez reconoció algo familiar en su mirada exhausta; tal vez escuchó, en su silencio, un grito antiguo.
Aquel encuentro fugaz se convirtió en una amistad profunda. Sa’edi lo introdujo en los círculos intelectuales de la época. En cafés humeantes y reuniones nocturnas llenas de debate y pasión, Davood descubrió por primera vez otro universo: un mundo hecho de ideas, arte, política —un lugar donde las palabras eran espadas, y las plumas, faroles encendidos en la oscuridad.
En aquellas soledades llenas de voces —los cafés humeantes, los rincones efervescentes de la noche—, Davood, el hombre del hierro y la llave inglesa, comenzó a cruzarse con rostros que cada uno, a su modo, era un pilar de la cultura contemporánea iraní. Poco a poco, se habituó a escuchar, a reflexionar, a contemplar el mundo con una mirada nueva. Era como si el alma que durante años había permanecido encadenada en un rincón oscuro de su ser, comenzara al fin a liberarse...
Y aquello no era sino el inicio de su despertar.
En esos años, Irán hervía como una caldera sobre el fuego de los cambios. La política, la sociedad, la economía —todo temblaba en sus cimientos. Las semillas de la revolución ya se sembraban en la tierra oscura de la patria. Las calles habían dejado de ser simples pasajes; eran arterias palpitantes por donde corría la sangre de una juventud sedienta de libertad.
Los cafés, las universidades, los callejones, todos se habían transformado en pequeños campos de batalla intelectual. Y en medio de todo ello, Davood Koochaki, aquel hombre callado del hierro y el aceite, caminaba sin saberlo en el corazón de uno de los capítulos más cruciales de la historia de su país.
No dominaba el alfabeto, ni su mano conocía la intimidad de una pluma. Las teorías políticas, los términos grandilocuentes, le eran ajenos. Pero tenía algo más valioso: ojos despiertos y un corazón que buscaba.
Ya no era el hombre hosco de las noches alcohólicas. Aquella copa amarga que alguna vez alzara para olvidar había sido reemplazada por la sed del conocimiento.
Cada noche, tras cerrar el portón del taller con su mano endurecida por los años, se dirigía sin demora a los cafés donde el aroma del café se mezclaba con el humo de cigarro y las voces entrelazadas de discusiones, proclamas, indignación.
Allí se reunían hombres y mujeres —cada uno, una pequeña llama en medio de la oscuridad.
Davood se sentaba en un rincón; no como sabio, sino como sediento ante una fuente. Con la boca entreabierta, a veces asombrado, a veces inquieto, escuchaba. Cada palabra, cada consigna, cada relato de cárcel y exilio, encendía una chispa en su interior.
Entre tantos rostros encendidos y mentes en ebullición, Davood era como un niño que comenzaba a aprender el idioma del mundo. No escribía las palabras, pero las grababa en su memoria. No sabía cómo se deletreaba «ideología», pero conocía el dolor. No podía explicar qué era la «dialéctica», pero sabía cómo se sentía la injusticia.
Y eso bastaba para que regresara a casa con el alma agitada, los pensamientos en tormenta, y una mirada que ya no se posaba solo en el metal, sino en la historia, en el ser humano, en el porvenir.
Sí, en aquellas noches oscuras y envueltas en bruma, Davood vivía al margen de la mayor batalla de ideas de su tiempo. Sin saberlo, él mismo se había convertido en un eslabón dentro de la cadena del despertar de un pueblo. Un eslabón silencioso, pero esencial. Y tal vez, en ese silencio, yacía el grito más profundo que jamás pronunció.
En los últimos días invernales de una década convulsa, Irán —como un volcán furioso— estalló desde sus entrañas. Era 1979, y la revolución, como una tormenta inevitable, arrasó con la frágil calma de aquellas noches humeantes de café y los susurros clandestinos en callejones oscuros.
Davood, aquel herrero silencioso, quedó atrapado en medio del fuego de la transformación, viendo cómo uno a uno, sus amigos y compañeros se esfumaban como hojas al viento.
Algunos, aquellos con quienes había compartido cigarrillos y escuchado debates con la boca entreabierta, fueron colgados en plazas públicas; otros huyeron en la sombra de la noche, invisibles y urgentes; y los pocos que quedaron, fueron condenados al encierro y la tortura, en mazmorras donde hasta los gritos se desvanecían en la piedra.
En medio de este desgarro, la soledad se posó sobre los hombros de Davood como un murciélago inmenso: pesada, negra, helada. Ya no había risas, ni voces de gramófono, ni la cálida luz amarilla de las lámparas de café temblando sobre las paredes. Todo se había apagado. Como si incluso Teherán hubiera contenido el aliento.
¿Y Davood? Aquel hombre de alma rebelde y corazón vulnerable se replegó hacia las cavernas más profundas de su ser, como quien se oculta en una gruta sin fin. En la soledad del taller, entre el silencio y el abandono, abrazó el opio, no como evasión lujuriosa, sino como alivio del dolor. El mismo que alguna vez domó el hierro con el martillo, ahora, con manos temblorosas, depositaba la pavesa de la droga en una escudilla mortecina, buscando amparo en la bruma muda del olvido.
Desde la juventud, entre los grises pliegues de días duros y sin tregua, sentía un impulso primitivo hacia la pintura. A veces, entre el ruido del trabajo y el cansancio, tomaba un lápiz y dejaba que su mano trazara rostros, paisajes, figuras fugitivas que se le escapaban del pensamiento. Pero la vida, esa verduga implacable, no le dio respiro. El tiempo no le ofreció tregua para cobijar y nutrir aquel don dormido. Lo que hacía falta era pan, no pintura; una pala, un martillo, no un lápiz.
En los años del derrumbe y la sombra, ya en la cuarta década de su vida, cuando la soledad se había convertido en un velo espeso que lo envolvía entero y el eco de una voz amiga había desaparecido por completo, Davood, en secreto, volvió a refugiarse en la pintura.
De noche, cuando el taller quedaba inmóvil y la ciudad se deslizaba en su propia oscuridad, encendía una luz tenue, desplegaba una hoja de papel y comenzaba a trazar líneas que no nacían de escuela alguna, sino de los abismos más hondos de su alma.
Sí… justo en aquellos instantes en que los demás lo creían roto y enmudecido, su alma seguía dibujando en silencio; sin alardes, sin palabras, pero con una hondura devastadora. Deslizaba el lápiz sobre el papel solo para sí mismo; para ese corazón cansado, solitario, herido. Para ese hombre que hasta entonces solo había hablado el idioma del hierro, y que ahora quería gritar en silencio—con líneas salvajes, insumisas, indómitas.
Y fue ese el comienzo de algo nuevo. Sin saberlo, en medio de aquel exilio amargo, Davood había sembrado una semilla que un día habría de florecer…
Al atardecer de unos años llenos de sombras y silencio, cuando el sol de la vida ya no lo abrazaba sino que caía pálido y frío sobre su horizonte, una brisa suave sopló desde el rincón más cálido de su existencia: su familia.
Una brisa no nacida del áspero roce del trabajo, sino del delicado soplo del arte.
En medio de aquella soledad sin fin, el hombre que había pasado su vida entre engranajes, grasa y el yunque del taller, volvió a tomar el lápiz, aunque esta vez no solo por tristeza, sino empujado por el murmullo alentador de una melodía nueva.
El esposo de una de sus hijas, un hombre culto, pintor profesional y maestro del color y la forma, lo vio… y sin que Davood se lo pidiera, sin necesidad de palabras, le tendió la mano. En medio de la oscuridad, encendió una vela. En el silencio de aquellas noches interminables, le dijo: «Pinta, Davood … deja que esa mano, que toda una vida golpeó el yunque, ahora dé a luz algo nuevo.»
Su yerno, un hombre sereno y bondadoso, se mantuvo a su lado. Trajo papel, trajo lápices, y con ellos una paciencia cálida y una aprobación silenciosa. Y Davood, aquel hombre que durante toda su vida había buscado una mirada comprensiva, una palabra amable, una caricia nacida del entendimiento, de pronto se halló rodeado por un cerco de ternura. Él, que jamás había oído una voz suave hablándole al alma, ahora, en el silencio de los ojos de su yerno, escuchaba una melodía apacible: «Sigue… es hermoso.»
Cada vez que recibía esa afirmación del joven, su espíritu herido sonreía sin hacer ruido; como un niño maltratado que, tras años de castigo, siente por primera vez la caricia de una mano tibia.
Y esa caricia se volvió adicción. Un perfume suave que cada día lo arrastraba más hacia el dibujo, como si en cada línea y en cada sombra, una mano invisible lo volviera a abrazar… lo llamara nuevamente a la vida.
Sí, aquel hombre de hierro, apoyado apenas en una chispa de afecto, empezaba a dar pasos hacia su propia redención. Sin alboroto, sin alarde, solo con un lápiz sencillo sobre un papel en silencio…
Y así fue como la leyenda del silencio comenzó, poco a poco, a cantar.
Cuando ya había dejado atrás sesenta primaveras, Davood finalmente se entregó al dibujo; no como un pasatiempo pasajero, sino con todo su ser, con cuerpo y alma.
Cedió el taller a sus aprendices y se refugió en casa, donde el silencio y la soledad transformaron al lápiz y al papel en sus nuevos aliados. Su labor diaria ya no consistía en la lucha con el hierro, el martillo o la llave inglesa, sino en trazar líneas sobre el papel: dibujos que brotaban como respiraciones profundas desde lo más hondo de su espíritu, donde cada trazo era el testimonio de un alma que había permanecido encadenada durante años.
En los primeros dibujos —aquellos susurros mudos sobre hojas pequeñas— descubrimos el apego silencioso de un hombre cuya alma se había cincelado en la oscuridad. Davood, sin saberlo, extraía desde los estratos más hondos de su inconsciente rostros que parecían emerger de rocas ancestrales o de cavernas envueltas en niebla milenaria. Figuras primitivas, animales casi míticos, criaturas enigmáticas que cobraban vida entre líneas temblorosas y ansiosas.
No era un ejercicio de imitación; él convocaba estas formas como un viejo alquimista que, en lugar de copiar, extrae desde su herida. A veces, eran figuras entrelazadas como plantas en plena metamorfosis; otras, seres solitarios como espectros nacidos en noches oscuras y aterradoras. No eran recuerdos visuales. Eran ecos de un mundo anterior al lenguaje, un mundo donde aún no habían nacido las palabras, pero donde el deseo, el miedo, el nacimiento y la muerte se narraban a través de signos grabados en la piedra.
Las obras de Davood, trazadas por unas manos inquietas que parecían obedecer a una fuerza invisible, emanaban un carácter profundamente instintivo e intuitivo. Como si una voz antigua lo guiara entre formas alucinadas y líneas precipitadas, revelando un mensaje oculto: el eco de una existencia previa a la civilización, cuando el ser humano aún respiraba en el regazo de la naturaleza, envuelto en un halo de delirio, deseo y peligro.
Así, sus primeros dibujos, nacidos en el silencio de una casa alejada del bullicio, se convirtieron en cantos mudos del alba de los tiempos. Porque Davood, sin proponérselo, parecía hablar la lengua de los habitantes de las cavernas; cada trazo era un relato del origen humano, del misterio del cuerpo, de la bestia interior…
Las obras de Davood son como un espejo fracturado, pero cargado de verdad, que refleja sin filtros el vínculo indisoluble entre arte y realidad. Cada línea y cada forma es un eco de obsesiones profundas y conflictos interiores, emergiendo de sacudidas creativas puras y poderosas, propias de un artista excepcional y sin par. Con manos que arden en el fuego de la creación, Davood Koochaki plasma sobre el papel un universo de dolor y belleza con una autenticidad desgarradora; un universo cuya única lengua es la del artista que ha sabido encontrar la verdad tras los velos complejos de su alma.
Davood, al igual que otros espíritus afines, permitió que todos sus recuerdos —dulces y amargos—, sus ansiedades y sueños, sus miedos y alegrías, cobraran vida en el cuerpo de su obra.
Lo que elevó a Davood Koochaki por encima de un simple artista fue su extraordinaria capacidad para plasmar pesadillas y, al mismo tiempo, irradiar destellos de humanidad en medio de la oscuridad. Fue un narrador sin igual, un narrador visual que, al mirar sus propias creaciones, se sorprendía una y otra vez por la intensidad emocional y un lenguaje ajeno a las palabras, un idioma hecho de imágenes y sensaciones; un idioma liminal, situado en las fronteras mismas de nuestra percepción.
Davood —con aquel rostro siempre sonriente y su risotada estruendosa— siempre sostuvo, con una humildad que le llegaba al alma: «Con todo el dolor, con todas las sombras pesadas del pasado, soy un hombre afortunado.»
¿Y qué palabra hay más verdadera? El arte fue su salvación: un puente luminoso que lo rescató del abismo de los pensamientos oscuros y las emociones agotadoras, renovando su alma, su cuerpo y su espíritu en la fuente cristalina de la creatividad.
Tras una vida entera vivida entre sombras y cicatrices, Davood Koochaki falleció a los ochenta y un años, vencido por un cáncer de páncreas. Sus ojos, que tanto habían contemplado el dolor y la belleza del mundo, se cerraron para siempre. Su cuerpo reposa en la tierra fría, pero su espíritu, como un ave liberada, voló hacia los cielos, entonando su canto con los vientos de la eternidad.
La vida de Davood es la historia de una victoria silenciosa: la del arte sobre la oscuridad, la de la creación sobre el olvido. Un himno eterno de resistencia y amor, que sigue latiendo en los corazones de quienes han conocido su obra.
Morteza Zahedi
19 de mayo de 2025
► English text
Davood Koochaki
Amid the ever-damp rice fields of Gilan, near the Jomeh bazaar of Rasht, a child was born in 1939 into a large family—a child whose name, years later, would echo like a sorrowful and wondrous melody in the silent margins of Iranian art history: Davood Koochaki.
He was not born into a bright and peaceful home, but in a hut steeped in sorrow and abandonment. The son of a landless farmer, his first lullabies were not sung by a gentle mother, but sounded in the slicing of sickles through wheat and the murmurs of rice paddies swaying in the wind. Before a mother’s hand could offer him warmth, his own small hands were given to the sickle and the spade.
School? A distant, unreachable dream. He never sat behind a desk. The alphabet of life was taught to him not by a kind teacher, but by the ceaseless voice of poverty.
At the age of nine, on an ordinary night beneath the silent stars of the north, he ran away from home—not out of rebellion, but from sheer hunger. Not from lack of love, but to survive. He set off for Tehran—a capital city that, to his childlike eyes, seemed less a place of hope than a devouring beast.
For years, he drifted through nameless, aimless jobs: working as a servant in other people’s homes, selling cigarettes, pouring tea in government offices—until he finally found refuge in a repair shop. There, the sound of the hammer striking iron became the music of his salvation. He started as an apprentice, on the lowest rung, with wounded hands and an empty stomach. At night, he slept in rusting cars behind the garage; he had no blanket—but he had dreams.
Years passed. The helpless child became a master craftsman. At twenty-four, with calloused hands forged by labor and a soul burnished by hardship, he founded his own garage—a modest empire of fire and tools, built from nothing.
And love? That, too, was his. He gave his heart to a girl whose family disapproved of the union. But Davood, like a hero drawn from the heart of myth, took her hand and led her to Tehran. With hearts full of hope, they began a new life. The fruit of that love was five children—and perhaps five more reasons to stand firm against the tempests of life.
And so began the legend of Davood Koochaki—a man who, years later, would breathe life into an entire world of mystery with nothing but a handful of pencils. Yet before he became an artist, he was a quiet hero—locked in an unequal battle with poverty, fate, and solitude.
In the depths of Tehran—choked with smoke, turmoil, and decay—where alleyways reeked of asphalt, gasoline, and defeat, Davood Koochaki, that same hungry child from the rice fields of Gilan, carried on his silent, relentless battle with life. He had become a master mechanic, a skilled craftsman among metal and hammers. Yet his heart still pulsed beneath the weight of poverty, pain, and the dark shadows of his past.
The burden of existence pressed heavily upon his shoulders: the responsibility of a seven-member household, days that drained his strength, and nights steeped in exhaustion and emptiness. When the hush of night settled over the city’s cold sidewalks, Davood would take refuge in the solitude of taverns—sitting in the dim corners of liquor shops, sipping away his gathered sorrows, hoping for forgetfulness, longing for a moment’s peace.
In those years, he was a sullen, withdrawn, and restless man—a soul worn thin and unstable, so much so that even his own family was not spared from the fire raging inside him.
But fate—that mischievous and ancient sorcerer—had another path tucked up its sleeve.
One day, a broken-down car, like a wounded steed, was brought into Davood’s garage. Behind the wheel sat a man with a sharp gaze and a contemplative face: Dariush Mehrjui, the acclaimed Iranian filmmaker. Beside him, Dr. Gholam-Hossein Sa’edi—a physician, writer, and rebellious, razor-tongued poet. The two were in the midst of creating one of the most luminous works of Iranian New Wave cinema.
For them, Davood’s garage may have been nothing more than a fleeting stop—a temporary detour. And yet, that brief encounter opened a sudden door to another world.
Sa’edi—a writer forged in the furnace of exile, suffering, and marginalization—sensed at once the raw wound beneath Davood’s silence. Perhaps he saw something familiar in his weary eyes; perhaps he heard, in the weight of his quiet, an ancient cry.
That fleeting meeting blossomed into a profound friendship. Sa’edi brought Davood into the intellectual circles of the time—smoke-filled cafés and late-night gatherings brimming with debate, fervor, and the search for truth. There, for the first time, Davood encountered a new realm—a world of thought, politics, and art; a place where words were blades and pens, lanterns in the heart of darkness.
In the heart of noisy solitudes—in the murmur of those intellectually charged nights—Davood, the man of iron and wrench, found himself face to face with figures who were each pillars of modern Iranian culture. Slowly, he began to learn how to listen, how to think, how to cast a different gaze upon the world. It was as if a soul long chained in darkness had begun, little by little, to taste the flavor of freedom.
And this was only the beginning of his awakening.
At that time, Iran was a boiling cauldron set over the fire of transformation. Politics, society, economy—all in upheaval. The seeds of revolution were being sown in the dark soil of the homeland, and the streets were no longer mere thoroughfares; they had become pulsing veins, flowing with the blood of a youth thirsty for freedom.
Cafés, universities, alleyways—each had turned into small battlefields of thought.
And in the midst of all this tumult, Davood Koochaki, the silent man of iron and hammer, was—without even knowing it—walking through the heart of one of the most pivotal chapters in his country’s history.
He had no formal education, nor any familiarity with the written word. Political theories and lofty rhetoric were foreign to him. But he possessed something far more precious: eyes wide open, and a heart in search of meaning.
He was no longer that bitter man of drunken nights. The bitter cup he once raised to forget had now been replaced by an unquenchable thirst—for understanding.
Each night, after bolting shut the heavy garage door with hands calloused from years of labor, he would head straight to the cafés—those smoke-filled spaces where the scent of coffee mingled with the haze of cigarettes and the cacophony of arguments, manifestos, and debate.
There, men and women gathered—each a small flame in the heart of darkness.
Davood would sit quietly in a corner—not as a sage, but as one parched at the edge of a spring. His lips slightly parted—sometimes in wonder, sometimes in unease—he listened. Every word, every slogan, every tale of prison or exile stirred something deep within him.
Among all those blazing faces and fevered minds, Davood was like a child learning the language of the world for the first time. He didn’t write down the words, but he etched them into memory. He didn’t know the meaning of ideology, but he had tasted pain. He couldn’t define dialectics, but he had felt injustice in his flesh and bones.
And that was enough—enough to send him home each night, spirit ablaze, thoughts storming, and eyes that no longer gazed merely at iron and steel, but now saw history, humanity, and the trembling shape of the future.
Yes, in those dark and foggy nights, Davood lived on the fringes of the great battle of ideas. Unbeknownst to him, he became a link in the chain of a nation’s awakening—a silent link, yet an essential one. And perhaps, in that silence, he let out his deepest cry.
In the final days of a turbulent decade’s winter, Iran erupted like an angry volcano from its depths. It was the year 1978, and the revolution, like an unstoppable storm, shattered the fragile calm of smoke-filled café nights and whispered secrets in dark alleys.
Davood, the silent blacksmith, found himself in the eye of the whirlwind of change, watching with disbelief as friends and comrades were scattered one by one like withered leaves in the wind.
Some—those who had smoked cigarettes by his side and filled his half-open mouth with heated debates—were hanged in public squares. Others fled silently under the cover of night. And the few who remained were condemned to prison and torture in dungeons so dark that even screams were swallowed by cold stone walls.
Amid this rupture and ruin, loneliness fell like a heavy, cold shadow on Davood’s shoulders—a vast, black, merciless bat. There was no laughter left, no hoarse sound from the gramophone, no warm glow of yellow café lights casting shadows on the walls anymore. Everything had sunk into darkness, as if Tehran itself held its breath.
And Davood? That man of rebellious spirit and fragile heart retreated into the deepest caves within himself, like someone hiding in an endless cavern. In the solitude of his garage, amidst silence and ruin, he turned to opium—not for pleasure, but to soothe a pain no longer tamed by hammer and iron. His trembling hands would place the small flame of that silent substance into a cloudy pipe, seeking refuge in the quiet mist of oblivion.
Since youth, amid the relentless gray days, a raw, instinctive pull toward painting stirred within him. Occasionally, between exhaustion and the noise of work, he’d reach for a pencil and sketch the fleeting faces and figures swirling in his mind onto paper. But life—that merciless executioner—allowed no respite. Neither time nor shelter was granted to nurture that dormant talent. What was needed was bread, not painting; hammer and wrench, not pencil.
But in those years of collapse and shadow, in the fourth decade of his life—when loneliness had fallen like a thick curtain over his soul and no echo of friendship reached him—Davood silently returned to painting.
At night, when silence draped the city like a heavy blanket and the garage sank into darkness, Davood would light a dim lamp. He’d open a sheet of paper and let his pencil glide across it like an old man’s staff lost on a winding path. His lines bore no allegiance to any school or style; they sprang directly from the depths of his wounded soul—raw, fearless, full of doubt and truth.
Yes... just when the world thought Davood had broken in silence, his spirit in the darkest corners of night continued to live—not with sound, but with signs; not with words, but with lines. Lines that were no cries, yet could shake walls.
He wielded the pencil not to display or to praise, but as a balm upon himself, turning it across the page. For his weary heart, his solitary body—the self whose only language for years had been the cold, heavy language of iron. But now, he wanted to speak through silence—with restless, rebellious, and scattered lines.
And so, without even realizing it, this marked the beginning of a path that would lead to liberation.
In the depths of that silent, bitter exile, a seed was planted—one destined not to bloom in a public garden, but in the most secluded soil. In the twilight of years woven with shadow, silence, and solitude—when the sun of life no longer offered warmth and only a cold light shone upon a gray horizon—a gentle breeze arose.
Not a wind of industry or politics, but a quiet breath carried by art.
In that endless loneliness, Daoud—who had spent his life among gears, hammers, and silence—picked up a pencil once again. But this time, not out of sorrow, rather in response to a tender invitation, a silent melody, an unassuming encouragement.
The wife of one of his daughters—a man of culture and keen perception, a skilled painter familiar with color and form—turned his gaze toward Daoud’s hidden works... and saw something that Daoud himself could not see.
Without words, with a look full of understanding and quiet resolve, he reached out a helping hand; he kindled a light in the darkness. On one of those long, cold nights, he quietly said: “Draw, Daoud... just draw.” “Paint… let that hand, which spent a lifetime striking the anvil, now become the creator of something new.”
His son-in-law—quiet, unassuming, with a gaze full of tenderness—stood by his side. He brought him paper, pencils, and with them, a warm patience and silent affirmation. Without uttering a word, he sat beside him; silent yet fully present, calling Daoud to life with every glance.
And Daoud, that man forgotten by the world, who for years had searched for a gentle word, a look without judgment, or even the simplest touch of human understanding, suddenly found himself encircled by kindness. He, who had never before heard a calm voice reaching his soul, now heard in his son-in-law’s steady eyes a quiet melody: “Keep going… keep going.”
Each time that simple phrase echoed through the air, his wounded soul gave a quiet smile—a smile of a child, like a child who, after years of punishment, feels the warmth of a gentle touch for the very first time.
And that touch became his addiction. An invisible fragrance, a soothing presence that drew him closer day by day to pencil and paper. As if, with every line, an unseen hand embraced him once more… calling him back to life.
Yes, the man of iron—this worn, industrial being—was now alive by nothing but a breeze of kindness. Slowly, silently, he stepped onto the path of salvation; without fanfare, without claim—just a pencil in hand, on a silent sheet of paper.
And so the legend of silence gradually began to sing.
When he passed his sixtieth year, Davood finally surrendered himself entirely to painting—not out of idle leisure or the calm of old age, but with his whole being; body and soul.
He entrusted the garage to his apprentices and sought refuge in the quiet of his home, where silence, paper, and the dim light of night became his faithful companions. No longer was his daily struggle with hammer and iron; now it was a battle with the lines that rose from the deepest layers of his being.
His paintings emerged like deep breaths from a soul long silenced—every pencil stroke revealing an old wound, every trembling line a sign of a spirit that had lived a lifetime in silence.
In those first sketches, in the whispers inscribed on small sheets of paper, one could find traces of a secret bond with his dark unconscious; as if Davood, without knowing, summoned faces from his depths: faces born of ancient stone or misty caves—primeval beings, mysterious forms, ghostly, trembling, yearning—coming to life in the darkness of the paper.
These drawings were not imitations; they were invocations. Like an old alchemist who extracts the essence of expression not from nature or model but from his own wounds, Davood painted from within—from an ancient wound, from a hidden secret.
Sometimes his figures were entangled, like plants caught mid-metamorphosis; other times, they stood alone, suspended in the void, like spirits rising from moonless, fear-soaked nights. They were not memories, nor depictions. They were echoes of a pre-linguistic world—a world where words had not yet been born, but desire, fear, birth, and death were already etched on raw stone in primal marks and signs.
His paintings did not emerge from a mind that had studied or observed, but from a place that had felt, lived—and perhaps even forgotten. Restless hands, guided by an unseen force, traced lines that were neither deliberate nor random. It was as if an ancient song, rising from the depths of the unconscious, led him into a storm of feverish lines and hurried forms—to reveal a secret: A secret from the dawn of existence, from the time when humanity still breathed in the cradle of nature—shrouded in dream, lust, fear, and danger.
Yes—those silent lines, born in the stillness of a modest, quiet home, were songs from the primal days—from the first touch, the first wound, the first fear. Unknowingly, Davood was speaking the language of cave dwellers; each stroke a tale of human birth, of the body’s secret, of the beast within.
His drawings are like shattered mirrors: each fragment brimming with truth—unmasked, unflinching, sincere. For him, art was not a game of form, but a search for existence itself. Each line, an echo of inner battles—a raw, blazing, and immediate leap. That rare quality of the genuine, exceptional artist.
With hands scorched by the fire of creation, Davood etched onto paper a world of pain and beauty—relentlessly authentic, a world spoken in the language of one who has torn through the veils of the soul and stood bare before his own truth.
In a bond inseparable from his work, he infused his memories—bitter and sweet—his anxieties, his dreams, his silent fears and hopes, into the very body of the lines. Like a spirit kindred with his drawings, he lived in them, breathed in them, and through them, was reborn.
And what set him apart—beyond the title of “artist”—was his astonishing ability to portray nightmares without ever forgetting hope. Within darkness, he cast sparks of humanity. He was a storyteller of images—unmatched in his visual narration. Often, even he would stand before the figures that emerged from his own hands, stunned by the force of feeling, by the sheer intensity of expression.
His language was neither verbal nor written. It belonged to the threshold—to that liminal space between intuition and understanding, dwelling in the purgatory between sight and meaning.
Davood—with that ever-smiling face and his booming laughter—would always say, with a humility that struck the heart: “With all the pain, with all the heavy shadows of the past, I am a lucky man.”
And what truer word is there? For art had saved him—a radiant bridge stretched across the dark abysses of the mind; a ladder of light lifting him from the whirlwinds of anguish and shadowy thoughts, leading toward the clarity of release. Time and again, it washed his body and soul in a pure, cool spring.
After a lifetime spent navigating the labyrinth of wounds and solitude, Davood Koochaki passed away at the age of eighty-one. Cancer claimed his body—but it never defeated him. Those deep eyes, that had for years dwelled in darkness—had borne witness to terror, to nightmares, to invisible wounds and rendered them onto paper—finally closed in a gentle, eternal sleep.
His body now rests in the arms of the earth, but his spirit—light as a bird—wanders the boundless sky, singing its song in the winds of eternity. His life was the tale of silence triumphant: the triumph of an art that rose not from noise, but from solitude. A creation that took root in the soil of oblivion and bloomed into a flower of meaning. And now, it is a song without end—of resilience, of humility, of unspoken love—that still murmurs in the heart of every viewer who stands before his work.
Morteza Zahedi
May 19, 2025
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داوود کوچکی
در میان شالیزارهای همیشه مرطوب گیلان، نزدیک بازار جمعه رشت، در سال ۱۹۳۹ کودکی در خانوادهای پرجمعیت به دنیا آمد؛ کودکی که سالها بعد نامش همچون ملودیای غمانگیز و شگفتانگیز در حاشیههای خاموش تاریخ هنر ایران طنینانداز میشد: داوود کوچکی.
او نه در خانهای روشن و آرام، که در کلبهای غرق در اندوه و فراموشی چشم به جهان گشود. پسرِ کشاورزی بیزمین بود و نخستین لالاییهایی که شنید، نه صدای مادرانه، که صدای برخورد داس با گندم و زمزمههای برنجزارهایی بود که در باد تکان میخوردند. پیش از آنکه دستِ مادر بتواند گرمایی نثارش کند، دستان کوچک خودش به هرزِ داس و بیل سپرده شد.
مدرسه؟ رؤیایی دور و دستنیافتنی. او هرگز پشت نیمکت ننشست. الفبای زندگی را نه معلمی مهربان، که صدای بیوقفه فقر به او آموخت.
در نه سالگی، شبی معمولی زیر ستارگانِ خاموشِ شمال، از خانه گریخت؛ نه از سرِ طغیان، که از فرطِ گرسنگی. نه برای بیمهری، که برای بقا. او راهی تهران شد؛ پایتختی که در چشمان کودکانه او، بیش از آنکه سرزمینی از امید باشد، هیولایی بلعنده به نظر میرسید.
سالها در پیِ کارهای بینام و بینشان سرگردان بود: خدمتکاری در خانههای مردم، فروشِ سیگار، چایریختن در ادارات دولتی—تا سرانجام در تعمیرگاهی پناه گرفت. آنجا، صدای ضربهی پتک بر آهن به موسیقیِ رستگاریاش بدل شد. به عنوان شاگردی در پایینترین رتبه آغاز کرد؛ با دستان زخمی و شکم خالی. شبها در اتومبیلهای قراضه پشتِ گاراژ میخوابید؛ نه پتو داشت و نه سرپناه، اما رؤیا داشت.
سالها گذشت. کودکِ بییاور، استادکار شد. در بیست و چهار سالگی، با دستان پینهبستهای که حاصل کار سخت بود و روحی که در کورهی سختیها صیقل خورده بود، تعمیرگاه خودش را بنا نهاد؛ امپراتوریِ کوچکی از آتش و ابزار، که از هیچ ساخته شده بود.
و عشق؟ آن هم سهم او شد. دل به دختری داد که خانوادهاش با این پیوند مخالف بودند. اما داوود، چون قهرمانی برخاسته از دلِ اسطورهها، دستش را گرفت و با خود به تهران برد. با قلبی سرشار از امید، زندگیِ نوینی را آغاز کردند. ثمرهی آن عشق، پنج فرزند بود—و شاید پنج دلیلِ دیگر برای ایستادگی در برابر تندبادهای زندگی.
و بدینسان، افسانهی داوود کوچکی آغاز شد—مردی که سالها بعد، با مشتی مداد، به جهانی از رمز و راز جان میبخشید. اما پیش از آنکه هنرمند شود، قهرمانی خاموش بود؛ در نبردی نابرابر با فقر، سرنوشت و تنهایی.
در اعماق تهران—شهری خفه در دود، آشوب و زوال—جایی که کوچهها بوی قیر، بنزین و شکست میدادند، داوود کوچکی، همان کودکِ گرسنهی شالیزارهای گیلان، به نبردِ خاموش و بیامانش با زندگی ادامه میداد. او به مکانیکی چیرهدست بدل شده بود؛ استادی در میان فلز و پتک. با این حال، قلبش همچنان زیر بارِ فقر، درد و سایههای تاریکِ گذشتهاش میتپید.
بارِ هستی بر شانههایش سنگینی میکرد: مسئولیتِ یک خانوار هفتنفره، روزهایی که توانش را میمکیدند و شبهایی که در خستگی و خلأ غرق بودند. وقتی سکوتِ شب بر پیادهروهای سرد شهر مینشست، داوود در خلوتِ میخانهها پناه میجست؛ در گوشههای تاریکِ مغازههای مشروبفروشی مینشست و غمهای انباشتهاش را جرعهجرعه مینوشید، به امیدِ فراموشی و در آرزوی لحظهای آرامش.
در آن سالها، او مردی عبوس، گوشهگیر و بیقرار بود—روحی که چنان فرسوده و ناپایدار گشته بود که حتی خانوادهاش نیز از آتشِ درونش در امان نبودند.
اما سرنوشت—آن جادوگرِ کهن و بازیگوش—مسیر دیگری در آستین داشت.
روزی، خودرویی ازکارافتاده، همچون اسبی زخمی، به تعمیرگاه داوود آورده شد. پشتِ فرمان، مردی با نگاهی نافذ و صورتی متفکر نشسته بود: داریوش مهرجویی، سینماگرِ برجستهی ایرانی. در کنارش، دکتر غلامحسین ساعدی—پزشک، نویسنده و شاعرِ سرکش و زبانتند. آن دو در حال خلقِ یکی از درخشانترین آثارِ موجِ نوی سینمای ایران بودند.
برای آنها، تعمیرگاهِ داوود شاید چیزی بیش از یک توقفِ کوتاه نبود؛ یک تغییر مسیرِ موقت. و با این حال، آن برخوردِ زودگذر، ناگهان دری به دنیایی دیگر گشود.
ساعدی—نویسندهای که در کورهی تبعید، رنج و طردشدگی آبدیده شده بود—در همان لحظه زخمِ خاموشِ زیرِ سکوتِ داوود را حس کرد. شاید در چشمانِ خستهاش چیزی آشنا دیده بود؛ شاید در سنگینیِ سکوتش، فریادی باستانی شنیده بود.
آن دیدارِ گذرا به رفاقتی عمیق بدل شد. ساعدی، داوود را به محافلِ روشنفکریِ آن زمان برد؛ کافههای دودگرفته و شبنشینیهای پر از بحث، شور و جستجوی حقیقت. آنجا، برای نخستین بار، داوود با قلمرویی نو روبهرو شد: دنیای اندیشه، سیاست و هنر؛ جایی که واژهها همچون تیغ و قلم بودند، فانوسهایی در قلبِ تاریکی.
در قلبِ خلوتهای شلوغ—در زمزمهی آن شبهای پر از التهابِ فکری—داوود، مردِ آهن و آچار، خود را در برابر چهرههایی دید که هر کدام ستونی از فرهنگِ مدرنِ ایران بودند. آرامآرام، آموخت که چگونه بشنود، چگونه بیندیشد و چگونه با نگاهی دیگر به جهان بنگرد. گویی روحی که سالها در تاریکی زنجیر شده بود، کمکم طعمِ آزادی را چشید.
و این، تنها آغازِ بیداریاش بود.
آنروزها، ایران دیگی جوشان بر آتشِ دگرگونی بود. سیاست، جامعه، اقتصاد—همه در تلاطم. بذرهای انقلاب در خاکِ تاریکِ وطن کاشته میشد و خیابانها دیگر گذرگاههای ساده نبودند؛ به رگهایی تپنده بدل شده بودند که خونِ جوانانِ تشنهی آزادی در آنها جاری بود.
کافهها، دانشگاهها، کوچهها—هر کدام به میدانهای کوچکِ نبردِ اندیشه تبدیل شده بودند.
و در میانهی این همه هیاهو، داوود کوچکی، مردِ خاموشِ آهن و پتک، بدون آنکه خود بداند، از قلبِ یکی از سرنوشتسازترین فصلهای تاریخِ کشورش عبور میکرد.
او نه تحصیلاتِ رسمی داشت و نه با کلامِ مکتوب آشنا بود. نظریاتِ سیاسی و شعارهای بلندپروازانه برایش غریبه بودند. اما چیزی بسیار ارزشمندتر داشت: چشمانی باز و قلبی که معنا میجست.
او دیگر آن مردِ تلخِ شبهای مستی نبود. آن جامِ تلخی که روزگاری برای فراموشی سر میکشید، جای خود را به تشنگیِ سیریناپذیر برایِ درک کردن داده بود.
هر شب، پس از آنکه لنگهی سنگینِ درِ گاراژ را با دستان پینهبستهی سالها کار قفل میکرد، یکراست به کافهها میرفت؛ آن فضاهای پر از دود که بوی قهوه با هاله سیگار و غوغای بحثها، بیانیهها و جدلها در هم میآمیخت.
آنجا، زنان و مردان گرد هم میآمدند—هر کدام شعلهای کوچک در قلبِ تاریکی.
داوود آرام در گوشهای مینشست—نه به عنوان حکیم، که همچون تشنهای در لبهی چشمه. لبهایش کمی باز بود—گاهی در شگفتی، گاهی در ناآرامی—و گوش میسپرد. هر واژه، هر شعار، هر قصهی زندان یا تبعید، چیزی را در اعماقِ وجودش تکان میداد.
در میان همهی آن چهرههای افروخته و ذهنهای ملتهب، داوود کودکی بود که برای نخستین بار زبانِ جهان را میآموخت. واژهها را نمینوشت، اما بر لوحِ حافظهاش حک میکرد. معنای ایدئولوژی را نمیدانست، اما درد را چشیده بود. دیالکتیک را تعریف نمیکرد، اما بیعدالتی را با گوشت و استخوانش حس کرده بود.
و همین کافی بود—کافی بود تا هر شب با روحی شعلهور، افکاری طوفانی و چشمانی که دیگر نه فقط به آهن و فولاد، که به تاریخ، انسان و شکلِ لرزانِ آینده خیره میشد، به خانه بازگردد.
آری، در آن شبهای تاریک و مهآلود، داوود در حاشیهی نبردِ بزرگِ اندیشهها میزیست. بیآنکه بداند، به حلقهای در زنجیرهی بیداریِ یک ملت بدل شده بود؛ حلقهای خاموش، اما ضروری. و شاید، در همان سکوت، عمیقترین فریادش را سر داده بود.
در روزهای پایانیِ زمستانِ یک دههی پرتلاطم، ایران — همچون آتشفشانی خشمگین از اعماق فوران کرد. سال ۱۹۷۸ بود و انقلاب، همچون طوفانی مهارناپذیر، آرامشِ شکننده شبهای کافه و رازهای پنهان در کوچههای تاریک را درهم شکست.
داوود، آن آهنگرِ خاموش، خود را در چشمِ طوفانِ تغییر یافت؛ در حالی که با ناباوری میدید دوستان و همرزمانش یکییکی همچون برگهای خشک در باد پراکنده میشوند.
برخی—آنهایی که در کنارش سیگار کشیده و با دهان نیمهباز به بحثهای داغ گوش داده بودند—در میدانهای عمومی به دار آویخته شدند. دیگران در پناهِ تاریکیِ شب خاموش گریختند. و اندک کسانی که باقی ماندند، به زندان و شکنجه در سیاهچالهایی محکوم شدند که حتی فریادها در دیوارهای سرد سنگیشان بلعیده میشد.
در میانهی این گسست و ویرانی، تنهایی همچون سایهای سنگین و سرد بر شانههای داوود نشست؛ خفاشی بزرگ، سیاه و بیرحم. دیگر نه خندهای باقی مانده بود، نه صدای خستهی گرامافون و نه تابشِ گرمِ زردِ چراغهای کافه که سایه بر دیوار میانداخت. همه چیز در تاریکی فرو رفته بود، گویی خودِ تهران هم نفسش را حبس کرده بود.
و داوود؟ آن مردِ سرکش و دلنازک، به عمیقترین غارهای درونِ خود پناه برد؛ همچون کسی که در غاری بیانتها مخفی شده باشد. در خلوتِ تعمیرگاهش، میان سکوت و ویرانی، به تریاک پناه برد—نه برای لذت، که برای تسکینِ دردی که دیگر با پتک و آهن آرام نمیگرفت. دستانِ لرزانش شعلهی کوچکِ آن مادهی خاموش را در پیپِ ابری میگذاشت، به امیدِ پناه گرفتن در مهیِ آرامِ فراموشی.
از جوانی، میانِ روزهای خاکستری و بیامان، کششی غریزی و خام به سوی نقاشی در درونش میجوشید. گاهی، میانِ خستگی و هیاهوی کار، مدادی برمیداشت و چهرهها و فیگورهای گریزانِ ذهنش را روی کاغذ میکشید. اما زندگی—آن جلادِ بیرحم—فرصتی نمیداد. نه زمان و نه سرپناهی برای پروراندنِ آن استعدادِ خفته وجود داشت. آنچه نیاز بود نان بود، نه نقاشی؛ پتک و آچار بود، نه مداد.
اما در سالهای فروپاشی و سایه، در دههی چهارمِ زندگیاش—زمانی که تنهایی همچون پردهای ضخیم بر روحش افتاده بود و هیچ طنینِ دوستی به او نمیرسید—داوود در سکوت به نقاشی بازگشت.
شبهنگام، وقتی سکوت همچون پتویی سنگین شهر را میپوشاند و گاراژ در تاریکی فرو میرفت، داوود چراغِ کمسویی روشن میکرد. ورقهای کاغذ باز میکرد و اجازه میداد مدادش همچون عصایِ پیرمردی که در راهی پر پیچوخم گم شده، روی کاغذ بلغزد. خطوطِ او هیچ نسبتی با هیچ مکتب یا سبکی نداشتند؛ آنها مستقیماً از اعماقِ روحِ زخمیاش میجوشیدند—خام، بیپروا، سرشار از تردید و حقیقت.
آری... درست زمانی که دنیا فکر میکرد داوود در سکوت شکسته است، روحِ او در تاریکترین گوشههای شب به زندگی ادامه میداد—نه با صدا، که با نشانه؛ نه با کلمات، که با خطوط. خطوطی که فریاد نبودند، اما میتوانستند دیوارها را به لرزه درآورند.
او مداد را نه برای نمایش یا ستایش، که همچون مرهمی بر خود، بر صفحه میکشید. برای آن قلبِ خسته، آن جسمِ تنها—وجودِ خودش که تنها زبانش سالها زبانِ سرد و سنگینِ آهن بود. اما حالا میخواست از میانِ سکوت سخن بگوید—با خطوطی بیقرار، سرکش و پراکنده.
و بدینسان، بیآنکه خود بداند، این سرآغازِ راهی بود که به رهایی میانجامید.
در اعماقِ آن تبعیدِ خاموش و تلخ، بذری کاشته شد—بذری که قرار نبود در باغی عمومی گل دهد، بلکه در خلوتترین خاکِ ممکن رویید. در گرگومیشِ سالهایی که با سایه، سکوت و تنهایی درهمتنیده بودند—زمانی که خورشیدِ زندگی دیگر گرمایی نمیبخشید و تنها نوری سرد بر افقِ خاکستری میتابید—نسیمی لطیف برخاست.
نه بادی از جنسِ صنعت یا سیاست، که نفسی خاموش که هنر آن را با خود میآورد.
در آن تنهاییِ بیکران، داوود—که زندگیاش را میانِ چرخدندهها، پتکها و سکوت گذرانده بود—بار دیگر مداد را برداشت. اما این بار، نه از سرِ اندوه، که در پاسخ به دعوتی لطیف، ملودیای خاموش و تشویقی بیآلایش.
همسرِ یکی از دخترهایش—مردی اهلِ فرهنگ، با بینشی دقیق، نقاش و آشنا با رنگ و فرم—نگاهش را به سمتِ آثارِ پنهانِ داوود چرخاند... و چیزی دید که داوود خود نمیتوانست ببیند.
بدونِ کلام، با نگاهی سرشار از درک و عزمی آرام، دستِ یاری دراز کرد؛ شعلهای در تاریکی افروخت. در یکی از آن شبهای طولانی و سرد، آرام گفت:
«بکش، داوود... فقط بکش.»
«نقاشی کن… بگذار آن دستی که عمری پتک بر سندان میکوبید، حالا خالقِ چیزی تازه باشد.»
دامادش—آرام، بیادعا و با نگاهی لبریز از مهر—کنارش ایستاد. کاغذ آورد، مداد آورد و با آنها صبری گرم و تأییدی خاموش. بیآنکه حرفی بزند، کنارش نشست؛ ساکت اما کاملاً حاضر، و داوود را با هر نگاه به زندگی فراخواند.
و داوود، آن مردِ فراموششدهی دنیا که سالها به دنبالِ کلامی آرام، نگاهی بیقضاوت یا سادهترین لمسِ درکِ انسانی بود، ناگهان خود را در محاصرهی مهربانی یافت. او که هرگز صدای آرامی را نشنیده بود که با روحش سخن بگوید، حالا در چشمانِ استوارِ دامادش، ملودیای خاموش میشنید: «ادامه بده… ادامه بده.»
هر بار که آن جملهی ساده در فضا میپیچید، روحِ زخمیاش لبخندی خاموش میزد—لبخندِ کودکی که پس از سالها تنبیه، گرمای لمسی لطیف را برای نخستین بار حس میکند.
و آن لمس، به اعتیادش بدل شد. عطری نامرئی، حضوری تسکیندهنده که او را هر روز بیشتر به مداد و کاغذ نزدیک میکرد. گویی با هر خط، دستی نادیده او را دوباره در آغوش میکشید… و به زندگی فرا میخواند.
آری، مردِ آهن—این وجودِ فرسودهی صنعتی—حالا تنها با نسیمی از مهربانی زنده شده بود. آرامآرام، بیصدا، پا در راهِ رستگاری گذاشت؛ بدون هیاهو، بدون ادعا—فقط با مدادی در دست، بر ورقِ کاغذی در سکوت.
و بدینسان، افسانهی سکوت کمکم شروع به خواندن کرد.
وقتی از مرز شصت سالگی گذشت، داوود بالاخره خود را تماموکمال به نقاشی سپرد—نه به عنوان سرگرمیِ اوقاتِ فراغت یا آرامشِ پیری، بلکه با تمامِ وجود؛ با جسم و روح.
گاراژ را به شاگردانش سپرد و به خلوتِ خانهاش پناه برد، جایی که سکوت، کاغذ و نورِ کمسویِ شب به همراهانِ وفادارش بدل شدند. دیگر نبردِ روزانهاش با پتک و آهن نبود؛ حالا نبردی بود با خطوطی که از عمیقترین لایههای وجودش برمیخاستند.
نقاشیهایش همچون نفسهای عمیقِ روحی که مدتها خاموش مانده بود، بیرون میریختند—هر ضربهی مداد، زخمی کهنه را نمایان میکرد، هر خطِ لرزان، نشانهای از روحی بود که عمری را در سکوت زیسته بود.
در آن طراحیهای نخستین، در آن نجواهای حکشده بر ورقهای کوچکِ کاغذ، میتوان ردی از پیوندی مخفی با ناخودآگاهِ تاریکش یافت؛ گویی داوود، بیآنکه بداند، چهرههایی را از اعماق فرا میخواند: چهرههایی برآمده از سنگهای باستانی یا غارهای مهگرفته—موجوداتی بدوی، فرمهایی مرموز، شبحوار، لرزان، مشتاق—که در تاریکیِ کاغذ جان میگرفتند.
این طراحیها تقلید نبودند؛ فراخوانی بودند.
همچون پیرِ کیمیاگری که عصارهی بیان را نه از طبیعت یا مدل، که از زخمهای خودش استخراج میکند، داوود از درون نقاشی میکرد—از زخمی باستانی، از رازی مگو.
گاه پیکرههایش در هم تنیده بودند، همچون گیاهانی در میانهی دگردیسی؛ گاه تنها ایستاده بودند، معلق در خلأ، همچون ارواحی که از شبهای بیماه و آکنده از ترس برمیخیزند. اینها خاطره نبودند، تصویرسازی هم نبودند. بودند پژواکهای جهانی پیش از زبان بودند—جهانی که هنوز واژهها در آن زاده نشده بودند، اما هوس، ترس، زایش و مرگ، پیشتر با علائم و نشانههای بدوی بر سنگِ خام حک شده بودند.
آثارِ داوود، که با دستانِ بیقرار و هدایتگری غیبی کشیده شده بودند، ماهیتی عمیقاً غریزی و شهودی داشتند. گویی نغمهای باستانی که از اعماقِ ناخودآگاه برمیخواست، او را به طوفانی از خطوط تبدار و فرمهای شتابزده میکشاند—تا رازی را برملا کند: رازی از سپیدهدمِ هستی، از روزگاری که انسان هنوز در گهوارهی طبیعت نفس میکشید—در محاصرهی رؤیا، شهوت، ترس و خطر.
آری—آن خطوطِ خاموش، زادهشده در سکوتِ خانهای ساده و آرام، آوازهایی بودند از روزهای نخستین—از نخستین لمس، نخستین زخم، نخستین ترس. داوود، بیآنکه بداند، به زبانِ غارنشینان سخن میگفت؛ هر خط، داستانی از زایشِ انسان، از رازِ تن، از جانورِ درون.
آثارِ داوود همچون آینههای شکسته بودند: هر قطعه لبریز از حقیقت—بینقاب، بیپروا، صادق. برای او، هنر نه بازیِ فرم، که جستجویی برای خودِ هستی بود. هر خط، پژواکی از نبردهای درونی—جهشی خام، سوزان و بیواسطه. همان کیفیتِ کمیابِ هنرمندِ اصیل و استثنایی.
داوود کوچکی با دستانی سوخته در آتشِ آفرینش، دنیایی از درد و زیبایی را بر کاغذ حک کرد—بیرحمانه اصیل، دنیایی که به زبانِ کسی سخن میگفت که از پردههای روح عبور کرده و برهنه در برابر حقیقتِ خویش ایستاده است.
او در پیوندی ناگسستنی با کارش، تمامِ خاطراتش—تلخ و شیرین—دلهرهها، رؤیاها، ترسها و امیدهای خاموشش را در کالبدِ خطوط دمید. همچون روحی همزاد با آثارش، در آنها زیست، با آنها نفس کشید و از میانِ آنها، دوباره متولد شد.
و آنچه او را فراتر از عنوانِ «هنرمند» متمایز میساخت، توانایی شگفتانگیزش در ترسیمِ کابوسها بود، بیآنکه هرگز امید را فراموش کند. در میانِ تاریکی، جرقههایی از انسانیت میافشاند. او قصهگویِ تصاویر بود—در روایتِ بصری بیهمتا. اغلب حتی خودِ او نیز در برابرِ پیکرههایی که از دستانش برمیآمدند، مبهوت میماند؛ مبهوتِ قدرتِ احساس، مبهوتِ شدتِ بیان.
زبانِ او نه کلامی بود و نه مکتوب. زبانِ او متعلق به آستانه بود—به آن فضایِ میانی میانِ شهود و فهم، سکنیگزیده در برزخِ میانِ دیدن و معنا.
داوود—با آن صورتِ همیشه خندان و خندههای پرطنینش—همیشه با فروتنیای که بر قلب مینشست میگفت:
«با همهی دردها، با همهی سایههای سنگینِ گذشته، من مردِ خوشبختی هستم.»
و چه سخنی راستتر از این؟ هنر نجاتبخشِ او بود: پلی تابناک که بر فرازِ پرتگاههای تاریکِ ذهن کشیده شده بود؛ نردبانی از نور که او را از گردابهای رنج و اندیشههای سایهوار، به سوی روشناییِ رهایی بالا میبرد. بارها و بارها، جسم و روحش را در چشمهی زلالِ خلاقیت شستوشو داد.
پس از عمری که در هزارتوی زخمها و تنهایی سپری شد، داوود کوچکی در هشتاد و یک سالگی چشم از جهان فروبست. سرطان جسمش را گرفت—اما هرگز شکستش نداد. آن چشمانِ عمیق، که سالها در تاریکی زیسته بودند—شاهدِ وحشت، کابوسها و زخمهای پنهان بودند و آنها را بر کاغذ ثبت کرده بودند—سرانجام در خوابی آرام و ابدی بسته شدند.
پیکرش اکنون در آغوشِ خاک آرام گرفته، اما روحش—سبکبال چون پرنده—در آسمانِ بیکران سرگردان است و نغمهاش را در بادهای ابدیت میسراید. زندگیِ او، حکایتِ سکوتِ پیروز بود: پیروزیِ هنری که نه از هیاهو، که از تنهایی برخاست. آفریدنی که در خاکِ فراموشی ریشه دواند و به گلِ معنا شکفت. و حالا، آوازی است بیپایان—از تابآوری، از فروتنی، از عشقِ ناگفته—که هنوز در قلبِ هر تماشاگرِ آثارش طنینانداز است.
مرتضا زاهدی
۱۹ مه ۲۰۲۵
Del dolor al vuelo, de la herida a la despedida / From pain to flight, from wound to farewell /
از درد تا پرواز، از زخم تا وداع
►Texto español
Del dolor al vuelo, de la herida a la despedida
«La memoria es, tristemente, la única forma de conectar con los muertos». —Susan Sontag
Quiero hablar de días cuyo peso cayó como una carga interminable sobre los hombros del tiempo; días en los que cada momento, en la mirada de Davood, brillaba como una llama viva y deslumbrante. Era un hombre de cuerpo frágil pero espíritu indomable —alguien que, incluso confinado a su lecho de enfermo, se estiraba hacia un horizonte incierto; inquieto y sonriente, como un arroyo que se abre paso entre las rocas hacia la luz.
Para mí, Davood estaba lejos de ser una persona común; era una encarnación viva y dinámica del arte y la vida —un alma extraordinaria que conocí al inicio de este misterioso viaje y junto a quien estuve durante diez años. Fui testigo de manifestaciones que parecían nacidas del reino de los sueños y la imaginación —manifestaciones que florecían no solo en su forma, sino profundamente en su mirada y pensamientos, como flores raras que crecen en tierras olvidadas.
Aunque no sabía leer ni escribir, y cargaba con un sufrimiento profundo, poseía un alma vibrante y una percepción profunda —una percepción tan vasta que a veces podía abrumar por su majestuosidad y rareza. Finalmente, esa fuerza interior sin límites se fue apagando bajo el peso de la enfermedad, y el primer día del verano se despidió de la vida, llevándose consigo la luz que había iluminado su existencia, ascendiendo al cielo.
El momento de la despedida fue amargo y desgarrador, pero su mirada penetrante y profunda construyó un puente entre este mundo y el siguiente —un puente que aún permanece en mi mente, invitándome a una reflexión más profunda sobre un vínculo más allá del tiempo y el espacio. Davood fue un ejemplo vivo de una voluntad que desafía las limitaciones externas y rompe los límites ordinarios; un ser humano excepcional grabado para siempre en nuestros corazones y memorias.
Este relato marca el inicio de mi diario —un viaje hacia las profundidades de recuerdos y significados entrelazados, donde la vida y la muerte, el arte y la humanidad convergen como olas en el océano de la existencia, encendiéndose en llamas.
Viernes, 10 de enero de 2020. En la exposición colectiva «Diálogo Visual» organizada por Fereydoun Ave en la Galería O, donde también se exhibían obras de Sarvenaz, llegó Davood Koochaki. Con ojos brillantes y llenos de infancia, se paró entre el círculo de artistas y jóvenes. Me apretó la mano y, con una mirada misteriosa, susurró en mi oído:
—Morteza, tráeme más veces a lugares como este. Mi alma revive. Has hecho que todos me reconozcan; esto es lo que siempre soñé.
Fuimos juntos al patio de la galería, donde le conseguí una taza de té. Se sentó tranquilamente y bebió lentamente, sorbo a sorbo. Un momento después, dijo:
—Ahora, estoy cansado. Creo que lo mejor es que me vaya.
Besó a Sarvenaz y a mí, y luego se fue en silencio como una brisa que se desliza suavemente por la noche.
Una semana después... Hoy, Davood llamó desde el hospital. Su voz estaba llena de humor, con ese tono familiar que yo conocía tan bien. Dijo:
—He tenido unos dolores extraños. Estoy aquí desde ayer, y mañana me harán una endoscopía. Después de eso, el médico dará su opinión y sabré qué está pasando.
Por la tarde, fui a visitarlo. El anciano seguía lleno de espíritu y alegría. Le dije:
—¿Qué haces aquí? Tienes que recuperarte y salir de aquí, tenemos mucho trabajo por hacer.
Le conté las noticias sobre sus obras que se exhibirían en la Frieze Art Fair en Nueva York, y le mostré fotos de sus piezas en mi teléfono.
Emocionado, se incorporaba desde su posición acostada, se sentaba en la cama y luego volvía a recostarse. Se reía y decía:
—Morteza, parece que por fin estoy empezando a recibir reconocimiento.
En ese momento, sentí que no solo había superado todas las luchas con su cuerpo, sino que aún volaba con un alma llena de vitalidad y vida.
Cuando le pregunté: «¿Davood, ¿te importa si grabo?», me lanzó una mirada desafiante y vivaz, y se levantó de la cama. Se volvió hacia su hijo, Kavoos, y dijo:
—Por favor, cierra la puerta, quiero reírme a carcajadas.
Kavoos, preocupado, dijo:
—Papá, por favor no rías tan fuerte, esto es un hospital, podrían quejarse.
Davood, estallando en carcajadas desde lo más profundo de su ser, respondió:
—¡Cierra la puerta y verás! Estamos pagando todo este dinero, ¿y ahora no puedo reírme a carcajadas?
Luego, se rio aún más fuerte y dijo:
—Adelante, grábame.
Una semana después. Eran alrededor de las ocho de la noche de un viernes, y la exposición del Capitán Abdolrasool Gharibi estaba llena de gente. De repente, Davood llamó. Su voz, aún llena de la misma emoción familiar, se escuchó por la línea.
Pero había algo en su voz en ese momento —algo que nunca podría olvidar. Un sentimiento no dicho, un recordatorio sutil de algo que buscaba profundamente dentro de sí.
Esa conversación, como todos mis momentos pasados con Davood, se convirtió en parte de un recuerdo vago y agridulce que permanece conmigo.
9 de febrero de 2020. Hoy llamé a Davood, pero no respondió. Unos minutos después, me devolvió la llamada. Su voz estaba, como siempre, llena de energía y entusiasmo infantil. Dijo:
—Morteza, estoy pintando ahora mismo. Durante este tiempo, he vomitado todo lo que comí. Mis pinturas son exactamente así, vómito, pero la diferencia es que en la pintura, lo que “vomito” a la gente le gusta.
Luego, estalló en carcajadas. Continuó:
—Se suponía que vendrías a nuestra casa mañana por la noche, pero me enfermé y he vuelto al hospital desde la mañana. He estado comiendo en exceso durante unos días, y tengo un dolor de estómago extraño; todo lo que como, lo vomito. Pero ahora me siento mejor, sin dolor. Solo quería decirte que es mejor que pospongas tu visita para otro momento.
Para saber cómo estaba, llamé a Kavoos. Dijo:
—Está mal. El médico dijo que tiene un tumor de diez centímetros en la vesícula biliar, y si hacen una biopsia, el tumor se activará. Davood aún no lo sabe.
Al día siguiente, Sarvenaz y yo fuimos a visitar a Davood. Dos de sus nietos tocaban instrumentos y cantaban junto a su cama de hospital. Zahra, su esposa, estaba sentada a su lado, preocupada, pero Davood se reía como siempre. En su cama había un cuaderno lleno de nuevos dibujos. Nos quedamos unas dos horas.
Davood preguntó:
—¿Qué está pasando en el extranjero? ¿Los extranjeros han escrito algo nuevo sobre mí?
Le leí algunos correos electrónicos y mensajes. Dijo:
—Lee todo esto también para el paciente de la cama de al lado y sus acompañantes.
Escuchaba con entusiasmo y lo disfrutaba, le encantaban esos momentos.
Como el Capitán había llegado y estaba esperando fuera de la puerta, tuvimos que volver a la galería. Pero a las 9:30 de esa noche, regresamos al hospital. El guardia no me dejó entrar, pero Sarvenaz logró pasar. Diez minutos después, me llamó y dijo:
—Davood dice que te escabullas arriba; quiere verte.
Podía escuchar su risa desde detrás de la puerta. Cuando entré en la habitación, su ánimo estaba tan alto como siempre. El paciente de la cama de al lado, hablando con acento de Kermanshah, dijo:
—Sr. Davood, dígame la verdad, ¿quién está enfermo aquí, usted o nosotros? ¡Parece que usted es el más sano de todos!
Davood se rio y respondió:
—¡Por Dios, no tengo ningún problema!
Dos días después. Esta tarde fuimos a visitar a Davood a su casa. Cuando llegamos, estaba de pie junto al callejón frente a su casa, con su cuaderno de bocetos en la mano. Como un niño emocionado, nos mostró un nuevo dibujo y dijo:
—¡Miren cuánto he trabajado durante este tiempo!
Mientras subíamos las escaleras, comenzó a recitar un poema sentido:
«No tengo fiebre, ni estoy enfermo,
Ningún dolor agita mi alma o mi voluntad,
Y sin embargo, veo que mi color se desvanece,
Dicen que son los vapores de la tierra, pero yo sé que es amor en su lugar».
Luego se volvió hacia mí y dijo:
—Morteza, escribe este poema y léelo a todos en mi nombre.
«Nadie en este pueblo alcanzó la fama,
Sin que la crueldad de la vida dejara una espina en su alma.
Mira el peine, hasta que estuvo lleno de espinas,
Nunca tocó los cabellos de un amado, ni los adornó».
Davood tenía una memoria increíble. Pero como no sabía leer ni escribir, los poemas que recordaba eran aquellos que había escuchado de otras personas a lo largo de los años, recitados con sus propias palabras, moldeados por su comprensión.
El primer poema es una versión libre de un do-bayti (doble pareado) de Baba Taher, el místico y poeta persa, aunque el texto original difiere de la versión de Davood. El segundo es un cuarteto tradicionalmente atribuido a Omar Khayyam, el célebre filósofo y poeta, pero nuevamente, Davood lo había conservado en su memoria en una forma que no era exactamente igual al original.
Seis días después... Esta noche volvimos a la casa de Davood. Cuando abrió la puerta, estaba allí, el mismo Davood de siempre, pero ahora más delgado y frágil. Su tez estaba algo pálida, pero aún brillaba en sus ojos esa chispa apasionada e infantil.
Tenía una pintura apoyada contra la chimenea. Con un rostro que contenía tanto tristeza como alegría, preguntó:
—¿Has visto la nueva pintura?
Le dije:
—Sí, es increíble.
Sonrió y dijo:
—Ve a la habitación y trae esas dos pinturas grandes que están debajo de la alfombra.
A Davood siempre le encantaba que observáramos sus pinturas con atención y habláramos de ellas con paciencia. Cuanto más las elogiabas, más lo disfrutaba.
Más tarde esa noche, me tomó de la mano y me llevó a una habitación. Había algunas obras antiguas en el armario, y dijo:
—Trae estas, quiero restaurarlas.
Con una expresión llena de buenas intenciones y una mezcla de obsesión y placer, añadió:
—Solo sigue hablándome.
Mientras trabajaba en restaurarlas, el ánimo de las pinturas cambió. Se llenó de energía y alegría. Era como si no solo las pinturas volvieran a la vida, sino que él también se estuviera revitalizando. Todo su cansancio y enfermedad parecían desaparecer.
Cuatro días después. Hoy se inauguró la exposición de Davood en la galería “Outsider Inn”. Cien pequeñas pinturas suyas colgaban en las paredes, cada una era una ventana a un mundo nuevo, profundo de emoción y experiencia humana. En medio de la multitud y el bullicio, Davood se mantenía de pie con una sonrisa suave en los labios, su mirada brillaba con orgullo al contemplar su obra.
Después de asistir a la boda de su nieta Arghavan, Davood llegó a la galería con su esposa, hijos, yernos y nietos. Saludó a todos con calidez y sinceridad, interactuando con los visitantes y hablando de su trabajo con gran entusiasmo. Incluso en medio del ruido y el movimiento constante, logró hacer dos pequeños dibujos, algo que solía hacer con frecuencia. En el corazón del caos, nunca perdía su enfoque ni su precisión artística.
Quizás esa era la esencia de Davood: su capacidad para crear momentos significativos y memorables, incluso cuando todo a su alrededor parecía desmoronarse. En esos mismos momentos, su arte permanecía vivo.
La exposición se inauguró justo cuando comenzaron los primeros rumores sobre el coronavirus. La galería estaba llena, muchos habían venido a ver a Davood en persona. Pero poco a poco, comenzó a surgir la preocupación. Sarvenaz, quien siempre cuidaba de él, le advirtió repetidamente:
—Sr. Davood, por favor no abrace ni bese a nadie en la mejilla.
Pero fiel a su espíritu y energía ilimitada, Davood no prestó atención. Seguía sonriendo, estrechando manos y abrazando a los visitantes. Permaneció en la galería hasta el final, lleno de vida y presencia.
Al día siguiente, cuando llamé a su teléfono, su voz estaba animada y llena de energía. Davood, siempre rápido con una broma, dijo alegremente:
—¡Morteza! Hoy hice algo, si lo vieras…
Luego, como siempre, añadió riendo:
—¡Me quedó genial!
Con alegría y entusiasmo, me habló de la nueva pintura, una que, según él, nadie podría ignorar. Así era, incluso cuando el mundo se sumía en la incertidumbre y la crisis, él permanecía fiel a la vida y al arte.
Para Davood, el arte no era solo un medio de expresión, era el fundamento de su ser, el ancla que lo mantenía firme en un mundo caótico e inestable.
Ocho días después. Hoy fui a visitar a Davood nuevamente. Su estado había cambiado un poco desde la última vez que lo vi; la chispa habitual en sus ojos ya no estaba. Cuando entré en su habitación, tenía su cuaderno de bocetos abierto con algunos dibujos sin terminar en la página. Me miró y, con una sonrisa débil y cansada, dijo:
—Morteza, no tienes idea de lo lento que pasa el tiempo estos días. Con este maldito virus, es como si todo se hubiera detenido.
Davood siempre hablaba con una mezcla de humor y verdad, pero hoy sus palabras tenían un tono más pesado y profundo, como si estuviera doblándose bajo el peso del mundo exterior.
Le pregunté:
—Davood, ¿te sientes bien?
Movió la cabeza lentamente y dijo:
—No, pero tengo que seguir trabajando, aunque el mundo se haya detenido.
Su rostro se veía más delgado, más agotado. Había una nueva ola de preocupación que surgía dentro de él, especialmente cuando hablaba de su familia y las enfermedades que los rodeaban. Con un temblor en la voz, dijo:
—Estos días, no sé qué me depara el destino. Tal vez esta sea la última vez que vea este lugar.
Se calló un momento, quizás para darnos tiempo a ambos de asimilar lo que acababa de decir. Luego, esa sonrisa familiar y agridulce volvió a sus labios y añadió:
—Pero bueno, aunque siga aquí, al menos dejaré algo que aún hable por mí.
Sus ojos estaban llenos de tristeza, pero en lo profundo de él, aún latía una fuerza, una fuerza atada a este mundo, que lo acompañaría hasta el final.
Faltaban menos de tres semanas para que terminara el año... Esa mañana, recibí un mensaje de Farideh, una de las hijas de Davood. Desde el momento en que lo leí, tuve una sensación extraña. Había escrito: «Hola Sr. Zahedi, sé que las cosas no están bien y que está en cuarentena por el COVID, pero mi padre no ha estado bien desde hace uno o dos días. Le agradecería mucho si pudiera venir a verlo. Él se llena de energía cuando lo ve».
Su mensaje, en los días fríos y difíciles del final del invierno, encendió una llama de ansiedad en mí. Era como si el tiempo se hubiera detenido, y los peores pensamientos giraban en mi mente.
A las 6:30 p.m., llegamos a la casa de Davood. Pero el Davood enérgico y vivaz que todos conocíamos ya no estaba allí. El árbol que alguna vez simbolizó la vitalidad de la vida ahora parecía debilitado, desvaneciéndose. Estaba acostado en silencio y con debilidad en la cama; su rostro más delgado que nunca. Cuando nos vio, con ojos cansados, dijo:
—¡Mira qué delgada se ha vuelto mi cara!
Luego hizo un gesto para que Sarvenaz se sentara a su lado. Con calidez y ternura, ella le susurró y le brindó consuelo. Un silencio pesado llenó la habitación por un momento. Davood, reuniendo todas sus fuerzas, se incorporó lentamente. Su voz era débil y temblorosa:
—Morteza, ve al trastero del garaje. Hay algunas pinturas antiguas allí. Tráelas. Quiero restaurarlas.
Momentos después, de esa manera extraña y familiar que solo él tenía, comenzó a firmar las obras sin firma que estaban sobre la mesa, pinturas que no solo llevaban historia y experiencia, sino también los ecos de una vida vivida, ahora acercándose a su fin.
Justo entonces, Ali Zakeri, su yerno, entró en la habitación. Sus ojos se posaron sobre las pinturas, y comenzó a elogiarlas de inmediato. Davood, aún acostado, escuchaba con atención, y luego dijo con su característico humor:
—Tomemos una foto de los tres, yo, sosteniendo las manos de dos artistas.
Ali sonrió y respondió:
—Es un honor para nosotros tener nuestras manos en las manos de nuestro maestro.
Unas horas más tarde, mientras la noche parecía acercarse silenciosamente a su fin, el estado de Davood seguía siendo inestable, como una ola que se calma por un momento, solo para levantarse de nuevo.
No podía retener ningún alimento; todo lo que comía, lo vomitaba. Sus ojos reflejaban una tristeza profunda —el tipo que crece desde dentro, arraigada en la sensación de pérdida y despedidas silenciosas.
Llegó el momento de la despedida —una de esas noches que uno desearía que no terminaran. Las lágrimas llenaron sus ojos, y con voz temblorosa, dijo:
—Espero que no me pierdan.
Esa frase me golpeó como el hachazo al tronco de un árbol, repentina, profunda e inolvidable. Todos esos días, todos esos momentos, comenzaron a sentirse como ramas que se desprendían lentamente del cuerpo de la memoria. Y en el corazón de esa amarga quietud, quedó una pregunta inquietante: ¿La vida, incluso en sus momentos finales, sigue jugando con nosotros?
Tres días después. Behdad, mi cuñado y escultor, vino a nuestra casa a las seis de la tarde, y juntos nos dirigimos a la casa de Davood. Cuando llegamos, Davood no salió de su habitación. Lo saludamos, pero su respuesta fue cansada y distante. Nunca había estado tan apagado y silencioso antes; era como si se hubiera retirado dentro de sí mismo, sin prestar atención al mundo que lo rodeaba.
Sarvenaz, preocupada por el estado de Davood, le pidió a Behdad que hiciera un molde de la mano de Davood, pero esa noche no era el momento adecuado. La primera hora pasó con dificultad. Tenía una vía intravenosa en el brazo derecho, así que si Davood lo permitía, tendríamos que tomar el molde de su mano izquierda. El ambiente en la casa era completamente distinto al que conocíamos de Davood.
Zahra, la esposa de Davood, estaba ocupada preparando la cena. Davood preguntó:
—¿Cuánto falta para que esté lista la comida?
Zahra respondió con calma:
—Una hora aproximadamente.
Davood dijo:
—Entonces bajemos hasta que esté lista.
Se refería a la pequeña habitación que había construido en el patio para sí mismo.
Una hora más tarde, volvimos a subir. Davood se sentía un poco mejor y se sentó a la mesa. Debido a su enfermedad y a las recomendaciones del médico, no podía comer nada. Mientras todos mirábamos la comida preparada, Davood le pidió a una de sus hijas, Fariba, que le trajera un pedazo de pan. Rompió el pan por la mitad, colocó su nariz dentro y respiró profundamente varias veces. Esta escena fue desgarradora y triste para todos nosotros, como si incluso los placeres más simples de la vida le hubieran sido arrebatados.
Después de la cena, Behdad trajo alginato y yeso desde su coche y se puso a trabajar. En pocos minutos, hizo un molde de la mano izquierda de Davood. Davood cooperó con su espíritu habitual e incluso bromeó un poco durante el proceso, haciendo bromas a Behdad. Aunque estos momentos estaban llenos de dolor y tristeza, aún llevaban señales de la vida y energía de Davood, señales que mostraban que había logrado mantener viva una chispa de pasión y humor a pesar de todo su sufrimiento.
Tres días después. Hoy a las seis de la tarde fuimos a visitar a Davood. Su estado había mejorado ligeramente en comparación con días anteriores. Con un rostro que había recuperado algo de fuerza tras días de debilidad y fatiga, salió y se sentó con nosotros en el sofá. Esbozó una leve sonrisa, aún marcada por la tristeza y el dolor, y preguntó:
—¿Qué noticias hay?
Le leí en voz alta un nuevo correo electrónico que había recibido de Nico van der Endt. Nico es la persona que, en 2012, fue el primero en exponer la obra de Davood en la Galerie Hamer de Ámsterdam. Gracias a su influencia y prestigio en el mundo del Art Brut, introdujo las piezas de Davood en algunas de las colecciones más importantes de Europa. La Galerie Hamer es una de las galerías más antiguas y respetadas dedicadas al Art Brut, con más de medio siglo de historia y una larga lista de artistas que ha ayudado a llevar al reconocimiento mundial.
Nico había escrito: «Davood, mi querido, mi mejor, Sé que no estás en las mejores condiciones en este momento, y realmente lo lamento. Tuve el gran privilegio de ser el primero en presentar tu obra fuera de Irán, aquí en mi propia galería. Estoy orgulloso de haberlo hecho. Para mí y para mi galería, has sido un artista profundamente importante, y tu exposición sigue siendo uno de los eventos más significativos de la última década. Ahora, más que nunca, veo claramente que has sido como un arquitecto, construyendo silenciosamente un hermoso y majestuoso palacio que perdurará para siempre. Y hasta mi último aliento, seguiré presenciando su florecimiento, cada día. Espero que sigas luchando contra esta enfermedad y continúes compartiendo tus increíbles momentos y experiencias con nosotros, para que todos podamos inspirarnos y elevarnos con ellas».
Al terminar de leer, una suave sonrisa se extendió por el rostro de Davood —fue un momento hermoso de presenciar. Preguntó:
—¿Eso es todo?
Le dije:
—Sí.
Él respondió, con una mezcla de satisfacción y anhelo:
—Qué pena… Ojalá hubiera escrito más. Me encantó escucharlo. ¿Puedes leerlo otra vez desde el principio?
Le leí esa carta varias veces antes de que terminara la noche. Y con cada lectura, su sonrisa se hacía un poco más amplia.
Dos días después. Cuando llegamos a la casa de Davood, estaba acostado en el sofá, luciendo más agotado que de costumbre. Un dibujo a medio terminar (tamaño A3) yacía sobre la mesa frente al sofá. Aún no había podido levantarse, y con su voz débil y apagada, dijo:
—Empecé este dibujo hoy, pero lo terminaré esta noche para que te lo lleves.
Con movimientos lentos y débiles, se levantó y comenzó a acomodar el dibujo. Estuvo ocupado durante aproximadamente una hora hasta que su cuerpo cedió, y volvió a detenerse. Miré su rostro, y era evidente que se sentía incómodo. Parecía que toda su energía se había agotado. Mientras su mirada permanecía fija en el dibujo y su mano apenas se movía sobre el papel, dijo:
—Mi estómago se ha agriado dos veces. ¡Siento como si hubiera tragado un cuchillo!
En ese momento, llegó Ali Zakeri. Davood se volvió hacia él y, con una expresión que era más que nunca una mezcla de tristeza y humor, dijo:
—Ali, ¿qué clase de vida interminable estoy viviendo? Bien podría…
Ali lo interrumpió con una sonrisa, diciendo:
—Antes de convertirte en pintor, podrías haberlo hecho, Papá Davood, aquella vez que dejaste el garaje, ese fue el mejor momento para dar un paso al costado. Pero ahora, ya no depende de ti, tienes que responder ante muchas personas y ante el arte. Eres responsable.
De repente, el rostro de Davood se iluminó, y comenzó a reír. Esa risa familiar, llena de vida y humor, seguía mostrando al mismo Davood de siempre. Luego se volvió hacia mí y dijo:
—Morteza, ¿en qué estás pensando? No te preocupes. Voy a luchar.
Miró a Sarvenaz y repitió las mismas palabras. Era como si, con esas palabras, se recordara a sí mismo que debía mantenerse fuerte, incluso si su cuerpo ya no cooperaba como antes.
Akram (su otra hija) lo ayudó a levantarse y lo sostuvo con delicadeza mientras se dirigía a su habitación. Lo guio hasta la cama y lo ayudó a recostarse, luego comenzó a masajearlo para ayudarlo a dormir.
Dos días después. Davood llamó a las 6:45 p.m. Su voz sonaba diferente a la de antes, llena de energía y felicidad. Parecía que se sentía mejor. Con su tono juguetón habitual, dijo:
—¿Por qué no me llamaste hoy? Me preocupé, pensé que te habías contagiado de COVID. ¿Por qué estás jadeando tanto?
Le respondí:
—Perdón, estoy fuera ahora mismo. Vine a hacer unos trabajos de enmarcado.
Él dijo:
—¿Morteza, estás saliendo? ¿Llevas mascarilla? ¿Tienes guantes? Ten mucho cuidado, hijo.
Luego, con una sugerencia cálida y amistosa, continuó:
—Zahra compró carne fresca y quiere hacer un guiso de primera calidad. Ven, comamos todos juntos.
Le dije:
—Claro que iremos, pero como estamos saliendo y en contacto con distintas personas, es mejor mantenernos más en contacto por teléfono y vernos menos en persona. Es peligroso para ti.
Hubo un momento de silencio. Luego pregunté:
—¿Akram te mostró las fotos que le envié?
Él respondió:
—Akram no está aquí. Lleva dos noches en su casa. ¿Qué le enviaste?
Le expliqué:
—Le envié unas fotos de un libro que se publicó en Londres, con algunas de tus obras. Tomé fotos de las imágenes del libro y te las mandé.
Inmediatamente, dijo:
—Pero Fariba está aquí, mándaselas a ella.
Diez minutos después, volvió a llamar. Esta vez su voz estaba llena de emoción y alegría. Dijo:
—¡Morteza, siento que realmente me estoy haciendo famoso! La próxima vez que vengas a casa, trae el libro para que lo vea.
Le respondí:
—El libro aún no ha llegado, solo han enviado las fotos.
Diez días después. Era la noche del primer día del Año Nuevo. Cuando llegamos a la casa de Davood, no se sentía bien. Estaba acostado en la cama, claramente exhausto y débil. Antes de nuestra llegada, una nutricionista había ido a su casa, le había prescrito una dieta restringida y explicado su estado a la familia. El ambiente era pesado, y todos estaban preocupados por él.
Entré en la habitación y pregunté:
—¿Cómo está, maestro?
Davood me miró y, con voz débil, dijo:
—Realmente no estoy bien. Ya no hay esperanza. Ni siquiera puedo hablar, y…
Sus palabras eran dolorosas de escuchar. Cambié rápidamente de tema y dije:
—Anoche hablé con Christian Berst. Planea hacer una exposición de tus obras en su galería en París.
Como siempre, esta noticia podría haberlo animado. Pero Davood, quien antes se emocionaba mucho al escuchar este tipo de noticias, esta vez respondió con voz cansada y débil:
—Morteza, estoy al límite, pero prometo que volveré a empezar.
Respiró hondo y continuó:
—No sabes cuánto disfruto cuando me llamas «maestro». Siempre he preferido y admirado a las personas prácticas, y he intentado ser una persona práctica yo mismo.
Estas palabras de Davood fueron muy profundas y significativas para mí. Nunca se consideró a sí mismo un «maestro», pero respetaba el término. Sus palabras mostraban que, a pesar de todos los desafíos, aún quería vivir y continuar su camino con energía y motivación.
Cuatro días después del Año Nuevo... Davood estaba dormido. Akram dijo:
—Estuvo despierto esperándote hasta hace una hora, pero luego Kavoos Baba lo llevó al baño, y después se quedó dormido.
Preguntamos por el estado de Davood. Zahra respondió con preocupación:
—No ha estado nada bien en los últimos días. No ha hablado con nadie, y…
Unos momentos después, el sonido de nuestra conversación en voz baja despertó a Davood. Nos saludó con voz tenue. Todos nos levantamos y fuimos hacia él. Pedimos a los niños que ayudaran a levantar a Davood. Se esforzó por levantarse y fue al baño. Al regresar, dijo débilmente:
—Perdón, me tomará un poco de tiempo sentirme mejor.
Habían trasladado el televisor de la sala al cuarto de Davood, y este cambio había tenido un efecto positivo en su ánimo. Nos sentamos y vimos una serie juntos. Le gustaba esa serie, y aunque estaba muy callado y tranquilo, si uno prestaba atención, podía ver una sonrisa ocasional cruzar su rostro. Desde el principio hasta el final de la serie, Zahra sostuvo la mano derecha de Davood y la masajeó con aceite de semilla negra. Las venas de su mano se habían debilitado y amoratado por las frecuentes inyecciones intravenosas. Este gesto le brindaba más paz que cualquier otra cosa.
Ver esta escena me conmovió profundamente, y dije:
—Zahra, el mérito es de Davood. Una vez, estas manos sostenían martillos y llaves inglesas, y hoy sostienen lápices. ¡Cuántas obras maestras se han hecho con estas manos! No se pueden subestimar estas manos.
Davood, complacido por mis palabras, cerró el puño izquierdo y lo extendió hacia mí, para que chocáramos los puños, como siempre hacía con su espíritu habitual.
Cinco días después. Akram me envió algunas fotos por WhatsApp; Davood estaba acostado en el suelo con los brazos cruzados, junto a su última obra. Esta pieza había quedado sin terminar durante algún tiempo. Llamé a Davood y compartí mi emoción y alegría con él.
Él dijo:
—Morteza, estoy enamorado de esta obra. No pude dormir anoche, me levanté a las 3 a.m. y finalmente la terminé. Se lo había prometido a Sarvenaz.
Su voz estaba llena de energía; parecía que se sentía mejor. Durante todo este tiempo, nunca se separó del mundo del arte. Incluso en el punto más intenso de su enfermedad y debilidad física, nunca dejó de trabajar. Era como si la verdadera batalla que estaba librando no fuera contra su enfermedad, sino contra sus respiraciones cansadas. En el fondo, sabía que solo creando podía realmente respirar.
Hubo un breve silencio, y luego continuó:
—Siempre pensé que la vida debía ser de cierta manera, con momentos grandiosos y gloriosos. Pero ahora veo que la vida, aunque pequeña y simple, es la mayor obra de arte en sí misma. Estas pinturas son lo mismo; son solo fragmentos de una vida que estoy creando.
Sus palabras, flotando por el teléfono en medio de la noche, llevaban una verdad profunda. Davood siempre fue un buscador, tanto en la vida como en el arte. Con cada momento, con cada pintura, se descubría a sí mismo y, a través de cada creación, pintaba una nueva imagen de su mundo interior.
Le dije:
—Esta pieza es realmente una obra maestra.
Él se rió y respondió:
—No, Morteza, esta es solo una entre miles. Cuando realmente entiendes la vida, las pinturas son solo una de las mil formas que te impulsan hacia adelante. La vida tiene que ser hermosa; cada día debes crear una nueva pieza. Debo seguir adelante. Este camino aún no ha terminado. Estoy enamorado. Y caminaré este camino con amor.
Cuatro días después. A las 9:30 p.m., Farideh me envió algunas fotos: Davood estaba de pie frente a la cámara con una cálida sonrisa, sosteniendo su última obra. Lo llamé de inmediato. Él contestó el teléfono personalmente, sonando animado y lleno de energía.
Lo felicité por sus nuevas obras. Él se rió y dijo:
—Tu cuerpo está sano, tus bolsillos llenos de dinero.
Luego continuó:
—Morteza, pintar significa dominarte a ti mismo, significa libertad. Realmente lo he comprendido.
Le dije:
—Me alegra que te sientas mejor. ¿Crees que podríamos organizar una nueva exposición con estas obras?
Él respondió:
—¿Exposición? Tal vez ahora no. Lo importante es que yo las disfrute.
Mientras hablaba, quedaba claro que, como siempre, lo más importante para Davood era la pintura en sí, ese momento puro de creación que solo ocurría entre él y su obra.
Diez días después. Alrededor de las once de la mañana, Davood llamó, y hablamos durante más de una hora. Me estaba quedando sin cosas que decir, y la conversación ya se había extendido bastante. Empecé a preocuparme de que se cansara. Le dije:
—Davood, ¿te estás cansando? Tal vez deberíamos terminar la llamada para que descanses un poco.
Pero él aún quería seguir hablando. Así que le pedí que colgara, y que yo lo llamaría de nuevo. Estuvo de acuerdo.
En cuanto llamé de nuevo, contestó de inmediato y dijo:
—Te necesito. Cuando hablo contigo, me siento tranquilo.
Su voz era un poco débil y apagada, como si no estuviera sosteniendo bien el teléfono. Le pregunté:
—¿Qué estás haciendo?
Respondió:
—No puedo quedarme quieto. Estoy trabajando. Cuando vengas esta noche, te mostraré lo que he pintado.
Llegamos a su casa alrededor de las 10:15 p.m. Parecía mejor que antes. Me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Su obra más reciente estaba sobre la cama. Nos sentamos y hablamos sobre sus pinturas más recientes. La alegría que sentía por su trabajo era algo que no se podía expresar fácilmente con palabras. Mientras estábamos inmersos en la conversación, Zahra nos llamó desde la cocina. Le pregunté:
—Davood, ¿vamos?
Aunque claramente no quería que la conversación terminara, dijo:
—Toma una foto de esta obra primero, luego, vamos.
Tomé algunas fotos de él sosteniendo su pintura. Luego nos dirigimos a la mesa para cenar. Estos momentos simples pero íntimos estaban llenos de significado oculto. En medio de la enfermedad, el dolor y el agotamiento, aún había espacio para la creación, la conversación y el disfrute de la vida. Para Davood, eso era suficiente.
Once días después. Llamé a su móvil y pregunté:
—¿Cómo estás realmente?
Él respondió:
—Ya no estoy bien, Morteza.
Le dije:
—¡Qué cosas dices, Davood!
Y comencé a explicarle en detalle qué cualidades tiene una persona útil y cómo se diferencia de una inútil. Luego le pregunté:
—Con todas estas definiciones que te he dado, ¿aún dices que no vales nada?
Él respondió:
—Shamboli.
(Davood tenía la costumbre de inventar expresiones que solo tenían sentido para él y que solo se usaban en su círculo cercano.)
Luego añadió:
—Ven a casa esta noche. Viene un amigo perdido desde hace mucho tiempo, alguien que no he visto en más de veinticinco años. Me encantaría que tú también estuvieras.
Me recordó que, en 1988, durante un momento crítico e histórico, había actuado como mediador y logró comprometer una licencia comercial para asegurar la liberación de su amigo de una prisión política.
Dos semanas después. Llamé al teléfono de Davood. Su voz se escuchaba muy débil:
—Me volvieron a ingresar al hospital hace dos noches por anemia. Me he sentido muy mal, y aún tengo náuseas. Pero hoy me darán el alta y volveré a casa.
Calló por un momento y continuó:
—El médico me recetó una vía intravenosa de electrolitos para aumentar el volumen de sangre, sodio, potasio, calcio, cloruro y Ringer Lactato, para aumentar la sangre y mantener el equilibrio de agua y electrolitos. La infusión duró siete horas.
Ya no podía escapar de la verdad: el Davood que yo conocía se estaba desvaneciendo poco a poco.
Al día siguiente. Cuando desperté, quité el modo silencio de mi teléfono. Miré la pantalla y vi que Davood había llamado cinco veces entre las diez de la mañana y la una de la tarde. Lo llamé de inmediato.
Su voz, enérgica y alegre, se escuchó por la línea:
—¡Morteza! Esa vía intravenosa realmente funcionó —me siento mucho mejor ahora. Me encantaría que vinieran esta noche y me vieran así. No quiero que me recuerden como estaba ayer. Me importan mucho ustedes dos. La última vez, sentí que verme los afectó —eso me pareció. Cuando algo te molesta, aprietas los labios de cierta manera, y yo lo noto. Así que quiero que vengas y me veas ahora, en buen estado, para que tengan una mejor imagen mía en sus mentes...
Sus palabras fueron tan cálidas y reconfortantes que disiparon todo mi cansancio. Realmente quería que conserváramos un buen recuerdo de él. Davood siempre había sido así.
Cinco días después. Davood llamó. Su voz estaba llena de energía. Sin preámbulos, dijo:
—Morteza, te llamo por amor y afecto. Tú me conoces, no hay otra razón. Simplemente disfruto mucho hablar contigo y escuchar tu voz. No hay nada más hermoso ni más importante en este mundo que dar y recibir amor.
Calló por un momento, luego continuó:
—Zahra está haciendo sopa espesa persa. Como a Sarvenaz le encanta, deberían venir esta noche.
Ali Zakeri y yo fuimos a casa de Davood. Estaba acostado en la cama, luciendo mucho mejor que antes, alegre y lleno de vida. Cuando entramos en su habitación, sonrió y dijo:
—Ali, Morteza, siéntense. Quiero contarles un chiste.
Luego se volvió hacia Sarvenaz y dijo:
—Ve a esperar afuera, ¡este es demasiado inapropiado!
Y estalló en carcajadas.
Unos minutos después, llegó la hora de la cena. Davood se sentó con nosotros, aunque no podía comer nada. Aun así, se quedó junto a la mesa, escuchó las historias de Ali Zakeri y sonrió de vez en cuando.
Estaba programado para ir al hospital a la mañana siguiente para que le drenaran el líquido del abdomen. Así que nos fuimos más temprano de lo habitual, para que pudiera descansar y estar listo para el día siguiente.
Una semana después. Respondió el teléfono tras una demora. Se escuchaban crujidos fuertes y ruidos desagradables al otro lado, lo que dificultaba oír claramente a Davood y a Kavoos. Dije:
—Creo que llamé en mal momento.
Davood respondió:
—No, para nada.
Luego, de repente, escuché varias toses fuertes. Su voz estaba extremadamente cansada y débil. Kavoos tomó el teléfono y dijo:
—Perdón, papá se siente con náuseas. Te llamará cuando se sienta mejor.
Me disculpé, y la llamada terminó. Todo se sintió repentino y amargo, y mi mente no podía albergar nada más que preocupación y ansiedad.
Dos días después. Llamé a su móvil, pero no respondió. Unas dos horas más tarde, me llamó. Su voz era un poco más débil de lo habitual y dijo:
—Anoche me sentí muy mal, pero hoy estoy mejor.
De repente, su voz se quebró y comenzó a llorar. Esta fue la enésima vez que lloraba por teléfono. Intenté consolarlo, pero mis palabras no fueron suficientes. Un silencio pesado cayó entre nosotros.
Preguntó:
—¿Cuándo vienes a verme?
Le dije:
—Dentro de dos días, en la noche de tu cumpleaños.
Suspiró y dijo:
—Ven antes.
Respondí:
—Iré.
Después de unos momentos de silencio, como si quisiera decir algo, habló con su tono habitual:
—Hafez.
Yo respondí:
—Saadi.
A Davood siempre le gustaba que nuestras despedidas tuvieran un toque poético y juguetón. En persa, la palabra para despedirse —khodahafez— suena como el nombre del gran poeta iraní Hafez. Así que, en lugar de decir adiós directamente, él decía «Hafez» primero y esperaba la respuesta. La otra persona debía responder con «Saadi», otro gran poeta y escritor iraní.
Este juego de palabras era como una broma constante que realmente disfrutaba, ¡y siempre insistía en que mantuviéramos viva esta tradición de despedida! Para él, un simple adiós era demasiado plano y ordinario.
Dos días después. Ali Arkian, un viejo amigo mío que actualmente trabaja en un documental sobre Davood, me envió dos mensajes de voz preguntando si tenía noticias sobre él. Dijo que había hablado con Kavoos, quien le contó que el estado de su padre no era nada bueno.
Preguntó:
—¿Sabes cómo está? Quería felicitarlo por su cumpleaños.
Preocupado por lo que había escuchado, llamé a Davood justo después de hablar con Ali Arkian, pero no hubo respuesta. Finalmente, Akram contestó el teléfono y dijo:
—Papá realmente no está bien.
Llegamos alrededor de las 9 p.m., Davood estaba en su habitación con una mujer que había estado trabajando con él durante un tiempo, tratando de aliviar su dolor mediante sanación energética. Era su cumpleaños, y todos los hijos, nietos, yernos y nueras estaban allí.
Un momento después, la terapeuta salió de la habitación. Entramos. Davood estaba acostado en la cama, agotado, silencioso e inquieto. Dijo:
—Quiero un masaje.
Sarvenaz comenzó a masajearle la espalda. Le pidió a Akram que le trajera un vaso de agua caliente. Un rato después, Fariba lo ayudó a levantarse para que pudiera salir de la habitación.
Caminó un poco por la sala, luego se sentó en el sofá. Los niños sacaron su pastel de cumpleaños. Sin mucha energía, sopló la vela por su cumpleaños número 81. Unos minutos después, dijo:
—Estoy cansado. Necesito descansar.
Y volvió a su habitación. Akram se volvió hacia nosotros y dijo:
—Mañana, papá los llamará y dirá, muy alegre: «Mooooo-Alaikom!».
(Esa era la forma característica de Davood, saludar cuando estaba de muy buen humor).
Como mencioné antes, Davood tenía un vocabulario propio en sus conversaciones. Si estabas familiarizado con sus frases, lo entendías de inmediato, pero si no, podían sorprenderte o confundirte fácilmente.
Tres días después. Sarvenaz habló por teléfono con Akram y dijo:
—Papá ha ingresado en el hospital y ahora está en la unidad de cuidados intensivos. Su estómago ha comenzado a sangrar, y ya no era posible cuidarlo en casa. Por favor, recen por él.
Dos días después. Sarvenaz llamó a Akram. Él dijo:
—El estado de papá es muy grave; está bajo cuidados en la UCI. Si lo permiten, pueden visitarlo entre las 3 y las 4.
Nos apresuramos al hospital. En el patio, vimos a Kiarash, el nieto de Davood. De repente, rompió en llanto y dijo:
—Tío Morteza, el abuelo ha estado preguntando por ti.
Al principio no nos permitieron entrar, pero Sarvenaz insistió. El portero dijo:
—Llamen a la extensión 114; si aprueban, pueden pasar.
Después de rogarle a la enfermera, pudimos ver a Davood por unos minutos. Enfrentarlo fue difícil. Al principio, no nos reconoció. Le quitamos la mascarilla del rostro, y dijo:
—¿Ven cómo estoy?
Repitió la palabra «salud» más de diez veces.
Esos momentos estuvieron llenos de dolor y una sensación extraña. Mientras Davood repetía «salud», era como si estuviera honrando su vida y temiendo lo que estaba perdiento. La visita fue breve y amarga, pero un amor profundo y un apego silencioso fluyeron entre nosotros durante esos instantes.
Al salir de la habitación, los tres nos quedamos en silencio y con tristeza en el pasillo. Por primera vez, ninguno de nosotros tenía nada que decir; cada uno estaba perdido en su propio silencio.
Un día después. Me permitieron visitar a Davood por cinco minutos. Cuando entré en la habitación, llevaba conmigo un libro que contenía sus obras publicadas en Londres. Se lo mostré. Sus ojos se iluminaron y dijo:
—Muéstraselo a la enfermera y dile quién soy.
Llamé a la enfermera, le mostré el libro y le dije que Davood era un gran artista que había prometido continuar su trabajo seriamente una vez que saliera de allí. Él me interrumpió y, con entusiasmo infantil, dijo:
—Morteza, me voy a mejorar y empezar de nuevo.
Un momento después, pidió agua. La enfermera dijo:
—No debería beber agua; podría hacerle daño.
Unos minutos después, regresó con un vaso de agua y una jeringa y dijo:
—Unas gotas ahora no harán daño.
Coloqué la jeringa en su boca, y él sonrió diciendo:
—¡Siiiiiiiiiiiiiiií!
Tan pronto como la enfermera se alejó, Davood pidió agua otra vez. Le dije:
—Sabes que es perjudicial.
Él sonrió y respondió:
—Escúchame, hijo, y hazlo en secreto.
La enfermera lo notó y dijo:
—Visitante del Sr. Koochaki, su tiempo ha terminado.
Le besé la frente y dije:
—Hafez.
Él asintió levemente y, con voz débil, respondió:
—Saadi.
Al día siguiente. Llegué al hospital alrededor de las tres de la tarde. Kavoos dijo:
—Solo se permite que una persona vea a papá, así que es mejor que lo visites tú. Él gana energía al verte.
Llevaba conmigo algunos libros y revistas. Le leí un texto escrito por Jennifer Gilbert. Davood se animó y dijo a la enfermera:
—Escucha con atención, mira lo que está pasando.
Leí el mismo pasaje otra vez para la enfermera. Davood la miró y sonrió, diciendo:
—¿Ahora entiendes quién soy?
La enfermera respondió:
—De hecho, te busqué en Google y aprendí mucho sobre ti.
Esa frase fue como un bálsamo para las heridas de Davood. Con voz débil pero alentadora, intentó sonreír. La enfermera me miró y dijo:
—Eso es suficiente por hoy.
Me despedí de Davood y salí de la habitación. Su estado era tan frágil que esperábamos malas noticias en cualquier momento.
Montamos en la motocicleta de Kavoos y nos dirigimos a la galería para entregarle la carta que había escrito al Ministerio de Cultura y Artes. Él debía dársela a Nasser Giv Ghasab (otro yerno de Davood) para que la revisara, añadiera lo necesario y la firmara. (Anteriormente, Kavoos me había pedido que solicitara un permiso al Ministerio para que pudiéramos enterrar a Davood en una sección del cementerio reservada para artistas iraníes destacados).
Estos días seguían llenos de complejidad y dificultad. Por un lado, los dulces recuerdos y momentos felices del pasado estaban vivos en mi mente, mientras que, por otro, la dura realidad de ver a Davood débil y enfermo pesaba profundamente. Esa breve visita en tiempos tan turbulentos simbolizaba la resiliencia infinita del espíritu humano y un amor que permanece brillante incluso en la sombra de la muerte. La vida, como un río serpenteante, fluye constantemente entre la luz y la oscuridad, la fuerza y la fragilidad, la bondad y el sufrimiento.
Había contactado a todos los vinculados con la obra de Davood, desde amigos y conocidos hasta coleccionistas, galeristas, curadores y museos extranjeros, pidiéndoles que escribieran sobre Davood y el significado de su arte. Reuní todas esas cartas en una carpeta para tener los documentos necesarios y así asegurar el permiso para su lugar de entierro.
Aunque hacer esto fue extremadamente doloroso para mí, y me sentía profundamente frustrado con el proceso burocrático.
Al día siguiente. Hoy, antes de ir al hospital, Sarvenaz y yo fuimos al departamento correspondiente del Ministerio. El funcionario revisó la carta y dijo:
—Hay un problema con estos documentos. El artista aún está vivo, así que no podemos procesar esta solicitud. Espero que no ocurra nada, pero cuando enfrenten esa pérdida, pueden volver. Por ahora, no es posible reservar un lugar para el entierro.
Al escuchar esto, la realidad amarga y pesada que siempre habíamos tratado de evitar apareció de nuevo ante nuestros ojos. Junto a la esperanza de recuperación de Davood, el miedo y la preocupación por eventos repentinos y desagradables se profundizaron.
El funcionario continuó:
—Si los documentos están completos y el director lo aprueba, la coordinación administrativa con el cementerio puede hacerse en unas pocas horas ese mismo día.
Luego añadió:
—¡Los documentos extranjeros, como cartas de directores de museos que me enviaron por correo electrónico en un día y cuyas copias impresas he archivado, no son aceptables para nosotros! Solo las solicitudes y firmas de algunos artistas iraníes reconocidos, aprobadas por nosotros, son suficientes, porque nadie aquí entiende esos documentos extranjeros, ni ayudan en el proceso.
Estas palabras fueron mucho más duras de lo que esperaba. Sin embargo, sentí más que nunca que debíamos permanecer al lado de Davood y continuar este viaje con él, aferrándonos a la esperanza de los días que aún nos quedaban juntos.
La vida, en momentos como estos, se mueve de forma extrañamente lenta y pesada; cada decisión, cada palabra, cada acción tiene un significado y un impacto especial. Sabíamos que estos días —tanto los buenos como los malos— formaban parte de una historia que se desplegaba desde el pasado hasta el presente, y que debíamos enfrentarla.
Cuatro días después. Akram llamó con una voz llena de preocupación y dijo:
—Quería consultarte algo. Papá tiene mucho dolor y está inquieto. Por un lado, insiste en irse a casa, pero por otro, debido a su debilidad física extrema, no está listo para la cirugía. El médico dice que no puede ser trasladado, y la única razón por la que la operación se ha retrasado es por su debilidad.
Continuó:
—Creo que es mejor hacer la cirugía lo antes posible para que sufra menos dolor. ¿Qué opinas?
La pregunta era pesada y difícil. Siempre me había sentido aceptado en esta familia, pero en situaciones como esta, dar una opinión es muy duro. Cuando se trata de decisiones grandes que pueden cambiar la vida, la presión psicológica es inmensa.
Pregunté:
—Entonces, incluso si se hace la cirugía, ¿no hay posibilidad de recuperación?
Con voz débil, respondió:
—Sí, no durará más de diez días.
Esta verdad amarga, que la separación de Davood está cerca, fue profundamente dolorosa. Pero traté de mantener la calma y hablar con racionalidad:
—Entiendo por qué quieren la cirugía, pero es mejor que permanezca bajo observación en el hospital en lugar de ser trasladado a casa. Las condiciones de la casa no son adecuadas, y si ocurre algo malo, será una carga emocional muy pesada para la señora Zahra y la familia.
Dije:
—Dame unas horas para pensarlo y así tomar la mejor decisión.
Luego terminé la llamada y consulté con Sarvenaz. Decidimos contactar a Kavoos, quien siempre tenía una perspectiva más informada.
Kavoos dijo:
—Yo también estoy de acuerdo en que se debe hacer la cirugía porque la operación bloqueará algunos nervios del estómago, lo que reducirá el dolor. Después de la cirugía, Davood podrá comer y beber, y su condición mejorará. El médico ha pospuesto la cirugía porque teme que Davood muera en la mesa de operaciones, lo que afectaría negativamente su historial médico. Ahora están tratando de fortalecer su condición física para prepararlo para la operación. Simplemente no podemos proporcionar el nivel de atención hospitalaria necesario en casa.
Le dije:
—Iremos al hospital a las tres para discutir todo en persona.
Acordamos reunirnos en el hospital para tomar la decisión correcta sobre este asunto tan importante. Otras palabras y consejos habían perdido importancia; todo lo que queríamos era tomar la mejor decisión para Davood, aunque la situación era muy complicada.
Llegamos al hospital a las tres de la tarde. Akram y Kavoos estaban en la sala de espera. Su preocupación y desesperación eran claramente visibles en sus ojos. Todos buscábamos una decisión que causara el menor daño posible a Davood, pero no sabíamos si tal decisión siquiera existía.
Dentro de la habitación, vi a Davood acostado en la cama del hospital. Su rostro estaba pálido, y su cuerpo parecía débil y sin vida. Sin embargo, cuando sus ojos se encontraron con los nuestros, nos regaló una pequeña sonrisa, como si dijera que todo estaría bien. No era una sonrisa de felicidad, sino una resignación silenciosa y triste que era difícil de describir.
Kavoos dijo:
—Papá, la situación es difícil, pero estamos todos aquí contigo.
Davood solo asintió suavemente. Akram le sostuvo la mano; sus manos temblaban, pero bajo esa debilidad, aún había una fuerza que solo quienes lo conocían de verdad podían entender.
Dos días después. Hoy, Davood estaba programado para ser llevado al quirófano para la cirugía. Nuestros corazones estaban llenos de preocupación, pero esperábamos que la operación pudiera traerle algo de alivio. Llegamos al hospital a las 10:45 a.m. Encontramos a Kavoos y Mahnaz (su esposa) en la sala de espera; sus rostros estaban llenos de ansiedad.
Kavoos habló con voz tensa:
—Desafortunadamente, debido a la alta densidad de sangre de papá, la cirugía ha sido pospuesta.
Esa noticia me golpeó como un martillo. Justo cuando todo estaba listo, este cambio repentino complicó aún más la situación. Akram, que acababa de regresar de visitar a Davood, se unió a nosotros, pálida y llena de preocupación.
Kavoos me dio el turno. Entré a la UCI y vi que Davood estaba ligeramente mejor que antes. Su tez había mejorado en comparación con los últimos días, pero su voz seguía temblorosa, y sus ojos estaban llenos de lágrimas que caían silenciosa y continuamente por las comisuras.
Con voz débil, dijo:
—Sé que eres tímido, pero ve y dile al médico que me dé el alta.
Sonreí y respondí:
—Está bien.
Pero él insistió:
—Ve, hazme caso. Necesito irme a casa.
Su voz se volvió más fuerte, y las lágrimas llenaron sus ojos. Me quedé en silencio unos momentos, sin saber qué decir. Entonces entendí que necesitaba ayudarlo a calmarse un poco. Con un gesto, comprendí que quería que le limpiara la saliva espesa que luchaba por salir de su boca.
Una enfermera vino y limpió una gran cantidad de secreciones. Davood volvió a decir:
—Llévame a casa, por favor, hazme caso.
Esta vez su voz fue más fuerte y suplicante. Justo en ese momento, la enfermera entró y me pidió que saliera de la habitación.
Tres días después. Kavoos llamó. Su voz estaba tensa y llena de preocupación:
—No vengas al hospital. Hemos trasladado a papá a otro. Probablemente mañana le hagan un nuevo procedimiento, uno que no requiere cirugía abierta.
Por la noticia en sí, y aún más por el tono de voz de Kavoos, era evidente lo repentino y serio del cambio. En situaciones como esta, la ansiedad supera todas las demás emociones. Intenté mantener la calma y encontrar rápidamente una forma de estar presente. El hecho de que optaran por un procedimiento no invasivo sugería que la situación podría ser más crítica de lo que pensábamos. Aun así, decidí ir al hospital lo antes posible. Necesitaba estar cerca para entender mejor lo que estaba ocurriendo.
Al día siguiente. Hoy, por fin, Davood fue operado. Después de días de ansiedad y cambios repentinos, la noticia trajo un tenue rayo de esperanza a nuestros corazones. Aun así, ninguno de nosotros se sentía tranquilo, el resultado de la operación y su estado posterior seguían siendo inciertos. La familia se había reunido, y esperábamos, momento a momento, cualquier actualización que pudiera arrojar luz sobre la situación de Davood.
Todo lo que podíamos hacer era rezar por su recuperación. Esperaba que esta cirugía fuera un punto de inflexión —una salida de estos días difíciles, y el comienzo de un nuevo capítulo para él.
Dos días después. Desde que Davood fue trasladado al nuevo hospital y operado, aún no habíamos tenido la oportunidad de verlo. Desde el principio, Kavoos nos había aconsejado no visitar el hospital para evitar aglomeraciones. Nuestras mentes estaban llenas de preocupación y preguntas, pero decidimos llamarlo para saber cómo estaba.
Kavoos habló con voz calmada y cautelosa:
—Aún no ha recuperado la conciencia.
Esta noticia me puso aún más ansioso. ¿Es normal? ¿Su recuperación tomará mucho tiempo? Kavoos explicó:
—Sí, el médico dijo que es normal que esté así hasta tres días después de la cirugía. Le han retirado parte del intestino para que eventualmente pueda volver a comer por vía oral.
Esta explicación alivió un poco nuestras mentes, pero la preocupación persistía. Quitarle parte del intestino y volver a la normalidad parecía un desafío difícil. Esperábamos que Davood despertara pronto y que comenzara su proceso de sanación.
Al día siguiente. Por fin, hoy pudimos visitar a Davood en la UCI. En el camino, contacté a varios artistas iraníes destacados en los campos de las artes visuales y el cine para seguir con la confirmación de las actividades artísticas de Davood. Les pedí que prepararan cartas verificando sus obras y contribuciones. Todos aceptaron con gusto y prometieron tener las cartas listas para que pudiera presentarlas en la oficina correspondiente.
Cuando llegamos al hospital, nos permitieron visitar a Davood sin dificultad. Estaba acostado, inmóvil y semiconsciente en la cama. Sus manos estaban hinchadas, y dos lágrimas recorrían sus mejillas. La escena fue profundamente desgarradora para mí.
La enfermera dijo:
—Puede escuchar tu voz y entiende todo lo que dices.
Tres días después. A las 2:30 de la tarde, Ali Zakeri me envió una foto en la que Davood tenía la mano sobre el hombro de Ali y lo abrazaba. Bajo la foto, había escrito: «Buenos tiempos».
Al verla, una punzada de ansiedad me apretó el corazón. Llamé de inmediato y pregunté:
—¿Qué pasa? ¿Ocurrió algo?
Ali respondió:
—Estaba revisando las fotos en mi teléfono y encontré esta. Siempre que pienso en Davood, tú y Sarvenaz me vienen a la mente, así que te la envié.
Le dije:
—Amigo, mi mente se fue a un lugar oscuro…
Calló un momento y dijo:
—Tienes razón, definitivamente puede interpretarse así.
Dos días después. A las siete de la tarde, Kavoos llamó y dijo:
—Han trasladado a papá a un hospital cerca de casa. Su presión arterial estaba en cinco hoy, y no está bien.
La noticia fue profundamente preocupante. Intenté mantener la calma y tranquilizar a Kavoos, pero la ansiedad era tan intensa que encontrar paz parecía casi imposible.
A la mañana siguiente... Llamé a Kavoos para saber cómo estaba Davood. Esta vez, respondió por WhatsApp:
—No tengo noticias de papá hoy. Hemos venido al norte. La abuela de mi esposa falleció, y volveremos a Teherán mañana.
Sarvenaz habló por teléfono con Akram. Akram dijo:
—Visitamos a papá hoy. Sigue con soporte de oxígeno, pero esperamos llevarlo a casa el domingo.
Aunque esas palabras eran esperanzadoras, también estaban llenas de duda y preocupación.
20 de junio de 2020. Esa mañana, cuando abrí los ojos y miré el teléfono, me encontré con mensajes cuyo peso proyectó una sombra no solo sobre mi corazón, sino sobre todo mi ser, una sombra que vertió miedo y tristeza directamente en mi alma.
A las 10:33 a.m., Kavoos había llamado. Después de él, había llamadas perdidas de Akram y Ali Zakeri, cada una con su propia melodía de pérdida e inquietud. El latido de mi corazón era prueba de que algo profundo, invisible, pero inmenso estaba comenzando a derrumbarse.
El mensaje de Kavoos, simple pero implacable, comenzaba así: «Hola Morteza, papá se ha ido. ¿Podrías encargarte de los trámites necesarios?».
Esa frase no era solo un anuncio de muerte, era la historia misma de la muerte. Un colapso silencioso de un estado de ser, donde la presencia y la ausencia se funden en uno, y todos los límites desaparecen.
La parte de mí que era Davood se había desprendido de repente y volado hacia un mundo desconocido, uno donde el tiempo ya no existe, y solo queda la memoria, como una llama titilante en la oscuridad.
Momentos después, llegó un mensaje de Ali Zakeri: «Hola querido Morteza, esta vez… realmente es que sea recordado».
Morteza Zahedi
25 de septiembre de 2025
►English text
From pain to flight, from wound to farewell
“Memory is, sadly, the only way to connect with the dead.”
—Susan Sontag
I want to speak of days whose weight fell like an endless burden upon the shoulders of time; days when every moment, in Davood’s gaze, shone like a dazzling, living flame. He was a man with a fragile body but a spirit that never surrendered—someone who, even confined to his sickbed, stretched toward an uncertain horizon; restless and smiling, like a stream carving its way through rocks toward the light.
To me, Davood was far from an ordinary person; he was a living, dynamic embodiment of art and life—an extraordinary soul I met at the beginning of this mysterious journey and stood beside for ten years. I witnessed manifestations that seemed born from the realm of dreams and imagination—manifestations that bloomed not just in his form but deep within his gaze and thoughts, like rare flowers growing in forgotten soil.
Though unable to read or write, and burdened with heavy suffering, he possessed a vibrant soul and profound insight—an insight so vast that it could sometimes leave one overwhelmed by its majesty and rarity. Ultimately, that boundless inner strength slowly diminished under the weight of illness, and on the first day of summer, he bid farewell to life, carrying with him the very light that had illuminated his existence, ascending to the heavens.
The moment of parting was bitter and heartbreaking, yet his penetrating, profound gaze built a bridge between this world and the next—a bridge that still lingers in my mind, inviting me to a deeper reflection on a bond beyond time and space. Davood was a living example of a will that defies outward limitations and shatters ordinary boundaries; an exceptional human being forever etched in our hearts and memories.
This narrative marks the beginning of my diary—a journey into the depths of memories and meanings intertwined, where life and death, art and humanity converge like waves in the ocean of existence, igniting into flame.
On Friday, January 10, 2020, at the group exhibition “Visual Dialogue” organized by Fereydoun Ave at Gallery O—where Sarvenaz’s works were also displayed—Davood Koochaki arrived. With bright, childlike eyes, he stood among the circle of artists and young people. He squeezed my hand and, with a mysterious look, whispered in my ear, “Morteza, bring me to places like this more often. My soul comes alive. You’ve made everyone recognize me; this is what I’ve always dreamed of.”
We went together to the gallery’s courtyard, where I got him a cup of tea. He sat down calmly and drank slowly, sip by sip. A few moments later, he said, “I’m tired now… I think it’s best if I go.” He kissed Sarvenaz and me, then left silently—like a breeze slipping quietly through the night…
One week later...
Today, Davood called from the hospital. His voice was full of humor, with that familiar tone I knew so well. He said, “I’ve been having some strange pain. I’ve been here since yesterday, and tomorrow I’m having an endoscopy. After that, the doctor will give his opinion, and I’ll know what’s going on.”
In the afternoon, I went to visit him. The old man was still full of spirit and cheer. I said, “What are you doing here? You need to get yourself together and get out of here—we have lots of work to do.” I told him the news about his works being showcased at the Frieze Art Fair in New York, and held up my phone so he could see pictures of his pieces.
Excited, he kept sitting up from his lying position, sitting back down on the bed, and then lying down again. He laughed and said, “Morteza, it seems like I’m finally starting to get some recognition.” In that moment, I felt that he had not only overcome all the struggles with his body but was still soaring with a soul full of vitality and life.
When I asked him, “Davood, would you mind if I filmed?” he shot me a challenging, lively look and got up from his bed. He turned to his son, Kavoos, and said, “Please, close the door, I want to laugh out loud.”
Kavoos, concerned, said, “Dad, please don’t laugh too loudly; this is a hospital. They might complain.”
Davood, bursting into laughter from the depths of his being, replied, “Close the door and see! We’re paying all this money, and now I can’t laugh out loud?” Then he laughed harder and said, “Go ahead, film me…”
One week later...
It was around eight o’clock on a Friday night, and Captain Abdolrasool Gharibi’s exhibition was crowded with people. Suddenly, Davood called. His voice, still filled with the same familiar excitement, came through the line.
But there was something in his voice at that moment—something I could never forget. An unspoken feeling, a subtle reminder of something he was searching for deep within himself.
That conversation, like all my past moments with Davood, became part of a vague, bittersweet memory that stayed with me.
February 9, 2020
Today I called Davood, but he didn’t answer. A few minutes later, he called me back. His voice was, as always, full of energy and childlike enthusiasm. He said, “Morteza, I’m painting right now. Over this time, I’ve thrown up everything I ate. My paintings are exactly like that—throwing up—but the difference is that in painting, whatever I ‘throw up,’ people actually like it.” Then he burst out laughing.
He continued, “You were supposed to come to our place tomorrow night, but I got sick and have been back in the hospital since morning. I’ve been overeating for a few days, and I have a strange stomachache; whatever I eat, I throw up. But I’m feeling better now, no pain. I just wanted to say that it’s better if you postpone your visit for another time.”
To check on him, I called Kavoos. He said, “He’s in bad shape. The doctor said he has a 10-centimeter tumor in his gallbladder, and if they do a biopsy, the tumor will become active. Davood himself doesn’t know yet.”
The next day, Sarvenaz and I went to visit Davood. Two of his grandchildren were playing instruments and singing by his hospital bed. Zahra, his wife, sat beside him, worried, but Davood was laughing as always. On his bed was a notebook full of new drawings. We stayed for about two hours.
Davood asked, “What’s going on overseas? Have the foreigners written anything new about me?” I read him some emails and messages. He said, “Read all of this for the patient in the next bed and his companions too.” He listened eagerly and enjoyed it—he loved these moments.
Since the Captain had arrived and was waiting outside the door, we had to return to the gallery. But at 9:30 that night, we went back to the hospital. The guard didn’t let me in, but Sarvenaz managed to get through. After ten minutes, she called and said, “Davood says sneak upstairs; he wants to see you.”
I could hear his laughter from behind the door. When I entered the room, his spirits were as high as ever. The patient in the next bed, speaking with a Kermanshahi accent, said, “Mr. Davood, tell me the truth—who’s the sick one here, you or us? It seems like you’re the healthiest among all of us!” Davood laughed and replied, “By God, I have no problem!”
Two Days Later...
This evening, we went to visit Davood at his home. When we arrived, he was standing by the alley outside his house, sketchbook in hand. Like an excited child, he showed us a new drawing and said, “Look how much I’ve worked during this time!”
As we climbed the stairs, he began to recite a heartfelt poem:
“I’m not feverish, nor am I ill,
No pain stirs my soul or will—
And yet, I see my color fade,
They say it’s earth’s vapors, but I know it’s love instead.”
Then he turned to me and said, “Morteza, write this poem down and read it to everyone on my behalf.”
“No one in this village ever rose to fame,
Without life’s cruelty leaving a thorn in their heart’s frame.
Look at the comb—until it was full of thorns,
It never touched a beloved’s flowing locks, nor adorned.”
Davood had an incredible memory. But since he couldn't read or write, the poems he remembered were ones he'd heard from people over the years—retold in his own words, shaped by his understanding.
The first poem is a loose version of a do-bayti (double couplet) by Baba Taher, the Persian mystic and poet, though the original text differs from Davood’s version. The second is a quatrain traditionally attributed to Omar Khayyam, the famed philosopher and poet, but again, Davood had preserved it in his memory in a form that wasn’t quite the same as the original.
Six days later...
Tonight, we went to Davood’s house again. When he opened the door, he was standing right there—the same Davood as always, but now thinner and frailer. His complexion was a bit pale, yet the same childlike, passionate spark still shone in his eyes.
He had a painting resting against the fireplace. With a face that held both sorrow and joy, he asked, “Have you seen the new painting?”
I said, “Yes, it’s amazing.”
He smiled and said, “Go to the room and bring those two big paintings from under the rug.”
Davood always loved when we looked closely at his paintings and patiently talked about them. The more you praised, the more he enjoyed it.
Later that night, he took my hand and led me to a room. There were some old works in the closet, and he said, “Bring these—I want to restore them.”
With a face full of good intentions and a mix of obsession and pleasure, he added, “Just keep talking to me.”
As he worked on restoring them, the mood of the paintings shifted. He became filled with energy and joy. It was as if not only the paintings were coming back to life, but he was being revived too. All his fatigue and illness seemed to vanish.
Four days later...
Today, Davood’s exhibition opened at the “Outsider Inn” gallery. A hundred small paintings of his were hung on the walls—each one a window into a fresh, profound world of emotion and human experience. Amid the crowd and commotion, Davood stood with a gentle smile on his lips, his gaze glowing with pride as he looked at his work.
After attending the wedding ceremony of his granddaughter, Arghavan, Davood arrived at the gallery with his wife, children, sons-in-law, and grandchildren. He greeted everyone warmly and sincerely, engaging with visitors and speaking about his work with great enthusiasm. Even amidst the noise and constant movement, he managed to sketch and complete two small drawings—something he often did. In the heart of chaos, he never lost his focus or artistic precision.
Perhaps this was Davood’s essence: his ability to create meaningful, memorable moments, even when everything around him seemed to be falling apart. In those very moments, his art remained alive.
The exhibition opened just as the first whispers of the coronavirus began to spread. The gallery was crowded—many had come to see Davood in person. But gradually, concern started to rise. Sarvenaz, who always looked out for him, warned him repeatedly: “Mr. Davood, please don’t hug anyone or kiss them on the cheek.”
But true to his spirit and boundless energy, Davood paid no mind. He kept smiling, shaking hands, and embracing visitors. He stayed at the gallery until the very end, full of life and presence.
The next day, when I called his phone, his voice was lively and full of energy. Davood, always quick with a joke, cheerfully said, “Morteza! I made something today—if you see it...” Then, as always, he added with a laugh, “It turned out so cool!”
With joy and excitement, he told me about the new painting—one, he said, no one could ignore. That was his way; even as the world shifted into uncertainty and crisis, he remained loyal to life and to his art.
For Davood, art wasn’t just a means of expression—it was the foundation of his being, the anchor that kept him grounded in a chaotic, unstable world.
Eight Days Later…
Today, I went to visit Davood again. His condition had changed a little since the last time I saw him; the usual spark in his eyes was missing. When I entered his room, he had his sketchbook open with a few unfinished drawings on the page. He looked up at me and, with a faint, tired smile, said, “Morteza, you have no idea how slowly time passes these days. With this damned virus, it’s like everything has come to a halt.”
Davood had always spoken with a mix of humor and truth, but today his words carried a heavier, deeper tone—as if he were bending under the weight of the world outside.
I asked, “Davood, are you feeling okay?”
He slowly shook his head and said, “No… but I have to keep working, even if the world has stopped.”
His face looked thinner, more exhausted. There was a new wave of worry rising within him—especially when he spoke about his family and the sicknesses around. With a tremble in his voice, he said, “These days, I don’t know what fate has in store for me… Maybe this will be the last time I see this place.”
He paused for a moment, maybe to give both of us time to absorb what he had just said. Then, that familiar, bittersweet smile returned to his lips and he added, “But well, even if I don’t stay here, at least I’ll leave behind something that still speaks for me.”
His eyes were full of sorrow, but deep inside him, a force still pulsed—a force tied to this world, one that would stay with him to the very end.
Less than three weeks remained until the end of the year...
That morning, I received a message from Farideh, one of Davood’s daughters. From the moment I read it, I had a strange feeling. She had written: “Hello Mr. Zahedi, I know things aren’t ideal and you’re in quarantine because of COVID, but my father hasn't been well for a day or two. I’d really appreciate it if you could come see him. He gains energy when he sees you.”
Her message, in the cold and difficult days of late winter, sparked a flame of anxiety in me. It was as if time had stopped—and the worst possibilities were spinning in my mind.
At 6:30 PM, we arrived at Davood’s house. But the lively, energetic Davood we all knew was no longer there. The tree that had once symbolized the vitality of life now seemed weakened, fading. He was lying silently and feebly on the bed; his face thinner than ever. When he saw us, with tired eyes he said, “Look how thin my face has become!”
Then he gestured for Sarvenaz to sit beside him. With warmth and tenderness, she whispered to him and brought him comfort. A heavy silence filled the room for a moment. Davood, summoning all his strength, slowly sat up. His voice was weak and trembling: “Morteza, go to the storage room in the garage. There are some old paintings there. Bring them. I want to restore them.”
Moments later, in that strange, familiar way only he could, he began signing the unsigned works laid out on the table—paintings that carried not just history and experience, but the echoes of a life lived, now drawing to a close.
Just then, Ali Zakeri, his son-in-law, entered the room. His eyes fell on the paintings, and he immediately began praising them. Davood, still lying down, listened carefully, then said with his trademark humor: “Let’s take a photo of the three of us—me, holding the hands of two artists.”
Ali smiled and replied: “It’s an honor for us to have our hands in the hands of our master.”
A few hours later, as the night seemed to quietly approach its end, Davood’s condition was still unstable—like a wave that settles for a moment, only to rise again.
He couldn’t keep any food down; whatever he ate, he threw up. His eyes reflected a deep sorrow—the kind that grows from within, rooted in a sense of loss and quiet farewells.
The moment of goodbye arrived—one of those nights you wish wouldn’t end. Tears welled up in his eyes, and with a trembling voice, he said: “I hope you don’t lose me...”
That sentence struck me like the blow of an axe to the trunk of a tree—sudden, deep, and unforgettable. All those days, all those moments, began to feel like branches slowly being stripped from the body of memory. And in the heart of that bitter stillness, one haunting question remained: Does life—even in its final moments—still play games with us?
Three Days Later...
Behdad, my brother-in-law and a sculptor, came to our house at six in the evening, and together we headed to Davood’s home. When we arrived, Davood didn’t come out of his room. We greeted him, but his response was tired and distant. Davood had never been so lifeless and quiet before; it was as if he had retreated into himself, paying no attention to the world around him.
Sarvenaz, worried about Davood’s condition, asked Behdad to make a mold of Davood’s hand, but that night wasn’t the right time for it. The first hour passed with difficulty. He had an IV catheter in his right arm, so if Davood allowed, we would have to take the mold from his left hand. The atmosphere in the house was completely different from what we knew of Davood.
Zahra, Davood’s wife, was busy preparing dinner. Davood asked, “How long until the food is ready?” Zahra calmly replied, “About an hour.” Davood said, “Then let’s go downstairs until dinner is ready.” He was referring to the small room he had built in the courtyard for himself.
About an hour later, we came back upstairs. Davood was feeling a bit better and sat at the dinner table. Due to his illness and the doctor’s advice, he was not allowed to eat anything. While we all looked at the prepared food, Davood asked one of his other daughters, Fariba, to bring him a piece of bread. He broke the bread in half, placed his nose inside it, and took several deep breaths. This scene was heartbreaking and sorrowful for all of us—as if even the simple pleasures of life had been taken away from him.
After dinner, Behdad brought alginate and plaster from his car and got to work. Within minutes, he made a mold of Davood’s left hand. Davood cooperated with his usual spirit and even joked around a bit during the process, teasing Behdad. Although these moments were filled with pain and sadness, they still carried signs of Davood’s life and energy—signs that showed he had managed to keep a spark of passion and humor alive despite all his suffering.
Three Days Later...
Today at six in the evening, we went to visit Davood. His condition had improved slightly compared to previous days. With a face that had regained a little strength from the recent days of weakness and fatigue, he came out and sat with us on the couch. He gave a faint smile—still touched with sorrow and pain—and asked, “What’s the news?”
I read aloud a new email I had received from Nico van der Endt. Nico is the person who, back in 2012, was the first to exhibit Davood’s work at Galerie Hamer in Amsterdam. Through his influence and standing in the world of Art Brut, he introduced Davood’s pieces to some of the most prestigious collections across Europe. Galerie Hamer is one of the oldest and most respected galleries dedicated to Art Brut, with over half a century of history and a long list of artists it has helped bring to global recognition.
Nico had written:
“Davood, my dearest, my best,
I know you’re not in the best condition right now, and I’m truly sorry about that.
I had the great privilege of being the first to present your work outside of Iran, here in my own gallery.
I am proud to have done that.
To me and to my gallery, you have been a deeply important artist, and your exhibition remains one of the most significant events of the past decade.
Now, more than ever, I see clearly that you have been like an architect—quietly building a beautiful, majestic palace that will endure forever.
And until my final breath, I will continue to witness its blossoming, every single day.
I hope you’ll keep fighting your battle with this illness and continue to share your incredible moments and experiences with us—so that we may all be inspired and uplifted by them.”
As I finished reading, a gentle smile spread across Davood’s face—it was a beautiful moment to witness. He asked, “That’s it?”
I said, “Yes.”
He replied, with a sense of both contentment and longing, “What a shame… I wish he had written more. I really enjoyed hearing that. Can you read it again from the beginning?”
I read that letter to him several more times before the night ended. And with each reading, his smile grew a little wider.
Two days later...
When we arrived at Davood's house, he was lying on the couch, looking more exhausted than usual. A half-finished drawing (size A3) was lying on the table in front of the couch. He still hadn't been able to get up, and in his usual weak, faint voice, he said, “I started this drawing today, but I'll finish it by tonight so you can take it.”
With slow, weak movements, he got up and began to arrange the drawing. He was busy for about an hour until his body gave in, and he stopped again. I looked at his face, and it was clear he was uncomfortable. It seemed like all his energy had been drained. While his gaze was fixed on the drawing and his hand barely moving over the paper, he said, “My stomach’s been sour twice. Feels like I’ve swallowed a knife!”
At that moment, Ali Zakeri arrived. Davood turned to him and, with a look that was more a mixture of sadness and humor than ever before, said, “Ali, what kind of endless life am I living? I might as well...” Ali cut him off with a smile, saying, “Before you became a painter, you could have... Dad Davood, that time when you retired yourself from the garage, that was the best time to step aside. But now, it's not up to you anymore. You’ve got to answer to a lot of people and art. You're responsible.”
Suddenly, Davood's face lit up, and he started laughing. That familiar laughter, full of life and humor, still showed the same old Davood. Then he turned to me and said, “Morteza, what are you thinking? Don't worry. I’ll fight.”
He glanced at Sarvenaz and repeated the same words to her. It was as if, with these words, he was reminding himself to stay strong, even if his body no longer cooperated like it used to.
Akram (his other daughter) helped him get up and gently supported him as he moved toward his room. She guided him to the bed and helped him lie down, then began massaging him to help him fall asleep.
Two days later...
Davood called at 6:45 PM. His voice sounded different from before—full of energy and happiness. It seemed he was feeling better. With his usual playful tone, he said, “Why didn’t you call me today? I got worried, thought you caught COVID! Why are you panting so much?”
I replied, “Sorry, I’m out right now. I’ve come to do some framing work.”
He said, “Morteza, you're going outside? Are you wearing a mask? Do you have gloves? Be very careful, son.”
Then, with a warm and friendly suggestion, he continued, “Zahra bought some fresh meat and wants to make a top-quality stew. Come over, we’ll all have stew together.”
I said, “We’ll definitely come, but since we’re going out and interacting with different people, it’s better to stay in touch more by phone and meet in person less. It’s dangerous for you.”
There was a moment of silence. Then I asked, “Did Akram show you the pictures I sent her?” He replied, “Akram’s not here. She’s been at her own place for two nights. What did you send her?”
I explained, “I sent a few pictures from a book that was published in London, with some of your works in it. I took photos of the images inside the book and sent them to you.”
He immediately said, “But Fariba’s here, send them to her.”
Ten minutes later, he called again. This time his voice was full of excitement and joy. He said, “Morteza, it feels like I’m really becoming famous! Next time you come to our house, bring the book so I can see it.”
I replied, “The book hasn't arrived yet, they’ve only sent the photos.”
Ten days later...
It was the night of the first day of the New Year. When we arrived at Davood's house, he wasn't feeling well. He was lying on the bed, looking clearly exhausted and weak. Before we arrived, a nutritionist had come to his house, prescribed a restricted diet for him, and explained his condition to the family. The atmosphere was heavy, and everyone was worried about him.
I entered the room and asked, “How are you, master?”
Davood glanced at me and, with a faint voice, said, “I’m really not well. There’s no hope left. I can’t even speak, and...”
His words were painful to hear. I quickly changed the subject and said, “Last night, I spoke with Christian Berst. He plans to hold an exhibition of your works at his gallery in Paris.”
As always, this news could have cheered him up. But Davood, who had previously been very excited to hear such news, this time replied with a tired and weak voice, “Morteza, I’m at the end of my rope, but I promise I will start again.”
He took a deep breath and continued, “You don’t know how much I enjoy it when you call me ‘master.’ I’ve always preferred and admired people who are practical, and I’ve tried to be a practical person myself.”
These words of Davood were very deep and meaningful to me. He never considered himself a “master,” but he respected the term. His words showed that, despite all the challenges, he still wanted to live and continue his path with energy and motivation.
Four days had passed since the New Year...
Davood was asleep. Akram said, “He had been awake and waiting for you until an hour ago, but then Kavoos Baba took him to the bathroom, and afterward, he fell asleep.”
We asked about Davood’s condition. Zahra responded with concern, “He hasn’t been well at all in the last couple of days. He didn’t speak to anyone, and...”
A few moments later, the sound of our quiet conversation woke Davood. He greeted us with a faint voice.
We all got up and went to him. We asked the kids to help lift Davood. He struggled to get up and went to the bathroom. When he came back, he weakly said, “Sorry, it will take me a little time to feel better.”
They had moved the TV from the living room to Davood's room, and this change had clearly had a positive effect on his spirits. We sat down and watched a series together. He liked that series, and although he was very quiet and calm, if you paid attention, you could see a smile occasionally flicker across his face.
From the beginning to the end of the series, Zahra held Davood's right hand and massaged it with black seed oil. The veins in his hand had become bruised and weak due to frequent intravenous injections. This gesture brought him more peace than anything else.
Seeing this situation moved me deeply, and I said, “Zahra, credit goes to Davood! Once, these hands held hammers and wrenches, and today, they hold pencils. So many masterpieces have been made with these hands! You can't underestimate these hands.”
Davood, who was pleased by my words, clenched his left fist and extended it towards me, so we could bump fists, just as he always did with his usual spirit.
Five Days Later...
Akram sent me a few pictures on WhatsApp; Davood was lying on the floor with his arms crossed, next to his latest work. This piece had been left unfinished for some time. I called Davood and shared my excitement and joy with him.
He said, “Morteza, I’m in love with this work. I couldn’t sleep last night, at 3 a.m. I got up and finally finished it. I had promised Sarvenaz.”
His voice was full of energy; it seemed like he was feeling better. During this time, he never separated himself from the world of art. Even at the height of his illness and physical weakness, he never stopped working. It was as if the real battle he was fighting all along wasn’t with his illness, but with his tired breaths. Deep down, he knew that only by creating could he truly breathe.
There was a brief silence, and then he continued: “I always thought life should be a certain way, with grand and glorious moments. But now I see that life, though small and simple, is the greatest piece of art in itself. These paintings are the same; they are just fragments of a life that I’m creating.”
His words, drifting through the phone in the middle of the night, carried a deep truth. Davood was always a seeker, both in life and in art. With each moment, with every painting, he discovered himself and, through each creation, he painted a new image of his inner world.
I said, “This piece is truly a masterpiece.”
He laughed and replied, “No, Morteza, this is just one of thousands. When you truly understand life, paintings are just one of a thousand ways that move you forward. Life has to be beautiful; every day you should create a new piece. I must keep going. This path is not finished yet. I’m in love. And I will walk this path with love.”
Four days later...
At 9:30 PM, Farideh sent me a few photos: Davood was standing in front of the camera with a warm smile, holding his latest artwork. I immediately called him. He picked up the phone himself, sounding lively and full of energy.
I complimented him on his new works. He laughed and said, “Your body is healthy, your pockets full of money.” Then he continued, “Morteza, painting means mastery over yourself, it means freedom. I’ve really understood that.”
I said, “I'm glad you're feeling better. Do you think we can put together a new exhibition with these works?”
He replied, “Exhibition? Maybe not right now. The important thing is that I enjoy them myself.”
As he spoke, it was clear that, as always, the most important thing for Davood was the painting itself—that pure moment of creation that only took place between him and his artwork.
Ten days later...
Around eleven in the morning, Davood called, and we spoke for over an hour. I was running out of things to say, and the conversation had gone on for quite a while. I started to worry he might get tired. I said, “Davood, are you getting tired? Maybe we should end the call so you can rest for a bit.”
But he was still eager to keep talking. So, I asked him to hang up, and I would call him back. He agreed.
The moment I called back, he picked up right away and said, “I need you. When I talk to you, I feel calm.”
His voice was a bit weak and muffled, as if he wasn’t holding the phone properly. I asked, “What are you doing?”
He replied, “I can’t sit still. I’m working. When you come tonight, I’ll show you what I’ve painted.”
We arrived at his house at around 10:15 p.m. He seemed better than before. He took my hand and led me to the room. His latest work was lying on the bed. We sat down and talked about his most recent paintings. The joy he felt from his work was something that couldn’t be easily put into words. As we were immersed in conversation, Zahra called us from the kitchen. I asked, “Davood, shall we go?”
Although he clearly didn’t want the conversation to end, he said, “Take a picture of this work first, then we’ll go.”
I took a few photos of him holding his painting. Then, we headed toward the dinner table... These simple, yet intimate moments were filled with hidden meaning. Amidst illness, pain, and exhaustion, there was still space for creation, conversation, and the enjoyment of life. For Davood, that was enough.
Eleven days later...
I called his mobile and asked, “How are you really doing?”
He replied, “I'm no good anymore, Morteza.”
I said, “What kind of talk is that, Davood!” and started explaining in detail what qualities a useful person has and how a useless person is different. Then I asked, “So, with all these definitions I've given, do you still say you're no good?”
He answered, “Shamboli.”
(Davood had a habit of making up expressions that only made sense to him and were used only in his own circle.)
Then he added, “Come over to our house tonight. A long-lost friend is coming, someone I haven't seen in over twenty-five years. I'd love for you to be there too.”
He reminded me that in 1988, during a critical and historical moment, he had acted as a mediator and had managed to pledge a business license to secure his friend's release from political prison.
Two Weeks Later...
I called Davood’s phone. His voice came through very faintly: “I was readmitted to the hospital two nights ago because of anemia. I’ve been feeling really unwell, and I’m still nauseous. But I’ll be discharged today and will be heading home.”
He paused for a moment and continued, “The doctor prescribed an electrolyte IV to increase my blood volume—sodium, potassium, calcium, chloride, and Ringer’s lactate... to increase the blood and maintain the balance of water and electrolytes. The infusion took seven hours.”
I could no longer escape the truth that the Davood I had known was slowly fading away.
The next day...
When I woke up, I took my phone off silent mode. I glanced at the screen and saw that Davood had called five times between ten in the morning and one in the afternoon! I immediately called him back.
His energetic and cheerful voice came through the line:
“Morteza! That IV I got really did the trick—I’m feeling so much better now. I’d love for you guys to come over tonight and see me like this. I don’t want you to remember me the way I was yesterday. I care about you both so much. Last time, I felt like seeing me upset you—that’s how it seemed to me. When something’s bothering you, you press your lips in a certain way, and I can tell. So, I want you to come and see me now, in a good state, so you’ll have a better image of me in your minds...”
His words were so warm and reassuring that they washed away all my fatigue. He genuinely wanted us to hold on to a good memory of him. Davood had always been like that.
Five days later...
Davood called. His voice was full of energy. Without any preamble, he said:
“Morteza, I’m calling you out of love and affection. You know me—there’s no other reason. I just really enjoy talking to you and hearing your voice. There’s nothing more beautiful or more important in this world than giving and receiving love.”
He paused for a moment, then continued:
“Zahra’s making Persian thick soup. Since Sarvenaz loves it, you two should come over tonight.”
Ali Zakeri and I went over to Davood’s place. He was lying on the bed, looking much better than before—cheerful and full of life. When we entered his room, he smiled and said:
“Ali, Morteza, come sit down. I want to tell you a joke.”
Then he turned to Sarvenaz and said,
“Go wait outside—this one’s way too inappropriate!”
And burst out laughing.
A few minutes later, it was dinnertime. Davood sat with us, though he wasn’t allowed to eat anything. Still, he stayed by the table, listened to Ali Zakeri’s stories, and smiled from time to time.
He was scheduled to go to the hospital the next morning to have the fluid in his abdomen drained. So, we left earlier than usual, so he could get some rest and be ready for the day ahead.
A week later...
He answered the phone after a delay. There was a harsh crackling and unpleasant noise on the other end, making it hard to hear Davood and Kavoos clearly. I said, “I guess I called at a bad time.”
Davood replied, “No, not at all.” Then suddenly, I heard several harsh coughs. His voice was extremely tired and weak. Kavoos took the phone and said, “Sorry, Dad is feeling nauseous. He’ll call back when he feels better.”
I apologized, and the call ended. Everything felt sudden and bitter, and my mind could hold nothing but worry and anxiety.
Two days later...
I called his mobile, but he didn’t answer. About two hours later, he called me. His voice was a bit weaker than usual as he said, “I wasn’t feeling well at all last night, but today I’m better.”
Suddenly, his voice broke, and he started crying. This was the nth time he had cried over the phone. I tried to comfort him, but my words weren’t enough. A heavy silence fell between us.
He asked, “When are you coming to see me?”
I said, “In two days, on your birthday evening.”
He sighed and said, “Come sooner.”
I replied, “I will.”
After a few moments of silence, as if he wanted to say something, he spoke in his usual tone: “Hafez.”
I answered, “Saadi.”
Davood always liked our goodbyes to have a poetic and playful touch. In Persian, the word for goodbye—khodahafez—sounds like the name of the great Iranian poet, Hafez. So instead of saying goodbye directly, he would say “Hafez” first and wait for the reply. The other person was supposed to respond with “Saadi,” another great Iranian poet and writer.
This wordplay was like a constant joke that he really enjoyed, and he always insisted we keep this farewell tradition alive! For him, a simple goodbye was just too plain and ordinary.
Two days later...
Ali Arkian, an old friend of mine who’s currently working on a documentary about Davood, sent me two voice messages, asking if I had any news about him. He said he’d spoken with Kavoos, who told him that his father’s condition wasn’t good at all.
He asked, “Do you know how he’s doing? I wanted to wish him a happy birthday.”
Worried by what I’d heard, I called Davood right after speaking with Ali Arkian, but there was no answer. Eventually, Akram picked up the phone and said, “Dad really isn’t doing well.”
We arrived around 9 p.m. Davood was in his room with a woman who had been working with him for a while, trying to ease his pain through energy healing. It was his birthday, and all the kids, grandchildren, sons-in-law, and daughters-in-law were there.
A moment later, the therapist came out of the room. We went in. Davood was lying on the bed—drained, silent, and restless. He said, “I want a massage.”
Sarvenaz started massaging his back. He asked Akram to bring him a glass of hot water. A little while later, Fariba helped him up so he could come out of the room.
He walked around the living room a bit, then sat on the couch. The kids brought out his birthday cake. Without much energy, he blew out the candle for his 81st birthday. A few minutes later, he said, “I’m tired. I need to rest,” and went back to his room. Akram turned to us and said:
“Tomorrow, Dad will call you and say, all cheerful, ‘Mooooo-Alaikom!’”
(That was Davood’s signature way of saying hello whenever he was in a great mood.)
As I mentioned before, Davood had a vocabulary all his own in conversations. If you were familiar with his phrases, you’d understand him right away—but if not, they could easily surprise or confuse you.
Three days later...
Sarvenaz spoke with Akram on the phone and said, “Dad has been admitted to the hospital and is now in the CCU. His stomach has started bleeding, and it was no longer possible to care for him at home. Please pray for him.”
Two days later...
Sarvenaz called Akram. He said, “Dad’s condition is very serious; he’s under care in the ICU. If they allow it, you can visit him between 3 and 4 o’clock.”
We rushed to the hospital. In the courtyard, we saw Kiarash, Davood’s grandson. Suddenly, he burst into tears and said, “Uncle Morteza, Grandpa has been asking about you.”
They wouldn’t allow us to visit at first, but Sarvenaz insisted. The doorman said, “Call extension 114; if they approve, you can go in.”
After pleading with the nurse, we were able to see Davood for a few minutes. Facing him was hard. At first, he didn’t recognize us. We removed the mask from his face, and he said, “Do you see how I am?” He repeated the word “health” more than ten times.
Those moments were filled with pain and a strange feeling. As Davood kept saying “health,” it was as if he was honoring his life and fearing what he was losing. The meeting was brief and bitter, yet deep love and attachment flowed quietly between us during those moments.
When we left the room, the three of us stood silently and sorrowfully in the hallway. For the first time, none of us had anything to say; each of us was lost in our own silence.
One day later...
They allowed me to visit Davood for five minutes. When I entered the room, I had with me a book containing his works published in London. I showed it to Davood. His eyes lit up, and he said, “Show this to the nurse and tell her who I am.”
I called the nurse, showed her the book, and told her that Davood is a great artist who promised to continue his work seriously once he gets out of here. He interrupted me and, with childlike enthusiasm, said, “Morteza, I will get better and start again.”
A moment later, he asked for water. The nurse said, “You shouldn't drink water; it could harm you.” A few minutes later, she came back with a glass of water and a syringe and said, “A few drops now won’t hurt.” I placed the syringe in his mouth, and he smiled, saying, “Yesssssssssssss!”
As soon as the nurse stepped away, Davood asked for water again. I said, “It’s harmful, you know.” He smiled and replied, “Listen to me, son, and do it secretly.”
The nurse noticed and said, “Mr. Koochaki’s visitor, your time is up.”
I kissed his forehead and said, “Hafez.”
He nodded slightly and, in a weak voice, replied, “Saadi.”
The next day...
I arrived at the hospital around three in the afternoon. Kavoos said, “Only one person is allowed to see Dad, so it’s better if you visit him. He gains energy from seeing you.”
I had brought along a few books and magazines. I read to him a piece written by Jennifer Gilbert. Davood perked up and said to the nurse, “Listen carefully, see what’s going on.” I read the same passage again to the nurse. Davood looked at her and smiled, saying, “Now do you understand who I am?”
The nurse replied, “Actually, I searched for you on Google and learned a lot about you.”
That sentence was like a balm on Davood’s wounds. With a weak but encouraging voice, he tried to smile. The nurse looked at me and said, “That’s enough for today.”
I said goodbye to Davood and left the room. His condition was so fragile that we were expecting bad news any moment.
We rode Kavoos’s motorcycle and headed to the gallery so I could hand him the letter I had written to the Ministry of Culture and Arts. He was supposed to give it to Nasser Giv Ghasab (Davood’s other son-in-law) to review, add anything necessary, and sign. (Earlier, Kavoos had asked me to apply for a permit from the Ministry so that we could bury Davood in a cemetery section reserved for prominent Iranian artists.)
These days were still full of complexity and hardship. On one hand, the sweet memories and happy moments of the past were alive in my mind, while on the other, the harsh reality of seeing Davood weak and ill weighed heavily. That brief visit during such turbulent times symbolized the endless resilience of the human spirit and a love that remains bright even in the shadow of death. Life, like a winding river, constantly flows between light and darkness, strength and fragility, kindness and suffering.
I had corresponded with everyone connected to Davood’s work—from friends and acquaintances to collectors, gallery owners, curators, and foreign museums—asking them to write about Davood and the significance of his art. I collected all these letters in a folder to have the necessary documents ready for securing his burial place permit.
Although doing this was extremely painful for me, and I was deeply frustrated with the bureaucratic process.
The next day...
Today, before heading to the hospital, Sarvenaz and I went to the relevant department at the Ministry. The official there reviewed the letter and said, “There is a problem with these documents. The artist is still alive, so we cannot process this request. I hope nothing happens, but whenever you face such a loss, you can come back. For now, reserving a burial spot is not possible.”
Hearing this, the bitter and heavy reality we had always tried to avoid suddenly appeared before our eyes again. Alongside hope for Davood’s recovery, the fear and worry about sudden and unpleasant events grew deeper.
The official continued: “If the documents are complete and the head approves, the administrative coordination with the cemetery can be done within a few hours that same day.” Then he added: “The foreign documents—like letters from museum directors that were emailed to me within a day and whose printed copies I’ve filed—are not acceptable for us! Only requests and signatures from a few recognized Iranian artists, approved by us, are sufficient, because no one understands those foreign documents here, nor do they help the process!”
These words were much heavier than I had expected. Yet, I felt more than ever that we needed to stay by Davood’s side and continue this journey with him, holding on to hope for the days we still have together.
Life in moments like these moves strangely slow and heavy; every decision, every word, every action carries special meaning and impact. We knew that these days—both good and bad—are part of a story unfolding from the past to the present, one that we must face.
Four days later...
Akram called with a voice full of worry and said, “I wanted to consult with you about something. Dad is in a lot of pain and restless. On one hand, he insists on going home, but on the other, due to his severe physical weakness, he isn’t ready for surgery. His doctor says he can’t be moved, and the only reason the operation has been delayed is because of his weakness.”
She continued, “I think it’s better to have the surgery as soon as possible so he suffers less pain. What do you think?”
The question was heavy and difficult. I had always felt accepted in this family, but in situations like this, giving an opinion is very hard. When it comes to big, life-changing decisions, the psychological pressure is immense.
I asked, “So even if the surgery happens, there’s no chance of recovery?”
With a weak voice, she replied, “Yes, he won’t last more than ten days.”
This bitter truth—that separation from Davood is near—was deeply painful. But I tried to stay calm and speak rationally: “I understand why you want the surgery, but it’s better if he stays under observation in the hospital rather than being moved home. The home facilities aren’t sufficient, and if something bad happens, it will put a heavy emotional burden on Mrs. Zahra and the family.”
I said, “Give me a few hours to think it over so we can make the best decision.” Then I ended the call and consulted with Sarvenaz. We decided to get in touch with Kavoos, who always had more well-informed perspectives.
Kavoos said, “I also agree that the surgery should be done because the operation will block a few nerves in the stomach, which will reduce the pain. After the surgery, Davood will be able to eat and drink, and his condition will improve. The doctor has postponed the surgery because he’s afraid Davood might die on the operating table, which would negatively affect his medical record. Now they’re trying to strengthen his physical condition to prepare him for the operation. We simply can’t provide the necessary hospital-level care at home.”
I said, “We’ll come to the hospital at three o’clock to discuss everything in person.”
We agreed to meet at the hospital to make the right decision about this important matter. Other words and advice had become less important; all we wanted was to make the best decision for Davood, even though the situation was very complicated.
We arrived at the hospital at three in the afternoon. Akram and Kavoos were in the waiting room. Their worry and helplessness were clearly visible in their eyes. We were all searching for a decision that would cause the least harm to Davood, but we didn’t know if such a decision even existed.
Inside the room, I saw Davood lying on the hospital bed. His face was pale, and his body looked weak and lifeless. Yet, when his eyes met ours, he gave a small smile, as if to say everything would be alright. It wasn’t a smile of happiness, but a quiet, sorrowful resignation that was hard to describe.
Kavoos said, “Dad, the situation is tough, but we’re all here together.” Davood only nodded gently. Akram held his hand; his hands were trembling, but beneath that weakness, there was still a strength that only those who truly know him could understand.
Two days later...
Today, Davood was scheduled to be taken to the operating room for surgery. Our hearts were heavy with worry, but we hoped that the operation might bring him some relief. We arrived at the hospital at 10:45 AM. We found Kavoos and Mahnaz (his wife) in the waiting room; their faces were filled with anxiety. Kavoos spoke in a strained voice: “Unfortunately, due to his high blood thickness, Dad’s surgery has been postponed.”
That news hit me like a hammer. Just when everything was ready, this sudden change complicated the situation even more. Akram, who had just returned from visiting Davood, joined us—pale and full of concern.
Kavoos gave me the turn. I entered the ICU and saw that Davood was slightly better than before. His complexion was improved compared to the past few days, but his voice was still shaky, and his eyes were full of tears that quietly and continuously trickled from the corners.
With a weak voice, he said, “I know you’re shy, but go tell the doctor to discharge me from here.”
I smiled and replied, “Okay.”
But he insisted, “Go, listen to me. I need to go home.”
His voice grew louder, and tears welled up in his eyes. I stayed silent for a few moments, unsure of what to say. Then I realized I needed to help him calm down a little. With a gesture, I understood he wanted me to wipe the thick saliva that was struggling to come out of his mouth.
A nurse came and wiped away a large amount of his mouth secretions. Davood said again, “Take me home, please listen to me.”
This time his voice was louder and more pleading. At that exact moment, the nurse entered and asked me to leave the room.
Three days later...
Kavoos called. His voice was strained and filled with worry: “Don’t come to the hospital. We’ve transferred Dad to another one. He’ll probably undergo a new procedure tomorrow—one that doesn’t require open surgery.”
From the news itself—and even more from Kavoos’s voice—it was clear how sudden and serious this change was. In situations like this, anxiety rises above all other emotions. I tried to stay calm and quickly find a way to be present. The fact that they were opting for a non-invasive procedure suggested the situation might be more critical than we had previously thought. Still, I decided to head to the hospital as soon as possible. I needed to be closer—to better understand what was happening.
The next day...
Today, at last, Davood underwent surgery. After days of anxiety and sudden changes, the news brought a faint glimmer of hope to our hearts. Still, none of us felt at ease—the outcome of the operation and his condition afterward remained uncertain. The family had gathered together, and we waited, moment by moment, for any update that might shed light on Davood’s situation.
All we could do was pray for his recovery. I hoped this surgery would be a turning point—a way through these difficult days, and the beginning of a new chapter for him.
Two days later...
Since Davood had been transferred to the new hospital and undergone surgery, we still hadn’t had the chance to see him. From the beginning, Kavoos had advised us not to visit the hospital to avoid overcrowding. Our minds were full of worry and questions, but we decided to check on him by phone.
Kavoos spoke in a calm and cautious voice: “He hasn’t regained consciousness yet.”
This news made me even more anxious. Is this normal? Will his recovery take a long time? Kavoos explained, “Yes, the doctor said it’s normal for him to be like this for up to three days after the surgery. They removed part of his intestine so that he can eventually eat by mouth again.”
This explanation eased our minds somewhat, but the worry remained. Removing part of his intestine and returning to normal felt like a difficult challenge. We hoped Davood would wake up soon and that his healing process would begin.
The next day...
At last, today we were able to visit Davood in the ICU. On the way, I contacted several prominent Iranian artists in the fields of visual arts and cinema to follow up on confirming Davood’s artistic activities. I asked them to prepare letters verifying his works and contributions. They all agreed gladly and promised to have the letters ready so I could submit them to the relevant office.
When we arrived at the hospital, we were allowed to visit Davood without any difficulty. He lay motionless and semi-conscious on the bed. His hands were swollen, and two tears traced down his cheeks. The sight was deeply heartbreaking for me.
The nurse said, “He can hear your voice and understands everything you say.”
Three days later...
At 2:30 in the afternoon, Ali Zakeri sent me a photo in which Davood had his hand on Ali’s shoulder and was hugging him. Under the photo, he had written: “Good old days.”
Seeing it, a sudden pang of anxiety squeezed my heart. I immediately called and asked, “What’s wrong? Did something happen?”
Ali replied, “I was going through the photos on my phone and came across this one. Whenever I think of Davood, you and Sarvenaz come to mind, so I sent this photo.”
I said, “Man, my mind went to a dark place...”
He paused for a moment and said, “You’re right, it can definitely be interpreted that way.”
Two days later...
At seven in the evening, Kavoos called and said, “They’ve transferred Dad to a hospital near their home. His blood pressure was at five today, and he’s not in good condition.”
The news was deeply worrying. I tried to stay calm and reassure Kavoos, but the anxiety was so heavy that finding peace felt nearly impossible.
The next morning...
I called Kavoos to check on Davood’s condition. This time, he replied via WhatsApp: “I don’t have any news about Dad today. We’ve come to the north. My wife’s grandmother passed away, and we’ll return to Tehran tomorrow.”
Sarvenaz spoke with Akram on the phone. Akram said, “We visited Dad today. He’s still on oxygen support, but we hope to bring him home on Sunday.”
Though these words were hopeful, they were also filled with doubt and concern.
June 20, 2020
That morning, when I opened my eyes and glanced at my phone, I was met with messages whose weight cast a shadow not just over my heart, but over my entire being—a shadow that poured fear and sorrow straight into my soul.
At 10:33 a.m., Kavoos had called. After him, there were missed calls from Akram and Ali Zakeri, each bearing their own tune of loss and unease. The pounding of my heart was proof that something deep within—unseen, yet immense—was beginning to collapse.
Kavoos’s message, simple yet ruthless, began like this: “Hi Morteza, Dad is gone. Could you please take care of the necessary arrangements?”
That sentence wasn’t just an announcement of death—it was a story of death itself. A quiet collapse of a state of being, where presence and absence blur into one, and all boundaries vanish.
The part of me that was Davood had suddenly detached and flown to an unknown world—one where time no longer exists, and only memory remains, like a flickering flame in the dark.
Moments later, a message from Ali Zakeri came in: “Hi dear Morteza, this time… it really is may he be remembered.”
Morteza Zahedi
September 25, 2025
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از درد تا پرواز، از زخم تا وداع
«خاطره به شکل غمانگیزی تنها راه ارتباط با مُرده است.»
—سوزان سانتاگ
میخواهم از روزهایی سخن بگویم که سنگینیشان همچون باری بیانتها بر شانههای زمان فرود آمده بود؛ روزهایی که هر لحظهشان در برابر نگاه داوود، چون شعلهای خیرهکننده و زنده میدرخشید. او، با جسمی شکننده، اما روحی که هرگز تسلیم نمیشد، مردی بود که در بستر بیماری نیز همچنان در افقی نامعلوم قد میکشید؛ بیقرار و خندان، بهسان جریانی که از دل صخرهها راهی به سوی نور میجوید.
داوود برای من صرفاً انسانی عادی نبود؛ او تجسمی زنده و پویا از هنر و زندگی بود، یکتایی که در آغاز این سفر پر از راز و رمز با او آشنا شدم و ده سال در کنارش بودم. شاهد جلوههایی بودم که گویی از بستر رؤیا و خیال برآمدهاند، جلوههایی که هر روز نه در قامت او، که در عمق نگاه و اندیشهاش، چون گلهایی ناب در زمینی فراموششده میروییدند.
او با وجود ناتوانی در خواندن و نوشتن، و سنگینی رنجهایی که بر دوش کشید، از روحی سرزنده و بینشی ژرف برخوردار بود؛ بینشی که گاه انسان را در برابر عظمت و نادر بودنش، از خود بیخود میکرد. و سرانجام، آرام آرام، آن نیروی درونی بیپایان تحت فشار بیماری تحلیل رفت و در نخستین روز تابستان، او، با همان نوری که زندگیاش را روشن کرده بود، زندگی را وداع گفت و به آسمانها پیوست.
لحظه وداع، تلخ و جانکاه بود، اما نگاه نافذ و عمیقش، پلی ساخت میان این جهان و آن جهان؛ پلی که هنوز در ذهنم زنده است و مرا به تأملی عمیقتر درباره پیوندی فراتر از زمان و مکان وا میدارد. داوود نمونهای زنده بود از ارادهای که فراتر از محدودیتهای ظاهری میتازد و مرزهای معمول را میشکند؛ انسانی استثنایی که برای همیشه در جان و یاد ما حک شده است.
این روایت، آغاز روزنگاری من است؛ سفری به اعماق خاطرات و معناهایی که در هم میآمیزند، جایی که زندگی و مرگ، هنر و انسانیت، همچون موجهایی در اقیانوس هستی به هم میپیوندند و شعلهور میشوند.
جمعه، ۲۰ دی ۱۳۹۸
در نمایشگاه گروهی «گفتوگوی تصویری» که فریدون آو در گالری اُ برگزار کرده بود و آثار سروناز هم بر دیوار گالری نمایان بود، داوود کوچکی به گالری آمد. با چشمان درخشان و شادابی کودکانه، در میان حلقهی هنرمندان و جوانان ایستاده بود. دستم را فشرد و با نگاهی پر از راز در گوشم گفت: «مرتضا، بیا مرا بیشتر به اینجور جاها بیاور. روحم زنده میشود. تو باعث شدی همه مرا بشناسند؛ این همان چیزیست که همیشه آرزویش را داشتم.»
با هم به حیاط گالری رفتیم و برایش لیوانی چای گرفتم. او با آرامش بر روی صندلی نشست و جرعهجرعه نوشید. دقایقی بعد گفت: «دیگر خستهام… بهتر است بروم.» سروناز و من را بوسید و بدون هیچ سر و صدایی، همچون نسیمی که در سکوت شب فرو میرود، رفت...
یک هفته بعد
امروز داوود از بیمارستان تماس گرفت. صدایش پر از شوخی و همان لحن آشنای همیشگی بود. گفت: «درد عجیبی داشتم، از دیروز اینجا بستریام و فردا آندوسکوپی میشوم. بعد دکتر نظرش را میدهد و تکلیفم مشخص خواهد شد.»
عصر به ملاقاتش رفتم. پیرمرد همچنان با روحیه و بشاش بود. گفتم: «اینجا چه میکنی؟ باید زود جمع و جور کنی و بیایی بیرون، کلی کار داریم.» خبر نمایش آثارش در آرت فر فریز نیویورک را به او دادم و موبایلم را جلوی چشمانش گرفتم تا عکس کارهایش را ببیند.
با هیجان، چند بار از حالت درازکش بلند شد، نشست روی تخت و دوباره دراز کشید. خندید و گفت: «مرتضا، انگار دارم کمکم اسم و رسمی پیدا میکنم.» در آن لحظه، احساس کردم که او نه فقط با جسم، بلکه با روحی پر از شادابی و سرزندگی، از تمام سختیها عبور کرده و هنوز در اوج است.
وقتی از او خواستم: «اجازه هست فیلم بگیرم؟» با نگاهی چالشبرانگیز و پر از زندگی از جایش بلند شد و به پسرش، کاووس، گفت: «لطفاً در اتاق را ببند، میخواهم بلندبلند بخندم.»
کاووس، نگران، گفت: «بابا، لطفاً خندههای بلند نکن، اینجا بیمارستانه، ایراد میگیرند.»
داوود با خندهای که از تمام وجودش بیرون میآمد، جواب داد: «در را ببند ببینم! داریم این همه پول میدهیم، بعد من نتوانم با صدای بلند بخندم؟!» و سپس زد زیر خنده و گفت: «فیلم بگیر...»
یک هفته بعد
ساعت حدود هشت شب جمعه بود و نمایشگاه ناخدا عبدالرسول غریبی پر از جمعیت. داوود تماس گرفت. صدایش، همچنان با همان شوق همیشگی، به گوشم رسید.
در آن لحظه، چیزی در صدای داوود بود که هیچوقت نمیتوانستم فراموش کنم؛ یک حس ناگفته، یک یادآوری از چیزی که در عمق وجودش به دنبالش بود.
آن مکالمه، مثل همهی لحظات پیشین با داوود، به جزئی از خاطرهای گنگ و تلخ تبدیل شد که در ذهنم باقی ماند.
بیست بهمن ۱۳۹۸
امروز با داوود تماس گرفتم، اما گوشی را پاسخ نداد. چند دقیقه بعد خودش زنگ زد. صدایش مثل همیشه پر از انرژی و شور کودکانه بود و گفت: «مرتضا، دارم نقاشی میکشم. در این مدت هرچه خوردهام را بالا آوردهام. نقاشیهایم دقیقاً مثل همان بالا آوردن است، اما فرقش این است که در نقاشی، هر چه را که بالا میآورم، مردم میپسندند.» و زد زیر خنده.
ادامه داد: «قرار بود فردا شب بیایید منزل ما، ولی حالم بد شد و از صبح دوباره در بیمارستان بستریام. چند روز ناپرهیزی کردم و دلدرد عجیبی دارم؛ هرچه میخورم بالا میآورم. البته الآن بهترم و درد ندارم. خواستم بگویم که آمدنتان به خانه ی ما بهتر است بماند برای وقتی دیگر.»
برای پیگیری حالش با کاووس تماس گرفتم. گفت: «حالش وخیم است. دکتر گفته توموری ده سانتی در کیسه صفرا دارد و اگر نمونهبرداری شود، تومور فعال میشود. خودش هنوز چیزی نمیداند.»
روز بعد، من و سروناز به ملاقاتش رفتیم. دو تا از نوهها کنار تختش در بیمارستان ساز میزدند و میخواندند. زهرا (همسرش) نگران کنار او نشسته بود، اما داوود مثل همیشه میخندید. روی تختش دفترچهای پر از طرحهای جدید بود. حدود دو ساعت پیش او ماندیم.
داوود پرسید: «از آن طرف آب چه خبر؟ خارجیها چیز جدیدی درباره ی من نوشتهاند؟» چند ایمیل و پیام برایش خواندم. گفت: «همه ی اینها را برای بیمار تخت بغلی و همراهانش هم بخوان.» با ذوق گوش میداد و لذت میبرد؛ عاشق این لحظات بود.
چون ناخدا رسیده بود و پشت در منتظر بود، مجبور شدیم به گالری بازگردیم. اما ساعت نه و نیم همان شب دوباره به بیمارستان برگشتیم. نگهبان اجازه ورودِ من را نداد، اما سروناز توانست برود. بعد از ده دقیقه تماس گرفت و گفت: «داوود میگوید یواشکی بیا بالا، میخواهد تو را ببیند.»
از پشت در صدای خندهاش میآمد. وارد اتاق شدم؛ روحیهاش مثل همیشه عالی بود. همراه بیمار تخت بغلی با لهجه ی کرمانشاهی گفت: «آقا داوود، راستش را بگو؛ شما مریض هستی یا ما؟! اینطور به نظر میرسد که شما از همه ی ما بهتر هستی!» داوود با خنده جواب داد: «بخدا من مشکلی ندارم!»
دو روز بعد
امروز عصر، ما به سمت خانه ی داوود رفتیم. وقتی رسیدیم، او کنار در خانه، جلوی کوچه، ایستاده بود و دفترچه طراحیش را در دست داشت. با شور و هیجان کودکی طرح تازهای را نشانمان داد و گفت: «ببین، چقدر در این مدت کار کردهام!»
در حالی که از پلهها بالا میرفتیم، شعری سرشار از احساس برایمان خواند:
«نه تب دارم نه بیمارم، نه جانم میکند درد
همیبینم که رنگ من شده زرد
یکی میگوید بخارات زمین است
اما خودم میدانم که عشق نازنین است»
سپس گفت: «مرتضا، این شعر را یکجا بنویس و از طرف من برای همه بخوان.»
«در ده کسی به جایی نرسید
مگر از ظلم زمانه به دلش خاری نرسید
بر شانه نگر که تا صد خار نشد
دستش به سر زلفِ نگاری نرسید»
داوود حافظه ی بسیار خوبی داشت، اما چون سواد خواندن و نوشتن نداشت، اشعاری را که حفظ کرده بود از زبان مردم شنیده و با برداشت خود بازگو میکرد.
شعر اول، از دوبیتیهای بابا طاهر، عارف و شاعر ایرانی است که متن اصلی به گونهی دیگری است. و شعر دوم، رباعی منسوب به حکیم عمر خیام، فیلسوف و شاعر ایرانی است که اصل این شعر نیز با آنچه که داوود به حافظه سپرده بود فرق دارد.
شش روز بعد
امشب دوباره به خانه ی داوود رفتیم. وقتی در را باز کرد، پشت در ایستاده بود؛ همان داوود همیشگی، اما این بار لاغر و تکیدهتر به نظر میرسید. رنگ چهرهاش کمی پریده بود، اما همان نگاه کودکانه و پرشور هنوز در چشمهایش میدرخشید. روی شومینه نقاشیای تکیه داده بود. با چهرهای که هم غم و هم شادی در آن موج میزد، پرسید: «نقاشی جدید رو دیدی؟» گفتم: «بله، فوقالعاده شده.» لبخندی زد و گفت: «برو توی اتاق، اون دو نقاشی بزرگ زیر فرش رو بیار.» داوود همیشه دوست داشت نقاشیهایش را با دقت نگاه کنیم و با حوصله دربارهشان صحبت کنیم. هر چه بیشتر تعریف میکردی، بیشتر لذت میبرد. آخر شب دستم را گرفت و به اتاق برد. در کمد چند کار قدیمی بود که گفت: «اینها رو بیار، میخوام ترمیمشان کنم.» با چهرهای سرشار از نیت خوب و حسی ترکیبی از وسواس و لذت ادامه داد: «تو فقط برام حرف بزن.» در حین ترمیم، حال و هوای تصویر تغییر کرد. او پر از انرژی و شادی شد. انگار نه تنها نقاشیها جان میگرفتند، بلکه خودش هم دوباره زنده میشد. گویی تمام خستگی و بیماری از وجودش رخت بربست.
چهار روز بعد
امروز نمایشگاه داوود در گالری «آوت سایدر اینن» افتتاح شد. صد تابلوی کوچک از آثارش روی دیوارها آویخته شده بود. در میان هیاهو و شلوغی، داوود لبخندی بر لب داشت و نگاهش به آثارش چون نوری درخشان میدرخشید.
پس از مراسم عقد نوهاش (ارغوان)، داوود همراه همسر، فرزندان، دامادها و نوههایش به گالری آمد. با هر کسی که روبهرو میشد، گرم و صمیمی برخورد میکرد و با شور و شوق درباره ی آثارش توضیح میداد. حتی در میان رفتوآمدها و سروصدای زیاد، دو طراحی کوچک هم کشید و آنها را کامل کرد؛ کاری که همیشه انجام میداد؛ یعنی در دل لحظات شلوغ، هنر و دقتش را حفظ میکرد.
شاید همین ویژگی داوود بود؛ توانایی خلق لحظاتی خاص و پرمعنا، حتی در روزهایی که همه چیز به نظر فروپاشیده میآمد. هنر او در این لحظات زنده بود.
افتتاح نمایشگاه او همزمان بود با نخستین زمزمههای ویروس کرونا. گالری پر از جمعیت بود؛ بسیاری آمده بودند تا داوود را از نزدیک ببینند. اما به مرور نگرانیها شکل گرفت. سروناز که همیشه مراقب بود، بارها به داوود تذکر داد: «آقا داوود، لطفاً کسی را در آغوش نگیر و روبوسی نکن.» اما داوود با همان روحیه ی خاص و انرژی بیپایانش، نه تنها توجهی نکرد، بلکه همچنان لبخند میزد، دست میداد و بازدیدکنندگان را در آغوش میگرفت. تا پایان نمایشگاه در گالری ماند.
روز بعد، وقتی به موبایلش زنگ زدم، صدایش سرحال و پرانرژی بود. داوود که همیشه شوخطبع بود، با شادی گفت: «وااای مرتضا، امروز یک کار کشیدم که اگر ببینی (...).» و سپس جمله ی همیشگیاش را اضافه کرد: «کارم خیلی باحال شده.»
این ویژگی او بود؛ حتی وقتی همه چیز در حال تغییر و بحران بود، همچنان به زندگی و هنر خود وفادار ماند. هنر برای داوود تنها وسیلهای برای ابراز وجود نبود، بلکه ستون اصلی زنده بودنش در دنیای پر آشوب و بیثباتی بود.
هشت روز بعد
امروز دوباره به دیدار داوود رفتم. حالش نسبت به روزهای گذشته بهتر شده بود؛ آن شادابی همیشگی را نداشت. وقتی وارد اتاقش شدم، دفترچهاش را باز کرده بود و چند طرح نیمهتمام روی آن دیده میشد. سرش را بلند کرد و با لبخندی کمرمق گفت: «مرتضا، نمیدانی این روزها چقدر زمان کند میگذرد. با این ویروس لعنتی، انگار همه چیز متوقف شده.»
داوود همیشه در حرفهایش ترکیبی از شوخی و حقیقت داشت، اما امروز کلامش سنگینتر و عمیقتر بود؛ انگار زیر فشارِ واقعیتهای بیرون خم شده بود.
پرسیدم: «حالت خوب نیست؟»
او آهسته سرش را تکان داد و گفت: «نه، اما باید کارم را ادامه بدهم، حتی اگر دنیا ایستاده باشد...»
چهرهاش لاغرتر و خستهتر شده بود، نگرانیهای تازهای در دلش موج میزد، بهویژه وقتی از خانواده و بیماریها صحبت میکرد. با دلهره گفت: «این روزها نمیدانم چه سرنوشتی در انتظارم است... شاید این آخرین باری باشد که اینجا را میبینم.»
لحظهای سکوت کرد؛ شاید برای اینکه هم خودش و هم من فرصتی داشته باشیم تا حرفهایش را بهتر بفهمیم. اما باز هم لبخند تلخ و شوخطبعانهاش بر لبانش نشست و گفت: «اما خوب، اگر هم اینجا نماندم، حداقل یادگارهایی از خودم باقی میگذارم که هنوز حرف دارند.»
چشمانش پر از غم بود، اما در دلش هنوز نیرویی موج میزد؛ نیرویی که به دنیا تعلق داشت و تا آخرین لحظه همراهش خواهد بود.
کمتر از سه هفته به پایان سال مانده بود
صبح همان روزی که پیام فریده (یکی از دخترهای داوود) را دریافت کردم، حس عجیبی داشتم. او نوشته بود: «سلام آقای زاهدی، میدانم شرایط خوبی نیست و به خاطر کرونا در خانه قرنطینه هستید، اما یکی دو روز است که حال بابا اصلاً خوب نیست. خیلی ممنون میشوم اگر به دیدنش بیایید. بابا وقتی شما را میبیند، انرژی میگیرد.»
این پیام در دل روزهای سرد و سخت آخرین روزهای زمستان شعلهای از اضطراب در من روشن کرد. گویی زمان ایستاده بود و پیشبینی بدترینها همچنان در ذهنم میچرخید.
ساعت ۶:۳۰ عصر به خانه ی داوود رسیدیم، اما دیگر آن داوود همیشه شاداب و پرانرژی آنجا نبود. درختی که نماد طراوتِ زندگی بود، حالا کمجان به نظر میرسید. داوود بیرمق و ساکت روی تخت دراز کشیده بود؛ چهرهاش از همیشه لاغرتر شده بود. وقتی ما را دید، با چشمانی خسته گفت: «میبینید صورتم چقدر لاغر شده!»
سپس به سروناز اشاره کرد که کنار او بنشیند. سروناز با دلگرمی و نوازش در گوشش حرف زد و به داوود آرامش داد.
یک لحظه سکوت سنگینی فضا را پر کرد، اما داوود با تلاشی زیاد از جای خود بلند شد. صدایش ضعیف و لرزان بود: «مرتضا، برو از انبار (پارکینگ) چند نقاشی قدیمی بیاور، میخواهم ترمیمشان کنم.»
لحظهای بعد، شروع کرد به امضاء کردن آثار بیامضاء روی میز؛ نقاشیهایی که تنها تاریخ و تجربه نبودند، بلکه یادگارهای یک زندگی به پایان رسیده بودند.
در همین لحظه، علی ذاکری (دامادش) وارد اتاق شد. وقتی چشمش به نقاشیها افتاد، شروع کرد به تعریف و تمجید از آنها. داوود که دراز کشیده بود، با دقت به حرفهایش گوش داد و پس از لحظهای، با همان شوخی خاص خودش گفت: «بیایید یک عکس سهنفره بگیریم، که من دست دو هنرمند را گرفتهام.»
علی ذاکری با لبخندی پاسخ داد: «شما به ما افتخار میدهید که دستهایمان را در دستان هنرمندتان بگیریم.»
چند ساعت بعد، وقتی شب آرامآرام به پایان نزدیک میشد، حال داوود هنوز ناپایدار بود؛ مثل موجی که لحظهای آرام میگیرد و لحظهای دیگر، دوباره بالا میآید.
هیچ چیز نمیتوانست بخورد، و هرچه میخورد، بالا میآورد. نگاهش، پردهای از غم و اندوهِ عمیق را در خود داشت؛ بازتابی از آنچه در ذهنش میگذشت؛ غرق در حس فقدان و خداحافظی.
لحظه ی خداحافظی فرارسید؛ شبی شبیه شبهایی که دلت نمیخواهد به پایان برسند. بغض در چشمانش موج میزد و با صدایی لرزان گفت: «خدا کند من را از دست ندهید.»
این جمله، همچون ضربهای از تبر بر تن درخت وجودم فرود آمد؛ زخمی عمیق و ناگهانی که هنوز هم ردش در خاطرم باقی مانده است. تمام آن روزها، تمام آن لحظات، مانند شاخههایی بودند که یکییکی از پیکر خاطراتم جدا شدند. و در دل این خاموشیِ تلخ، تنها یک پرسش بزرگ باقی ماند: آیا زندگی، حتی در واپسین لحظاتش، باز هم با ما شوخی میکند؟
سه روز بعد
بهداد، باجناقم که مجسمهساز است، ساعت شش عصر به خانهمان آمد و با هم به خانه ی داوود رفتیم. وقتی رسیدیم، داوود از اتاقش بیرون نیامد. سلام و احوالپرسی کردیم، اما جوابش بیحوصله و سرد بود. داوود هیچوقت اینقدر بیروح و ساکت نبود؛ انگار به دنیای درون خود فرو رفته بود و به اطراف توجهی نداشت.
سروناز که نگران حال داوود بود، از بهداد خواست تا از دست داوود قالب بگیرد، اما آن شب زمان مناسبی برای این کار نبود. ساعت اول سخت گذشت. روی رگ دست راستش آنژیوکت گذاشته بودند و اگر داوود اجازه میداد، باید از دست چپش قالب میگرفتیم. فضای خانه کاملاً فرق داشت با آنچه ما از داوود میشناختیم.
زهرا خانم (همسر داوود) مشغول پخت و آمادهسازی شام بود. داوود پرسید: «چقدر طول میکشد تا غذا آماده شود؟» زهرا آرام پاسخ داد: «حدود یک ساعت دیگر.» داوود گفت: «پس تا آماده شدن شام، برویم پایین.» منظورش اتاقکی بود که در حیاتِ خانه برای خودش ساخته بود.
حدود یک ساعت بعد برگشتیم بالا. حال داوود کمی بهتر شده بود و سر میزِ شام نشست. با توجه به بیماری و توصیه ی پزشک، اجازه نداشت چیزی بخورد. همه به غذاهای آماده نگاه میکردیم که داوود از یکی دیگر از دخترهایش (فریبا) خواست یک تکه نان برایش بیاورد. نان را از وسط شکافت، بینیاش را لای نان گذاشت و چند بار عمیق بو کشید. این صحنه برای همه ی ما بسیار دلخراش و غمانگیز بود، گویی از لذتهای کوچک و ساده ی زندگی نیز محروم شده بود.
بعد از شام، بهداد از ماشینش آرژینات و گچ آورد و شروع به کار کرد. ظرف چند دقیقه از دستِ چپ داوود قالب گرفت. داوود با روحیه ی همیشگیاش همراهی کرد و حتی در حین کار کمی شوخطبعی کرد و بهداد را دست انداخت. این لحظات، هرچند پر از درد و اندوه بودند، هنوز نشانههایی از زندگی و انرژی داوود را در خود داشتند؛ نشانههایی که نشان میداد او هنوز در میان همه ی این رنجها، جرقهای از شور و طنازی را در خود حفظ کرده است.
سه روز بعد
امروز ساعتِ شش عصر به دیدار داوود رفتیم. حالش نسبت به روزهای گذشته بهتر شده بود. با چهرهای که کمی از ضعف و بیحالی روزهای اخیر فاصله گرفته بود، آمد و کنار ما روی مبل نشست. لبخندی زد که هنوز کمی غم و رنج در آن پنهان بود و پرسید: «چه خبر؟»
ایمیلِ جدیدی که از نیکو وان دِر اِندت دریافت کرده بودم را برایش خواندم. نیکو همان کسی است که در سال ۲۰۱۲ برای نخستین بار آثار داوود را در گالری هامر در آمستردام به نمایش گذاشت و با تأثیر و نفوذ خود در دنیای هنر Art Brut، آثارش را به مجموعههای معتبر و برجستهای در اروپا معرفی کرد. گالری هامر یکی از قدیمیترین و معتبرترین گالریهای هنرِ Art Brut است که بیش از نیم قرن در این زمینه فعالیت کرده و هنرمندان بسیاری را به جهان معرفی کرده است.
او در ایمیل نوشته بود:
«داوود، بهترین من، دوست عزیزم،
میدانم که در شرایط خوبی نیستی و بابت آن متأسفم. من این فرصت را داشتم که برای نخستین بار آثار تو را خارج از ایران در گالری خودم به نمایش بگذارم و معرفی کنم. به خودم میبالم که این کار را انجام دادم. برای گالری من، تو هنرمند بسیار مهمی بودهای و نمایش آثار تو یکی از مهمترین رویدادهای یک دهه ی اخیرِ من بوده است. اکنون با وضوح بیشتری میبینم که تو مانند یک معمار مشغول ساختن قصری زیبا و مجلل بودهای که تا ابد ماندگار خواهد بود و من تا آخرین نفس، هر روز شاهد شکوفایی آن خواهم بود. امیدوارم به نبرد و مبارزهات با بیماری ادامه دهی و ما را با لحظات و تجربیات شگفتانگیزت شریک کنی تا همه لذت ببریم.»
وقتی این نامه را خواندم، دیدن لبخندی که آرام روی لبهای داوود نشست، واقعاً دیدنی بود. پرسید: «تموم شد؟» گفتم: «بله.»
او با رضایت و کمی حسرت گفت: «چه حیف! کاش بیشتر مینوشت. از شنیدنش خیلی لذت بردم. میشه دوباره از اول بخونیش؟»
تا پایان شب چند بار این نامه را برایش خواندم و هر بار لبخندش گستردهتر میشد.
دو روز بعد
وقتی به خانهی داوود رسیدیم، او روی مبل دراز کشیده بود و به نظر میرسید که بیشتر از همیشه خسته است. یک طراحی نیمهتمام (سایز A3) روی میز جلوی مبل قرار داشت. او که هنوز نتوانسته بود از جای خود بلند شود، با همان صدای ضعیف و کمحجمش گفت: «این طراحی رو امروز شروع کردم، ولی تا شب تمومش میکنم تا ببری.»
با حرکات کند و ضعیفش، بلند شد و شروع کرد به مرتب کردن نقاشی. حدود یک ساعت مشغول بود، تا اینکه بدنش تسلیم شد و دوباره دست کشید. به چهرهاش نگاه کردم و میشد دید که احساس راحتی نمیکند. انگار تمام انرژیاش تمام شده بود. در حالی که نگاهش به طراحی و دستش که به سختی روی کاغذ میلغزید، گفت: «دوبار معدهام تُرش کرده. انگار چاقو قورت دادهام!»
در همین لحظه، علی ذاکری از راه رسید. داوود رو به او کرد و با نگاهی که بیشتر از همیشه ترکیب غم و شوخی داشت، گفت: «علی، این چه زندگی بیپایانیه که من دارم؟! بهتره (...)» علی حرفش را قطع کرد و گفت: «تا قبل از اینکه نقاش بشی، میتونستی... بابا داوود، اون موقع که خودت رو از گاراژ بازنشست کردی، بهترین زمان بود برای اینکه خودت رو کنار بذاری. ولی الآن دیگه دست خودت نیست. باید جواب پس بدی. در مقابل خیلیها و هنر مسئولیتی داری.»
چهرهی داوود یکدفعه باز شد و شروع به خندیدن کرد. این خندهی آشنا، پر از زندگی و شوخی، همچنان همان داوود همیشگی را نشان میداد. بعد رو به من کرد و گفت: «مرتضا، به چی فکر میکنی؟ نگران نباش. مبارزه میکنم.»
نگاهی به سروناز انداخت و همان حرفها را برای او هم تکرار کرد. گویی با این کلمات، از خودش میخواست که همچنان روی پا بماند، حتی اگر بدنش دیگر مثل گذشته همراهی نمیکرد.
اکرم (دختر دیگرش) زیر بغل او را گرفت و کمک کرد تا بلند شود. داوود آرامآرام به سمت اتاقش حرکت کرد. اکرم او را به تخت برد و کمک کرد تا دراز بکشد، سپس شروع به ماساژ دادن او کرد تا به خواب برود.
دو روز بعد
داوود ساعت شش و چهل و پنج دقیقه عصر تماس گرفت. صدایش نسبت به روزهای قبل متفاوت بود؛ پر از انرژی و خوشحالی. به نظر میرسید حالش بهتر شده بود. با لحن شوخطبع همیشگیاش گفت: «چرا امروز با من تماس نگرفتی؟ نگران شدم، فکر کردم کرونا گرفتی! چرا اینقدر نفسنفس میزنی؟»
گفتم: «ببخشید، الآن بیرونم. آمدهام به یک قابسازی.»
گفت: «مرتضا، بیرون میروی ماسک میزنی؟ دستکش داری؟ خیلی مراقب باش، پسر.»
بعد با پیشنهادی گرم و صمیمی ادامه داد: «زهرا گوشتِ تازه خریده و میخواهد یک آبگوشتِ درجه یک بپزد. بیایید پیش ما، همه دور هم آبگوشت بخوریم.»
گفتم: «حتماً میآییم، اما چون ما بیرون میرویم و با افرادِ مختلف مواجهیم، بهتر است بیشتر تلفنی در ارتباط باشیم و کمتر حضوری دیدار کنیم. برای شما خطرناک است.»
لحظهای سکوت کرد. سپس پرسیدم: «اکرم تصاویری را که برایش فرستادم به شما نشان داد؟» پاسخ داد: «اکرم اینجا نیست. دو شب است رفته خانه ی خودشان. چی برایش فرستادی؟»
توضیح دادم: «چند تصویر از کتابی که در لندن چاپ شده و کارهای شما در آن هست. از تصاویرِ داخل کتاب عکس گرفتم و فرستادم تا ببینید.»
فوراً گفت: «ولی فریبا اینجاست، برای او بفرست.»
ده دقیقه بعد دوباره تماس گرفت. این بار صدایش پر از ذوق و شادی بود. گفت: «مرتضا، انگار واقعاً دارم آدم مشهوری میشوم! دفعه ی بعد که آمدی خانه ی ما، کتاب رو بیاور تا ببینم.»
گفتم: «هنوز کتاب به دستم نرسیده، فقط عکسها را فرستادهاند.»
ده روز بعد
شبِ اولین روزِ سال نو بود. وقتی به خانه ی داوود رسیدیم، حالش چندان خوب نبود. او روی تخت دراز کشیده بود و به وضوح ناتوان به نظر میرسید. پیش از آمدنِ ما، دکترِ تغذیه به خانهاش آمده و رژیم غذایی محدودی برایش تجویز کرده بود و وضعیتِ داوود را برای خانواده توضیح داده بود. فضا سنگین بود و همه نگران حال او بودند.
وارد اتاق شدم و پرسیدم: «چطوری استاد؟»
داوود نگاهی به من انداخت و با صدایی ضعیف گفت: «اصلاً خوب نیستم. دیگر امیدی نیست. حتی صدایم هم درنمیآید و...»
حرفهایش دردناک بود، سریع موضوع را عوض کردم و گفتم: «دیشب با کریستین بِرست صحبت کردم. او قصد دارد نمایشگاهی از کارهای شما در گالریاش در پاریس برگزار کند.»
این خبر، مثلِ همیشه، میتوانست او را سر ذوق بیاورد. اما داوود که قبلاً با شنیدن چنین خبری بسیار هیجانزده میشد، این بار با صدایی خسته و بیرمق گفت: «مرتضا، جانم به لب رسیده، اما قول میدهم تا دوباره شروع کنم.»
نفسِ عمیقی کشید و ادامه داد: «نمیدانی چقدر وقتی به من میگویی «استاد»، لذت میبرم. همیشه آدمهای عملگرا را ترجیح دادهام و دوست داشتهام و سعی کردهام خودم هم چنین آدمی باشم.»
این جملههای داوود برایم بسیار عمیق و پرمعنی بود. او هیچگاه خود را «استاد» نمیدانست، اما به این کلمه احترام میگذاشت. حرفهای او نشان میداد که با وجود تمام مشکلات، هنوز میخواست زندگی کند و با انرژی و انگیزه به راهش ادامه دهد.
چهار روز از سال جدید گذشته بود
داوود خواب بود. اکرم گفت: «تا یک ساعت پیش بیدار منتظر شما ماند، اما بعد کاووس بابا را به حمام برد و بعد خوابید.»
درباره ی حال داوود پرسیدیم. زهرا با نگرانی پاسخ داد: «در یکی دو روز گذشته اصلاً حالش خوب نبود، با هیچکس حرف نزد و...»
چند لحظه بعد، صدای پچپچهای ما باعث شد داوود بیدار شود. با صدای ضعیف سلام کرد. همه بلند شدیم و به سمتش رفتیم. از بچهها خواستیم کمک کنند تا داوود را بلند کنند. او به سختی از جا بلند شد و به دستشویی رفت. وقتی برگشت، با صدای کمجان گفت: «ببخشید، تا سرحال بیام کمی طول میکشه.»
تلویزیون را از پذیرایی به اتاقِ داوود منتقل کرده بودند و این تغییر به وضوح روی روحیهاش تأثیر مثبتی گذاشته بود. نشستیم و با هم سریال تماشا کردیم. آن سریال را دوست داشت و هرچند خیلی آرام و بیصدا بود، اما اگر دقت میکردی، گاهی لبخندی روی لبانش مینشست.
از شروع تا پایان سریال، زهرا دست راستِ داوود را گرفته و با روغن سیاهدانه ماساژ میداد. رگهای دستش به دلیل تزریقهای مکرر سرم کبود و ضعیف شده بود. این حرکت بیشتر از هر چیز به داوود آرامش میبخشید.
من که از دیدن این وضعیت متأثر شده بودم، گفتم: «زهرا خانم، دم داوود گرم! روزی در این دستها پتک و آچار بود و امروز مداد. چه شاهکارهایی با این دستها ساخته شد! این دست را نمیشود دست کم گرفت.»
داوود که از این حرف خوشحال شده بود، با همان روحیه ی همیشگیاش، دست چپش را مشت کرد و به سمت من دراز کرد تا مشتهایمان را به هم بزنیم.
پنج روز بعد
اکرم چند تصویر در واتساپ برایم فرستاد؛ داوود دست به سینه، روی زمین کنار آخرین کارش دراز کشیده بود. این اثر مدتی نیمهتمام مانده بود. با داوود تماس گرفتم و ذوق و خوشحالیام را ابراز کردم.
گفت: «مرتضا، من عاشق این کارم. دیشب خوابم نبرد، ساعت سه ی صبح دست به کار شدم و بالاخره تمامش کردم. چون به سروناز قول داده بودم.»
صدایش پر از انرژی بود؛ انگار حالش بهتر شده بود. در این مدت، هیچگاه از دنیای هنر جدا نشده بود. حتی در اوجِ بیماری و ضعف جسمانی، دست از کار نکشید. گویی تمام این مدت، نبرد اصلیاش نه با بیماری، بلکه با نفسهای خستهاش بود. او از ته دل میدانست که تنها با خلق کردن میتواند نفس بکشد.
چند لحظه سکوت کرد و سپس ادامه داد: «همیشه فکر میکردم زندگی باید یک جورِ خاصی باشد، با لحظههای بزرگ و افتخارآمیز. ولی حالا میبینم زندگی، هرچند کوچک و ساده، خودش بزرگترین اثر هنری است. این نقاشیها هم همینطورند؛ گوشهای از زندگی که من میسازمش.»
کلماتش در دلِ شب، همانطور که از تلفن به گوشم میرسید، پر از حقیقتی نهفته بود. داوود همیشه جستجوگر بود، هم در زندگی و هم در هنر. او هر لحظه، در هر نقاشی، خود را کشف میکرد و با خلقِ هر اثر، تصویری نو از دنیای درونش میساخت.
گفتم: «این کار واقعاً شاهکار شده.»
خندید و گفت: «نه، این فقط یکی از هزاران است. وقتی زندگی رو واقعاً درک کنی، نقاشیها فقط یکی از هزار راهی هستند که خودت رو به جلو میبرند. زندگی باید زیبا باشد، باید هر روز یک اثر جدید ساخت. باید ادامه بدهم. این راه هنوز تمام نشده. من عاشقم. و عاشقانه این راه رو میروم.»
چهار روز بعد
ساعت نه و نیم شب، فریده چند عکس برایم فرستاد: داوود با لبخندی گرم جلوی دوربین ایستاده بود و کار جدیدش را در دست گرفته بود. بلافاصله تماس گرفتم. خودش گوشی را برداشت. سرحال و پرانرژی به نظر میرسید.
از کارهای تازهاش تعریف کردم. خندید و گفت: «تنت سالم، جیبت پر پول.» بعد ادامه داد: «مرتضا، نقاشی یعنی تسلط بر خود، یعنی آزادی. من اینا رو خوب فهمیدم.»
گفتم: «خوشحالم که حالت بهتر شده. میتونیم از این کارها یه نمایشگاه جدید بذاریم.»
جواب داد: «نمایشگاه؟ شاید الآن نه. مهم اینه که خودم ازشون لذت ببرم.»
همانطور که حرف میزد، کاملاً میشد حس کرد که برای داوود، مثل همیشه، مهمترین چیز خودِ نقاشی بود؛ آن لحظهی خالصِ خلق، که تنها میان او و اثرش اتفاق میافتاد.
ده روز بعد
حدود ساعت یازده صبح، داوود تماس گرفت و بیش از یک ساعت با هم صحبت کردیم. دیگر نمیدانستم چه بگویم، مکالمه طولانی شده بود و نگران بودم که خسته شود. گفتم: «داوود، خسته شدی؟ بهتره تماس رو قطع کنیم تا کمی استراحت کنی.»
اما او هنوز مشتاقِ ادامهی گفتوگو بود. برای همین از او خواستم که گوشی را قطع کند تا من دوباره تماس بگیرم. او پذیرفت.
اولین زنگ که خورد، بلافاصله پاسخ داد و گفت: «به تو احتیاج دارم. وقتی با من حرف میزنی، آرام میشوم.»
صدایش کمی ضعیف و مبهم بود، انگار گوشی را درست در گوشش نگه نداشته بود.
پرسیدم: «چیکار میکنی؟»
گفت: «نمیتونم بیکار بشینم. مشغولِ کارم. شب که بیایید، نشونتون میدم چی کشیدم.»
ساعتِ ده و ربع شب به خانهاش رسیدیم. حالش بهتر از قبل به نظر میرسید. دستم را گرفت و برد داخلِ اتاق. کار تازهاش روی تخت بود. نشستیم و درباره ی آخرین نقاشیهایش حرف زدیم. لذتی که از آن کار میبرد، چیزی نبود که بتوان بهسادگی با کلمات توصیف کرد.
در حالی که غرقِ صحبت بودیم، زهرا خانم از آشپزخانه ما را صدا زد. گفتم: «داوود، برویم؟»
با اینکه اصلاً دلش نمیخواست گفتوگو تمام شود، گفت: «اول از این کار عکس بگیر، بعد برویم.»
چند عکس از او گرفتم در حالی که نقاشیاش را در دست داشت. بعد به سمت میز شام رفتیم... این لحظاتِ ساده، اما صمیمی، لبریز از معنای پنهان بودند. در دلِ بیماری، درد و خستگی، هنوز جایی برای خلق، گفتوگو و لذت از زندگی وجود داشت. برای داوود، همینها کافی بود.
یازده روز بعد
به موبایلش زنگ زدم و پرسیدم: «حالت واقعاً چطور است؟»
جواب داد: «من دیگه به درد نمیخورم، مرتضا.»
گفتم: «این چه حرفیه داوود!» و شروع کردم با جزئیات توضیح دادن که آدمِ به درد بخور چه ویژگیهایی داره و آدمِ به درد نخور چطور فرق میکنه. بعد پرسیدم: «حالا با این تعاریفی که گفتم، هنوز هم میگی به درد نمیخورم؟»
پاسخ داد: «شامبولی.»
(داوود عادت داشت گاهی اصطلاحاتی بسازه که فقط برای خودش معنی میداد و در جمع خودش کاربرد داشت.)
بعد اضافه کرد: «شب بیایید خونهمون. امشب دوستی قدیمی میاد که بیش از بیست و پنج ساله ندیدمش. دوست دارم شما هم باشید.»
یادآوری کرد که در سال ۶۷، در موقعیتی حساس و تاریخی، خودش میانجی شده بود و توانسته بود جواز کسب را برای آزادی اون دوست گرو بگذاره تا از زندان سیاسی آزاد بشه.
دو هفته بعد
به موبایل داوود زنگ زدم. صدایش خیلی ضعیف از آن طرف خط آمد: «از دو شب پیش به خاطر کمخونی دوباره بستری شدم. اصلاً حالم خوب نبود و هنوز حالت تهوع دارم. ولی امروز مرخص میشوم و به خانه برمیگردم.»
کمی مکث کرد و ادامه داد: «دکتر یک سِرُم چندالکترولیتی تجویز کرده تا حجم خونم رو افزایش بده؛ سدیم، پتاسیم، کلسیم، کلر و رینگر لاکتات... که خون رو زیاد کنه و تعادل آب و الکترولیتها رو برقرار سازه. تزریقش هفت ساعت طول کشید.»
دیگر نمیتوانستم از این حقیقت فرار کنم که آن داوودی که میشناختم، کمکم داشت محو میشد.
روز بعد
وقتی از خواب بیدار شدم، گوشیام را از حالت سایلنت خارج کردم. نگاهی به صفحهی موبایل انداختم و دیدم داوود بین ساعت ده صبح تا یک بعدازظهر، پنج بار تماس گرفته! فوراً با او تماس گرفتم.
صدای پرانرژی و شادش از آن سوی خط به گوش رسید: «مرتضا! اون سرمی که زدم حالمو کلی بهتر کرد، الآن حسابی سَرِحالم. دوست دارم امشب بیاید پیشم تا حال خوبم رو با چشم خودتون ببینید. نمیخوام منو تو اون حال بد به یاد بیارید. من شما دوتا رو خیلی دوست دارم. دفعهی قبل احساس کردم از دیدن حالم ناراحت شدی، از حالت اینطور برداشت کردم. وقتی حالت خوب نیست، لبت رو جوری فشار میدی که معلومه. واسه ی همین میخوام بیاید و منو توی حال خوش ببینید، تا تصویری خوب ازم توی ذهنتون بمونه...»
حرفهایش آنقدر گرم و دلگرمکننده بود که تمام خستگیام را از تنم بیرون کرد. واقعاً دلش میخواست تصویری خوب از خودش در ذهن ما ثبت شود. داوود همیشه همینطور بود.
پنج روز بعد
داوود تماس گرفت. صدایش پرانرژی بود. بدون مقدمه گفت: «من از روی عشق و علاقهای که بهت دارم زنگ میزنم. خودت که میدونی، هیچ منظور دیگهای ندارم. فقط دلم میخواد همیشه باهات حرف بزنم و صداتو بشنوم. توی این دنیا هیچچیز مهمتر و قشنگتر از عشق دادن و عشق گرفتن نیست.»
چند لحظه سکوت کرد و بعد ادامه داد: «زهرا داره آش درست میکنه. چون سروناز عاشق آشه، امشب بیاید خونهی ما.»
همراه با علی ذاکری رفتیم خانهی داوود. روی تخت دراز کشیده بود و حالش خیلی بهتر از قبل به نظر میرسید، سرحال و شاد. وقتی وارد اتاقش شدیم، با لبخند گفت: «علی، مرتضا، بیاید بشینید، میخوام یه جوک براتون تعریف کنم.»
بعد رو به سروناز کرد و گفت: «برو بیرون، این یکی خیلی بیادبانهست.»
و با صدای بلند خندید.
چند دقیقه بعد، وقت شام رسید. داوود کنار ما نشست، هرچند که اجازه نداشت چیزی بخورد. با این حال کنار میز نشست، به حرفهای علی ذاکری گوش داد و گاهی لبخند میزد.
قرار بود فردا صبح برای تخلیهی زردآب شکمش به بیمارستان برود. برای همین زودتر از همیشه خداحافظی کردیم تا او بیشتر استراحت کند و برای فردا آماده باشد.
یک هفته بعد
با تأخیر گوشی را برداشت. صدای خشخش و نویز ناخوشایندی از آن سوی خط میآمد که نمیگذاشت داوود و کاووس بهوضوح حرف بزنند. گفتم: «ظاهراً وقت مناسبی زنگ نزدم.»
داوود جواب داد: «نه، اصلاً.» و ناگهان چند سرفهی شدید شنیده شد. صدایش خیلی خسته و ناتوان بود. کاووس گوشی را گرفت و گفت: «ببخشید، بابا حالت تهوع داره. وقتی بهتر شد، دوباره تماس میگیره.»
از آنها عذرخواهی کردم و تماس قطع شد. همهچیز خیلی ناگهانی و تلخ به نظر میرسید و ذهنم جز نگرانی و اضطراب چیز دیگری را تاب نداشت.
دو روز بعد
به موبایلش زنگ زدم، اما جواب نداد! تقریباً دو ساعت بعد خودش تماس گرفت. صدایش کمی ضعیفتر از همیشه بود و گفت: «دیشب اصلاً حالم خوب نبود، ولی امروز بهترم.»
بغضش شکست و ناگهان زد زیر گریه! این چندمین بار بود که پشت تلفن گریه میکرد. سعی کردم به او آرامش بدهم، اما کلماتم کافی نبودند. سکوتِ سنگینی میانمان حاکم شد.
پرسید: «کی میآیی پیشم؟»
گفتم: «دو روز دیگر، شب تولدتان.»
آهی کشید و گفت: «زودتر بیا.»
گفتم: «چشم.»
برای چند لحظه سکوت کرد، انگار میخواست چیزی بگوید، سپس با همان لحن همیشگی گفت: «حافظ.»
گفتم: «سعدی.»
داوود همیشه دوست داشت خداحافظیمان کمی رنگ و بوی ادبی و بازیگونه داشته باشد؛ چون در زبان فارسی، کلمهی «خداحافظ» شبیه نام شاعر بزرگ ایرانی، «حافظ» است. به جای اینکه مستقیم بگوید «خداحافظ»، اول خودش «حافظ» میگفت و منتظر جواب میماند! طرف مقابل هم مجبور بود جواب دهد «سعدی» — یعنی همان شاعر و نویسندهی بزرگ دیگر ایرانی.
این بازی زبانی برایش مثل یه شوخیِ همیشگی بود که کلی کیف میکرد، و همیشه هم با جدیت تمام اصرار داشت این رسم خداحافظی را حفظ کنیم! انگار خداحافظی معمولی برایش خیلی ساده و دم دستی بود.
دو روز بعد
علی ارکیان، یکی از دوستان قدیمیام که این روزها مشغول ساخت مستندی دربارهی داوود است، دوبار برایم پیام صوتی فرستاد و خواست از حال داوود باخبر شود. میگفت با کاووس تماس گرفته و او گفته که حال پدرش اصلاً خوب نیست.
پرسید: «تو از حال و روزش باخبری؟ میخواستم تولدش رو تبریک بگم.»
نگران شدم و پس از تماس علی ارکیان با داوود تماس گرفتم، اما جواب نداد. در نهایت، اکرم گوشی را برداشت و گفت: «حال بابا اصلاً مساعد نیست.»
حدود ساعت ۹ شب رسیدیم. داوود با خانمی که مدتیست با روشهای انرژیدرمانی تلاش میکند به او آرامش بدهد، داخلِ اتاق بود. شب تولدش بود و همه ی بچهها، نوهها، عروس و دامادها آمده بودند.
در باز شد و خانم درمانگر بیرون آمد.
وارد اتاقش شدیم. داوود بیرمق، ساکت و کلافه روی تخت دراز کشیده بود. گفت: «ماساژ میخوام.»
سروناز شروع به ماساژ دادن کرد. از اکرم خواست یک لیوان آب داغ برایش بیاورد. کمی بعد، فریبا کمکش کرد تا بلند شود و از اتاق بیرون بیاید.
در پذیرایی کمی راه رفت و بعد روی مبل نشست. بچهها کیک تولدش را آوردند. با بیحوصلگی شمع ۸۱ سالگیاش را فوت کرد و چند دقیقه بعد گفت: «خستهام، باید استراحت کنم.» و به اتاقش برگشت.
اکرم رو به ما کرد و گفت: «بابا فردا بهتون زنگ میزنه و با حال خوب میگه: «موووووو علیکم!»
(این همان طرز سلام کردن داوود بود، وقتی حسابی سرحال بود...)
قبلاً اشاره کردم که داوود در معاشرتهایش واژهها و اصطلاحات خاص خودش را بهکار میبرد. اگر با آنها آشنا بودی، منظورش را میفهمیدی؛ اما اگر نبودی، ممکن بود برایت عجیب یا گمراهکننده باشد.
سه روز بعد
سروناز تلفنی با اکرم صحبت کرد و گفت: «بابا به بیمارستان منتقل شده و در بخش سی.سی.یو بستری است. معدهاش شروع به خونریزی کرده و نگهداشتن او در خانه دیگر ممکن نبود. لطفاً برای بابا دعا کنید.»
دو روز بعد
سروناز با اکرم تماس گرفت. او گفت: «حال بابا اصلاً خوب نیست و در آی. سی. یو تحت مراقبت است. اگر اجازه بدهند، بین ساعت ۳ تا ۴ میتوانید برای ملاقات به دیدنش بروید.»
ما خودمان را به بیمارستان رساندیم. کیارش، نوه داوود، را در حیاط بیمارستان دیدیم. ناگهان زد زیر گریه و گفت: «عمو مرتضا، باباجون سراغ شما را میگرفت.»
اجازه ی ملاقات نمیدادند، اما سروناز اصرار کرد. دربان گفت: «داخلی ۱۱۴ را بگیرید، اگر اجازه دادند، میتوانید بروید.»
با خواهش و تمنا از پرستار، توانستیم برای چند دقیقه داوود را ببینیم. رو به رو شدن با او سخت بود. او ابتدا ما را نشناخت. ماسک را از صورتش برداشتیم و گفت: «حال و روزم را میبینید؟» و بیش از ده بار کلمه «سلامتی» را تکرار کرد.
این لحظات پر از درد و احساس عجیبی بود. داوود وقتی «سلامتی» را تکرار میکرد، انگار به زندگیاش ارج مینهاد و از چیزی که داشت از دست میداد، میترسید. دیدار کوتاه و تلخ بود، اما در دلِ آن لحظات، عشق و دلبستگی عمیقی بین ما جاری بود.
وقتی از اتاق بیرون آمدیم، هر سه بیکلام و غمگین در راهرو ایستاده بودیم. هیچکدام از ما حرفی برای گفتن نداشتیم و هر کس در سکوت خود فرو رفته بود.
یک روز بعد
اجازه دادند برای پنج دقیقه داوود را ملاقات کنم. وقتی وارد اتاق شدم، کتابی را که آثارش در لندن چاپ شده بود، همراه داشتم. آن را به داوود نشان دادم. چشمانش برق زد و گفت: «اینها را به پرستار نشان بده و بگو من کی هستم.»
پرستار را صدا زدم، کتاب را به او نشان دادم و گفتم داوود هنرمند بزرگی است و قول داده وقتی از اینجا بیرون بیاید، خیلی جدی به کارش ادامه دهد. او حرفم را قطع کرد و با شوقی کودکانه گفت: «مرتضا، خوب میشوم و دوباره شروع میکنم.»
لحظهای بعد آب خواست. پرستار گفت: «نباید آب بخوری، برات ضرر داره.» چند دقیقه بعد برگشت، با یک لیوان آب و یک سرنگ، و گفت: «الآن چند قطره اشکالی نداره.» سُرنگ را در دهانش گذاشتم، و او با لبخند گفت: «جووووووووون.»
همین که پرستار از کنارمان دور شد، داوود دوباره آب خواست. گفتم: «آخه ضرر داره.» با تحکم ولی با لبخند جواب داد: «به حرفم گوش کن پسر، یواشکی این کارو بکن.»
پرستار متوجه شد و گفت: «ملاقاتکنندهی آقای کوچکی، وقت تمومه.»
پیشانیاش را بوسیدم و گفتم: «حافظ.»
او هم سری تکان داد و با صدایی ضعیف گفت: «سعدی.»
روز بعد
ساعت سه بعدازظهر به بیمارستان رفتیم. کاووس گفت: «فقط یک نفر اجازه دارد بابا را ببیند، پس بهتر است شما ملاقاتش کنید؛ از دیدن شما انرژی میگیرد.»
چند کتاب و مجله همراه داشتم. مطلبی را که جنیفر گیلبرت دربارهاش نوشته بود را برایش خواندم. داوود گوشهایش را تیز کرد و به پرستار گفت: «خوب گوش کن، ببین چه خبر است.» دوباره همان مطلب را برای پرستار خواندم. داوود به او نگاه کرد و با لبخندی گفت: «حالا فهمیدی من کی هستم؟»
پرستار پاسخ داد: «راستی توی گوگل سرچ کردم و چیزهای زیادی دربارهتان فهمیدم.»
این جمله چون مرهمی بر زخمهای داوود نشست. او با صدایی ضعیف اما دلگرمکننده تلاش کرد لبخند بزند. پرستار به من نگاه کرد و گفت: «برای امروز دیگر کافی است.»
با داوود خداحافظی کردم و از اتاق بیرون آمدم. وضعیتش چنان شکننده بود که هر لحظه منتظر شنیدن خبر ناگوار بودیم.
سوار موتورسیکلت کاووس شدیم و به گالری رفتیم تا نامهای را که برای وزارت فرهنگ و هنر نوشته بودم تحویلش بدهم. قرار بود او آن را به ناصر گیو قصاب (داماد دیگر داوود) بدهد تا مطالعه کند و در صورت لزوم مطلبی اضافه کند و امضاء نماید. (چندی پیش کاووس از من خواسته بود برای گرفتن مجوز از وزارت فرهنگ و هنر اقدام کنم تا بتوانیم داوود را در قطعهای از گورستان دفن کنیم که بخشی به هنرمندان شاخص ایران اختصاص دارد.)
این روزها همچنان پُر از پیچیدگی و دشواری بود. از یک سو خاطرات خوش و لحظات شیرین گذشته در ذهنم زنده بودند و از سوی دیگر واقعیت تلخ امروز - دیدنِ داوود در حال ضعف و بیماری - سنگینی میکرد. دیدارِ کوتاه با او در آن لحظاتِ آشفته، نمادی بود از استقامتِ بیپایانِ روح انسانی و عشقی که حتی در سایه ی مرگ همچنان فروزان میماند. زندگی، همچون رودخانهای پر پیچوخم، دائم میان نور و تاریکی، قوت و شکنندگی، مهر و رنج در حرکت است.
من نامهنگاری کرده بودم با همه کسانی که به نحوی با آثار داوود مرتبط بودند - از دوستان و آشنایان تا مجموعهداران، گالریداران، کیوریتورها و موزههای خارجی - و از آن ها خواسته بودم درباره ی داوود و اهمیت آثارش بنویسند. همه ی این نامهها را در پوشهای جمعآوری کردم تا مدارک لازم برای گرفتن مجوزِ محل دفن او کامل باشد. هرچند انجام این کار برایم بسیار دردناک بود و از مراحل اداری بهشدت ناراضی بودم.
روز بعد
امروز، من و سروناز قبل از رفتن به بیمارستان، به اداره ی مربوط به وزارتخانه مراجعه کردیم. مسئولِ آنجا نامه را بررسی کرد و گفت: «این مدارک ایراد دارند. هنرمند هنوز زنده است و ما نمیتوانیم این درخواست را پیگیری کنیم. امیدوارم چنین اتفاقی نیفتد، اما هر وقت با این ضایعه رو به رو شدید، میتوانید مراجعه کنید. در حال حاضر امکان رزرو محلِ دفن وجود ندارد.»
با شنیدن این حرفها، آن واقعیت تلخ و سنگینی که همیشه از آن فرار میکردیم، دوباره جلوی چشمانمان ظاهر شد. همزمان با امید به بهبودی داوود، ترس و نگرانی از اتفاقات ناگهانی و ناخوشایند بیشتر میشد.
او ادامه داد: «اگر مدارک کامل باشد و ریاست موافقت کند، همان روز در عرض چند ساعت هماهنگیهای اداری با گورستان انجام خواهد شد.» سپس افزود: «مدارک خارجی - مثل نامههای مدیران موزهها که ظرف یک روز از طریق ایمیل برایم ارسال شده و پرینت آن ها را در پرونده گذاشتهام - برای ما قابل قبول نیستند! تنها درخواست و امضای چند هنرمند صاحبنام ایرانی که مورد تأیید ما باشند کافی است، چون نه کسی این مدارک را میفهمد و نه در روند کار تأثیری دارد!»
این جملات بسیار سنگینتر از آن چیزی بود که تصور میکردم. با این حال، احساس میکردم هر لحظه بیشتر از همیشه باید کنار داوود باشیم و این مسیر را با او ادامه دهیم، با امید به روزهایی که هنوز در کنار هم خواهیم بود.
زندگی در چنین لحظاتی به طرز عجیبی کند و سنگین میگذرد؛ هر تصمیم، هر کلمه و هر حرکت، معنایی خاص و تأثیر ویژهای دارد. میدانستیم که این روزها، چه خوب و چه بد، بخشی از داستانی است که از گذشته تا امروز در جریان است و باید با آن رو به رو شویم.
چهار روز بعد
اکرم با صدایی پر از نگرانی تماس گرفت و گفت: «میخواستم درباره ی موضوعی با شما مشورت کنم. بابا درد زیادی دارد و بیتابی میکند. از یک طرف اصرار دارد که به خانه برگردد، اما از طرف دیگر به خاطر ضعف شدید جسمانی آماده جراحی نیست. پزشکش میگوید امکان جابجایی ندارد و تنها دلیل به تأخیر افتادن عمل، همین ضعف اوست.»
و ادامه داد: «به نظرم بهتر است هرچه زودتر جراحی شود تا کمتر درد بکشد. نظر شما چیست؟»
این سؤال بسیار سنگین و دشوار بود. همیشه احساس میکردم در این خانواده پذیرفته شدهام، اما در چنین شرایطی دادن نظر بسیار سخت است. وقتی پای تصمیمات بزرگ و سرنوشتساز در میان باشد، فشار روانی زیادی به آدم وارد میشود.
پرسیدم: «یعنی حتی اگر جراحی شود، احتمال بهبودی وجود ندارد؟»
با صدایی گرفته پاسخ داد: «بله، بیش از ده روز دوام نخواهد آورد.»
این حقیقتِ تلخ که جدایی از داوود نزدیک است، بسیار دردناک بود. اما سعی کردم آرامش خود را حفظ کنم و منطقی صحبت کنم: «میفهمم چرا میخواهید جراحی انجام شود، اما بهتر است او در بیمارستان تحت نظر بماند تا اینکه به خانه منتقل شود. امکاناتِ خانه کافی نیست و اگر اتفاق بدی بیفتد، فشار روانی زیادی به زهرا خانم و خانواده وارد خواهد شد.»
گفتم: «چند ساعت به من فرصت بدهید تا بیشتر فکر کنم و بهترین تصمیم را بگیریم.» سپس تماس را قطع کردم و با سروناز مشورت کردم. تصمیم گرفتیم با کاووس تماس بگیریم که همیشه دیدگاههای مستندتری داشت.
کاووس گفت: «من هم موافقم که جراحی انجام شود، چون با این عمل، چند عصب معده مسدود میشود و درد کمتر خواهد شد. بعد از عمل، داوود میتواند آب و غذا بخورد و حالش بهتر میشود. پزشک عمل را عقب انداخته چون میترسد زیر عمل بمیرد و این به پرونده ی پزشکیاش آسیب میزند. حالا تلاش میکنند قوای جسمیاش را تقویت کنند تا برای عمل آماده شود. در خانه نمیتوانیم خدمات بیمارستانیِ لازم را فراهم کنیم.»
گفتم: «ساعت سه میآییم بیمارستان و حضوری بیشتر صحبت میکنیم.»
قرار شد در بیمارستان همدیگر را ملاقات کنیم تا درباره ی این موضوع مهم تصمیم درستی بگیریم. حرفها و مشورتها دیگر کماهمیت شده بود؛ فقط میخواستیم بهترین تصمیم را برای داوود بگیریم، هرچند شرایط بسیار پیچیده بود.
ساعتِ سه بعدازظهر به بیمارستان رسیدیم. اکرم و کاووس در سالن انتظار بودند. نگرانی و درماندگی در نگاهشان کاملاً مشهود بود. همه ی ما دنبال تصمیمی بودیم که کمترین آسیب را به داوود برساند، اما نمیدانستیم چنین تصمیمی وجود دارد یا نه.
داخلِ اتاق، داوود را روی تخت بیمارستان دیدیم. چهرهاش زرد و بدنش ضعیف و بیجان به نظر میرسید، اما وقتی نگاهش به ما افتاد، لبخندی کوچک زد، انگار میخواست بگوید همه چیز خوب خواهد شد. لبخندی نه از سر خوشحالی، بلکه تسلیمِ آرام و غمانگیزی بود که به سختی میشد توصیفش کرد.
کاووس گفت: «بابا، شرایط سخت است، اما همه کنار هم هستیم.» داوود فقط سرش را آرام تکان داد. اکرم دستش را گرفت؛ دستان داوود لرزان بود، اما هنوز در آن ضعف، نیرویی نهفته بود که فقط کسانی که او را میشناسند، میتوانند درک کنند.
دو روز بعد
امروز قرار بود داوود به اتاق عمل برده و جراحی شود. دلهایمان پر از نگرانی بود، اما امیدوار بودیم که شاید با این عمل کمی راحتتر شود. ساعت ده و چهل و پنج دقیقه به بیمارستان رسیدیم. کاووس و مهناز (همسرش) را در سالن انتظار دیدیم؛ نگاههایشان پر از اضطراب بود. کاووس با صدایی گرفته گفت: «متأسفانه بهخاطر غلظت خون، عملِ بابا به زمان دیگری موکول شده است.»
این خبر مثل پتکی بر سرم فرود آمد. وقتی همه چیز آماده بود، این تغییر ناگهانی وضعیت را پیچیدهتر کرد. اکرم که تازه از ملاقات با داوود برگشته بود، به ما پیوست؛ رنگپریده و پر از نگرانی.
کاووس نوبت را به من داد. وارد بخش آی. سی. یو شدم. دیدم داوود کمی بهتر از قبل است. رنگ و رویش نسبت به روزهای گذشته بهتر شده بود، اما صدایش هنوز لرزان بود و چشمانش پر از اشک که آرام و بیوقفه از گوشهشان میچکید.
با صدای ضعیف گفت: «میدانم تو خجالتی هستی، اما برو به دکتر بگو مرا از اینجا مرخص کنند.»
لبخندی زدم و گفتم: «چشم.»
اما او ادامه داد: «برو، به حرفم گوش کن. من باید به خانه بروم.»
صدایش بلند شد و بغض در چشمانش موج میزد. چند لحظه سکوت کردم و نمیدانستم چه بگویم. سپس فهمیدم باید به او کمک کنم کمی آرام شود. با اشاره فهمیدم بزاقِ غلیظ دهانش را که به سختی بیرون میآمد، با دستمال پاک کنم.
پرستار آمد و مقدار زیادی از ترشحات دهانش را پاک کرد. داوود دوباره گفت: «من را به خانه ببرید، به حرفم گوش کن.»
این بار صدایش بلندتر و التماسآمیز بود. درست همان لحظه پرستار وارد شد و از من خواست اتاق را ترک کنم.
سه روز بعد
کاووس تماس گرفت. صدایش گرفته و آکنده از نگرانی بود: «گفت به بیمارستان نیایید. بابا را به بیمارستان دیگری منتقل کردهایم. احتمالاً فردا با روشی جدید و بدون عمل جراحی باز، تحت درمان قرار میگیرد.»
از خبر و لحنِ صدای کاووس میشد فهمید که این تغییرِ ناگهانی تا چه اندازه دشوار و بحرانیست. در چنین موقعیتهایی، اضطراب بیش از هر احساس دیگری خود را نشان میدهد.
سعی کردم آرام بمانم و بهسرعت راهی برای همراهی پیدا کنم. انجام جراحی بدون عمل باز، نشان میداد که وضعیت شاید وخیمتر از آن چیزیست که پیشتر تصور میکردیم.
با این حال، تصمیم گرفتم هرچه زودتر خود را به بیمارستان برسانم؛ میخواستم نزدیکتر باشم، شرایط را بهتر درک کنم.
روز بعد
امروز، سرانجام داوود جراحی شد. پس از روزها دلنگرانی و تغییرات ناگهانی، این خبر کورسویی از امید در دلِ همهمان روشن کرد.
با این حال، هیچکدام از ما هنوز احساس آرامش نمیکردیم؛ چراکه نتیجهی عمل و وضعیت پس از آن همچنان نامشخص بود.
اعضای خانواده دور هم جمع شده بودند و لحظهبهلحظه چشمانتظار خبری بودیم که وضعیت داوود را روشنتر کند.
تنها کاری که از دستمان برمیآمد، دعا برای سلامتیاش بود. امیدوار بودم این جراحی، دریچهای باشد برای عبور از این روزهای سخت و آغازی دوباره برای او.
دو روز بعد
از زمانی که داوود به بیمارستان جدید منتقل شد و تحت عمل جراحی قرار گرفت، هنوز فرصت دیدارش را پیدا نکرده بودیم. کاووس از همان ابتدا توصیه کرده بود که به بیمارستان نرویم تا فضا شلوغ نشود.
ذهنمان پر از نگرانی و پرسش بود، اما تصمیم گرفتیم تلفنی از حالش باخبر شویم.
کاووس با صدایی آرام و محتاط گفت: «هنوز به هوش نیامده است.»
این خبر اضطرابم را بیشتر کرد. آیا این وضعیت طبیعیست؟ یعنی روند بهبودش طولانی خواهد بود؟
کاووس توضیح داد: «بله، دکتر گفته تا سه روز بعد از عمل، این وضعیت طبیعی است. بخشی از رودهاش را برداشتهاند تا بتواند دوباره از راه دهان غذا بخورد.»
این توضیح کمی خیالمان را آسودهتر کرد، اما نگرانی همچنان پابرجا بود. برداشتن بخشی از روده و بازگشت به حالت عادی، ساده به نظر نمیرسید.
امیدوار بودیم داوود هرچه زودتر به هوش بیاید و روند بهبودش آغاز شود.
روز بعد
بالاخره امروز توانستیم داوود را در بخش آی. سی. یو بیمارستان ملاقات کنیم. در راه، برای پیگیری تأیید فعالیتهای هنری داوود با چند هنرمند برجسته ایرانی در حوزههای تجسمی و سینما تماس گرفتم و از آنها خواستم نامهای در تأییدِ آثار و فعالیتهای داوود تهیه کنند. همه با کمال میل پذیرفتند و قول دادند نامهها را آماده کنند تا بتوانم آنها را به اداره مربوطه تحویل دهم.
وقتی به بیمارستان رسیدیم، بدون هیچ مشکلی اجازه ی ملاقاتِ داوود را دادند. او نیمههوشیار و بیحرکت روی تخت دراز کشیده بود. دستهایش ورم کرده بود و دو قطره اشک روی گونههایش نمایان بود. این صحنه برایم بسیار غمانگیز و دلخراش بود.
پرستار گفت: «صدای شما را میشنود و هرچه بگویید را متوجه میشود.»
سه روز بعد
ساعتِ دو و نیم بعدازظهر، علی ذاکری عکسی برایم فرستاد که در آن داوود دستش را روی شانهاش گذاشته و او را در آغوش گرفته بود. زیر عکس نوشته بود: «یادش بخیر.»
با دیدنِ آن، دلشورهای ناگهانی قلبم را فشرد. فوراً تماس گرفتم و پرسیدم: «چی شده؟ اتفاقی افتاده؟»
علی جواب داد: «داشتم عکسها را توی موبایلم مرور میکردم که به این عکس رسیدم. هر وقت یاد داوود میافتم، تو و سروناز جلوی چشمم ظاهر میشید، بخاطر همین این عکس را فرستادم.»
گفتم: «آقا، ذهنم رفت به جاهای بد...!»
او کمی مکث کرد و گفت: «راست میگی، میتونه همچین برداشتی داشته باشه.»
دو روز بعد
ساعتِ هفت عصر، کاووس تماس گرفت و گفت: «بابا را به بیمارستانی نزدیک خانهشان منتقل کردهاند. امروز فشارش روی پنج بود و وضعیت خوبی ندارد.»
این خبر بسیار نگرانکننده بود. سعی کردم خودم را آرام نگه دارم و به کاووس دلگرمی بدهم، اما دلشوره آنقدر سنگین بود که آرامش پیدا کردن بسیار دشوار بود.
صبح روز بعد
با کاووس تماس گرفتم تا از حال داوود باخبر شوم. این بار از طریق واتساپ پاسخ داد: «امروز از حال بابا خبری ندارم. آمدهایم شمال. مادر بزرگِ همسرم فوت کرده و فردا برمیگردیم تهران.»
سروناز تلفنی با اکرم صحبت کرد. اکرم گفت: «امروز به ملاقات بابا رفتیم. او همچنان زیر دستگاهِ اکسیژن است، اما امیدواریم یکشنبه او را به خانه بیاوریم.»
این حرفها گرچه امیدبخش بود، اما همراه با تردید و نگرانی بود.
سیویکم خرداد ۱۳۹۹
صبح که چشم باز کردم و به گوشی نگاه کردم، پیامهایی دیدم که سنگینیشان نه فقط بر قلبم، بلکه بر تمام وجودم سایه افکند؛ سایهای که ترس و اندوه را بیواسطه به جانم دمید. ساعت ۱۰:۳۳ کاووس تماس گرفته بود و پس از او اکرم و علی ذاکری هم زنگ زده بودند، هر کدام با نغمهای از فقدان و دلهره. تپش قلبم گواهی بود بر این که چیزی درونی، نامرئی اما تمامقد، در حال فروپاشی است.
پیام کاووس، ساده اما بیرحم، اینگونه آغاز شد: «سلام مرتضا، بابا رفت. لطفاً پیگیر کارهایش باشید.»
این جمله نه فقط خبری از مرگ، بلکه حکایتی از پایان یک حالت وجود بود. مرگی که در آن بودن و نبودن به هم میآمیزند و مرزها محو میشوند. آن بخش از وجودم که داوود بود، ناگاه رها شد و به جهانی نامعلوم پرواز کرد، جایی که زمان دیگر معنایی ندارد و تنها یاد، همچون شعلهای در تاریکی، زنده میماند.
پیام بعدی از علی ذاکری رسید:
«سلام مرتضا جان، این بار واقعاً یادش بخیر.»
مرتضا زاهدی
سوم مهر ۱۴۰۴















¿A qué precio? Comercio y art brut *
La escena sucede en un taller de arte de una institución sociosanitaria, ocupacional, asilar… Los integrantes del taller son personas con discapacidad intelectual, enfermedad mental o trastorno del espectro del autismo. Todas están dibujando o pintando en sus mesas habituales de trabajo. En una mesa contigua, la responsable del taller está reunida con otras profesionales de la institución (cuidadora, psicóloga, encargada de comunicación…), entre todas preparan la próxima exposición del colectivo, que se inaugurará en un centro cívico de la misma localidad dentro de unos días, será una exposición antológica con obras creadas durante el último año.
Es la quinta vez que los participantes en el taller exponen en su ciudad, en las veces anteriores han expuesto en el hall de un instituto de secundaria, en la sala de exposiciones de una fundación de carácter social, en un centro cívico, y en el bar de un centro cultural público. Se ultiman los detalles de cartel, invitaciones, aperitivo... Y surge la pregunta: ¿a qué precio? En su forma completa sería: ¿a qué precio ponemos las obras en el caso de que alguien quiera comprar?
La respuesta volverá a ser la misma que en las anteriores ediciones: se fija un precio fijo por centímetro de soporte para el caso de obras en dos dimensiones (que son la mayoría), independientemente de la obra y del autor que la firme. El listado final de precios oscilará entre los 80€ y los 350€.
Las responsables del taller, y de la institución, quieren vender. Muchas de las creadoras y creadores quieren vender. Es posible que el público quiera comprar, ya ha sucedido en ocasiones anteriores.
El dinero obtenido de la venta quedará para cubrir gastos del taller (lienzos, pintura, pinceles), quizás de la institución; en algunos casos, una parte lo recibirá el autor de la obra.
Todas las obras expuestas pueden ser catalogadas como creación brut, algunas de ellas, llegarán a considerarse a corto o medio plazo como art brut, dependiendo del proceso de artification al que se vean sometidas. No he encontrado traducción al español para el término artification, Nathalie Heinrich lo ha definido, junto a Roberta Saphiro1, como «El proceso por el cual una actividad llega a ser considerada y tratada, con un cierto consenso, como arte y las personas que la llevan a cabo como artistas2». Sin este proceso, que ha cambiado el estatus de este tipo de creaciones, ocultas durante mucho tiempo, y en el mejor de los casos relegadas en los talleres de creación colectiva al universo de las «manualidades», nada de lo que vamos a tratar en este texto hubiera ocurrido.
Podemos considerarlo como un acontecimiento, como un hito, y tenemos que fecharlo hace solo unas décadas, por eso la escena es novedosa, será difícil encontrar algo parecido en la memoria del s.XX y habrá que esperar a la segunda década del S.XXI para que se vuelva hago habitual en España.
Antes de esa fecha, simplemente no existían los talleres colectivos de este tipo de creación3; no existía la figura del acompañante, mediador, representante de los autores, no se llevaban a cabo exposiciones individuales ni colectivas; antes, en España, apenas se hablaba de art brut y si se hablaba, no aparecían los nombres de autores españoles vivos.
Para llegar a este momento en el que alguien formula la pregunta «a qué precio» han tenido que pasar muchas cosas, y vivirse muchos cambios en dos dominios difíciles de conciliar en el imaginario de buena parte de la población: el mundo del arte y el colectivo de personas con discapacidad intelectual, enfermedad mental, trastorno del espectro del autismo, o en situación de gran precariedad.
Los cambios más significativos, determinantes, han sido la atribución al art brut del mismo valor que a cualquier otra forma de expresión artística canónica o, como le gustaba decir a Dubuffet, «cultural» y, en un ámbito muy distinto, el reconocimiento social, político, legal para este colectivo, con una tendencia a reducir al máximo los factores de su exclusión social.
Cada uno de los dos cambios ha servido para afianzar al otro: las nuevas condiciones de plenos derechos en las que vive el colectivo ha permitido a muchos de sus integrantes acceder a espacios de creación (los talleres) que antes les estaban vetados, donde producen obras que hasta antes de la aceptación social del art brut (todavía no unánime, pero cada vez más extendida), hubieran sido relegadas al olvido o la destrucción.
Cuando España, a mitad de la década de los 70, pasa de la dictadura a la democracia, las denominaciones más corrientes para los miembros de este colectivo son las de «loco» para los enfermos mentales, «subnormal» para personas con discapacidad intelectual, «mongolo» para personas con síndrome de down «retrasado» para cualquier perfil que no encajara con la norma. Hoy, en una escena cotidiana como la que acabamos de describir en el inicio del texto, lo habitual es que terceras personas se refieran a ellos como autores, creadores, artistas.
Volveremos sobre esta escena, antes vamos a visitar otros espacios donde la pregunta «a qué precio» también aparece: la galería de arte, la casa de subastas, física o digital, el coleccionista.
En estos tres espacios también hay que tomar la decisión sobre el precio de las obras. La respuesta será distinta, no se calculará por centímetro de superficie del soporte, se calculará atendiendo a lo que llamamos leyes de mercado, y para cada obra se fijará el precio en función de variables que son, una más una menos, las que ha analizado Anne-Sophie v. Radermerker4: nombre del artista, grado de atribución, medio, técnica, dimensiones, iconografía, firma, fecha, procedencia, opinión de experto, publicaciones, exposiciones anteriores, sala y año de venta.
Estos escenarios de mercado y lo que en ellos sucede son muy distintos del primero que he descrito, el del taller colectivo institucional, pero comparten con él la novedad, en este caso, la de abrirse al comercio del art brut.
Ni se compra ni se vende
¿Por qué hablamos de novedad? ¿Por qué la pregunta que nos ocupa ha tardado tanto en formularse en el universo del art brut, si preguntar por el precio de una obra es algo recurrente en la historia del arte desde que a finales del siglo XV se liberara este mercado en algunas ciudades europeas?
La respuesta está en la propia definición del Art Brut y en las prácticas que su fundador, inventor, creador, Jean Dubuffet, y sus más directos colaboradores, sucesores, albaceas, llevaron a cabo durante la segunda mitad del S.XX.
Para la definición de Art Brut que fue construyendo Dubuffet a lo largo de los últimos cuarenta años de su vida, empezó haciendo una apología de la pobreza como estado propicio a la creación brut, combinaba esta defensa (que quería para los otros y no para él), con una crítica al dinero como elemento perturbador para el creador, y añadiendo que los artistas que iba encontrando en su camino y que nutrían su Colección no estaban nunca interesados por una recompensa económica, que eran otros los motivos que los impulsaban a crear, motivos de orden psicológico profundo; fue trazando así, entre el análisis sociológico y la interpretación personal acerca de la motivación creadora, un ecosistema que habría de oponerse al del «arte cultural», del que él abominaba y que definía como todo arte que no es art brut. Hasta ahí, podría pensarse que no iba más allá de describir un estado de cosas.
Sin embargo, Dubuffet da un paso más y pasa de la descripción a la prescripción; era obligado que las obras por él elegidas como integrantes del corpus de la definición de Art Brut no tuvieran nada que ver con el mercado. No se trataba de ocultar una relación mercantil, la obligación era que no se diera tal relación.
Escribe Dubuffet en 1972: «Por lo tanto, es la mayor o menor distancia tomada respecto a las normas culturales lo que puede definir por sí solo el art brut; y, aun así, es necesario ponerse de acuerdo sobre a cuáles de esas normas nos referimos, ya que tal obra se apartará de algunas de ellas mientras se somete a otras; de modo que, a menudo, será embarazoso decidir si una obra pertenece al art brut o al arte cultural. Sin embargo, interviene aquí un factor importante, que es la posición adoptada por el autor de la obra, ya sea que este actúe con la intención de transgredir las normas de la cultura —al menos las de la estética institucionalizada— o, por el contrario, que se someta a ellas y acepte insertarse en ellas. En este último caso —que es el de todo aquel que acepta exponer sus producciones al público y al comercio— debemos, sea cual sea el contenido de esas producciones, rechazar el carácter de art brut. Por esta razón, hemos excluido de nuestra colección principal ciertas obras (que se encontrarán aquí en el catálogo de documentos anexos) cuyos autores hacen más o menos carrera en los caminos del arte homologado y comercial.»5
Es cierto que se está refiriendo a su Colección, a que los autores que comercian no van a entrar en ella, pero su Colección no es una colección cualquiera, su Colección forma parte de la definición de Art Brut.
Dubuffet no cambiará de opinión, una de las últimas ocasiones que aprovechará para expresarse a este respecto es una correspondencia con Joachim Vicens Gironella, el artista catalán que estuvo presente en las primeras exposiciones y publicaciones de Art Brut en los años 40. Gironella escribe a Dubuffet en 1981 para pedirle que interceda por él con objeto de que el Museo de Arte Moderno de París, el Centro Georges Pompidou, haga una exposición antológica de su obra que recoja creaciones desde que en 1948 la descubriera el propio Dubuffet hasta el momento actual. La respuesta es una negativa argumentada: Dubuffet asegura no tener ninguna influencia sobre el Museo de Arte Moderno, añade que, además, no quiere saber nada de museos y lo que representan (a pesar de que él no deja de exponer en ellos) y, concluye con lo que aquí más nos interesa: «Siento que la grandeza de su arte es haberse mantenido siempre al margen de los circuitos comerciales y culturales; por ello, tiene mucho más valor.»6
Dubuffet murió en 1985; entre quienes siguieron, y siguen contribuyendo a la definición de Art Brut se ha mantenido viva esa incompatibilidad entre el Art Brut y el comercio hasta hace muy poco.
Laurent Dauchin escribe en 1991: «El art brut auténtico nunca ha sido creado, en primer lugar, ni para hacer carrera ni para ser vendido, sino porque la pulsión que lo origina es la de una formidable necesidad interior. Y si toda la logística del marketing y la promoción puede, sin causar daños, apropiarse de las obras de autores fallecidos hace tiempo; en cambio, al dirigirse a los vivos que aún están en activo, solo puede provocar verdaderos cortocircuitos.»7
Faltaba decir en este discurso, como en casi todos los que se le parecen, de qué daños o cortacircuitos se hablaba, y por qué la relación con el mercado llegaría a causarlos.
El caso es que esta identificación entre Art Brut y ausencia de mercado ha quedado atrás. En la cada día más abundante bibliografía sobre art brut (o cualquiera de sus denominaciones cercanas, outsider art, art singular, etc.) se empieza a hablar de economía, de mercado, de comercio, de dinero, pero no mucho, como si todavía no se hubieran superado los tabús fundadores. Jean-Hubert Martin deja constancia de ello en su intervención en el Colloque de Cerisy, celebrado en mayo de 2022, con el título De quoi l’art brut est-il le nom?8. En el Coloquio, uno de los encuentros teóricos más importantes en lo que va de siglo, y que reunió a un grupo de especialistas que buscaban algo parecido a una esencia del art brut (de ahí esa pregunta del título que podemos traducir como ¿qué nombra el art brut?), Jean-Hubert Martin, antiguo director del Museo Nacional de Arte Moderno Centre Pompidou anota que, pese al alza del mercado, influida entre otras cosas por la entrada del art brut en la colección del Centre Pompidou, gracias a la donación de Bruno Decharme de 2021, en el propio Coloquio se ha eludido el tema económico.
Se habla poco; sin embargo, en la práctica se vende, se compra, se revende, se subasta. No hay que tener una agenda privilegiada ni recorrer medio mundo para comprar art brut, basta con conectarse a internet y hacer una búsqueda sencilla.
Los deseos de Dubuffet han quedado en eso, en deseos; parece lógico, y aconsejable, que la sociedad no se haya plegado a los deseos de una sola persona o de una minoría cuando estos no son coincidentes con algunos derechos fundamentales, universales, entre ellos, el derecho al trabajo y a ganarse la vida.
Hemos empezado hablando de precio y estamos hablando del derecho al trabajo; si estuviéramos hablando del común de los artistas, resultaría anacrónico o absurdo hablar del derecho al trabajo, se da por supuesto. Si hay que recordarlo es porque, históricamente, el colectivo que nos ocupa no ha tenido derecho a trabajar, y cuando se le ha otorgado, la oferta se ha visto reducida a tareas repetitivas alejadas de cualquier proceso creativo.
Queda claro que sin un trabajo previo que genere una producción no hay comercio (a no ser que la mercancía haya sido robada) y que, si queremos pensar el comercio de las creaciones brut, tendremos que pensarlo como un acto profundamente humano, articulado en modos definidos de relación, trato y comunicación, pensarlo así nos obligará a tener en cuenta, además de aspectos económicos (vamos a seguir hablando de dinero), aspectos sociales, psicológicos, éticos, políticos.
La propuesta es adentrarnos en la descripción de cómo funciona esta particular (y pronto veremos por qué es particular) relación comercial, para inferir qué consecuencias tiene para los actores implicados. Vamos a empezar por el principio.
¿Quién crea?
Lo llamamos artista, creador, autor, denominación esta última que prefería Dubuffet. Autor.a y creador.a son preferibles a artista por ser indiscutibles, mientras que la denominación de artista llega después del consiguiente proceso de artification al que nos hemos referido anteriormente.
Crea el autor brut, del que se han dado y se siguen dando múltiples definiciones, unas matizando las anteriores, restringiendo o ampliando el concepto, atendiendo a la propia evolución de la definición de art brut.
Durante algún tiempo, Dubuffet mantuvo algo parecido a un monopolio de las definiciones, luego, conforme se fueron incorporando nuevos actores y fueron cambiando los contextos de creación del art brut, empezaron a identificarse dos polos, en un extremo se sitúan quienes restringen radicalmente la nómina de autores, valga el ejemplo en el discurso de Lucienne Peiry9: «El aislamiento es una constante dominante que se erige como una de las condiciones sine qua non de cualquier creación Art Brut. La obra se concibe alejada de la sociedad, a menudo en aislamiento —ya sea elegido o impuesto—, y no se desarrolla a plena luz del día». Ese «sine qua non» actúa como certificado de autenticidad.
En el otro polo, autores que crean en compañía de otros autores, incluso de artistas que no pertenecen al colectivo que nos ocupa, que protagonizan exposiciones individuales y colectivas, que aparecen citados en publicaciones, en documentales donde toman la palabra, que tienen vida social. En ocasiones, la obra de estos artistas se etiqueta como art outsider, arte singular, arte marginal, se elude hablar de art brut, se evitan así controversias. España es, hoy en día, un ejemplo de la fuerza que cobra este polo en la propia práctica artística, vemos multiplicarse los talleres de creación brut por todo el territorio.
Anoto algunos ejemplos: Andar de nones (Zaragoza)10; ZheBRA-Valentia (Huesca)11; Centro Ocupacional 1981-Asproseat (Cataluña); Debajo del sombrero (Madrid); Art de Viure-AMPANS (Cataluña); Artespida (Piñor-Orense); Estudio de Arte y Diseño de Atades (Zaragoza)12; Berde (Asturias); Centro Ocupacional de la Puebla de Cazalla (Sevilla)13.
Lo mismo sucede en el extranjero, entre los múltiples ejemplos cito tres referencias que aportan una bibliografía interesante: La «S» Gran Atelier14 (Bélgica) Les Impatiens (Canadá)15, y el de un taller adscrito a un hospital psiquiátrico de Gran Bretaña, del que desconocemos el nombre porque Myriam Perrot ha querido guardarlo en el anonimato16.
En el análisis de la realidad que nos ocupa, en la mayoría de las ocasiones se trata de personas, creadores-productores, cuya diversidad funcional-intelectual («discapacidad» en la legislación española, «incapacidad», «limitación», «situación de hándicap», en otros países), problemas de salud mental, espectro autista o gran precariedad, les impide llevar a cabo con éxito una relación comercial (algo, por cierto, que también les sucede a artistas que no pertenecen a estos perfiles).
Que no sean capaces de comerciar no significa, en absoluto, que no les interese, discurso que se ha mantenido durante años desde las voces más oficiales.
Es cierto que hay individualidades en la historia del art brut, y que las sigue habiendo, que no se han interesado por el comercio, tan cierto como que la noticia de su desinterés nos llega por terceros y, en el caso de los fallecidos será difícil conocer si fue un desinterés primigenio o fruto de unas determinadas condiciones sociales.
Es igual de cierto que no existe un perfil de personalidad claramente definido de autor brut y que pese a los esfuerzos de algunos teóricos por alcanzar esa definición que incluyera a algunos y excluyera a otros, la diversidad de actitudes, comportamientos, necesidades y deseos dentro del colectivo es grande y, me atrevo a decir que va en aumento.
En esa diversidad hay sitio para todos aquellos que quieren comerciar. He escrito «comerciar» y no «vender» porque el comercio reconoce otras formas distintas a la compraventa, tales como el trueque o intercambio, donde no está presente el dinero.
¿Quién vende?
Excepcionalmente, el mismo artista brut; fue el caso de August Forestier, tal y como lo relata François Tosquelles17: interno en el hospital psiquiátrico de Saint-Alban, en la década de los años cuarenta del s.XX, Forestier aprovechaba que los campesinos de la zona atravesaban semanalmente el recinto del hospital para exhibir en el borde del improvisado camino sus esculturas fabricadas con madera y materiales de desecho y ofrecérselas a cambio de unos céntimos o de un paquete de cigarrillos. Utilizaba el trueque como forma de comercio.
André Robillard también recuerda una relación comercial directa con Michel Thévoz, conservador de la Collection de l’art brut de Lausanne entre 1976 y 2021: «¡Ah! Pues fíjate, desde Lausana (me avisaron una noche), estaban de camino, en Dijon, en la Côte-d’Or. Llegaron como a las siete de la tarde. Tenían una especie de camión. Vinieron a buscar eso, oye, en la furgoneta. Yo tenía muchas obras allí. Cargaron todo en la camioneta. ¡Había tanto! Hasta había sputniks, barcos… Y luego me invitaron, por la noche, a cenar en un restaurante en Orleans y después me trajeron de vuelta. Se fueron al día siguiente, porque Suiza queda lejos. Durmieron en un hotel»18.
En la entrevista no se hace referencia a la contraprestación que recibió Robillard.
Y es el caso también de Pepe Barrao del taller de ZheBRA (Valentia), que en 2024 puso en marcha una producción de pequeñas esculturas en madera, que representan una cebra siempre semejante, siempre diferente, su «Zebreta», siendo él mismo quien las pone a la venta de forma directa entre sus círculos próximos de amistades, conocidos, vecinos, y visitantes del taller donde las produce. Pepe Barrao lleva un registro en el que anota el número de la escultura (la primera serie fue en número árabes y la segunda en números romanos), la fecha de creación, si ya está vendida, y el dinero ganado por cada transacción.
Tosquelles, avalaba este tipo de relación, de transacción: «Es importante convertir este arte en una mercancía. En lo que se ha llamado erróneamente "socialización", debemos saber ir más allá del exhibicionismo para conectar con los demás. No es tan malo exhibirse»19.
August Forestier nos sirve para ejemplificar el segundo modelo de comercio: la aparición del intermediario. Dubuffet quiere obras de Forestier, intenta tener una relación directa con él, los responsables del hospital se lo impiden, según propio testimonio de Dubuffet: «Hace tres o cuatro años, viajé expresamente en coche a Saint Alban para ver a Auguste For., y sus obras. Me encontré allí con mucha gente; estaba la señora Bonnafé (su marido estaba ausente) y Tristan Tzara con su hijo y otros diferentes invitados, y me acogieron con algo de frialdad, eso me pareció, y en todo caso no me dejaron ver a Auguste»20.
Esta visita de Dubuffet a Saint-Alban en 1945 y el rechazo a que se entreviste con Auguste Forestier, hechos que suelen omitirse en la mayoría de los relatos canónicos de los inicios del Art Brut21, cobra una importancia mayor con el paso del tiempo y con las renovadas lecturas sobre el proyecto de Dubuffet que se hacen entrado ya el s.XXI. Me ocuparé de ello más adelante.
Dubuffet no se da por vencido y vuelve a intentarlo pasado un tiempo a través de los psiquiatras de Saint Alban, Tosquelles y Oury. Una vez ha recibido en París las primeras obras de Forestier, Dubuffet envía al hospital lápices de colores y acuarelas, y un ejemplar del libro del doctor Mongenthaler sobre Adolf Wölfli para la biblioteca. En 1949, hace otro envío, los cuatro volúmenes de la Histoire de l’art de Élie Faure y las obras completas de Marcel Proust; quiere más obras de Forestier, suma al envío medallas, insignias que, espera, aprovechará Forestier para sus esculturas22. Tosquelles prefiere que le envíe dinero, la mitad se le entregará a Forestier, la otra mitad se destinará para que la institución haga algunas compras, entre las que señala la de una pequeña imprenta.
Joana Masó23 anota para esta época, pagos de 1.000, 2000 y 5.000 francos de Dubuffet a favor del Club Balvet, epicentro de la vida institucional del psiquiátrico. Parte del dinero se reparte entre los internos artistas: además de Forestier, Aimable Jayet o Clément Fraise; este último recibe 50.000 francos a cambio de su trabajo de talla sobre un revestimiento de madera. Fraise había pedido un coche y un garaje, le llegaron 50.000 francos. La pieza de 170 cm x 383 cm, convertida en una obra de arte, se expone hoy en la Collection d’Art Brut de Lausanne. El paso siguiente, con Roger Sentis ya como director del psiquiátrico y cómplice de Dubuffet, es proponer a los enfermeros que vendan las obras de Forestier que adquirieron en su día, probablemente mediante trueque, a cambio de cantidades que pueden llegar hasta los 60.000 francos.
Han pasado apenas veinte años desde 1945, fecha de la primera visita de Dubuffet a Saint-Alban y ya vemos aparecer todo tipo de agentes implicados en el comercio: autor, coleccionista, intermediario, vendedor. Muchos de ellos son personas ajenas, en principio, al mundo del arte, el autor es un enfermo mental, el intermediario es un psiquiatra, el vendedor es un enfermero. Algo está cambiando.
También vemos aparecer los primeros desequilibrios cuando un enfermero puede ganar por una obra de su propiedad hasta sesenta veces más que el autor que la creó. En los inicios del Art Brut hay un mercado, y hay unas leyes de mercado, las que impone Jean Dubuffet; pueden ser toscas, groseras, interesadas, pero son leyes y las impone él; convendría no olvidarlo cada vez que leemos en sus escritos el rechazo a que los autores comercien directamente con sus obras.
En la actualidad, la figura del intermediario es mucho más transparente: corresponde al curador asignado por un juez ejercer la curaleta sobre la persona que necesite este apoyo, y solo puede representarla si no hay alternativas que respeten su autonomía personal. Queda claro: si el autor brut puede tomar decisiones sobre su vida, tiene todo el derecho a hacerlo; si una orden judicial le ha privado de ese derecho, corresponde al curador representarle.
El autor, aún privado de la capacidad de comerciar, conserva plenos derechos de propiedad intelectual y deben serle reconocidos en todo momento (publicaciones, exposiciones, ventas).
Suelen ser curadores los familiares del autor, también puede serlo la institución que lo acoge o el estado.
Hasta ahora, en España, no ha sido habitual que las familias comerciaran, solían desconocer los cauces comerciales, incluso la posibilidad del comercio en sí. Estos desconocimientos están quedando atrás y se vive una época de tanteos, ensayos, la mayoría de las veces, delegados en la institución en la que se incardina la producción creadora del artista.
Buena parte de los creadores brut vivos producen dentro de una institución que puede tener una o varias de estas características: ocupacional, terapéutica, asilar, formativa, recreativa, artística. Parte de esta creación puede considerarse como art brut.
Las instituciones, bajo variadas denominaciones (fundaciones, organizaciones, asociaciones, colectivos, centros, talleres) han comenzado en los últimos años a poner a la venta obra de creadores, lo hacen en momentos puntuales ligados casi siempre a exposiciones, es el caso de la primera escena descrita en este capítulo, o de manera sistemática mediante venta directa en sus propios espacios o a través de comercio electrónico24. Las instituciones son los nuevos intermediarios.
También compran y venden las galerías, son pocas y son especializadas, entre las reconocidas internacionalmente, y a modo de ejemplo: Gallery Outsider Inn (Teherán), Cavin Morris Gallery (New York), Christian Berst (Paris).
Las galerías compran y venden la obra de artistas que ya empiezan a considerarse «clásicos» del art brut, generalmente fallecidos; también la de artistas emergentes vivos.
Cada día es más frecuente la venta electrónica con precio fijo o mediante subasta.
Y compran y venden los coleccionistas, compra venta mucho más difícil de conocer por realizarse en muchos casos en el ámbito privado.
Cada una de estas formas de comercio desencadena consecuencias distintas entre los distintos actores implicados,
Cuando es el propio creador quien participa presencialmente de la transición comercial, mediante trueque o venta directa, disfruta en primera persona del reconocimiento que conlleva esa venta. Por otro lado, la persona que compra conoce personalmente al autor, hecho que puede redundar (o no) en un mayor disfrute de la obra, o del propio acto de compra.
Por mínimo que sea el encuentro inicial, estamos hablando de una relación humana, que puede vivirse con distintos grados de intensidad y duración en el tiempo, quedarse en la anécdota puntual de la compraventa o evolucionar hasta la amistad duradera.
Cuando es la institución en la que se incardina el taller la que se encarga del comercio, puede hacer partícipe al autor o no; en el primer caso, volveremos a una situación parecida a la del escenario anterior; en el segundo caso, el autor y el comprador se verán privados de esa relación humana, y de sus posibles benéficas consecuencias.
Es probable que la institución se vea compensada con una mayor presencia social y refuerce su imagen pública.
Cuando es la galería la que comercia, puede ser que haya otro intermediario (tutores, curadores, familiares o institucionales, incluso organizaciones de tipo cultural dedicadas a la mediación) entre autor y galería y no se establezca una relación directa entre ellos, o puede que esta se establezca de forma directa.
Las maneras de relacionarse directamente entre galeristas y autores son diversas, pueden quedar en aspectos puramente administrativos (firma de contratos, ingresos de beneficios en cuenta bancaria), aumentarse con intervenciones sociales (inauguración de exposición, prensa), o pueden evolucionar a relaciones de acompañamiento y amistad. Es el caso que relata Morteza Zahedi a propósito del pintor iraní Jamshid Aminfar, y que presento a modo de ejemplo25. Cuando Aminfar, tras la pandemia del COVID 19, con problemas de salud y enorme desánimo, abandona la esquina de una calle de Teherán en la que comercia con sus pinturas, y abandona el propio acto de pintar, Morteza Zahedi y Sarvenaz Farsian, le ofrecen acogerlo en el espacio físico de su Gallery Outsider Inn, y le proponen comprarle la obra que cree. Aminfar pintará los últimos años de su vida entre las paredes de la galería, mantendrá conversaciones con Morteza y Sarvenaz, se sentirá acompañado, cuidado. La relación de amistad se prolongará hasta el mismo día del fallecimiento de Aminfar.
Christian Berst, con galería especializada en París desde 1995, refiere una conducta en casos extremos de dificultad de comunicación, que suelen ser muy frecuentes en el colectivo: «Cuando la comunicación es no verbal, o cuando uno se ve obligado a remitirse a personas que lo conocen mejor que yo, estoy evidentemente en interacción con quienes se encargan, cuidan o acompañan, y que captan mejor que yo o saben descifrar las reacciones. Y es un intercambio: “¿Crees que él o ella está a favor de…?”»26.
¿Quién compra?
Compra cualquier persona, desde el familiar próximo, el vecino entusiasta, pasando por el experto galerista, y llegando hasta al lejano y desconocido coleccionista.
Las motivaciones son distintas y no excluyentes: el afecto, el apoyo solidario, el gusto por el arte, la pasión por el coleccionismo, el cálculo en inversión económica, etc.
Cuando los precios son bajos, o muy bajos, unido a la cantidad de obra ofertada (los talleres colectivos de creación producen cientos, miles de obras) y a la facilidad del proceso de compra (en el propio taller, en una exposición de ámbito local), permite que cualquier ciudadano, independientemente de su nivel económico, pueda adquirir una obra de estas características, quizás varias.
Este acceso directo, inmediato, asequible, a la propiedad de obras de arte, o susceptibles de ser consideradas como obras de arte en un futuro inmediato, es un hecho inédito.
El perfil de este comprador no solo se define por su nivel económico; este tipo de creación, a diferencia del arte cultural, no demanda la mirada de un experto en estética, ni la capacidad de un analista de contextos históricos de creación, no exige establecer patrones sociológicos, ni desarrollar grados de decodificación conceptual; su aprecio es mucho más emocional, más ligado a la relación entre la obra y el cuerpo que la percibe, lo que permite ensanchar la base del público que puede disfrutarla.
En paralelo, las formas de comercio que pasan por galería o subasta quedarán restringidas a personas con un nivel económico más alto. También en paralelo, las personas que compran en galería, por las propias condiciones socio económicas de la existencia de las galerías de arte, tendrán un perfil más cercano a una formación artística, si no son ellas mismas artistas, poseerán un nivel cultural alto, capacidad de clasificación y denominación del objeto de su compra, y voluntad de jerarquización. Nada de lo anterior es incompatible con el hecho de que también ellas se relacionen con la obra de una manera más corporal, espontánea, emocional, sensitiva, que intelectual.
No compra de manera sistemática, en España, y por el momento, la institución pública, el museo27.
¿Quién y qué gana?
Hay ganancias inmateriales y ganancias materiales.
Las ganancias materiales se miden en cantidad de dinero. En el nivel inferior de comercio el precio se suele situar por debajo de los mil euros. A falta de un estudio macroeconómico con miles o millones de datos, la siguiente afirmación solo puedo avalarla con mi experiencia de ojeador: la mayoría de las obras de art brut en venta hoy pertenecen a este nivel28.
Los archivos documentales muestran cómo en un principio las obras de art brut se conseguían a cambio de casi nada, y no solo en la década de los cuarenta del s.XX, cuando Dubuffet comienza su colección, en su primer viaje por Suiza y Francia, del que ya he hablado; Bruno Decharme, tras hacer una donación al Centre Pompidou en 2021, de alrededor de mil obras, valoradas en torno a entre los quince y los veinte millones de euros, recuerda el inicio de su colección a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta y , asegura que cuando empezó a coleccionar: «Era una época en la que éramos un puñado de entusiastas y coleccionistas que intercambiábamos información y obras que a menudo se compraban por una miseria»29.
Queda claro que el mercado ha cambiado, tan claro como que la obra que se compró hace setenta años por una cantidad de dinero ínfima, y hoy se vende por miles de euros, es la misma obra, el aumento del precio no ha aumentado (ni disminuido) su calidad.
Sin embargo, hay un doble consenso, llamémosle «popular», que anima a pensar que el precio es un indicativo de su valor intrínseco como obra de arte, y a pensar también que el aumento del precio favorece a todos los implicados en el comercio: autor, vendedor, comprador. Ganancia es la palabra, ganar es la acción buscada.
Si esto ha sucedido con algunas obras del pasado, podemos pensar que suceda en un futuro con algunas del presente.
Falta en este discurso anotar qué es lo que se gana: ¿fama? ¿dinero? ¿identidad? También falta plantear si no hay ninguna pérdida en este proceder, formular esta posibilidad devuelve un sentido muy distinto a nuestra pregunta inicial: «a qué precio».
Empecemos por las ganancias.
El autor que comercia, que vende, gana dinero, poco, bastante, mucho, en cantidades variables, como cualquier otra persona que ofrece la producción de su trabajo fuera del ámbito del trabajo asalariado. Lo importante en esta ganancia, más allá de la cantidad, es que quedan reconocidos el derecho a tener un oficio, una profesión, un trabajo.
Y es que toda producción de una mercancía, y la obra es o puede ser una mercancía, es fruto de un trabajo. Negarles a las creaciones brut la categoría de mercancía, la posibilidad de comercio, como hiciera Dubuffet y defendieran algunos de sus sucesores, es tanto como negar el derecho al trabajo y a todo lo que conlleva, incluida «la remuneración equitativa y satisfactoria que le asegure [al ser humano], así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana»30. La palabra clave es dignidad.
Negar a alguien el derecho al trabajo, y a los beneficios que reporta, al mismo tiempo que se disfruta de su producción, es una conducta semejante a las que ha sustentado el colonialismo en distintas épocas y bajo distintas formas.
Joana Masó anota en esta dirección cuando se refiere a esas primeras apropiaciones de obra llevadas a cabo por Dubuffet, que habrían de crear escuela entre algunos coleccionistas: «No se trata del robo de estos objetos que formaban parte de una economía de trueque o de pequeñas economías informales, sino de haberlos hecho entrar en la economía de la cultura a través del coleccionismo. La apropiación cultural consiste en haberlos convertido en obras de arte que pertenecen a una colección, borrando los contextos de dominación y desigualdad en los que se produjeron. La propiedad, pues, no preexiste a la apropiación, sino que deriva de ella. Por ello, hoy, el art brut enlaza con el mundo poscolonial y con los museos de artes primitivas, así como con las demandas contemporáneas de reparación y restitución del conjunto de estos objetos»31.
El autor brut, además de dinero, también gana relación personal, la posibilidad de encontrarse con el otro, más allá de los círculos familiares o asilares a los que suele tener restringidas las relaciones.
A Crhristian Berst, galerista especializado en art brut, le avala su experiencia de veinte años de galerista cuando se refiere al placer que sienten los autores expuestos: «Sucede, en efecto, y es lo que he observado en casi todos los casos. Y hay que ser consciente de que muchos de ellos viven su alteridad a veces de manera dolorosa. Y cuando uno los expone, de repente, se convierten en el objeto de aclamaciones, es decir, se sitúan en el centro del juego. Al estar en el centro del juego, la mirada de los demás se modifica de manera considerable, se transforma, y ellos mismos se ven transformados, generalmente para su beneficio»32.
Cuando es una institución la que ha propiciado, favorecido, hecho realidad, el trabajo creador de un autor, y es la propia institución la que media en las relaciones comerciales, las ganancias son múltiples.
Hay una ganancia previa al comercio: la institución está cumpliendo con su función: ser agente activo en contra de la exclusión social de sus usuarios.
Y hay ganancias derivadas del comercio de las obras: hay un beneficio económico, repartido (o no) con el autor; hay una ganancia en la imagen social de la institución, que ve reconocido el éxito de su labor.
En el caso de los autores fallecidos, algunos clásicos del art brut, su perfil humano, personas que vivían en soledad, ha provocado la ausencia generalizada de una figura central en el comercio de arte, la del heredero.
Son otros los agentes que van a disfrutar de las ganancias inmateriales y materiales de sus obras. En el terreno de las materiales, los identifica nítidamente Françoise Monnin33: «En la actualidad se organizan sofisticados montajes entre subastadores, coleccionistas y propietarios de obras con el fin de hacer ascender ligeramente las cotizaciones. Henry Darger ha alcanzado ya la franja de los 400 000 euros. Las obras maestras de Aloïse o de Wölfi presentan una cotización situada en torno a los 80 000 euros. Todavía es posible hallar, en pequeñas salas de subastas de provincia, precios que oscilan entre 8 000 y 80 000 euros para la mayoría de las piezas más relevantes. Faltan, pues, aún dos cifras para que se alcance un nivel de cotización propio del mundo del arte contemporáneo. ¿Debe entonces dispararse el precio del Arte Brut?»
En este caso, ganan los galeristas, los subastadores y los coleccionistas. La ganancia espiritual de los coleccionistas es inmediata, la económica es diferida, se rige por las reglas de la inversión. Michel Thévoz deja esta reflexión que, conociendo su discurso, resulta difícil si hay que interpretar como consejo o crítica: «Creo que el Art Brut está completamente subvalorado. ¡Es incluso escandalosamente barato! Hay que invertir en Art Brut si se tiene un reflejo capitalista. Es una buena inversión»34.
Aviso a coleccionistas: los nuevos autores brut ya no viven en soledad, tienen relaciones sociales y familiares, y a su muerte, quedarán en la mayoría de los casos herederos con plenos derechos sobre las obras que les sean legadas. Otra novedad en este particular tipo de comercio.
Anotadas algunas de las ganancias (algunas, porque seguro que hay otras íntimas que se nos escapan, y es bueno que así suceda), retomamos la pregunta inicial: ¿a qué precio? ¿Todo son ganancias? ¿No hay perdidas?
La bondad del reconocimiento público que vive el autor brut del que nos habla el galerista Berst y que confirmo con mi experiencia de decenas de inauguraciones de exposiciones, conoce sus excepciones y es obligado tenerlas en cuenta. Anni Frank lo describe así: «Pero a veces, para ciertos sujetos, puede haber una forma de reconocimiento que no se sitúa en el mismo nivel en el que ellos han producido su obra, y que, para quienes ya son extremadamente frágiles en su sentimiento de existir, puede resultar muy desestabilizador e incluso destructivo»35.
Anni Frank escribe sesenta y seis años después de Dubuffet, afirmara en uno de sus textos fundacionales que los artistas que presentaba él mismo en la exposición «Cinco pequeños inventores de la pintura» en la Librería Marcel Evrad (Lille 1951), ni siquiera sabían que esa exposición estaba teniendo lugar, que puesto que vivían en un asilo de alienados, tenían otras cosas más interesantes en las que pensar y que, por supuesto, eran indiferentes a cualquier beneficio económico y a cualquier reconocimiento social36.
¿Qué ha cambiado en la relación con los autores desde el absoluto desprecio de Dubuffet al cuidado de Anni Frank? La relación con el otro, ese es el gran cambio. Es un cambio social, antropológico, político, ético, económico, estético.
Ya nadie se atreve a hablar de los autores brut como hablaba el Dubuffet de 1951(o al menos, es de esperar que nadie se atreva), pero la alteridad sigue ausente del centro del debate sobre el art brut y, sobre todo del debate del comercio con el art brut, donde se discute de precios, canales de exposición, calidad de las obras, imágenes de marca, monopolios de difusión, papel de los intermediarios, y prácticamente no se habla de los protagonistas, de los autores, de sus deseos y de sus derechos, por eso es de alabar que François Monnin cerrara el coloquio internacional que conmemoraba los cuarenta años de la Colección de Art Brut de Lausanne, con esta petición: «No hay que olvidar que comprar obras de Art Brut hoy en día da de comer a artistas brut, lo que no es nada despreciable»37.
Petición que hago mía, y convierto en acción: sí, hay que comprar, es bueno comprar, seguro que todo ganamos vendiendo y comprando, la propuesta es hacerlo después de habernos planteado las siguientes preguntas: ¿a quién? ¿dónde? ¿cómo? ¿a qué precio?
Las líneas que preceden no las contestan directamente, espero que al menos sirvan para tener algunos criterios cada vez que queramos responderlas. Léanse, por favor, como un documento de trabajo, como una propuesta de discusión, y no como una tesis cerrada, empeño que sería absurdo en un universo tan cambiante.




* En el texto escribo Art Brut con mayúscula cuando me refiero a la Colección / Concepto creado por Jean Dubuffet, y art brut con minúscula cuando esta denominación es utilizada refiriéndonos al amplio ecosistema que se ha generado a partir del Art Brut y que excede al mismo.
IMPROBABLES nº 6 - Jamshid Aminfar
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El pintor de ampollas dolorosas pintando para los muertos del futuro
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El pintor de ampollas dolorosas
pintando para los muertos del futuro
Su peso superior a cuatro kilos provocó un parto largo y peligroso; un parto en casa durante el cual, por unos minutos, se interrumpió el suministro de oxígeno al cerebro del bebé. Esta breve, pero decisiva asfixia provocó un daño cerebral por falta de oxígeno —o encefalopatía hipóxico-isquémica—; un daño que, a lo largo de su vida, derivó en trastornos cognitivos, motores y conductuales.
Jamshid luchó con las secuelas de la enfermedad de cianosis hasta el final de su vida. En sus últimos años, la fuerte dependencia al jarabe expectorante de codeína agravó su estado físico y, finalmente, esa misma adicción fue la causa del paro cardíaco y su muerte en el año 1401 (2022/2023).
El querido anónimo de la ciudad
Jamshid Aminfar apareció en la escena del arte urbano a finales de la década de los setenta solares (finales de los 90 y principios de los 2000). Era una figura independiente, solitaria y misteriosa que, con un estilo completamente personal, atrajo la atención de artistas y estudiantes de arte. Sus obras —cuadros amargos, mordaces y conmovedoras— se realizaban principalmente sobre tablones de madera desechados, usando pinturas de construcción y herramientas poco convencionales; materiales que a menudo recogía de la calle y la basura. En estas pinturas, se percibían claramente vetas de soledad, ira reprimida, desamor y una vida de protesta.
Aminfar, con su rostro quemado por el sol, baja estatura y vestimenta sencilla, no se parecía en nada a las figuras habituales y académicas del arte contemporáneo. No había en su apariencia ni en su esencia un pasado acomodado; hablaba poco, pero con emoción, nerviosismo y a veces de manera áspera y amarga. Estas características dificultaban la relación con él. Sin embargo, era una figura conocida entre los estudiantes y profesores de las facultades de arte cercanas. Pasaba los días pintando en un lugar fijo y vendía sus obras allí mismo.
Durante mi época de estudiante, a veces le compraba pinturas; en parte por mi interés en su mundo personal y radical, y en parte para apoyar a un artista que creaba incansablemente su propio universo. La firma de sus obras, que a menudo se leía como «Jo», era una especie de código; pocos sabían que esa firma pertenecía a un hombre cuyo nombre real era «Jamshid», un artista con un pasado enigmático y brillante.
A mediados de la década de los ochenta solares (mediados de los 2000), Rokhsareh Ghaemmaghami realizó un cortometraje sobre él, un documental que, a mitad de camino, con un giro poético, se transformó en una historia humana. Durante la realización de este filme, Jamshid se enamoró de una chica francesa llamada Alice, que había venido a Irán por un corto tiempo. Este amor silencioso y unilateral fue tan sincero y puro que cambió el rumbo de la narración y reconstruyó la película en torno a ese amor no consumado. El resultado fue una película llamada Cianosis, en la que se utilizó animación; un filme que no solo documentó parte de la vida artística de Aminfar, sino que también retrató momentos humanos, efímeros y trágicos de su vida. Ver esa película, que yo vi años después de su producción, mostraba una imagen impactante de un hombre cuya voz, sin gritar, quedó grabada en la memoria visual de la ciudad.
Sin embargo, lo que más quedó grabado en mi mente fue la experiencia de convivir con él durante tres años; encuentros regulares, al menos dos veces por semana, en la galería. En esos días, decidí registrar parte de esos encuentros en forma de notas diarias. Porque lo que se reveló en esa convivencia gradual fue una imagen completamente diferente de la inicial de Jamshid; no aquel artista misterioso y solitario, sino una personalidad entrañable, profundamente pura y limpia, e incluso profunda y poética.
El verdadero brillo de Aminfar no solo estaba en sus obras; también podía encontrarse en su forma de vivir, en sus silencios llenos de significado y en sus miradas reflexivas. Un artista que hablaba poco, pero cuya presencia, el observar su proceso creativo, e incluso su manera de caminar o mirar, dejaba una huella duradera.
Este relato es un intento de representar parte de esa presencia; una mirada cercana, humana y directa al rostro de un hombre que, aunque vivió en los márgenes, nunca fue marginal. O quizá, el intento sea sacarlo —aunque sea con palabras— de los márgenes.
Morteza Zahedi
Diecisiete de Tir del año mil cuatrocientos cuatro (7 de julio de 2025)
Hace unos seis años,
recibí un mensaje corto de una persona desconocida. En esa nota breve y abrupta, solo había una frase: «Cuida de Jamshid».
Parecía un comentario simple y pasajero, pero llevaba consigo una tristeza silenciosa y una advertencia vaga como el eco de un destino que se desvanece. Alguien, en algún lugar, parecía preocupado por el silencio de esa llama que se apagaba. Cada día, desde las nueve de la mañana hasta la una de la tarde, él se sentaba en la misma silla amarilla de plástico, en la esquina de las calles Enqelab y Palestina, en la acera, junto a algunas de sus pinturas.
Ya no era el Jamshid de los años 2000, ni lo eran sus pinturas. Los colores y los temas se habían vuelto repetitivos y apagados. Y, sin embargo, él seguía allí. No por esperanza de salvación, sino por la insistencia de alguien que, tal vez, sabe que resistir es la última forma de estar vivo.
Recuerdo a Jamshid de mis años universitarios a finales de los años noventa, cuando solía pintar sin descanso en la acera. Después de graduarme, fui cada vez menos por esa zona, y la mayoría de las veces, cuando pasaba por allí, Jamshid ya no estaba. Se había ido.
Aquel mensaje dejó su huella; ocupó mi mente, junto con un sentido de responsabilidad, aunque no hubiera una razón clara para actuar.
Un día, de camino a una conferencia de Noriyuki Haraguchi, el escultor minimalista japonés y creador de Oil Pool (Materia y Mente), en el Museo de Arte Contemporáneo, Sarvenaz y yo nos encontramos con Jamshid de nuevo, después de mucho tiempo. Tenía dos pequeños lienzos a su lado para vender. Los compramos y, con las pinturas bajo el brazo, nos dirigimos al museo. Un encuentro silencioso entre dos mundos: uno, el mundo del arte oficial; el otro, el arte en el borde de la acera.
Algún tiempo después, una tarde, fuimos invitados a una reunión amistosa en casa de un conocido. Dos pequeños cuadros de Jamshid colgaban en la pared.
Fereydoun dijo: «He estado coleccionando su trabajo durante años. Si quieren, con gusto se los presto para una exposición». Pedí prestadas treinta y seis de sus pinturas, e hicimos una exposición en la galería Outsider Inn. Como siempre, la exposición transcurrió en silencio, sin ser notada, sin ser comentada.
Durante la muestra, visité a Jamshid varias veces, esperando que aceptara venir a ver las obras que alguna vez había creado. Pero se negó. Era como si un muro de silencio se hubiera levantado entre él y esos lienzos—una distancia que ni el tiempo ni la memoria podían cruzar.
Hace tiempo que se despidió de la pintura, no por desinterés, sino como si fuera por una silenciosa rebeldía, una rebeldía que parecía más un silencio cauteloso que una negación.
Ahora, en ese mismo lugar de siempre, ya no está como pintor, sino como empleado de una oficina de traducciones llamada Kakh , «El Palacio». De nueve de la mañana a cinco de la tarde, sostiene un cartel anunciando el lugar, por un salario miserable. En realidad, el dueño le dio el trabajo más por bondad y apoyo que por necesidad, Jamshid en verdad no hace mucho. La mayor parte del tiempo se sienta inmóvil, casi aturdido, en su silla, y los transeúntes pasan sin notarlo.
En los últimos cuatro meses, he ido a verlo muchas veces, quizás diez, quizás más, con palabras cargadas de súplica, invitándolo una y otra vez a volver a pintar, a dejar un trabajo en el que ni cree ni es para él.
Le pedí que viniera conmigo. Le dije que yo me encargaría de los materiales, que cubriría los gastos. Le prometí que compraría todo lo que pintara, para que su sustento viniera de un camino que aún se pareciera a él, y el lugar donde estuviera fuera el que le correspondía. Pero cada vez, con una nueva excusa, evitaba venir amablemente, cortésmente, pero con determinación.
La insistencia, cuando se ofrece con cuidado y en el momento adecuado, a veces abre una puerta cerrada. Y finalmente, tras mucho ir y venir, aceptó. Prometió venir conmigo una vez a la semana, solo los martes, después del trabajo, y sentarse a la mesa a pintar de nuevo, aunque fuera solo por unas horas.
No sé si este regreso es real, o solo un consuelo pasajero para ambos. Pero incluso estos martes, esta pequeña promesa, podría ser la primera grieta en el muro de silencio, una rendija de luz, o al menos, una noble ilusión de retorno.
El martes, exactamente a las cinco y media de la tarde, llego, pero él no está allí.
Al día siguiente, vuelvo a buscarlo; una vez más, ha roto su promesa. Me sorprendo. En un tono entre la compasión y el reproche, le digo de nuevo: «Jamshid, tú naciste para otra cosa… Este trabajo que haces, en este aire contaminado, entre esta multitud, por un salario tan miserable… no es para ti».
Indiferente, responde: «Odio pintar».
Sin nada más que decir, y con una vaga sensación de tristeza, me despido.
Unos días después, la fecha que se suponía que era el día de nuestra cita, de repente aparezco frente a él. Dice que tiene que quedarse en el trabajo hasta las cinco.
Le digo: «Está bien. Pasearé y volveré a las cinco».
Él dice: «Iré, pero no prometo que vaya a pintar».
Justo antes de irme, me llama: «Quédate aquí… Vuelvo enseguida».
Unos minutos después, regresa con una pequeña pintura bajo el brazo. Me la entrega.
Pregunto: «¿Cuándo pintaste esto?»
Responde, indiferente: «El viernes».
Pido un taxi. Los dos vamos a la galería.
En cuanto entramos al patio, una leve sonrisa aparece en la comisura de sus labios: «Qué lugar tan bonito». Abro la puerta y lo invito a pasar. Sus ojos se posan sobre sus propias pinturas en la pared; se ilumina, un breve destello brilla en su mirada. Pero la alegría no dura mucho. Apenas ha pasado media hora cuando dice: «Tengo que irme. Pero el próximo martes, vendré más temprano».
Pregunto: «¿A qué hora, por ejemplo?».
Responde: «A las cuatro de la tarde».
Le recuerdo: «¡Pero se supone que trabajas hasta las cinco!».
Él responde con frialdad: «Me tomaré la tarde libre».
Y luego se va.
Se avecinaba un viaje de dos meses.
Él no tenía teléfono móvil, y no había dejado ningún número. Así que decidí visitarlo antes de irme, para que no se quedara perdido, o llegara mientras estábamos fuera y se encontrara la puerta cerrada.
Le dije: «Cuando regresemos, iré a buscarte».
Y me despedí.
Han pasado unos días desde que regresamos. Esta es la segunda vez que voy a verlo después del viaje. Está sentado en su silla de siempre, comiendo un sándwich.
Pregunto: «¿Estás enojado conmigo?».
Él dice: «Qué va. ¿Por qué estaría enojado?».
Pregunto: «Entonces, ¿por qué no vienes los martes?».
Responde: «Estuve enfermo… tuve una infección renal, no me sentía bien».
Pregunto: «¿Y ahora cómo estás?».
Tras una breve pausa, dice: «Hace mucho frío… el frío me afecta».
Digo: «Jamshid, por favor… deja este trabajo. Vuelve a la pintura».
Se encoge de hombros y responde con indiferencia: «Ya veremos…». Me da su palabra para el próximo martes, y me alejo, sin saber si, esta vez, realmente volverá.
Las noticias apuntan una vez más a la ausencia de Jamshid, no vino. Bajo del autobús en la intersección de Valiasr y camino hasta su lugar habitual, pero su sitio está vacío. El vendedor de remolachas de la esquina, cuando pregunto: «¿Ha visto al señor Jamshid?», niega con la cabeza y dice: «He estado aquí desde el mediodía, pero no ha aparecido».
Otro vendedor ambulante, con una mirada llena de tristeza, suspira y dice: «No ha estado bien últimamente… está enfermo. Ni siquiera vino ayer». Con estas ausencias repetidas, es como si Jamshid estuviera poco a poco, silenciosamente, retirándose del escenario de nuestras vidas, sin decir nunca adiós.
Son exactamente las tres y media de la tarde. Jamshid sostiene un cartel. Cuando me ve, su rostro se ilumina. Pregunto: «¿Dónde has estado, Jamshid?». Con voz suave, responde: «Estuve hospitalizado… todavía me siento mareado». Lo miro con preocupación. «Si no quieres venir, solo dímelo honestamente».
Responde con certeza: «No, sí quiero ir… solo pensé que tal vez te habías olvidado de mí».
Sonrío. «No pienses así. Mientras no estabas, vine a buscarte varias veces. Puedes preguntarles a los vendedores ambulantes, nadie sabía dónde estabas».
Él se ríe: «Sí, el vendedor de remolachas dijo que habías preguntado por mí».
Pregunto, «¿Entonces puedo esperarte este martes?»
Asiente con seriedad. «Definitivamente. Solo… si puedes, ven a recogerme para que vayamos juntos».
Le tomo la mano. «Prométemelo».
Él dice: «La palabra de un hombre».
Frente a Jamshid, un vendedor ambulante afgano ha dispuesto su mercancía. Se llama Sarwar. Lo he visto algunas veces, es tranquilo, sereno.
Me acerco y le pido amablemente su número de teléfono, para esos momentos en que Jamshid desaparece y no tengo forma de encontrarlo. Amablemente me lo da. Nos damos la mano. Me despido de Jamshid y Sarwar. Me bajo de la acera, sintiéndome un poco más tranquilo, como si un eslabón perdido en la cadena de nuestra amistad acabara de ser encontrado de nuevo.
Ha pasado una semana, y aunque esperé cada día, no ha habido señal de Jamshid. Mi preocupación ha crecido. Llamo al móvil de Sarwar: «Señor Sarwar, ¿ha ido Jamshid hoy?».
Responde con la misma voz calmada y familiar: «Sí, está aquí mismo. Le paso el teléfono».
Un momento después, la voz de Jamshid suena al otro lado, cansada y un poco ronca: «Hola… no me siento bien. No tengo energía».
Pregunto: «¿Qué pasa?».
Dice: «Sigo mareado…».
Digo: «Solo llamé para ver cómo estabas. Cuídate».
Hay una pausa. Luego, en tono vacilante, pregunta: ¿No estás enojado conmigo, ¿verdad?».
Sorprendido, respondo: «¡No, claro que no! ¿Por qué lo estaría?».
Él dice: «Porque no quiero que pienses que no soy de fiar».
Una sonrisa triste se dibuja en mi rostro. Suavemente, pero con firmeza, digo: «No te preocupes. Nunca pensaría eso. Cuando te sientas mejor, solo ven… Aquí estaré, esperando».
Pasan las semanas, y aun así no hay noticias de Jamshid. Preocupado, comienzo mi recorrido desde el pasaje Safavi, cerca de la plaza Enghelab, hogar de librerías raras y de segunda mano. Para las tres de la tarde, llego a su lugar de trabajo habitual. Pero una vez más no está allí. Me acerco a Sarwar y pregunto: «¿Dónde está Jamshid?» Está ocupado con un cliente y responde con cansancio: «No he sabido nada de él”. Miro alrededor y veo a un repartidor familiar que suele rondar la zona. Le pregunto por Jamshid.
Él dice: «No viene los martes».
Su tono deja claro que realmente no está al tanto. Finalmente, me acerco al anciano que vende remolachas hervidas. Con una calidez familiar y voz tranquila, dice: «Estuvo aquí ayer… pero no estaba nada bien. Nada bien».
Estamos pasando días amargos y difíciles. Con el brote de COVID y meses de confinamiento y aislamiento, han pasado casi cuatro meses desde la última vez que supe algo de Jamshid.
Al mismo tiempo, a Davood Koochaki le han diagnosticado cáncer de páncreas, una enfermedad implacable que reduce la esperanza al hilo más delgado.
Antes de ir al Hospital Mehrad, donde el señor Davood está ahora ingresado, Sarvenaz y yo decidimos caminar hacia la intersección de las calles Palestina y Enqelab. Quizá, después de tanto silencio, volviéramos a ver a Jamshid. Pero una vez más, no estaba allí. Esta vez, decidimos buscar la oficina de traducciones donde Jamshid trabajó un tiempo. El portero del edificio señaló a una mujer que esperaba junto al ascensor y dijo: «Pregúntele a ella por Jamshid».
Sarvenaz la saludó con cautela y preguntó: «Disculpe, ¿sabe usted dónde está Jamshid?».
La mujer nos miró con curiosidad: «¿Y ustedes son…?».
Le explicamos la situación. Siguiendo su indicación, subimos al tercer piso para hablar con una mujer llamada Zhaleh, la encargada de la oficina.
Zhaleh dijo: «Lamentablemente, él ya no trabaja aquí. Pero a partir de mañana, o quizá a principios del próximo mes, se supone que empezará en otra sucursal».
Sarvenaz preguntó: «¿Sería tan amable de compartir su número de contacto, si lo tiene?».
Zhaleh respondió formal y cautelosamente: «Lo siento, no tengo permitido dar la información personal de nadie».
Sarvenaz insistió: «Verá, habíamos estado colaborando con Jamshid en sus pinturas, y hemos perdido contacto con él desde hace un tiempo. Si tuviéramos alguna forma de localizarlo, significaría mucho para nosotros».
Zhaleh hizo una pausa y luego dijo: «Anoten su número. Si puedo, les aviso en los próximos días».
Anotamos nuestro número… pero la oficina de traducción nunca se puso en contacto.
Y ahora, el único lugar donde solíamos encontrar a Jamshid, un sitio antiguo y familiar donde lo habíamos visto durante casi dos décadas, comienza a desvanecerse, despojado de significado.
Han pasado otros tres meses, y ahora ya suman casi ocho meses desde la última vez que supimos de Jamshid. En esta larga ausencia, su recuerdo a veces se desliza a un rincón de mi mente como una sombra distante, sin dejar ninguna huella real de su presencia.
Por la mañana, me despierto con el sonido de la alarma del teléfono. Lo tomo: algunas llamadas perdidas. Un número ha llamado dos veces, a las 10:37 y a las 11:39.
Me espera un día ocupado: trámites bancarios, un viaje a la oficina de correos para enviar obras de arte al extranjero, y una reunión importante con el maestro Farshid Mesghali.
Nada sale según lo planeado. Las obras de arte han sido empaquetadas descuidadamente, no lo soporto. Insisto en que devuelvan los paquetes para poder volver a hacerlos yo mismo. Una de las piezas está dañada, y la rabia me invade. Tomo el teléfono para llamar a la oficina de correos, pero en la prisa y la confusión, accidentalmente marco ese mismo número desconocido que había llamado dos veces.
Contesta un hombre.
Pregunto: «Disculpe, ¿es la oficina de correos?».
Una voz al otro lado dice: «No, se ha equivocado de número. Esto es una residencia».
Me disculpo y cuelgo. Pero… la voz me resulta demasiado familiar. El corazón me late con fuerza. Vuelvo a llamar al número. La misma voz, el mismo tono. Me concentro y, con una duda llena de certeza, pregunto: «Jamshid… ¿eres tú?».
Una breve pausa, luego: «Sí… ¿quién es?».
Incrédulo, digo: «¡Soy Morteza!».
Él ríe, su voz mezcla de broma y añoranza: «¿Cómo estás? ¿Cómo está tu esposa?».
Estoy atónito. Pregunto: «¿Dónde estás, Jamshid? ¿Cómo conseguiste mi número?».
Él responde simplemente: «Alguien me lo dio».
Y sin la menor referencia a los largos meses de silencio, pregunta, de repente: «¿Cuándo puedo ir a verte?».
Digo: «¿Mañana está bien?».
«Claro. ¿A qué hora?».
«¿Cuatro o cuatro y media?».
«A las tres sería mejor».
«De acuerdo, a las tres. ¿Todavía recuerdas la dirección?».
«Sí, la sé».
Prometemos vernos mañana. Nos despedimos. Y yo, aún atónito por la llamada, me quedo allí de pie.
La llamada de Jamshid—tras meses de silencio e incertidumbre—fue como una chispa extraña y misteriosa, una voz lejana que de pronto se escucha entre el ruido, devolviéndonos algo perdido de la vida, aunque solo sea por un breve instante.
Al día siguiente, justo antes de las 3 p.m., suena el timbre. Abro la puerta. Es Jamshid, más delgado que antes, un poco más encorvado, pero con la misma mirada familiar de siempre; esa mirada que siempre parecía llevar algo no dicho. Entra. Se queda unas dos horas. Servimos café y, sin preámbulo, pregunto: «¿Dónde encontraste mi número para llamarme?».
Él niega suavemente con la cabeza, como alguien que aún no sabe bien cómo sucedió todo. Luego comienza: «Un día estaba muy mal… muy mal. Me desmayé cerca de la Plaza Palestina. La gente se reunió a mi alrededor. Alguien me dio agua, alguien dijo que debía ir a una clínica. Cuando la multitud se fue y recuperé un poco de fuerzas, me senté en un borde».
Toma aire profundamente. Sus ojos se pierden un momento, vagando por algún lugar lejano. «Se acercó un joven. Tenía barba. Se sentó a mi lado. Me conocía… empezamos a hablar. Me abrí con él. Le conté que estaba sin trabajo. Que nada en mi vida estaba en su sitio. Él dijo: «Bueno, ¿por qué no vas a ver a Zahedi?».
Hace una pausa. Bebe un sorbo de café. «Entonces sacó un trozo de papel de su bolsillo, tu número estaba escrito allí. Me lo entregó y dijo: «Ve a ver a Zahedi, él te ayudará. Eso fue todo. Se levantó y se fue».
Pregunto: «¿Te dijo su nombre? ¿Quién era? ¿Cómo tenía mi número?».
Él se encoge de hombros: «No dijo nada. Fue como si hubiera venido solo para decirme eso, y luego desaparecer».
Guardamos silencio un momento. El tic-tac del reloj suena en la habitación silenciosa como gotas de agua. En mi mente, la imagen de ese joven comienza a tomar forma, barbudo, anónimo, portador de un momento misterioso.
Y ahora, Jamshid está sentado frente a mí, tras meses de silencio, sin explicación, sin antecedentes. Simplemente está aquí, trayendo esa misma sensación familiar de conexión.
Tres días después. Nuestra cita era hoy a las tres de la tarde. Se suponía que vendría y comenzaría su trabajo. Antes del mediodía, suena mi teléfono. Miro, es Jamshid. Su voz es ronca y cansada: «No puedo ir… realmente no me siento bien».
Pregunto: «¿Qué pasó? ¿Te ocurrió algo?».
Responde en voz baja: «Tengo unos dolores de estómago terribles… diarrea severa».
Me preocupo. Con tono suave, digo: «Está bien, quédate en casa y descansa. ¿Has tomado algún medicamento para la diarrea?».
«Sí, ya tomé… estoy mejorando”. Luego, sin dudarlo, pregunta: «Entonces, ¿cuándo puedo ir a verte?».
Digo: «¿El lunes está bien, a la misma hora, a las tres?».
«Sí, está bien… para entonces seguro que estaré mejor».
Una leve sonrisa aparece en mis labios: «Cuídate… gracias por llamar y avisar».
Hace una pausa, como si algo pesara en su corazón. Vacilante, pregunta: «¿No estás enojado conmigo, ¿verdad?».
Digo con firmeza: «No, para nada… no te preocupes».
La llamada termina. Dejo el teléfono y, en el silencio de la habitación, pienso: en este mundo, hay cosas que, pese a la enfermedad, la pobreza, el olvido o incluso la ausencia, aún calientan el corazón… Como esta simple llamada.
Dos días después.
Jamshid está de pie en la puerta. Se ha cortado el cabello y la barba, y luce más limpio y arreglado que nunca. En su rostro, la misma dignidad silenciosa de siempre; una presencia tranquila y pesada, como el sonido lejano de un instrumento de viento.
Abro la puerta. Intercambiamos una sonrisa, unas breves frases sobre cómo estamos.
Con suave confianza, dice: «Estoy bien… ese problema ya se fue».
Le he comprado pintura al óleo y disolvente. Preparo el espacio de trabajo. Sin dudarlo, se arremanga y se pone a trabajar. En medio de la pintura, sin introducción, empieza a hablar sobre los cuadros que lo persiguen en la mente. Sobre El 3 de mayo de Francisco Goya, El grito de Edvard Munch, y el Guernica de Picasso… Obras de grito y ansiedad, heridas y protesta.
Pregunto: «Por cierto, ¿tu apellido es Aminifar o Aminfar?».
Sin pausa, responde: «Aminfar».
Sorprendido, continúo: «¿Entonces por qué escribieron tu nombre como ‘Aminifar’ en los créditos de la película Cyanosis?».
Con su franqueza habitual, sin dudar ni ser formal, dice: «Porque son unos analfabetos».
Pregunto: «¿Sabes por lo menos qué fue de esa película? ¿Si la vio mucha gente, o si tuvo algún impacto?».
Jamshid dice: «No… no sé nada».
Digo: «Anoche, Sarvenaz y yo la volvimos a ver».
Hago una pausa: «¿Te gustaría verla de nuevo juntos?».
Sus ojos se fijan por un momento. Su voz baja, como si sacara algo desde el fondo de un pozo: «Sí… me gustaría…».
Y entonces, casi involuntariamente, una frase callada y amarga se escapa de su boca: «Pero Alice… ella me dejó y se fue».
La frase queda suspendida en el aire. Suspendida, infinita. No hay preguntas después, ni explicaciones. Solo una imagen vaga de una mujer que fue y ya no es. Y un hombre que aún arrastra su recuerdo, aquí y allá… Como un trozo de leña mojada que quedó de una llama antigua.
Tres días después.
Llegó antes que nosotros; espera de pie en silencio afuera, bajo la suave luz de la mañana.
Abro la puerta. Entramos los tres a la galería: Sarvenaz, Jamshid y yo. Mantiene la misma calma, y en su mirada esa expresión particular, atemporal, como si una imagen lejana aún habitara en su interior. Sarvenaz va a servirle café.
Con tono familiar, dice: «Solo leche muy dulce, por favor».
El espacio de trabajo está listo. Las pinturas están ordenadas, el disolvente al alcance, el aire aún lleva el aroma de la mañana. Se sienta y, en silencio, con concentración, comienza a trabajar.
Mientras tanto, un sonido fuerte y constante llena el espacio, la aspiradora, del piso de arriba. Jamshid levanta la cabeza, escucha, frunce el ceño: «¿Qué es ese ruido?».
Digo: «Es la aspiradora, la vecina de arriba… están limpiando».
Hace una pausa. Su rostro se tensa levemente, luego, con tono herido, dice suavemente: «¿Podrías apagarla, por favor?».
Respondo con delicadeza: «No la estamos usando nosotros, el ruido viene de arriba… no puedo hacer nada».
Intento cambiar de tema, decir algo para distraerlo, pero su mirada sigue fija en la fuente del sonido, en ese zumbido continuo y agotador.
En voz baja, con tono ronco, dice: «No tengo buenos recuerdos de ese sonido».
Sorprendido, pregunto: «¿Por qué?».
Sus ojos miran a otro lado, vagando por su memoria: «A principios de los sesenta, trabajé un año en un aserradero… ese era el sonido. Ese ruido monótono, molesto. Esa época no fue buena para mí. Lo único que recuerdo de allí es el cansancio».
Pregunto: «¿Entonces eso fue antes de que fueras a la imprenta?».
Con la mirada anclada en el pasado, responde suavemente: «Sí… después fui a la imprenta. Me quedé y trabajé allí durante veinte años».
Y luego, silencio. Un silencio no nacido de la pérdida, sino de permanecer en tiempos que ya pasaron, pero que siguen siendo inolvidables.
Una semana después
Todo ocurre de repente: el dueño de la galería nos dice que tenemos que desalojar el lugar antes de fin de mes. No tenemos adónde ir, ni un plan claro. Simplemente hemos empezado a empacar nuestras cosas en silencio. Jamshid permanece quieto en medio del ruido de este caos callado. Su mirada se desliza lentamente sobre las cajas y pertenencias ya embaladas. De pronto, en voz baja, se vuelve hacia Sarvenaz, como si algo dentro de él se hubiera extraviado hace mucho: «Cuando se vayan de aquí… ya no me van a querer…no me van a dar la nueva dirección, ¿verdad?».
Sarvenaz, con los ojos llenos de sorpresa y ternura, se vuelve hacia él: «¿Por qué piensas eso? ¡No sabíamos dónde estabas, no es que no quisiéramos verte…!
Jamshid responde, con un tono más suave que un susurro: «Mientras estuve sin contacto con ustedes, vine aquí algunas veces… toqué el timbre… incluso me quedé un buen rato en la puerta… pero nadie abrió».
Sarvenaz, con los ojos aún más asombrados, pregunta: «¿Cuándo? ¿Cuándo viniste, Jamshid?».
«Por las mañanas… casi siempre por las mañanas».
Sarvenaz esboza una sonrisa triste, su corazón se pliega suavemente sobre sí mismo: «Jamshid… nosotros nunca estamos aquí por las mañanas. Solemos llegar a la galería alrededor de las tres o las cuatro. Ojalá hubieras dejado una nota… una señal en la puerta… para saber que habías venido».
Jamshid baja la cabeza. Guarda silencio, un silencio que dice más que cualquier palabra: «Sí… tienes razón… no se me ocurrió».
Y entonces, algo queda suspendido entre nosotros. Un silencio lleno de lo que nunca se dijo, lleno de momentos perdidos en la falta de conciencia, y de la amarga y profunda verdad de algo tan simple: los sentimientos heridos casi siempre comienzan por no saber, no por no querer.
Dos semanas después
Hemos trasladado la galería a una nueva ubicación.
Jamshid y yo habíamos acordado que vendría hoy a continuar su trabajo. Llegué al cine Golriz un poco antes de las tres. Pero él, como siempre, ya había llegado antes.
Cuando me vio, su rostro se iluminó. Con una sonrisa familiar y un abrazo sin reservas, vino a saludarme, cálido, sin filtros, como un amigo cuyo corazón ha vuelto a la vida. Le pedí que esperara en la esquina mientras yo iba a la ferretería a comprar disolvente. Luego, juntos, caminamos lentamente hacia la galería.
La calle bajo nuestros pies estaba bañada por el sol, suave, y nuestras palabras flotaban en silencio entre nosotros mientras caminábamos. De pronto, con voz tranquila, pero algo vacilante, dijo: «Pensé… que ya no querías que viniera… pensé que me ibas a despedir».
Me detuve. Lo miré a los ojos, y con una sonrisa segura, le dije: «No te preocupes, Jamshid… Los que queremos que vengas somos nosotros. ¡Los que deberíamos temer que tú nos despidas eres tú!».
Él rio. Esa risa que tiembla en silencio, llena de una inocencia infantil. Llegamos a la galería. Sarvenaz abrió la puerta. Jamshid miró alrededor con atención, rincón por rincón, y sonrió. Con su timidez habitual, dijo: «Es un lugar hermoso… ¡felicidades!». Luego, tras una breve pausa, con un tono cauteloso pero esperanzado, preguntó: «¿Podrías, tal vez, venir a recogerme frente al cine Golriz la próxima vez? Como hoy…»
Dije: «Por supuesto. ¿Por qué no?».
Se sentó. Tomó su café dulce, como siempre. Sarvenaz le trajo un delantal para que no se manchara la ropa (la meticulosidad de Jamshid con su ropa sigue intacta). Hemos decidido exponer su serie «Haji-Firooz», la que ha estado trabajando desde hace un tiempo, a fin de año, Su ánimo parece más luminoso que antes.
Con voz suave, entre el entusiasmo y la duda, preguntó: «¿Puedo decirle a mi hermana que venga a ver mi exposición?».
Dije: «Por supuesto que puedes… es tu exposición. Puedes invitar a quien quieras”.
Y él, con una sonrisa modesta y una mirada que llevaba alegría envuelta en una tímida dulzura, dijo: «No… solo le diré a Fereshteh jan…».
Y esa sola frase, como una pequeña flor en una rama golpeada por el invierno, llevaba todo dentro de sí: una confianza recuperada, una modestia aún intacta, y una esperanza que, muy en silencio, empieza a florecer.
Jamshid: un regreso silencioso al ritmo de la pintura
Jamshid ahora viene a la galería dos veces por semana, los domingos y los martes. Siempre puntual, siempre discreto. Le preparamos sus materiales, se sienta en su mesa habitual, y durante unas horas tranquilas y sin apuro, pinta. No hay presión, ni fechas límite. Recibe un pago por cada obra que termina. Cuando se cansa, simplemente se detiene. Le pedimos un taxi y lo despedimos.
Ese sueño que teníamos desde el principio, traerlo de vuelta al mundo de la creación, sin estrés ni urgencia, ahora se está cumpliendo, en silencio y con sencillez.
Ese día, alrededor de las dos y media de la tarde, Sarvenaz y yo llegamos al cine Golriz. Caía una lluvia suave y tierna, de esas que enjuagan el corazón de una ciudad.
Vimos a Jamshid: quieto y sereno, sentado en una silla frente a la entrada del cine, como parte de un decorado, o un fotograma de una película de arte.
Dije: «¡Vaya, vaya! ¡Hola, maestro! ¿De dónde sacaste esa silla?».
Él sonrió: «Me la dio el portero del cine”.
Los tres caminamos lentamente hacia la galería, bajo la lluvia. Dentro del espacio tranquilo de la galería, él estaba pintando cuando, de pronto, con esa misma voz calmada pero seria, preguntó: «¿Has visto El pabellón número 6? Está basada en un cuento de Chéjov…».
Dije: «No, lamentablemente no».
Se iluminó: «La vi justo después de la Revolución, en el cine Asr-e Jadid…».
Y entonces, como si se levantara la tapa de un viejo baúl, empezó a recordar sus memorias de cine y teatro. Habló de Recuerdo de dos lunes de Arthur Miller, que había visto años atrás en la sala principal del Teatro de la Ciudad de Teherán. De una puesta en escena mínima y melancólica de Final de partida de Samuel Beckett, que se le había quedado grabada en la mente. Mencionó El resplandor de Kubrick, una película de terror psicológico que había visto en televisión, y cuyos detalles recordaba con una precisión asombrosa.
Su mente es un archivo viviente de imágenes, diálogos, escenas y actuaciones… Luego, sin pausa, habló de Frenesí (1972) de Hitchcock, con tal intensidad que parecía seguir sentado en la sala oscura del cine.
Sus ojos brillaban mientras hablaba de la obra maestra atemporal de De Sica, Ladrón de bicicletas, que consideraba, con una mirada tanto analítica como humana, una de las películas más impactantes del siglo XX, una obra que transformó la narrativa en el cine. Incluso mencionó Girasoles, un drama romántico de 1970 protagonizado por Sophia Loren y Marcello Mastroianni. Yo estaba a su lado, en algún punto entre el asombro y la admiración, observando esta memoria viva, esta mente precisa y entusiasta que guardaba nombres, años, estilos y escenas como un tesoro pulido.
Si no le hubiera preguntado qué género le gustaba más, habría seguido hablando sin detenerse. Era como si un cine viviente recorriera su mente, no polvoriento, sino lleno de anhelo, dolor y memoria sensorial.
Dijo: «Más que nada, me encantan el terror y el neorrealismo italiano”.
Pregunté: «¿Por qué? ¿Qué te atrae de esos géneros?».
Hizo una pausa. Luego respondió con cuidado: «Para mí, la dimensión psicoanalítica de estas películas es esencial. Ver las capas ocultas de la mente humana en situaciones traumáticas o aterradoras… Como en Ladrón de bicicletas, te pones en el lugar del personaje, y tienes que preguntarte: ¿Qué haría yo si fuera él?».
Luego, añadió: «El miedo y el horror interrumpen el orden cotidiano… y luego construyen un nuevo equilibrio. Me gusta esa atmósfera en el cine».
Su gusto cinematográfico se refleja en sus pintores favoritos: Edvard Munch, Francisco Goya, Van Gogh, Francis Bacon, artistas que capturaron la ansiedad, el sufrimiento, la alucinación o la violencia interior.
Y finalmente, con una voz más suave, quizás con un atisbo de vergüenza oculta, confesó: «Nunca he tenido el valor de ver La casa es negra de Forugh Farrokhzad.
Siempre la he evitado».
Pregunté: «¿Por qué?».
Dijo: «Porque de niño, me aterraba profundamente la lepra… y los leprosos. Un miedo que aún persiste en algún rincón de mi mente».
Jamshid relata:
«Mi padre, el Dr. Rahmatollah Aminfar, era licenciado en Derecho por Francia. Tras jubilarse, abrió una oficina de traducción en el segundo piso del Pasaje Novin, en la calle Naderi, donde realizaba traducciones oficiales del francés para el poder judicial. Yo solía visitar su oficina por las tardes. Muchos estudiantes iban y venían, los que planeaban continuar sus estudios en el extranjero, llevando sus documentos para traducir. A veces, a través de esos mismos estudiantes, llegaban catálogos de universidades extranjeras a la oficina. Yo los hojeaba y miraba las imágenes. Poco a poco, en mí también fue tomando forma el deseo de postular a una universidad fuera de Irán. Se lo conté a mi padre, y él acogió la idea con calidez. Enviamos los formularios y documentos necesarios, junto con algunos dibujos que había hecho sobre cartón, a una universidad en Londres: el City & Guilds of London Institute ».
Esta universidad, con casi 150 años de historia, es una de las instituciones artísticas más antiguas y prestigiosas del Reino Unido, con un profesorado altamente calificado y experimentado.
Un mes después de enviar los documentos, llegó a su casa, en el barrio Zarrin-Golab de Seyed Khandan, una carta oficial de aceptación del colegio, y se confirmó la admisión de Jamshid a un curso de estudios artísticos en el Reino Unido. Con sus padres despidiéndolo, Jamshid partió del aeropuerto de Mehrabad rumbo a Londres, y su vuelo aterrizó en el aeropuerto internacional de Heathrow. Con la carta de aceptación en mano, se dirigió a la oficina del colegio, y tras completar los trámites iniciales, le asignaron una habitación estudiantil cerca del campus. Desde el principio, su estatus como estudiante fue reconocido formalmente por la institución. Parte de los gastos de vida y estudio fueron cubiertos por su familia, y el resto fue financiado por la Fundación Pahlavi. Según el acuerdo vigente entre el estudiante y el Estado, Jamshid debía regresar y prestar servicio en Irán tras completar sus estudios. Sin embargo, esta obligación coincidió con los trastornos sociopolíticos de 1979 y la victoria de la revolución. Las becas gubernamentales fueron canceladas, las políticas cambiaron, y una parte importante de los activos de la Fundación Pahlavi fue transferida a la Fundación Mostazafan. Como resultado, el rumbo de la vida de Jamshid cambió inevitablemente: regresó a Irán.
Veintidós días después de instalarnos en el nuevo lugar, el señor Khezraei finalmente vino a instalar el timbre. Jamshid fue el primero en presionar el botón y entrar. El señor Khezraei sonrió y dijo: «Que el timbre de la galería suene siempre, y que tu vida siga girando con suavidad».
Jamshid se sentó. Mientras comía algo de fruta, su mente, como siempre, se activó, y comenzó a hablar: «El cine Academy de Londres tenía tres salas. Fue allí donde vi por primera vez Muerte en Venecia de Visconti, y las películas de Satyajit Ray. Cuando Ray fue a Londres, conoció a Jean Renoir y vio Ladrón de bicicletas. Después de eso, se unió al movimiento de cine independiente en la India… ¿Lo sabías?».
«¡Para nada! Me lo estás contando tú ahora».
Con un brillo particular en los ojos, Jamshid continuó: «¿Sabías que tomé clases de actuación con Mostafa Oskooyi en la Escuela Anahita?»
«¿En serio? ¿Cómo iba a saberlo? ¿Qué te llevó a Anahita?».
Jamshid: «Tenía un amigo llamado Daneshvar Saber-Giv. Él fue la razón por la que fui. Al principio, el señor Oskooyi no me aceptó como alumno. Pero al final logré asistir a sus clases. Por lo general, me daba papeles pequeños. Interpreté algunos sketches como camarero. Ensayamos la obra Profundas son las raíces de J. Gow y A. D’Usseau, trataba sobre la discriminación racial contra personas negras. También trabajamos en La muerte de un viajante de Arthur Miller».
Cae un breve silencio, como un telón que baja entre dos escenas. Un silencio lleno de memoria.
Preguntó: «¿Sabes dónde puedo comprar un cinturón?».
«Sí, claro. ¿Por qué?».
Jamshid dijo: «Compré un pantalón, pero me queda un poco suelto de la cintura”.
«Yo te consigo uno”.
Hoy tengo que pasar por el Banco Melli, sucursal de Karim Khan. Después de hacer mi trámite, en algún lugar cerca de la calle Sanaei, le compro un cinturón en una tienda de trajes. Cuando llega, se lo entrego. Se ilumina, sonríe y dice: «Siempre eres tan amable… ¿Puedo devolverte el dinero?».
«No, este es un pequeño regalo».
Cuando Jamshid viene a la galería, es como si trajera consigo todo el mundo de la música, la literatura y el cine, fresco y vivo. Habla, recuerda cosas, a veces cosas que nunca hemos conocido, a veces de las que nos empujan a mirar de nuevo, a redescubrir.
Habla de Fahrenheit 451, dirigida por François Truffaut. Luego, pregunta de inmediato: «¿Tu aparato—se refiere a mi teléfono—dice algo sobre Beethoven?».
Busco la vida de Beethoven en Google y se la leo en voz alta.
Jamshid dice: «Eso me dio mucha energía, gracias».
Uno de sus pintores favoritos es Edvard Munch. Dice: «Escuché en la televisión satelital, o tal vez en alguna noticia de arte, que alguien había escrito en la parte trasera de El grito: “Este cuadro fue hecho por un loco”. ¿Es cierto?».
Le digo que no lo sé.
Jamshid: «¿Podrías imprimirme esa pintura, por favor? Quiero pegarla en mi pared. Hace unos años, un vendedor ambulante cerca del Café Naderi tenía un póster, pero no lo compré».
«Sí, por supuesto. Te lo prometo».
La mente de Jamshid es como un pez, escurridiza y fluida. Dice: «En mi primer año de universidad, apenas estaba aprendiendo el idioma. Pero por las noches, solía pintar hasta tarde. El jefe del departamento de pintura pensaba que no servía para eso, decía que no tenía talento. Pero uno de los profesores, Humphrey, siempre me apoyó. Le decía al jefe: ˝Tu juicio es erróneo. Al contrario, Jamshid tiene talento”».
Y esa frase queda flotando como una línea de luz, justo donde un cinturón se convierte en regalo, Beethoven ofrece motivación, y El grito aún espera ser colgado en la pared de una habitación.
Hoy, está nevando.
Jamshid llega un poco tarde, con el sombrero y los hombros cubiertos de blanco.
Sin aliento, dice: «No encontraba transporte… el tráfico estaba terrible».
Sarvenaz le ofrece una taza de café caliente. Como siempre, en cuanto entra, escanea la sala con atención, preguntando por cualquier cosa que parezca nueva o fuera de lugar. Sobre la mesa hay algunas pinturas recientes de uno de los artistas.
Jamshid se inclina con curiosidad, las hojea y pregunta: «¿De quién es este trabajo? Se siente que fue pintado con el alma».
Sarvenaz responde en voz baja: «Este artista tiene cáncer. Últimamente ha estado pintando más que nunca».
Jamshid se detiene. Luego, con incredulidad: «¿Cómo es posible? ¿Alguien luchando contra el cáncer, con dolor, y aun así tan paciente? ¿Tan prolífico?».
Sarvenaz comienza a explicar el poder sanador del arte, el extraño vínculo entre la enfermedad y la creación. Luego, le pregunta: «¿Y tú? Cuando pintas, ¿olvidas tus preocupaciones?».
Jamshid sonríe con amargura: «En realidad, muchas veces, cuando ni siquiera tenía dinero para comer, me distraía pintando. Me hacía olvidar que tenía hambre».
Termina su café, lanza una mirada breve a la ventana nevada, y dice: «Bueno, ya está el café. ¿Nos ponemos a ello?». Su espacio de trabajo ya está listo. Se sienta y comienza a pintar, sin introducciones, sin calentamiento. Mientras trabaja, menciona Se7en de David Fincher. Habla del personaje principal, psicótico, sádico.
Dice que la vio anoche por satélite. De repente, se detiene: «¿Puedes poner Tan-e To Zohr-e Tabestoono Be Yadam Miyare? La cantaba Fereydoun Foroughi. Cantante, compositor, músico». La descargo. La voz llena la sala.
Jamshid dice, con cierto brillo: «Me encanta Fereydoun… Este clima la hace aún mejor».
Luego, mirando el teléfono, se maravilla: «Entonces… ¿todo eso cabe en ese aparato?».
«Prácticamente todo… ¿También quieres verte ahí dentro?».
Ríe: «¿Eso es posible?».
Escribo su nombre en Google, y las imágenes empiezan a aparecer, una por una. Las observa en silencio, por un momento. Es hora de irse. Pido un taxi. La conductora es una mujer, la Sra. R.J., en un coche blanco de alta gama. Bromeo: «¡Qué suerte la tuya, maestro! ¡Cada vez que pido uno para mí, me tocan los coches más destartalados!».
Él ríe. Llega la conductora. Jamshid se despide de Sarvenaz, y los dos nos dirigimos a la puerta. Cuando se da cuenta de que la conductora es una mujer, se muestra desconcertado, un poco descolocado. Con prisa, pregunta: «¿Entonces la próxima sesión es el martes?».
«Sí».
«¿A la una?».
«Sí».
Y se va.
Todavía queda algo de nieve sobre sus hombros, pero sus pasos son cálidos.
Última sesión, al despedirnos, le había dicho a Jamshid que tal vez no podríamos mantener nuestra cita del martes. Estábamos ocupados preparando la 8ª Exposición Anual de Art Outsider en la Galería Mohsen. Dos videoconferencias importantes nos esperaban; una de ellas, una conversación con James Brett, fundador del Museum of Everything en Londres. La otra, una charla con Randall Morris, cofundador de la Galería Cavin Morris, junto con Shari Cavin.
Como los invitados determinaban los horarios de las transmisiones en vivo, nosotros, un equipo de cinco personas, teníamos que adaptarnos a sus agendas.
Hoy es martes.
Desde temprano en la mañana, sabíamos que nos esperaba un día lleno y agitado.
A las 10:15 a. m., Jamshid llama a mi celular: «¿Podemos vernos hoy, por favor?».
«Jamshid, ¿se te olvidó? Te dije que hoy no podía, estoy realmente ocupado…».
Hace una pausa, y luego dice algo con un tono suplicante que me convence para verlo urgentemente.
Le digo: «Está bien. Exactamente al mediodía, en la intersección de Vali-e-Asr y Mirdamad, frente a los edificios Eskan. Tengo que estar en la galería a la una. ¿Conoces el lugar?».
«Sí, lo conozco. Estaré allí».
El clima está frío y lluvioso. Sarvenaz y yo llevamos unos diez minutos esperando en el punto de encuentro, pero no hay señales de Jamshid.
La conexión en vivo con Londres está programada para las 3 p. m., y necesitamos prepararnos con antelación. Nervioso, escaneo las cuatro esquinas de la intersección. Nada. Le digo a Sarvenaz que se dirija a la galería; yo esperaré hasta las 12:30. Pero de pronto, se me cruza un pensamiento: ¿Y si se confundió y fue a la intersección de Shariati con Mirdamad?
Tomo un taxi de inmediato. Bajo del coche y reviso cada esquina del cruce…
Hasta que finalmente lo veo, en la esquina sureste, sentado en los escalones de una farmacia. Con el sombrero calado hasta abajo, está completamente quieto, esperando en silencio.
«¡Jamshid! ¡El punto de encuentro era del otro lado de Mirdamad! Si no lo hubiera adivinado, ¿cuánto tiempo pensabas quedarte aquí sentado?».
Se pone de pie, me aprieta la mano con fuerza y me abraza.
Hago lo que me había pedido.
Luego, con una sonrisa, le digo: «Ven conmigo a la Galería Mohsen. Puedes ver la exposición, y estaremos juntos».
Él acepta encantado. Vamos juntos a la galería. En el espacio de exhibición, camina despacio, observando cuidadosamente las pinturas de cerca. Cuando llegamos a la sección de proyección de videos, ve con atención los cortos de los artistas, uno de ellos es sobre él.
Se sienta en silencio, viendo su propia imagen en la pantalla. Nadie dice una palabra. Luego, toma una taza de café dulce. Se despide con más paz y satisfacción. Le pido un coche para el regreso. Se sube. Y se va.
Nuestro día sigue siendo agitado, pero ahora, algo en el aire se siente más suave, más cálido.
21 de marzo de 2022
Un nuevo año, un nuevo día, una voz familiar al teléfono.
Marco su número de casa. Contesta. Con calidez y amabilidad, le deseo feliz cumpleaños, su número sesenta y tres, al mismo tiempo, le felicito por Nowruz y el nuevo año.
Su voz suena más luminosa que nunca: «Gracias, querido, qué amable de tu parte…».
No lo había visto en una semana. De inmediato, con su entusiasmo habitual, pregunta: «Entonces, ¿voy el 30 de marzo y empezamos a trabajar?».
Le digo: «No, Jamshid, esperemos a que pasen las fiestas. Organizamos todo después de Sizdah Bedar».
Un breve silencio. Luego, con un tono levemente herido, dice: «¡Pero tú mismo dijiste el 30 de marzo!».
Río: «Me refería a que te llamaría el 30 para fijar una fecha para nuestra primera reunión del año, no que vinieras ese día».
Hace una pausa. Luego, con una voz más ligera y relajada, dice: «Ah, qué alivio».
Mucho antes de la una, suena el timbre de la galería. Vestido con pulcritud, con una mirada serena, parece mejor que el año pasado. Pide café. No nos queda. Le ofrezco té en su lugar.
Dice: «Está bien, pero por favor, muy dulce».
Sirvo el té y se lo llevo.
Un poco después, está sentado en la mesa, y sin una sola palabra de introducción, comienza. Llena la hoja con la imagen de una loba soplando un cuerno,
y dos cachorros aferrados a sus ubres. Con ese tono familiar y amistoso, dice: «Mi padre solía contarme sobre Rómulo y Remo, dos hermanos que fundaron la ciudad de Roma. Estos dos cachorros de lobo son ellos… están bebiendo la leche de la loba, tal como dicen las leyendas».
Seguimos en Rasht.
Se suponía que volveríamos a Teherán el domingo, pero no ocurrió. Desde ayer, he llamado doce veces a su teléfono fijo, solo quería avisarle que la reunión se cancelaba para que no viniera y se quedara esperando afuera de la galería. Pero ninguna de las llamadas fue respondida. No contestaba, y parecía que no había nadie en casa.
Alrededor de las seis de la tarde, finalmente llama: «Fui… esperé como una hora también… Pensé que tal vez aún aparecerías».
Con una mezcla de tristeza y pesar, le explico por qué no fue posible. Le digo que le llamé muchas veces.
Él ríe: «¡El teléfono de casa está dañado… no suena para nada!».
Fijamos la próxima cita para el martes.
Han pasado veintitrés días desde el Año Nuevo.
En una tarde tranquila, Jamshid dice con un tono sereno pero deliberado: «¿Puedes poner Midnight Cowboy, dirigida por John Schlesinger?».
Lo hago sin dudar.
Mientras la película avanza, él comienza a pintar. Yo vuelvo a mis tareas, revisándolo de vez en cuando. Durante una de esas pausas breves, de repente comparte un recuerdo, una historia de un encuentro lejano con Henry Moore, el renombrado escultor británico: «Un día, cuatro o cinco de nosotros, compañeros de clase, viajamos unos doscientos kilómetros fuera de Londres para visitar el estudio de Henry Moore. Él había seleccionado nuestro colegio. Todo estaba organizado, y se convirtió en un día maravilloso. Incluso nos tomamos algunas fotos con él».
Visitar los estudios de artistas era, en aquel entonces, parte de la tradición educativa, contacto directo con el espacio, las herramientas, el entorno creativo. Quizás para que, antes de convertirse en artistas, los estudiantes pudieran primero ser testigos del silencio del que nace una obra.
Son las dos y media de la tarde.
Jamshid, con la voz ronca y cansada, dice: «Estoy agotado… me siento mareado».
Le traigo un vaso de agua. Se echa un poco en la cara y en las manos, y decido llamar a un taxi para llevarlo a casa. Unos minutos después, el conductor llama para avisar que ha llegado. Caminamos juntos hacia la puerta de la galería, pero no hay ningún coche a la vista. Mientras intento, volver a llamar al conductor.
Jamshid pregunta suavemente, con voz tenue: «¿Puedo apoyar mi mano en tu hombro?».
«Por supuesto,» respondo. «Ponte cómodo”.
De repente, su cuerpo se afloja. Sus piernas tiemblan, y sin previo aviso, se desploma. Si no hubiera alcanzado a sostenerle la cabeza justo a tiempo, habría golpeado con fuerza el pavimento. Las raspaduras en mi codo y en el dorso de la mano dan testimonio de la fuerza de esa caída. El conductor, que se había detenido por error una cuadra más abajo, llega tras varias llamadas mías. Con esfuerzo, ayudo a levantar a Jamshid del suelo. El conductor reclina el asiento delantero para que Jamshid pueda recostarse. Es un hombre mayor, amable y digno.
Quizá no cualquiera habría dejado subir a alguien en ese estado a su coche. Le pido que espere un momento para cerrar la galería y acompañarlos a una clínica cercana. Pero Jamshid, ya un poco recuperado, dice con una vergüenza tranquila: «No, estoy bien… fue solo un momento de desmayo. Ya estoy perfectamente».
El conductor asiente: «No se preocupe, está bien. Si pasa algo, le aviso».
El coche se aleja, y se van. Yo me quedo en estado de shock. Lavo mis manos y codo heridos con agua fría y tomo una captura de pantalla con los datos del conductor:
A.Kh., Pride hatchback gris oscuro, matrícula 594 Y 97. Unos minutos después, llamo al conductor.
Él dice: «Está bien, no se preocupe».
Le pido que le pase el teléfono a Jamshid. Jamshid, tan sereno como siempre, con una leve sonrisa en la voz, dice: «Estoy bien, no te preocupes».
Media hora después, mi teléfono indica que el viaje ha terminado. Vuelvo a llamar al conductor: «Hola, perdón por molestarlo tanto hoy… ¿cómo está él?».
«No se preocupe. Acaba de bajarse, abrió la puerta de su edificio y entró».
Agradecido, termino la llamada y marco de inmediato el número de casa de Jamshid.
No responde. Vuelvo a intentar quince minutos después. Esta vez, contesta.
«¿Cómo estás, Jamshid? ¿Estás bien?».
«Sí, estoy bien. No te preocupes… te prometo que algo así no volverá a pasar. Lo siento».
«Gracias a Dios. Date una ducha y descansa».
Un momento de silencio.
Luego, con voz suave, pregunta: «¿Puedo volver el domingo?». Ya había susurrado la misma pregunta antes, justo cuando lo ayudaba a subir al coche.
«Sí, por supuesto. Nos vemos el domingo».
«Ya me siento mejor… muchas gracias”.
Y con eso, la conversación llegó a su fin, un largo día de ansiedad que termina en la línea frágil entre la vulnerabilidad humana y la persistente quietud de la esperanza.
Llego un poco tarde.
Jamshid está sentado en los escalones de la entrada principal, y al verme, me dedica una sonrisa satisfecha. Con voz suave, dice: «Pensé que no vendrías».
Luego, se disculpa por aquel incidente, por lo que ocurrió. Caminamos juntos, despacio, hacia la entrada del estacionamiento para entrar a la galería por allí. Su mirada se hunde en una expresión interrogante, y pregunta: «¿Me apoyarías bajo cualquier circunstancia y seguirías trabajando conmigo?».
Le respondo: «Sí, por supuesto, con gusto. ¿Por qué lo preguntas?».
Jamshid sonríe y dice: «Por nada”.
Insisto: «¿Cómo que por nada? Vamos, dime».
Él responde: «Lo haré… pero más tarde».
Y sin más demora, nos ponemos a trabajar. Mientras Jamshid pinta, me pide que le lea la biografía de Raquel Welch, la actriz estadounidense.
Sarvenaz llega, entra al estudio y nos saluda con calidez.
Ha traído un guiso de apio que preparó en casa. Dice: «Tengo que poner el arroz. Los llamo cuando esté listo».
A la hora del almuerzo, con una sonrisa, Sarvenaz pregunta: «Jamshid, ¿te gusta el guiso de apio?».
Él responde: «Sí, me gusta».
Sarvenaz se muestra curiosa y pregunta: «¿Qué comidas te gustan más en general?».
Jamshid dice: «En general, me gusta la comida picante, como la comida india y los espaguetis».
Sarvenaz bromea: «Entonces la próxima vez haré algo de eso».
Un silencio suave cae sobre la sala, y Jamshid pregunta: «¿Tú también lees?».
Sarvenaz responde: «Sí».
Jamshid continúa: «¿Has leído La muerte es mi oficio de Robert Merle?».
Sarvenaz responde: «Morteza lo ha leído».
Jamshid dice: «Si puedes, léelo también. Trata sobre la vida de un verdugo durante la Alemania nazi…».
Y esta conversación, junto a los colores, crea un momento vívido moldeado por las preocupaciones del arte y la vida.
Hoy, a diferencia de lo habitual, llega tarde.
Toca el timbre y entra apresurado, agitado y desorientado. Lo miro con preocupación: «Jamshid, ¿estás bien?».
Suspira: «Para nada. Me siento mareado».
Pregunto, sorprendido: «¿Qué pasó?».
Responde: «No lo sé… pero tengo un mareo extraño. Tal vez hoy me excedí».
Lo ayudo a sentarse en el sofá.
Dos veces, con voz preocupada, pregunta: «¿Ya no quieres trabajar conmigo?».
Le he dicho muchas veces: «Mientras tú decidas seguir trabajando con nosotros, estaremos a tu lado. Por favor, no vuelvas a hacer esa pregunta. ¿Quieres que vayamos a la clínica cercana?».
Responde: «No, estoy bien. Solo me preocupa perder el trabajo».
Lo tranquilizo: «No te preocupes. ¿No me crees?».
Él dice en voz baja: «Sí, te creo».
«Entonces no pienses más en eso”.
Él asiente.
Le sugiero: «Siéntate un rato y trata de relajarte. Voy a llamar un taxi para que te lleve a casa a descansar».
Le traigo un vaso de agua. Bebe la mitad. Llamo a un taxi y lo envío de regreso.
Jamshid, con una mirada profunda y voz serena, dijo: «Hoy quiero pintar algunas figuras de Azrael».
Sorprendido, pregunté: «¿A qué te refieres?».
Respondió: «Anoche vi El séptimo sello de Ingmar Bergman. Trata sobre un caballero que atraviesa una tierra azotada por la peste».
Estas palabras reflejan una lucha interior y las imágenes simbólicas que toman forma en la mente de Jamshid, un espacio donde la muerte y la vida se enfrentan cara a cara, y la pintura se convierte en una plataforma para confrontar esa profunda dualidad.
Jamshid dijo de pronto: «¿Puedes… en tu aparato…». Hizo una pausa. «¿Mostrarme esa foto famosa de la ejecución del prisionero del Viet Cong? La ejecución de Saigón. El general Ngoc Loan, la guerra de Vietnam…».
Inmediatamente supe a qué imagen se refería.
La foto que se grabó en la memoria del mundo; el momento en que la bala no solo destruyó a un hombre, sino también nuestra idea misma de victoria y derrota.
Escribí en Google: «foto impactante ejecución Vietnam» y apareció la imagen, esa misma foto: un hombre con los ojos cerrados, a punto de morir, y la mano fría en el gatillo, sin rastro de duda.
Pregunté: «Jamshid, ¿por qué recordaste esta foto?».
Dijo en voz baja: «Así, sin más… me vino a la mente». Luego, hizo una pausa. «¿Sabes? El hombre que disparó ahora tiene un supermercado en Estados Unidos».
Dije: «¿En serio? No lo sabía. ¿Cómo lo sabes?».
Respondió brevemente: «Lo leí en algún lado».
Me quedé en la página y deslicé hacia arriba, comenzando a leer partes de una entrevista de Time con Eddie Adams, el fotógrafo que tomó la imagen: «El general mató a ese Viet Cong. Yo maté al general… con mi cámara. La fotografía sigue siendo el arma más poderosa del mundo».
Este diálogo revela el poder que tienen el arte y la fotografía al enfrentar la violencia y la injusticia, un arma a veces más devastadora que las balas.
Jamshid guardó silencio. No por tristeza, ni por asombro. Quizás porque sabía bien que lo que muestra la cámara es, muchas veces, algo que el alma ya ha vivido.
Vio la imagen, pero en su mente, tal vez pensaba en las pinturas que debía hacer;
quizás el rostro de la muerte, esta vez, no en el campo de batalla, sino sobre un cartón.
5 de junio
Un día festivo.
Las calles estaban en silencio, como una página en blanco. Sin bocinazos, sin pasos, sin prisa.
El aire templado de primavera cubría la ciudad como un velo tenue y brumoso. El sol carecía de color, el viento no tenía propósito. Las hojas temblaban en silencio, como si nada quisiera perturbar ese silencio denso.
Llegué a la galería a las once y media de la mañana.
Había preparado todo para su llegada, su taza rosa para el café muy dulce, las pinturas ordenadas con esmero, los pinceles cuidadosamente limpiados con disolvente, el papel fresco extendido sobre la mesa. Siempre llegaba antes que yo. Pero hoy no.
Pensé: tal vez no encontró taxi. Los días festivos siempre alteran las rutinas.
Me senté y comencé a leer un artículo de Catherine Jentleson sobre los «primitivos modernos» y su representación en las exposiciones del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Cuando levanté la vista, ya pasaban de las dos y media. Aún no había llegado. Me preocupé un poco, pero traté de distraer la mente. Cerca de las cinco de la tarde, llamé a su casa. Nadie contestó.
Esa noche, Sarvenaz estaba ocupada preparando la cena. Teníamos invitadas: su madre y su abuela. Cuando llegué, me preguntó: «¿Cómo estuvo Jamshid? ¿Trabajaron bien?».
Le dije: «No vino. Llamé, pero no contestaron».
Ella se detuvo un momento, con un ceño fruncido en la mirada: «¿Crees que se le olvidó?».
Encogí los hombros: «No, no lo creo…», pero en el fondo, no estaba tranquilo.
Pusimos la mesa. Iba y venía entre la cocina y el comedor cuando sonó el teléfono. Un número desconocido. No contesté. Puse el teléfono a cargar. Durante la cena, sonaron dos alertas de mensaje seguidas.
Shehnaz preguntó: «¿De quién es ese teléfono?».
Con indiferencia, dije: «El mío… lo revisaré después».
Pero la curiosidad me atrapó. Me levanté para traer un platito con huesos de aceituna y tomé el teléfono.
Primer mensaje: «Hola Sr. Zahedi, soy el Dr. Najafizadeh”.
Segundo mensaje: «Por favor, llámeme. Es sobre Jamshid. Ha pasado algo».
Mi corazón se estremeció. Llamé de inmediato. Un hombre sereno y educado se presentó: era el sobrino de Jamshid. Preguntó: »¿Estuvo con usted hoy?».
Respondí: «No… ¿Ocurrió algo?».
Hizo una pausa. Luego dijo una frase que detuvo el mundo: «Jamshid… falleció».
El aire se me fue del pecho. No podía creerlo. Lo único que pude preguntar fue: «¿Cómo?».
Respondió:«Fallo cardíaco».
La vida a veces decide detenerse, simplemente así: de repente, sin aviso, y sin piedad.
نقاشِ تاولهای دردناک، برای مردگانِ آینده نقاشی میکند
جمشید امینفر (متولد ۱۳۳۸، تهران) از همان بدو تولد با سرنوشتی دشوار روبهرو شد. وزن بالای چهار کیلوگرمیاش، زایمانی طولانی و پرمخاطره را رقم زد؛ زایمانی خانگی که در جریان آن، برای دقایقی، انتقال اکسیژن به مغز نوزاد متوقف شد. این خفگی کوتاه اما سرنوشتساز، منجر به آسیب مغزی ناشی از کمبود اکسیژن — یا آنکفالوپاتی ایسکمیک هیپوکسیک — شد؛ آسیبی که در طول زندگیاش به اختلالات شناختی، حرکتی و رفتاری انجامید.
جمشید تا پایان عمر با عوارض بیماری سیانوز درگیر بود. در سالهای پایانی، وابستگی شدید به شربت اکسپکتورانت کدئین، وضعیت جسمی او را وخیمتر ساخت و در نهایت، همین اعتیاد، عامل ایست قلبی و مرگ او در سال ۱۴۰۱ شد.
جمشید امینفر؛ نازنینِ ناشناختهی شهر
جمشید امینفر در سال ۱۳۳۸، در محلهی قدیمی دزاشیب تهران به دنیا آمد. زادهی خانهای بود که در آن، سکوت مادرانهی کبرا مشکین و جدیت پدرانهی دکتر رحمتالله امینفر، وکیل دادگستری تحصیلکردهی فرانسه، با هم درآمیخته بود. پدر، پس از بازنشستگی، دارالترجمهای راه انداخت که خود نیز در آن فعال بود. جمشید کوچکترین فرزند خانواده بود؛ کودکی که تولدش از همان آغاز با نشانی تلخ همراه شد.
وزن بالای نوزادی، زایمانی طولانی و پرمخاطره را رقم زد؛ زایمانی خانگی که طی آن برای دقایقی اکسیژن به مغز نرسید. این خفگیِ کوتاه، آسیب مغزیای بهجا گذاشت که سالها بعد، با نام آنکفالوپاتی ایسکمیک هیپوکسیک شناخته شد؛ اختلالی که تا پایان عمر، رد خود را در شناخت، حرکت، رفتار و در نهایت، شیوهی زیستن او باقی گذاشت.
دوران دبستان را در مدارس پیشرو و ارمغان تربیت گذراند و راهنمایی را در مدرسهی سخن. بعدها وارد هنرستان کمالالملک شد و گرافیک خواند. همان سالها، عصرها در دفتر پدر، در میان دانشجویان و متقاضیان مهاجرت، رفتوآمد میکرد و علاقهاش به هنر، آرامآرام، از دل همین معاشرتها جوانه زد. با بورسیهی بنیاد پهلوی، راهی لندن شد و در مدرسهی سیتی اند گیلدز در رشتهی گراوورسازی ادامهی تحصیل داد.
تحصیلش تا سال ۱۳۶۱ ادامه داشت، اما بازگشتش به ایران با دگرگونیهای سیاسی و اجتماعی همزمان شد. انقلاب، جنگ، و تغییر بنیاد پهلوی به علوی، همه، وعدهها را بیاثر کرد. او که قرار بود جذب بازار کار شود، ناچار به کارگری روی آورد. مدتی در یک کارگاه چوببری کار کرد، سپس بیست سال در چاپخانهی «علم و هنر». با وجود تسلط بر زبان انگلیسی و تواناییهای هنری، بهجای فعالیت حرفهای، در ردههای خدماتی چون آبدارچی و نظافتچی مشغول شد. در همین دوره، ازدواج کوتاهی با طیبه فردوسی داشت که دیری نپایید.
سالهای زیادی از زندگیاش به کار جسمی گذشت، بیآنکه مجالی برای خلق بیابد. اما پس از بیست سال، در پی اختلاف با کارفرما، از چاپخانه بیرون آمد و تصمیم گرفت به نقاشی بازگردد. نخست خواست در برابر دانشگاه تهران نقاشی کند، اما نگهبانان راه ندادند. پس، به چهارراه انقلاب و فلسطین، کنار دانشگاه هنر و معماری رفت؛ جایی که بعدها، پاتوق همیشگیاش شد.
از حدود سال ۱۳۸۰ تا ۱۳۹۷، هفده سال، ایستاد و نقاشی کرد؛ روی تختهچوبهای دورریختنی، با رنگهای ساختمانی، ابزار نامتعارف، و متریالی که اغلب از زبالهها و خیابان جمع میکرد. نقاشیهایش تلخ، تکاندهنده، معترض و شخصی بودند؛ پر از رگههای تنهایی، خشم فروخورده و عشقهای ناکام. با قامتی کوتاه، صورتی آفتابسوخته و پوششی ساده، هیچ شباهتی به چهرههای متعارف دنیای هنر نداشت. کمتر سخن میگفت، اما صدایش، تند، عصبی و گاه تلخ بود. همین خشونت صادقانهی بیان، ارتباط با او را دشوار میکرد، ولی در میان دانشجویان و استادان دانشکدههای اطراف، چهرهای آشنا بود.
امضای آثارش، که اغلب «جو» خوانده میشد، نوعی رمزگذاری بود؛ کمتر کسی میدانست که این آثار، حاصل دستهای جمشیدند؛ مردی با گذشتهای درخشان، اما خاموش.
در میانهی دههی هشتاد، رخساره قائممقامی فیلم کوتاهی دربارهی او ساخت که بهنام سیانوز شناخته میشود؛ فیلمی که با بهرهگیری از انیمیشن، زندگی هنری و عاطفی جمشید را بازمینمایاند. در جریان ساخت این فیلم، او دلبستهی دختری فرانسوی به نام آلیس شد که برای مدتی کوتاه به ایران آمده بود. این عشق خاموش، صادقانه و ساده، روح فیلم را تغییر داد و آن را به روایتی شاعرانه بدل کرد. فیلم، نهفقط هنرش، بلکه لحظاتی انسانی و تراژیک از زیست او را ثبت کرد.
در سالهای پایانی، مدتی به عنوان تبلیغاتچی در دارالترجمهای همان حوالی کار کرد؛ کاری با درآمد اندک اما جنبهای حمایتی. و از تابستان ۱۳۹۷، بهجز دورهی کرونا، بار دیگر با شوق و جدیت به نقاشی بازگشت.
بااینحال، سالهای آخر عمرش با نشانههای فرسایش جسمی همراه بود. درواقع وابستگی شدید به شربت اکسپکتورانت کدئین، وضعیت او را وخیمتر کرد. در نهایت، در پانزدهم خرداد ۱۴۰۱، در شصتوسهسالگی، بر اثر ایست قلبی درگذشت.
در دورهی دانشجویی، گهگاه از او نقاشی میخریدم. بخشی از این انتخاب، برای حمایت از هنرمندی بود که جهان خودش را بیوقفه میساخت؛ بخشی دیگر، از شوق تملک بر جهانی رادیکال، تنها، و فروخورده. آن روزها نمیدانستم که این دیدارهای گاهبهگاه، بعدها به معاشرتی عمیقتر خواهد انجامید. سه سال، هفتهای دستکم دو روز، با او در گالری مینشستم، نقاشیهایش را تماشا میکردم، و بهتدریج، تصویری دیگر از او در ذهنم نقش بست: نه هنرمندی مرموز و منزوی، بلکه انسانی بهغایت خالص، نازنین، و شاعرانه.
جمشید امینفر را نهفقط در آثارش، که در نحوهی زیستن باید جست. در سکوتهای پرمعنا، نگاههای اندیشناک، و حتی در شیوهی راهرفتن و نشستناش، حضوری بود که ماندگار میشد. این روایت، تلاشیست برای بازنمایی آن حضور؛ نگاهی انسانی، نزدیک و بیواسطه به مردی که اگرچه در حاشیه زیست، اما هرگز حاشیهای نبود. یا شاید هنوز، با واژهها، در تلاشام تا او را از حاشیه بیرون بکشم.
مرتضا زاهدی - هفده تیر ۱۴۰۴
حدود شش سال پیش، پیامی کوتاه از فردی ناشناس دریافت کردم. در آن نوشتهی مختصر و بیمقدمه، تنها یک جمله آمده بود:
«حواستون به جمشید باشه. »
جملهای ساده و گذرا بهنظر میرسید، اما در دل خود اندوهی خاموش و هشداری مبهم را حمل میکرد؛ گویی پژواکی بود از سرنوشتی در حال محو شدن، و کسی، جایی، نگران خاموشی آن شعلهی بیصدا مانده بود.
هر روز، از ساعت نُه صبح تا یک بعدازظهر، روی همان صندلی پلاستیکی زرد، در نبش تقاطع خیابان انقلاب و فلسطین، بر پیادهرو مینشست؛ با چند نقاشی در کنارش.
نه خودش دیگر آن جمشید دههی هشتاد بود، نه نقاشیهایش. رنگها و سوژهها تکراری و بیرمق شده بودند
اما او هنوز آنجا بود. نه از سر امید به نجات، بلکه بهاصرار کسی که احتمالاً میداند ایستادگی، آخرین شکل زیستن است.
***
جمشید را از روزهای دانشجوییام در اواخر دههی هفتاد به یاد دارم؛ آن زمان که بیوقفه در پیادهرو نقاشی میکشید.
پس از پایان تحصیل، رفتوآمدم به آن محدوده کمتر شد، و اغلب، وقتی گذرم به آنجا میافتاد، جمشید دیگر نبود، رفته بود.
***
آن پیام تأثیر خود را گذاشته بود؛ ذهنم را درگیر کرده بود، همراه با احساسی از مسئولیت، بیآنکه دلیلی روشن برای انجامش وجود داشته باشد.
***
در یکی از روزها، هنگام رفتن به سخنرانی «نوریوکی هوراگوچی» ــ مجسمهساز مینیمالیست ژاپنی و خالق اثر حوض روغن (ماده و فکر) ــ در موزهی هنرهای معاصر، بههمراه سروناز، پس از مدتی طولانی بار دیگر با او برخوردیم. دو بوم کوچک برای فروش کنار دستش بود. آنها را خریدیم و با تابلوهایی زیر بغل، راهی موزه شدیم؛ تلاقی خاموش دو جهان: یکی هنر رسمی، و دیگری، هنری ایستاده بر لبهی پیادهرو.
***
پس از آن روز، و مدتی بعد،
شبی در جمعی دوستانه مهمان خانهی یکی از آشنایان بودیم. دو تابلوی کوچک از جمشید بر دیوار بود.
فریدون گفت: «سالهاست آثارش را جمع میکنم. اگر بخواهی، خوشحال میشوم آنها را برای نمایش در اختیارت بگذارم.»
سی و شش نقاشی از او امانت گرفتم و نمایشگاهی در گالری آوتسایدر اینن// برگزار کردیم.
مثل همیشه، نمایشگاه در سکوت برگزار شد؛ بیاستقبال، بیصدا.
در طول برگزاری، چند بار به دیدن جمشید رفتم؛ شاید راضی شود بیاید و کارهایی را که روزگاری کشیده بود، دوباره ببیند.
اما نپذیرفت.
گویی میان او و آن تابلوها، دیواری از سکوت کشیده شده بود؛ فاصلهای که نه زمان، نه حافظه، یارای عبورش را نداشتند.
***
مدتیست که با نقاشی وداع کرده؛ نه از سر بیمیلی، که انگار از سر لجاجتی خاموش. لجاجتی که بیشتر به سکوتی محتاط میماند تا انکار.
حالا، در همان لوکیشن قدیمی، دیگر نه بهعنوان نقاش، بلکه بهعنوان کارمند روزمزدی در دارالترجمهای بهنام «کاخ» روزگار میگذراند.
با دستمزدی ناچیز، از نُه صبح تا پنج بعدازظهر، پلاکاردی در دست میگیرد و تبلیغ آنجا را میکند.
در واقع، صاحب دارالترجمه بیشتر از سر لطف و حمایت، این کار را به او سپرده؛ وگرنه جمشید کار خاصی انجام نمیدهد. اغلب، منگ و در حالتی نزدیک به اغما، روی صندلیاش بیحرکت مینشیند و عابران، بیتوجه از کنارش عبور میکنند.
در چهار ماه گذشته، بارها - شاید ده بار، شاید بیشتر - به سراغش رفتهام؛ با جملههایی آغشته به خواهش، دعوتی مکرر به بازگشت به نقاشی، و ترک کاری که نه دل به آن دارد و نه تعلقی میانشان هست.
پیشنهاد کردم بیاید پیش من. گفتم وسایل با من، هزینهها با من؛ قول دادم هرچه بکشد، میخرم تا معاشش از راهی باشد که به او میماند، و جای ایستادنش، جای درست خودش باشد.
اما هر بار، با بهانهای تازه، از آمدن طفره رفت؛ آرام، مؤدب، اما مصمم.
اصرار، اگر بهموقع و با احتیاط خرج شود، گاهی در بسته را میگشاید.
و سرانجام، پس از کشوقوسهای بسیار، راضی میشود؛ قول میدهد هفتهای یکبار - فقط سهشنبهها، بعد از پایان کار - همراهم بیاید و دوباره، هرچند برای ساعاتی، پشت میز نقاشی بنشیند.
نمیدانم این بازگشت، بازگشتی واقعیست یا دلخوشکُنَکی گذرا برای هردویمان.
اما همین سهشنبهها، همین پیمان کوچک، شاید نخستین تَرَک در دیوار سکوت باشد؛ روزنی رو به نور، یا دستکم، توهّمی شریف از بازگشت.
***
سهشنبه، رأس ساعت پنجونیم عصر میرسم، اما نیست.
روز بعد دوباره میروم سراغش؛ باز هم زیر قولش زده.
متعجب میشوم. با لحنی که میان دلسوزی و سرزنش معلق است، دوباره میگویم:
"جمشید، تو برای کار دیگری ساخته شدهای… این کاری که میکنی، در این هوای آلوده، میان این ازدحام، با این دستمزد ناچیز... به تو نمیخورد."
بیاعتنا میگوید:
«از نقاشی متنفرم. »
دست از پا درازتر، با حسرتی مبهم، از او خداحافظی میکنم.
***
چند روز بعد، روزی که قرار بود روز موعود باشد، ناگهانی جلویش سبز میشوم.
میگوید باید تا پنج عصر سر کار بماند.
میگویم:
«عیبی ندارد. چرخی میزنم، پنج برمیگردم.»
میگوید:
«میآیم، ولی قول نمیدهم نقاشی بکشم. »
پیش از رفتنم، صدایم میکند:
«همینجا بمان... الآن برمیگردم. »
چند دقیقه بعد، با تابلویی کوچک زیر بغل بازمیگردد. آن را به دستم میدهد.
میپرسم:
«این رو کی کشیدی؟»
با لحنی بیتفاوت جواب میدهد:
«جمعه. »
تاکسی میگیرم. دوتایی راهی گالری میشویم.
بهمحض ورود به حیاط، لبخندی گوشهی لبش مینشیند:
«چه جای باصفایی. »
در را باز میکنم و دعوتش میکنم به داخل.
چشمش به نقاشیهای خودش روی دیوار میافتد؛ ذوقزده میشود، برق کوتاهی در نگاهش میجهد.
اما خوشحالیاش چندان دوام نمیآورد.
هنوز نیم ساعتی نگذشته که میگوید:
«باید بروم. اما سهشنبهی آینده، زودتر میآیم.»
میپرسم:
«مثلاً چه ساعتی؟»
میگوید:
«چهار بعدازظهر. »
یادآوری میکنم:
«ولی تا پنج باید سر کار باشی! »
با خونسردی جواب میدهد:
«مرخصی میگیرم. »
و میرود.
***
سفری دوماهه در پیش بود. او نه موبایل دارد، نه شمارهای از خود به جا گذاشته.
پس تصمیم گرفتم پیش از رفتن، به سراغش بروم؛ تا بیخبر نماند و در غیاب ما، پشت در نماند.
گفتم: "وقتی برگشتیم، میآیم دنبالت."
و خداحافظی کردم.
***
چند روزیست بازگشتهایم.
این، دومین بار است که بعد از سفر، به سراغش میروم.
نشسته روی صندلی همیشگیاش و مشغول خوردن ساندویچ است.
میپرسم:
«با من قهری؟»
میگوید:
«نه بابا، قهر چرا؟! »
میپرسم:
«پس چرا سهشنبهها نمیآیی؟»
پاسخ میدهد:
«مریض بودم... کلیهم عفونت کرده بود، حالم خوب نبود. »
میپرسم:
«الآن چطوری؟»
با مکثی کوتاه میگوید:
«هوا خیلی سرده... سرما اذیتم میکنه. »
میگویم:
«جمشید، خواهش میکنم... این کار رو رها کن. بیا و نقاشی بکش.»
شانهای بالا میاندازد و با بیتفاوتی میگوید:
«حالا ببینیم چی میشه...»
قول سهشنبهی آینده را از او میگیرم و از کنارش میگذرم، بیآنکه بدانم اینبار، بازخواهد گشت یا نه.
***
خبرها حاکی از غیبت دوبارهی جمشید است؛
او باز هم نیامد.
در چهارراه خیابان ولیعصر از اتوبوس پیاده میشوم و خودم را به محل همیشگیاش میرسانم،
اما جای او خالیست.
لبوفروش کنار خیابان، در پاسخ به پرسشم که "آقا جمشید را ندیدهاید؟"
سری تکان میدهد و میگوید:
«از ظهر اینجام، ولی خبری ازش نیست. »
دستفروشی دیگر، با نگاهی پرحسرت، آه میکشد و میگوید:
چند وقته حال و روزش خوب نیست... مریضه حتی دیروز هم نیومد.
در تکرار این غیبتها،
انگار جمشید هم دارد آهستهآهسته از صحنهی زندگی ما کنار میکشد، بیآنکه بدرودی گفته باشد.
***
ساعت دقیقاً سهونیم بعدازظهر است.
جمشید پلاکاردی در دست دارد. وقتی مرا میبیند، چهرهاش روشن میشود.
میپرسم: "کجایی جمشید؟"
با صدایی آرام جواب میدهد: "بستری بودم توی بیمارستان... هنوز سرگیجه دارم."
نگران نگاهش میکنم: "اگر نمیخوای بیای، فقط راستش رو بهم بگو."
با اطمینان پاسخ میدهد: "نه، دلم میخواد بیام... فقط فکر کردم تو دیگه فراموشم کردی."
لبخندی میزنم: "اینجوری فکر نکن. وقتی نبودی، چند بار اومدم دنبالت. از دستفروشها هم میتونی بپرسی، هیچکس خبری ازت نداشت."
میخندد: "آره، لبوفروش گفت که سراغم رو میگرفتی."
میپرسم: "پس سهشنبه منتظرت باشم؟"
با جدیت میگوید: "حتماً، فقط... اگه میتونی بیا دنبالم، با هم بریم."
دستش را میگیرم: "قول بده."
میگوید: "قول مردونه."
***
رو به روی جمشید، دستفروشی افغان بساط پهن کرده؛ نامش «سَروَر» است.
چند بار او را دیدهام؛ آرام، متین است.
به طرفش میروم و خواهش میکنم شماره موبایلش را بدهد، برای وقتهایی که جمشید پیدایش نیست و از او بیخبر میمانم.
با خوشرویی شمارهاش را میدهد. دست میدهم، از جمشید و سَروَر خداحافظی میکنم.
قدم از پیادهرو برمیدارم، با خیالی کمی آسودهتر؛ انگار حلقهای گمشده از زنجیر دوستیمان دوباره پیدا شده است.
***
یک هفته گذشته، و با آنکه هر روز منتظر ماندم، خبری از جمشید نشد.
نگرانیام بیشتر شده.
با موبایل سَروَر تماس میگیرم:
آقا سَروَر، جمشید امروز آمده؟
او با همان صدای آشنا و آرامش میگوید:
بله، همینجاست. گوشی رو میدم بهش.
لحظهای بعد، صدای جمشید در خط میپیچد؛ خسته، و کمی گرفته:
سلام... خوب نیستم. حال ندارم.
میپرسم: چی شده؟
مدام سرگیجه دارم...
میگویم:
فقط تماس گرفتم ببینم حالت چطوره. مراقب خودت باش.
مکثی میکند. بعد با لحنی پر از تردید میپرسد:
از من دلخور که نیستی؟
متعجب میپرسم:
نه، نه اصلاً ! چرا باید باشم؟
میگوید:
چون نمیخوام فکر کنی آدم بدقولی هستم.
لبخندی غمگین روی لبم مینشیند. آرام اما محکم میگویم:
نگران نباش. من هیچوقت چنین فکری نمیکنم.
هر وقت حالت بهتر شد، بیا... من منتظرت میمونم.
***
هفتهها میگذرد و هنوز از جمشید خبری نیست.
دلنگران، مسیرم را از پاساژ کتابفروشیهای نایاب و دست چندم "صفوی" در میدان انقلاب آغاز میکنم و حوالی ساعت سه بعدازظهر، به محل کارش میرسم.
اما باز هم نیست.
رو به «سَروَر» میکنم و میپرسم:
جمشید کجاست؟
درگیر مشتریست و بیحوصله جواب میدهد:
بیخبرم.
سری میچرخانم و پیک موتوری آشنایی را میبینم که اغلب همان حوالی پرسه میزند. از او هم سراغ جمشید را میگیرم.
میگوید:
سهشنبهها نمیاد!
لحنش نشان میدهد چندان در جریان نیست.
آخر سر، به لبوفروش پناه میبرم.
پیرمرد با مهری آشنا و صدایی آرام میگوید:
دیروز اینجا بود… ولی حالش خوب نبود، اصلاً مساعد نبود.
***
روزهای سخت و تلخی را پشت سر میگذاریم.
با شیوع ویروس کووید و ماهها خانهنشینی و قرنطینه، نزدیک به چهار ماه است که از جمشید هیچ خبری ندارم.
در همان حال، "داوود کوچکی" گرفتار سرطان پانکراس شده؛ بیماریای بیرحم که امید به زندگی را به خطی باریک بدل کرده است.
پیش از آنکه راهی بیمارستان "مهراد" شویم، (جایی که آقا داوود در آن بستریست)، با سروناز تصمیم گرفتیم قدمزنان به تقاطع خیابان فلسطین و انقلاب برویم. شاید اینبار، بعد از اینهمه بیخبری، جمشید را ببینیم.
اما باز هم نبود.
تصمیم گرفتیم سراغ دارالترجمهای را بگیریم که جمشید مدتی در آن کار میکرد.
دربان ساختمان، به زنی مقابل آسانسور اشاره کرد و گفت:
از ایشون دربارهی جمشید بپرسید.
سروناز با احتیاط سلام کرد و پرسید:
ببخشید، شما از جمشید خبری دارید؟
زن نگاهی پرسشگرانه انداخت:
شما؟
ماجرا را توضیح دادیم.
با راهنمایی او، به طبقهی سوم رفتیم؛ نزد خانمی بهنام "ژاله"، مدیر دارالترجمه.
ژاله گفت:
متأسفانه دیگه اینجا کار نمیکنه. ولی از فردا، یا شاید اوایل ماه آینده، قراره در شعبهی دیگهای مشغول بشه.
سروناز پرسید:
ممکنه لطف کنین اگر شمارهای ازش دارید، در اختیارمون بذارید؟
ژاله، با لحنی رسمی و محتاط پاسخ داد:
متأسفم، اجازه ندارم اطلاعات تماس کسی رو به دیگران بدم.
سروناز ادامه داد:
ببینید، ما در زمینهی نقاشی با جمشید همکاری داشتیم و مدتیست ازش بیخبریم. اگر راهی برای ارتباط پیش پای ما بذارین، واقعاً لطف بزرگی میکنین.
ژاله مکثی کرد، بعد گفت:
شمارهتونو بنویسید. اگر تونستم، در روزهای آینده خبر میدم.
ما شماره را نوشتیم… اما هیچوقت تماسی از سوی دارالترجمه برقرار نشد.
و حالا، تنها راه ارتباط حضوری با جمشید - همان لوکیشنی که نزدیک به دو دهه میشد او را در آن پیدا کرد - نیز رنگ میبازد و از معنا تهی میشود.
***
سه ماه دیگر هم گذشت، و حالا نزدیک به هشت ماه است که از جمشید بیخبریم. در این غیبت طولانی، خاطرهاش گاه مثل سایهای دور، از گوشهی ذهن سرک میکشد، بیآنکه نشانی از حضور واقعیاش باقی مانده باشد.
***
صبح، با صدای آلارم گوشی موبایل از خواب بیدار میشوم. گوشی را برمیدارم: چند تماس بیپاسخ دارم. یکی از شمارهها دوبار تماس گرفته. ساعت ۱۰:۳۷ و ۱۱:۳۹
روز شلوغی در پیش دارم: کارهای بانکی، رفتن به دفتر پست برای ارسال آثار به خارج از کشور، و قرار مهمی با استاد "فرشید مثقالی."
اما هیچچیز طبق برنامه پیش نمیرود. بستهبندی آثار، بیسلیقه انجام شده، نمیتوانم آن را تحمل کنم. اصرار دارم که بستهها را پس برگردانند تا خودم دوباره آنها را بستهبندی کنم. یکی از آثار آسیب دیده، و عصبانیت در وجودم شعله میکشد. گوشی را برمیدارم تا با دفتر پست تماس بگیرم، اما در شتاب و آشفتگی، به اشتباه همان شمارهی ناشناس را میگیرم که دو بار تماس گرفته بود.
مردی گوشی را برمیدارد.
میپرسم: ببخشید، دفتر پسته؟
صدایی از آنسوی خط: نه، اشتباه گرفتید. اینجا منزله.
عذرخواهی میکنم و تماس را قطع میکنم. اما... آن صدا بیش از حد آشناست. قلبم تندتر میزند. دوباره شماره را میگیرم. همان صدا، همان لحن.
تمرکز میکنم و با تردیدی که لبریز از یقین است، میپرسم:
جمشید... خودتی؟
مکثی کوتاه، و بعد:
بله... شما؟
با ناباوری میگویم:
مرتضا هستم!
میخندد، صدایش آمیختهای از شوخی و دلتنگی:
چطوری؟ خانمت چطوره؟
حیرتزدهام. میپرسم:
کجایی جمشید؟ اصلاً شمارهمو از کجا پیدا کردی؟
با لحنی ساده جواب میدهد:
یکی بهم داد.
و بیهیچ اشارهای به این ماههای طولانی غیبت، بیمقدمه میپرسد:
کی میتونم بیام پیشت؟
میگویم:
فردا خوبه؟
بله. چه ساعتی؟
چهار یا چهار و نیم؟
اگه سه باشه بهتره.
باشه، سه. آدرس که یادت هست؟
آره، بلدم.
قول میدهیم که فردا همدیگر را ببینیم. خداحافظی میکنیم.
و من، هنوز مبهوت این تماس، سر جا ایستادهام.
تماس جمشید - بعد از ماهها سکوت و بیخبری - مثل جرقهای شگفت و رازآلود بود. صدایی دور که ناگهان در دل هیاهو شنیده میشود، و چیزی از زندگی گمشده را، هرچند برای لحظهای کوتاه، به ما بازمیگرداند.
***
فردای آن روز، کمی مانده به سه بعدازظهر، زنگ در به صدا درمیآید.
در را باز میکنم. جمشید است. لاغرتر از قبل، کمی خمیدهتر، اما همان نگاه آشنا در چشمهایش هست؛ نگاهی که همیشه انگار چیزی نگفته را با خودش حمل میکرد.
داخل میآید. دو ساعتی میماند. قهوه میریزیم و بیمقدمه میپرسم:
شمارهمو از کجا پیدا کردی که زنگ زدی؟
سرش را به آرامی تکان میدهد، مثل کسی که هنوز خودش هم دقیق نمیداند چطور همه چیز پیش رفته. بعد، شروع میکند:
یه روز حالم خیلی بد بود... واقعاً بد. نزدیکای میدان فلسطین بیهوش شدم. مردم دورم جمع شدن. یکی آب داد، یکی گفت ببرنم درمانگاه.
وقتی جمعیت رفت و یهکم جون گرفتم، نشستم روی یه سکو.
نفس عمیقی میکشد. چشمهایش لحظهای در جایی دور گم میشود.
یه پسر جوون اومد. ریش داشت. کنارم نشست. منو میشناخت... شروع کردیم به حرف زدن. براش دردودل کردم. گفتم بیکارم. گفتم هیچی سر جاش نیست.
اون گفت: "خب چرا نمیری پیش زاهدی؟"
برای لحظهای سکوت میکند. قهوه را سر میکشد.
بعد، یه تکه کاغذ از جیبش درآورد، شمارهتو روش نوشته بود. داد دستم و گفت: "برو پیش زاهدی، کمکت میکنه."
همین. بلند شد و رفت.
میپرسم:
اسمشو نگفت؟ اصلاً کی بود؟ از کجا شمارهی منو داشت؟
شانهای بالا میاندازد:
هیچی نگفت. انگار فقط اومده بود همونو بگه و بره.
لحظهای ساکت میمانیم. صدای ساعت، قطرهقطره در سکوت اتاق میچکد.
در ذهنم تصویر آن پسر نقش میبندد. ریشدار، ناشناس، راوی یک لحظهی رازآلود.
و حالا جمشید روبهرویم نشسته، بعد از ماهها بیخبری، بیهیچ مقدمهای، بیهیچ توضیحی.
فقط آمده؛ با همان حس همیشگی پیوند.
***
سه روز بعد
قرارمان برای امروز، ساعت سه بعدازظهر بود. قرار بود بیاید و کارش را شروع کند. هنوز ظهر نشده، گوشیام زنگ میخورد. نگاه میکنم: جمشید است. صدایش گرفته و خسته است.
نمیتونم بیام... حالم اصلاً خوب نیست.
میپرسم:
چی شده؟ اتفاقی افتاده؟
آهسته جواب میدهد:
دلپیچهی بدی گرفتم... اسهال شدید.
نگران میشوم. با لحنی آرام میگویم:
اشکالی نداره، خونه بمون و استراحت کن. قرص ضداسهال خوردی؟
آره، خوردم... دارم بهتر میشم.
بعد بیدرنگ میپرسد:
حالا کی بیام پیشت؟
میگویم:
دوشنبه خوبه، همون ساعت سه؟
آره، خوبه... تا اونموقع حتماً بهتر میشم.
لبخندی محو روی لبم مینشیند.
مراقب خودت باش... ممنون که زنگ زدی و خبر دادی.
مکثی میکند، انگار چیزی ته دلش مانده باشد. با تردید میپرسد:
از دستم که ناراحت نیستی؟
با قاطعیت میگویم:
نه، اصلاً... نگران نباش.
تماس تمام میشود. گوشی را کنار میگذارم و در سکوت اتاق، با خودم فکر میکنم:
در این دنیا، چیزهایی هست که بهرغم بیماری، بیپولی، فراموشی یا حتی غیبت، هنوز دل آدم را گرم نگه میدارد...
مثلاً همین تماس ساده.
***
دو روز بعد
جمشید پشت در ایستاده. مو و ریشش را کوتاه کرده، تمیز و مرتبتر از همیشه بهنظر میرسد. در چهرهاش، همان وقار خاموش همیشگی هست؛ حضوری آرام و سنگین، مثل صدای دورِ یک ساز بادی.
در را باز میکنم. لبخند رد و بدل میشود، چند جملهی کوتاه حالواحوال.
با اطمینانی نرم میگوید:
خوبم... اون مشکلمم برطرف شده.
برای او رنگ و تینرروغنی خریدهام. میز کار را آماده میکنم. بدون معطلی، آستین بالا میزند و مشغول میشود.
میان کار، بیمقدمه شروع میکند به حرف زدن از تابلوهایی که ذهنش را رها نمیکنند.
از "سوم ماه مه" فرانسیسکو گویا،
"جیغ" ادوارد مونک،
و "گوئرنیکا"ی پیکاسو...
آثار فریاد و اضطراب، زخم و اعتراض.
می پرسم:
راستی، فامیلیات "امینیفر"ه یا "امینفر"؟
بیمکث میگوید:
امینفر.
متعجب ادامه میدهم:
پس چرا توی تیتراژ فیلم "سیانوز" اسمتو "امینیفر" نوشتن؟!
با همان سادگی همیشگی، بیهیچ تعارف یا رودربایستی، میگوید:
چون بیسوادن.
میپرسم:
اصلاً از پیامدهای اون فیلم خبر داری؟ مثلاً اینکه چقدر دیده شده، یا تأثیری داشته؟
جمشید میگوید:
نه... هیچچی نمیدونم.
میگویم:
دیشب دوباره با سروناز فیلمو دیدیم.
مکثی میکنم.
دوست داری یه بار دیگه با هم ببینیمش؟
چشمانش کمی خیره میماند. صدایش پایینتر میآید، انگار چیزی از ته چاه بالا میکشد:
آره... دوست دارم...
و بعد، انگار بیاختیار، جملهای آرام و تلخ از دهانش بیرون میلغزد:
ولی "آلیس"... منو گذاشت و رفت.
جمله در هوا میماند. معلق، بیپایان.
نه پرسشی در پیاش میآید، نه توضیحی.
فقط تصویری مبهم، از زنی که بود و دیگر نیست.
و مردی که هنوز، خاطرهاش را با خود اینسو و آنسو میکشد...
مثل تکهچوبی خیس، جا مانده از شعلهای دور.
***
سه روز بعد
زودتر از ما رسیده؛ بیرون، زیر نور ملایم صبح، ساکت ایستاده.
در را باز میکنم. سهنفری وارد گالری میشویم: من، سروناز و جمشید.
همان آرامش همیشگی در رفتارش هست، و در نگاهش آن خیرهگی خاص، بیزمان، انگار که در دل تصویری مانده از دوردست.
سروناز میرود تا برایش قهوه بریزد.
با لحنی آشنا میگوید:
فقط شیرینِ شیرین، لطفاً.
میز کار آماده است. رنگها مرتب چیده شدهاند، تینر در دسترس، هوا هنوز بوی صبح دارد.
مینشیند و آرام، با تمرکز شروع به کار میکند.
در همین حین، صدایی بلند و ممتد فضا را پر میکند؛ صدای جاروبرقی، از طبقهی بالا.
جمشید سرش را بلند میکند، گوش میسپارد، ابروهایش در هم میرود.
این چه صداییه؟
میگویم:
جاروبرقیه، همسایهی بالاست... داره تمیزکاری میکنه.
مکث میکند. چهرهاش کمی در هم میرود، بعد آهسته و با لحنی دلگیر میگوید:
میشه خواهش کنم خاموشش کنی؟
با نرمی میگویم:
ما استفاده نمیکنیم، صدا از بالاست... کاری از دستم برنمیاد.
سعی میکنم فضا را عوض کنم، چیزی بگویم که حواسش را پرت کند، اما نگاهش هنوز در همان نقطهی صدا گیر کرده، در همان طنین ممتد و فرساینده.
آهسته، با صدایی گرفته میگوید:
من از این صدا خاطرهی خوشی ندارم.
متعجب میپرسم:
چطور؟
نگاهش جایی دیگر است. در حافظهاش قدم میزند:
اوایل دههی شصت، یه سال توی کارگاه چوببُری کار میکردم...
صداش همین بود. همین صدای یکنواخت، آزاردهنده.
اون دوره، دورهی خوبی برام نبود.
از اونجا فقط خستگی یادم مونده.
می پرسم:
یعنی قبل از اینکه بری چاپخونه؟
با نگاهی که در گذشته گیر کرده، نرم پاسخ میدهد:
آره... بعدش رفتم چاپخونه.
بیست سال تموم اونجا موندم و کار کردم.
و بعد، سکوت. سکوتی که نه از جنس فقدان است، بلکه از جنس ماندن در زمانهایی که گذشتهاند، ولی فراموش نشدهاند.
***
یک هفته بعد
همهچیز ناگهانیست:
صاحب گالری گفته باید تا آخر ماه، جا را تخلیه کنیم.
نه جایی برای رفتن داریم، نه برنامهی مشخصی.
فقط آرامآرام شروع کردهایم به جمع کردن وسایل؛
جمشید در سکوتِ شلوغیِ این جابهجایی ایستاده.
نگاهش میان کارتنها بستهبندی شده میچرخد.
ناگهان، با صدایی آهسته، رو به سروناز میگوید،
انگار که چیزی در دلش مدتهاست راه گم کرده:
وقتی از اینجا برید… دیگه منو نمیخواید… آدرس جای جدید رو بهم نمیدید، نه؟
سروناز، با چشمانی پر از تعجب و مهربانی، رو برمیگرداند:
چرا این فکر رو میکنی؟! ما ازت خبر نداشتیم، نه اینکه نخواستیم ببینیمت...
جمشید، با لحنی آرامتر از زمزمه، پاسخ میدهد:
تو مدتی که بیخبر بودم ازتون،
چند بار اومدم اینجا... زنگ در را زدم...
حتی مدتها پشت در وایسادم... ولی کسی در رو باز نکرد.
سروناز با چشمهایی که حالا حیرت در آن بیشتر شده، میپرسد:
کی؟! کی اومدی جمشید؟!
صبحها... بیشتر صبحها.
سروناز لبخندی اندوهگین میزند،
دلش به نرمی در خودش جمع میشود:
جمشید... ما هیچوقت صبحها اینجا نیستیم. همیشه از حدود ساعت سه، چهار میایم گالری.
ایکاش یه یادداشت میذاشتی… یه نشونه، لای در… که بفهمیم اومدی.
جمشید سرش را پایین میاندازد.
سکوت میکند، آن سکوتی که بیشتر از هر واژهای حرف دارد:
آره… راست میگی… به ذهنم نرسید.
و بعد، چیزی میان ما معلق میماند. سکوتی پر از گفتهنشدهها، پر از لحظههایی که در بیخبری گم شدند، و تلخیِ کمرنگ اما عمیقِ این حقیقت ساده:
دلخوریها معمولاً از ندانستن آغاز میشوند،
نه از نخواستن.
***
دو هفته بعد
گالری را به مکان تازهای منتقل کردهایم.
با جمشید قرار گذاشتهایم که امروز بیاید و کارش را ادامه دهد.
کمی زودتر از ساعت سه رسیدم به سینما گلریز.
اما او، مثل همیشه، زودتر آمده بود.
وقتی چشمش به من افتاد، چهرهاش روشن شد و با لبخندی آشنا و آغوشی بیتعارف به استقبالم آمد.
گرم، بیواسطه، مثل دوستی که چیزی در دلش دوباره جان گرفته.
از او خواستم کنار نبش خیابان منتظر بماند تا بروم و از ابزارفروشی، تینر روغنی بخرم.
بعد، همراههم، آهسته و پیاده بهسوی گالری راه افتادیم.
خیابان زیر پایمان نرم و آفتابزده بود، و حرفها بیصدا در راه، چرخ میخوردند.
تا اینکه ناگهان، با لحنی آرام اما کمی مردد گفت:
فکر میکردم دیگه نمیخواید بیام...
فکر کردم میخوای اخراجم کنی!
ایستادم. به چشمهایش نگاه کردم.
و با لبخندی مطمئن گفتم:
خیالت راحت جمشید...
این ما هستیم که میخوایم تو بیای.
ما باید بترسیم که یه روز، ناغافل، تو اخراجمون کنی!
خندید. آنجور که خندهاش بیصدا میلرزید، پر از سبکبالیِ کودکانه بود.
رسیدیم به گالری. سروناز در را باز کرد.
جمشید به دقت اطراف را نگاه کرد، گوشهبهگوشه را، و لبخند زد. با همان لحن خجالتیِ همیشگی، گفت:
جای قشنگیه… مبارکتون باشه!
بعد، کمی مکث کرد و با لحنی محتاط، اما امیدوار پرسید:
میشه برای اینکه مسیر رو بهتر یاد بگیرم،
دفعهی بعد هم بیای جلوی سینما گلریز دنبالم؟
مثل امروز...
گفتم:
حتماً، چرا که نه.
نشست. قهوهاش را مثل همیشه شیرین نوشید.
سروناز، روپوشی آورد که لباسش رنگی نشود.
(جمشید، وسواسش دربارهی تمیزی لباسها هنوز پابرجاست.)
حالا قرار شده تا پایان سال، مجموعهی "حاجیفیروزها" را که مدتی مشغول ساختنشان است را نمایش دهیم.
دلش روشنتر از قبل است.
با صدایی آرام، پُر از چیزی بین اشتیاق و تردید، پرسید:
میتونم به خواهرم بگم بیاد نمایشگاهمو ببینه؟
گفتم:
معلومه که میتونی… این نمایشگاه خودته. هر که رو بخوای، میتونی دعوت کنی.
و او، با لبخندی محجوب و نگاهی که در عین شادی، شرمی مهربان داشت، گفت:
نه... فقط به "فرشته" خانم میگم...
و همین یک جمله،
مثل شکوفهی کوچکی بر شاخهای زمستانزده،
در خودش همهچیز را داشت:
اعتمادی که دوباره پیدا شده، حیایی که هنوز هست، و امیدی که آهسته دارد جوانه میزند.
***
جمشید، بازگشتِ آرام به ریتم نقاشی
جمشید حالا هفتهای دو روز، یکشنبهها و سهشنبهها، به گالری میآید.
همیشه وقتشناس است و بیهیاهو.
ابزار کارش را آماده میکنیم، پشت میز مخصوص خود مینشیند و چند ساعتی، بیکلام و بیشتاب، نقاشی میکند.
نه اصراری در کار است، نه ضربالاجلی.
هر اثری که میسازد، مزدش را دریافت میکند.
هر وقت خسته شد، کار را رها میکند.
برای رفتن، تاکسی میگیریم و بدرقهاش میکنیم.
آن رؤیایی که از ابتدا در ذهنمان داشتیم، بازگرداندن او به جهان خلق، بیفشار و بیاضطراب؛ اکنون، در سکوت و سادگی، دارد اتفاق میافتد.
آن روز، حوالی دو و نیم بعدازظهر، با سروناز رسیدیم به سینما گلریز.
بارانِ نرم و لطیفی میبارید، از آن بارانهایی که دل شهر را میشویند.
جمشید را دیدیم؛ آرام و بیحرکت، روی صندلیای مقابل درِ سینما نشسته بود،
انگار بخشی از صحنهای تئاتری، یا نمایی از یک فیلم هنری.
گفتم:
بهبه، سلام استاد! این صندلی رو از کجا گیر آوردی؟
لبخند زد. گفت:
دربان سینما بهم داد.
سهنفری، بیشتاب، زیر باران، راهی گالری شدیم.
در فضای آرام گالری، سرگرم نقاشی بود که ناگهان، با همان صدای آرام، و جدیاش پرسید:
فیلم اتاق شمارهی شش رو دیدی؟
براساس داستانی از چخوفه...
گفتم:
نه، متأسفانه.
با شوق گفت:
من این فیلمو اوایل انقلاب، توی سینما عصر جدید دیدم...
و بعد، انگار درِ صندوقچهای قدیمی باز شده باشد، شروع کرد به مرور خاطرات سینمایی و تئاتریاش. از تئاتر "خاطرهای از دو دوشنبه"، نوشتهی آرتور میلر، که سالها پیش در سالن اصلی تئاتر شهر دیده بود.
از اجرایی مینیمال و تلخ از نمایشنامهی "دست آخر"، نوشتهی ساموئل بکت، که هنوز در ذهنش حک شده. از "درخشش" استنلی کوبریک گفت. فیلمی در ژانر وحشت روانشناسانه که از تلویزیون دیده، و هنوز هم جزئیاتش را با دقتی حیرتانگیز به یاد دارد.
ذهنش، آرشیوی زنده است از تصویرها، صحنهها، جملهها، اجراها...
بعد، بیمکث، از "جنون" هیچکاک گفت، ساختهی ۱۹۷۲، با چنان شوری که انگار هنوز در تاریکی سینما نشسته.
چشمانش برق میزد وقتی از "دزد دوچرخه"، اثر جاودانهی دسیکا، حرف میزد و آن را، با نگاهی تحلیلی اما انسانی، یکی از تأثیرگذارترین فیلمهای قرن بیستم میدانست؛
فیلمی که روایت را در سینما متحول کرد.
به"گل آفتابگردان" هم اشاره کرد، اثری عاشقانه/تراژیک از سال ۱۹۷۰، با بازی "سوفیا لورن" و "مارچلو ماسترویانی."
در کنارش ایستاده بودم، میان حیرت و تحسین، از این حافظهی زنده، این ذهن دقیق و شوقزده، که نامها، سالها، سبکها و صحنهها را چون گنجینهای صیقلخورده در خود نگه داشته.
اگر نمیپرسیدم چه ژانری را بیشتر دوست دارد، بیوقفه ادامه میداد.
گویی در ذهنش، سینمایی زنده جریان دارد، جای گرد و غبار، آکنده از شوق و اندوه و حافظهی حسی.
گفت:
از همه بیشتر، عاشق ژانر وحشتم و نئورئالیسم ایتالیا.
پرسیدم:
چرا؟ چه چیزی در این ژانرها تو رو جذب میکنه؟
مکث کرد.
با دقت گفت:
برای من، ابعاد روانکاوانهی این فیلمها مهمه.
تماشای لایههای پنهان ذهن و روان انسان در موقعیتهای تروماتیک یا ترسناک. مثلاً توی دزد دوچرخه، آدم خودش رو جای شخصیت میذاره، و ناگزیره بپرسه: اگه من بودم، چه میکردم؟
بعد افزود:
— ترس و وحشت، نظم روزمره رو میریزه بههم… و بعد، تعادلی تازه میسازه. من این حالوهوا رو تو سینما دوست دارم.
همین سلیقهاش در سینما، در انتخاب نقاشان محبوبش هم پیداست.
"ادوارد مونک"، "فرانسیسکو گویا"، "ونگوگ"، "فرانسیس بیکن"... همه نقاشانی که اضطراب، رنج، وهم یا خشونت درونی را تصویر کردهاند.
و در پایان، با صدایی آهستهتر و شاید با اندکی شرم پنهان، اعتراف کرد:
هیچوقت جرئت نکردم فیلم "خانه سیاه است" ساختهی "فروغ فرخزاد" رو ببینم:
همیشه ازش طفره رفتم.
پرسیدم:
چرا؟
گفت:
چون بچگی، از جذام و جذامیها خیلی ترسونده بودنم...
ترسی که هنوز ته ذهنم هست.
***
جمشید تعریف میکند: «پدرم، دکتر رحمتالله امینفر، فارغالتحصیل رشتهی حقوق از فرانسه بود. پس از بازنشستگی، در طبقهی دوم پاساژ نوین، در خیابان نادری، یک دارالترجمه راه انداخت و کارهای تخصصی مربوط به ترجمهی رسمی زبان فرانسه برای دادگستری را انجام میداد. من معمولاً عصرها به دفترش سر میزدم. آنجا رفتوآمد دانشجوهایی که قصد ادامهی تحصیل در خارج از کشور را داشتند زیاد بود؛ برای ترجمهی مدارکشان میآمدند. گاهی هم از طریق همین دانشجوها، کاتالوگهایی از دانشگاههای خارجی به دفتر میرسید. من آنها را ورق میزدم و تماشا میکردم. کمکم در من هم این میل شکل گرفت که برای ادامهی تحصیل، از دانشگاهی بیرون از ایران پذیرش بگیرم. این موضوع را با پدرم در میان گذاشتم، و او هم با روی خوش پذیرفت. فرمها و مدارک لازم را، همراه با چند نقاشی که روی مقوا کشیده بودم، برای کالجی در لندن فرستادیم؛ همان (سیتی اند گیلدز).
این کالج، با قدمتی نزدیک به ۱۵۰ سال، یکی از قدیمیترین و معتبرترین مراکز آموزش هنر در بریتانیاست و برخوردار از کادری آموزشی با تجربه و سطح بالا.
حدود یک ماه پس از ارسال مدارک، نامهی پذیرش رسمی از سوی کالج، به نشانی منزلمان در محلهی "زرینگلابِ" -سیدخندان- رسید و ورود جمشید به دورهی تحصیلات هنری در بریتانیا قطعی شد. جمشید، با بدرقهی پدر و مادر، از فرودگاه مهرآباد عازم لندن شد و پروازش در فرودگاه بینالمللی "هیترو" به زمین نشست. با در دست داشتن برگهی پذیرش، به دفتر کالج مراجعه کرد و پس از انجام مراحل اولیه، اتاقی با امکانات دانشجویی در نزدیکی کالج در اختیارش قرار گرفت. از همان ابتدا، هویتش بهعنوان دانشجو از سوی کالج به رسمیت شناخته شد.
بخشی از هزینههای اقامت و تحصیل توسط خانواده تأمین میشد و بخش دیگر از سوی «بنیاد پهلوی» پرداخت میگردید. طبق تعهدی که میان دانشجو و دولت برقرار بود، جمشید پس از اتمام تحصیل موظف به بازگشت و خدمت در ایران میشد. اما این تعهد، همزمان میشود با وقوع دگرگونیهای سیاسی ـ اجتماعیِ سال ۱۳۵۷ و پیروزی انقلاب. کمکهزینههای دولتی قطع میشود، سیاستها تغییر میکند، و بخش عمدهای از داراییهای بنیاد پهلوی به «بنیاد مستضعفان» منتقل میگردد.
در نتیجه، مسیر زندگی جمشید ناگزیر دچار چرخشی میشود: او به ایران بازمیگردد.
***
پس از بیستودو روز از استقرار در مکان تازه، بالاخره آقای "خضرایی" آمد تا زنگ در را نصب کند. جمشید اولین کسی بود که دکمهی زنگ را فشار داد و وارد شد. آقای خضرایی لبخند زد و گفت: "انشاءالله زنگ گالری همیشه به صدا دربیاد و چرخ زندگیتون بچرخه."
جمشید مینشیند. حین خوردن میوه، ذهنش مثل همیشه فعال میشود و شروع میکند به گفتن:
سینما آکادمی لندن سه سالن داشت. اونجا بود که برای اولین بار فیلم "مرگ در ونیز" ساختهی "ویسکونتی" و فیلمهای "ساتیا جیت رای" رو دیدم. جیت رای وقتی به لندن اومد، "ژان رنوار"رو ملاقات کرد و فیلم "دزد دوچرخه" رو دید. بعدش به جریان فیلمسازی مستقل در هند پیوست... میدونستی؟
نه والا، تازه دارم از تو میشنوم!
جمشید، با برق خاصی در نگاهش ادامه میدهد:
میدونستی من سر کلاسهای بازیگری "مصطفی اسکویی" در هنرکدهی -آناهیتا- شرکت میکردم؟
چه جالب! از کجا باید بدونم؟ چی شد رفتی آناهیتا؟
جمشید:
یه دوستی داشتم به اسم "دانشور صابری گیو". اون باعث شد برم. آقای اسکویی اولش منو بهعنوان هنرجو قبول نمیکرد. ولی بالاخره تونستم برم سر کلاسهاش. اغلب نقشهای کوچک بهم میداد. چند اتود در نقش گارسون بازی کردم. نمایشنامهی "ریشههای عمیق"، نوشتهی "ج. گئو و آ. دیوسو" رو تمرین کردیم؛ دربارهی تبعیض نژادی علیه سیاهپوستان بود. همچنین نمایشنامهی "مرگ فروشنده" اثر "آرتور میلر" رو.
سکوتی کوتاه میافتد، شبیه پردهای که بین دو صحنه پایین میآید. سکوتی پر از خاطره.
***
پرسید: میدونی از کجا میشه کمربند خرید؟
آره، ولی چطور؟
جمشید گفت: شلوار خریدم، اما سایز کمرش یهکم برام بزرگه.
خودم برات میخرم.
امروز باید سری به بانک ملی، شعبهی خیابان کریمخان بزنم. بعد از انجام کار بانکی، حوالی خیابان سنایی، در یک کتوشلوارفروشی، کمربندی برایش تهیه میکنم. وقتی میرسد، آن را به دستش میدهم. خوشحال میشود، لبخند میزند و میگوید:
«همیشه لطف داری... میشه لطفاً پولش رو حساب کنی؟»
نه، این یه هدیهی کوچیکه.
جمشید که به گالری میآید، انگار با خودش جهان موسیقی، ادبیات و سینما را بهروز میآورد. حرفهایی میزند، چیزهایی یادآوری میکند که یا اصلاً با آنها برخورد نکردهایم، یا تلنگری میشوند برای بازنگری و مرور دوباره.
از فیلم "فارنهایت ۴۵۱" ساختهی "فرانسوا تروفو" میگوید.
بلافاصله میپرسد:
توی این دستگاهت (منظورش گوشی تلفن است)، چیزی دربارهی "بتهوون" هم گفتن؟
من زندگی بتهوون را برایش گوگل میکنم و بلند میخوانم.
جمشید میگوید: چقدر انرژی گرفتم، ممنون.
یکی از نقاشان محبوبش "ادوارد مونک" است.
میگوید: از ماهواره شنیدم یا شاید در اخبار هنری، که کسی پشت تابلوی جیغ نوشته: "این تابلو را یک دیوانه کشیده." درسته؟
اظهار بیاطلاعی میکنم.
جمشید: میشه لطفاً این تابلو رو برام پرینت بگیری؟ میخوام بچسبونم روی دیوار اتاقم. چند سال پیش پوسترش رو کنار کافه نادری یه دستفروش داشت، ولی نخریدم.
بله، حتماً. قول میدم.
ذهن جمشید مثل ماهی است؛ لغزنده و سیال.
میگوید: سال اول کالج، فقط مشغول یادگیری زبان بودم. اما شبها تا دیروقت نقاشی میکشیدم. مدیر گروه نقاشی معتقد بود من به درد این کار نمیخورم و بیاستعدادم. ولی یکی از معلمها (هامفری) همیشه ازم حمایت میکرد. به مدیر میگفت: "قضاوت شما صحیح نیست. اتفاقاً جمشید آدم بااستعدادیه."
و این جمله، مثل ردّ نور، میماند در ذهن؛
درست همانجایی که کمربند، یک هدیهست، بتهوون انگیزه میدهد، و تصویر جیغ، هنوز منتظر است که بر دیوار یک اتاق آویخته شود.
***
امروز از آسمان برف میبارد
جمشید، با کلاه و شانههایی پوشیده از برف، کمی با تأخیر میرسد.
نفسنفسزنان میگوید:
«ماشین گیر نمیاومد، ترافیکم سنگین بود...»
سروناز با فنجانی قهوهی داغ از او پذیرایی میکند.
مثل همیشه، بهمحض رسیدن، با دقت به اطرافش نگاه میاندازد و هر تغییری را به پرسش میکشد.
روی میز، نقاشیهای تازهای از یکی از هنرمندان چیده شده.
جمشید با کنجکاوی خم میشود، ورق میزند و میپرسد:
«کارِ کیه؟ آدم احساس میکنه با جون و دل کشیده شدن.»
سروناز آرام میگوید:
«این هنرمند به سرطان مبتلاست. تو این دوران، بیشتر از قبل کار کرده.»
جمشید مکثی میکند، بعد با ناباوری میپرسد:
«چطور ممکنه؟ یکی درگیر سرطان باشه، درد بکشه، اونوقت اینقدر باحوصله نقاشی کنه؟ اونم این تعداد؟!»
سروناز شروع میکند به توضیح دربارهی رابطهی بیماری و فرآیند شفابخش هنر.
میپرسد:
«در مورد خودت چی؟ وقتی نقاشی میکشی، غصههاتو فراموش میکنی؟»
جمشید لبخند تلخی میزند:
«اتفاقاً خیلی وقتا که پول نداشتم غذا بخورم، خودمو با نقاشی سرگرم میکردم. گرسنگیم یادم میرفت.»
فنجان قهوهاش را تمام میکند، نگاه کوتاهی به پنجرهی پُر از برف میاندازد و میگوید:
«قهوهم رو خوردم، بریم مشغول بشیم؟»
میز کارش از قبل آماده شده.
مینشیند و بیمقدمه شروع میکند به کشیدن.
در حین کار، از فیلم "هفت" ساختهی 《دیوید فینچر》حرف میزند؛
دربارهی شخصیت اصلی که دچار روانآزاری و سادیسم است.
میگوید شب قبل آن را از ماهواره دیده.
بعد یکباره مکث میکند:
«میشه ترانهی تن تو ظهر تابستونو به یادم میاره... رو بذاری؟
این ترانه رو "فریدون فروغی" خونده. خواننده، آهنگساز و نوازندهی ایرانی.»
دانلودش میکنم و صدا در فضا پخش میشود.
جمشید با حال خاصی میگوید:
«فریدون رو خیلی دوست دارم... تو این هوا خیلی میچسبه. »
بعد با تعجب به موبایل نگاه میکند:
«یعنی همه چی تو این دستگاه هست؟! »
آره تقریباً...
میخوای خودت رو هم تو این دستگاه ببینی؟
میخندد:
«مگه ممکنه؟»
اسمش را در گوگل مینویسم، و تصاویر یکییکی ظاهر میشوند.
لحظهای بیصدا به آنها نگاه میکند.
وقت رفتن است.
برای برگشت به خانه، تاکسی میگیرم.
راننده، خانمیست بهنام "ر. ج" با یک ماشین مدل بالای سفید.
میخندم و میگویم:
«استاد، چه شانسی داری! من هر وقت برای خودم تاکسی اینترنتی میگیرم، بدقوارهترینها نصیبم میشن!»
میخندد.
در همین حین، راننده میرسد.
جمشید با سروناز خداحافظی میکند، و دوتایی بهسمت در میرویم.
وقتی میفهمد راننده زن است، کمی دستپاچه میشود.
هولهولکی میپرسد:
«پس قرار بعدی سهشنبه؟»
بله.
«ساعت یک؟»
بله.
و میرود؛
شانههایش هنوز کمی برفیست،
اما قدمهایش گرماند.
***
جلسهی قبل، موقع خداحافظی به جمشید گفته بودم که شاید نتوانیم قرار سهشنبهمان را حفظ کنیم.
درگیر آمادهسازی برای هشتمین سالانهی آوتسایدر آرت در گالری "محسن" بودیم.
دو ویدیوکنفرانس مهم در پیش داشتیم؛ یکیشان گفتوگو با 《جیمز برت》، بنیانگذار موزه و گالری "همهچیز" در لندن.
و دیگری گفتوگو با 《رندال موریس》بنیانگذار گالری "کوین موریس" به همراه 《شَری کوین》
چون زمان پخش زنده را مهمانان تعیین میکردند، ما - تیمی پنجنفره - باید خودمان را با برنامهی آنها هماهنگ میکردیم.
امروز سهشنبه است.
میدانم که روزی فشرده و شلوغ در انتظار ماست.
ساعت ۱۰:۱۵ دقیقه، جمشید با موبایلم تماس میگیرد:
«میشه حتماً همو ببینیم؟»
جمشید جان، یادت رفته؟ گفتم امروز نمیتونم، خیلی درگیرم.
مکثی میکند و با لحنی ملتمسانه چیزی میگوید که مجابم میکند دیدارش را در اولویت بگذارم.
میگویم:
باشه. رأس ساعت دوازده، تقاطع خیابان ولیعصر و میرداماد، جلوی ساختمانهای اسکان. من باید ساعت یک در گالری باشم. اونجا رو بلدی؟
آره، بلدم. میام.
هوا سرد و بارانیست.
من و سروناز حدود ده دقیقه است که در محل قرار منتظریم، اما از جمشید خبری نیست.
برنامهی زنده با لندن برای ساعت ۳ تنظیم شده و باید مقدماتش را زودتر بچینیم.
با استرس، چهار طرف تقاطع را وارسی میکنم. هیچ نشانی از او نیست.
به سروناز میگویم که به گالری برود؛ خودم تا ۱۲:۳۰ منتظر میمانم.
اما ناگهان با خود فکر میکنم:
نکند اشتباه کرده و به تقاطع شریعتی/میرداماد رفته باشد؟
بلافاصله تاکسی میگیرم.
از ماشین پیاده میشوم و گوشهگوشهی چهارراه را میگردم...
تا اینکه در ضلع جنوبشرقی، جمشید را میبینم.
نشسته بر پلههای یک داروخانه.
کلاهش را پایین کشیده، و بیحرکت، در سکوت منتظر مانده.
جمشید! قرارمون اون سمت میرداماد بود!
اگه حدس نمیزدم، تا کی میخواستی اینجا بمونی؟!
بلند میشود، دستم را محکم میفشارد و در آغوشم میگیرد.
درخواستی که دارد را انجام میدهم.
بعد با لبخند میگویم:
«بیا با من تا گالری محسن. هم کاراتو ببینی، هم با هم باشیم.»
با خوشحالی قبول میکند.
دوتایی به گالری میرویم.
در فضای نمایشگاه، آرام راه میرود، تابلوها را از نزدیک تماشا میکند.
وقتی به بخش نمایش فیلم میرسیم، با دقت ویدیوهای کوتاه هنرمندان را نگاه میکند. یکیشان دربارهی خودش است.
در سکوت مینشیند، تصویر خودش را بر پرده تماشا میکند.
کسی چیزی نمیگوید.
بعد، یک فنجان قهوهی شیرین مینوشد.
با رضایت و آرامش بیشتری خداحافظی میکند.
برای برگشت، تاکسی اینترنتی میگیرم.
مینشیند داخل ماشین.
و میرود.
روزمان هنوز شلوغ است، اما حالا چیزی در فضا نرمتر و گرمتر شده.
***
اول فروردین ۱۴۰۱
سال تازه، روز تازه، صدای آشنایی در خط تلفن.
شمارهی خانه را میگیرم. خودش پاسخ میدهد.
با لحنی گرم و مهربان، تولدش را تبریک میگویم (شصتوسومین سال زندگیاش)، و همزمان، نوروز و سال نو را.
صدایش روشنتر از همیشه است:
«مرسی عزیزم، خیلی لطف کردی...»
از یک هفته قبل تا حالا ندیده بودمش.
بلافاصله با همان شور همیشگی میپرسد:
«پس من ده فروردین بیام و کار رو شروع کنیم؟»
میگویم:
«نه جمشید جان، بذار تعطیلات تموم بشه. بعد از سیزده هماهنگ میکنیم.»
لحظهای سکوت.
با لحنی کمی دلخور، میگوید:
«خودت گفتی ده فروردین! »
میخندم.
منظورم این بود که ده فروردین تماس میگیرم و برای اولین قرار سال، وقت میذاریم. نه اینکه همون روز بیای.
مکثی میکند.
و بعد، با صدایی آسودهتر، سبکتر میگوید:
«باشه، خیالم راحت شد. »
***
خیلی زودتر از ساعت یک، زنگ در گالری را میزند.
با لباسی مرتب و نگاهی آرام، انگار حالش بهتر از سال گذشته است.
قهوه میخواهد. نداریم. تمام شده.
چای پیشنهاد میدهم.
میگوید: قبوله، ولی خیلی شیرینِ شیرین لطفاً.
چای را میریزم. میبرم کنار دستش.
کمی بعد، پشت میز نشسته، و بیمقدمه آغاز میکند.
کاغذ را پُر میکند با تصویر یک مادهگرگ در حال شیپور زدن، و دو توله که به پستانهایش چسبیدهاند.
با همان لحن آشنا، صمیمی، میگوید:
پدرم میگفت رومولوس و رِموس، دو برادر بودن که شهر رُم رو ساختن. این دو تولهی گرگ همونا هستن... دارن از شیر مادهگرگ میخورن، همونطور که تو افسانهها اومده.
***
رشت ماندهایم.
قرار بود یکشنبه تهران باشیم، اما نشد.
از دیروز تا حالا، دوازدهبار با تلفن خانهاش تماس گرفتهام.
میخواستم اطلاع بدهم که قرار کنسل است،
تا نیاید، و پشت درِ گالری معطل نماند.
اما هیچکدام از تماسها پاسخی نداشت.
نه گوشی را برداشت، نه کسی خانه بود.
ساعت حدود شش عصر است که بالاخره خودش تماس میگیرد:
رفتم، و یک ساعتی هم منتظر شما موندم...
گفتم شاید بیایید.
با دلتنگی و تأسف برایش توضیح میدهم که چرا نشد.
میگویم بارها زنگ زدهام.
میخندد:
«تلفن خونه خرابه... اصلاً صداش درنمیاد! »
قرار بعدی را برای سهشنبه میگذاریم.
***
بیستوسه روز از سال نو گذشته است. در یک ظهر آرام، جمشید با لحنی خونسرد اما دقیق میگوید: «میشه فیلم 《کابوی نیمهشب》، ساختهی "جان شلزینجر"، رو بذاری؟
بیدرنگ انجام میدهم. همزمان با تماشای فیلم، مشغول نقاشی میشود. من نیز به کارهای خودم بازمیگردم، اما گهگاه سری به او میزنم.
در یکی از این مکثهای کوتاه، بیمقدمه خاطرهای تعریف میکند از دیداری قدیمی با "هنری مور"، (مجسمهساز نامدار بریتانیایی).
یک روز، همراه چهارـ پنج نفر از همکلاسیهام، حدود دویست کیلومتر از لندن فاصله گرفتیم تا به استودیوی هنری مور برسیم. کالج ما رو انتخاب کرده بود. همه چیز هماهنگ شده بود و یک روز خوب ساختیم. چند عکس هم با خودش گرفتیم.
بازدید از استودیوی هنرمندان، در آن دوران، بخشی از سنت آموزشی بود. تماس مستقیم با فضا، ابزار و زیست هنری؛ شاید برای آنکه دانشجو، پیش از آنکه هنرمند شود، تماشاگرِ سکوتِ زادگاه اثر باشد.
***
ساعت دو و نیم بعدازظهر است. جمشید با صدایی گرفته و خسته میگوید: "دیگه خسته شدم، سرم گیج میره!"
برای او لیوانی آب میآورم. کمی به دست و صورتش میزند و تصمیم میگیرم برایش تاکسی بگیرم تا به خانه برود.
چند دقیقه بعد، راننده تماس میگیرد و میگوید که رسیده. با هم به سمت در گالری میرویم، اما خبری از ماشین نیست.
در حال تماس مجدد با رانندهام که جمشید، آرام و با لحنی ملایم میپرسد:
«میتونم دستم رو بذارم رو شونهت؟»
میگویم: آره، حتما. بذار راحت باش.
اما ناگهان بدنش سست میشود، پاهایش میلرزد و بیهشدار به زمین میافتد.
اگر در آن لحظه دستم را پشت سرش نگرفته بودم، ضربهی سختی به جمجمهاش وارد میشد.
زخم روی آرنج و پشت دستم، گواه فشار این سقوط ناگهانیست.
رانندهی تاکسی، که حالا معلوم میشود اشتباهی یک خیابان پایینتر ایستاده، با تماسهای مکرر من از راه میرسد.
با زحمت، جمشید را از زمین بلند میکنم. راننده صندلی جلو را میخواباند تا جمشید بتواند دراز بکشد.
مردی پیر و شریف است؛ شاید هر کسی در این وضعیت، او را سوار ماشینش نمیکرد.
از راننده میخواهم چند لحظه صبر کند تا درِ گالری را قفل کنم و همراهشان به یک درمانگاه برویم.
اما جمشید، که حالا کمی به خودش آمده، خجالتزده میگوید:
«نه، چیزیم نیست. فقط یه لحظه چشمم سیاهی رفت. الآن خوبِ خوبم.»
راننده هم تأیید میکند: نگران نباش، حالش خوبه. هر مشکلی بود، بهت خبر میدم.
ماشین حرکت میکند و آنها میروند. من اما هنوز در شوک هستم.
آب سردی به دستها و آرنج زخمیام میزنم و از اطلاعات راننده اسکرینشات میگیرم.
(ع.خ)، ماشین پراید هاچبک نوکمدادی، شماره پلاک ۵۹۴ ی ۹۷
دقایقی بعد با راننده تماس میگیرم.
او میگوید: حالش خوبه، نگران نباش.
درخواست میکنم گوشی را به خود جمشید بدهد.
جمشید، همانطور آرام و با لبخندی پنهان، میگوید: خوبم، نگران نباش.
نیم ساعت بعد، گوشیام نشان میدهد که سفر به پایان رسیده.
دوباره با راننده تماس میگیرم:
سلام، ببخشید امروز خیلی مزاحم شما شدم… حالش چطور بود؟
خیالت راحت، الآن پیاده شد، در خانهاش رو باز کرد و رفت داخل.
با قدردانی فراوان تماس را قطع میکنم و بلافاصله به تلفن خانهی جمشید زنگ میزنم.
کسی پاسخ نمیدهد.
یک ربع بعد دوباره تلاش میکنم. اینبار خودش گوشی را برمیدارد:
خوبی جمشید؟ حالت چطوره؟
آره، خوبم. نگران نباش… قول میدم دیگه چنین اتفاقی نیفته. معذرت میخوام.
خدا رو شکر. برو دوش بگیر و استراحت کن.
لحظهای سکوت، بعد با صدایی آرام میپرسد:
یکشنبه میتونم بازم بیام؟
(این پرسش را همان لحظهای هم که به زحمت او را سوار ماشین میکردم، آهسته از من پرسیده بود.)
بله، حتما. یکشنبه میبینمت.
از نگرانی در اومدم… خیلی ممنون.
و گویی این گفتوگو، پایان یک روز پُراضطراب بود؛ روزی که مرز ناتوانی و امید، در آغوش آدمیگری روشنتر شد.
***
کمی دیرتر میرسم. جمشید روی پلکان درِ اصلی نشسته و وقتی مرا میبیند، لبخندی از سر رضایت میزند.
با صدایی ملایم میگوید: فکر میکردم دیگه نیایی.
سپس بابت آن حادثه و اتفاق، عذرخواهی میکند.
قدمزنان به سمت درِ پارکینگ میرویم تا از آنجا وارد گالری شویم.
چشمهایش در نگاه پرسشی فرو میرود و میپرسد:
«شما در هر شرایطی از من حمایت میکنید و به همکاری با من ادامه میدید؟»
جواب میدهم: «بله، حتماً، با کمال میل. چرا اینو میپرسی؟»
جمشید لبخندی میزند و میگوید: هیچی.
من مصرانه میگویم: یعنی چی؟ خب بگو دیگه!
او جواب میدهد: حالا میگم، ولی بعداً...
و بیدرنگ مشغول به کار میشویم.
در حالیکه جمشید نقاشی میکشد، درخواست میکند زندگینامهی «راکل وِلش»، بازیگر سینمای آمریکا را برایش بخوانم.
سروناز از راه میرسد، وارد اتاق کار میشود و با گرمی سلام و احوالپرسی میکند.
از خانه خورشت کرفس پخته و آورده است. میگوید:
باید برنج بذارم. وقتی آماده شد، صداتون میکنم.
وقت ناهار، سروناز با لبخند میپرسد:
«جمشید، خورشت کرفس دوست داری؟»
او پاسخ میدهد: آره، دوست دارم.
سروناز کنجکاو میشود و میپرسد: چه غذاهایی رو بیشتر دوست داری؟
جمشید میگوید: کلاً غذاهای تند رو دوست دارم، مثل غذاهای هندی و اسپاگتی.
سروناز میگوید: پس دفعهی بعد یکی از اینها رو میپزم.
سکوتی لطیف در فضا میافتد و جمشید میپرسد:
«تو مطالعه هم میکنی؟»
سروناز جواب میدهد: آره.
جمشید ادامه میدهد: کتاب "مرگ کسبوکار من است" نوشتهی "روبر مرل" رو خوندی؟
سروناز پاسخ میدهد: مرتضا خونده.
جمشید میگوید: اگه تونستی، تو هم بخون. کتاب دربارهی زندگی یه جلاد در زمان آلمان نازیست.
این گفتوگو، در کنار رنگها، لحظهای زنده از دغدغههای هنر و زندگی را رقم میزند.
***
امروز برخلاف همیشه دیر میرسد. زنگ در را میزند و سراسیمه و آشفته وارد میشود.
نگران نگاهش میکنم: جمشید، حالت خوب نیست؟
آهی میکشد: نه اصلاً، سرم گیج میره.
با تعجب میپرسم: چی شده؟!
جواب میدهد: نمیدونم... ولی یه سرگیجهی عجیبی دارم. شاید امروز زیادهروی کردم.
کمکش میکنم تا روی کاناپه بنشیند.
دو بار، با صدایی نگران میپرسد: نمیخوای با من کار کنی؟
بارها به او گفتهام: تا وقتی که تصمیم داشته باشی با ما همکاری کنی، ما در کنارت هستیم. تورو خدا دیگه این سئوال رو نپرس.
از او میپرسم: میخوای بریم همین نزدیکی به درمانگاه؟
پاسخ میدهد: نه، خوبم. فقط نگرانم کارم رو از دست بدم.
با اطمینان میگویم: نگران نباش. حرفم رو باور نمیکنی؟!
آرام میگوید: چرا، باور میکنم.
میگویم: پس دیگه بهش فکر نکن.
میپذیرد.
پیشنهاد میدهم: یه خورده بشین و آروم بگیر. برات تاکسی میگیرم تا بری خونه و استراحت کنی.
یک لیوان آب برایش میآورم. تا نصفه مینوشد.
تاکسی میگیرم، و راهیاش میکنم.
***
جمشید با نگاهی عمیق و صدایی آرام گفت: امروز میخوام چندتا عزرائیل بکشم.
با شگفتی پرسیدم: چطور؟!
پاسخ داد: دیشب فیلم "مُهر هفتم" از "اینگمار برگمان" رو دیدم. فیلم دربارهی شوالیهایه که از سرزمینی طاعونزده عبور میکنه.
این جملهها، بازتابیست از نبردی درونی و تصویرهایی نمادین که در ذهن جمشید شکل گرفتهاند. جایی که مرگ و زندگی در برابر هم صف کشیدهاند، و هنر نقاشی، سکوییست برای رویارویی با این دوگانهی بزرگ.
***
جمشید ناگهان گفت:
میتونی تو دستگاهت… مکثی کرد. همون عکس معروف اعدام اسیر 《ویتکنگی》 رو نشونم بدی؟ اعدام "سایگون". سرتیپ "نگوک لوآن"، جنگ ویتنام...
بیدرنگ فهمیدم منظورش کدام تصویر است.
عکسی که ذهن جهانیان را سوزاند؛ لحظهای که گلوله، نه فقط یک انسان، که تصور ما از پیروزی و شکست را در هم شکست.
در گوگل نوشتم: عکس تکاندهندهی اعدام در ویتنام.
و تصویر باز شد؛
همان عکس: مردی چشمبسته، در کسری از ثانیه پیش از مرگ.
و دستِ سردِ فرمان، بیهیچ تردید.
پرسیدم: جمشید، چی شد که یادت افتاد به این عکس؟
آرام گفت: همینجوری… یهدفعه. فقط اومد تو ذهنم. بعد مکثی کرد. میدونی، اون کسی که شلیک کرد الآن تو آمریکا یه سوپرمارکت داره؟
گفتم: واقعاً؟! نمیدونستم. تو از کجا میدونی؟
پاسخش کوتاه بود: یه جا خوندم.
از جستوجو بیرون نیامدم. صفحه را بالا کشیدم و شروع کردم به خواندن بخشهایی از گفتوگوی مجله تایم با "ادی آدامز"، همان عکاسی که تصویر را ثبت کرد:
ژنرال، آن ویتکنگی را کشت. من هم ژنرال را کشتم… با دوربینم. هنوز هم عکاسی، قویترین سلاح دنیاست.
این دیالوگ، نمایانگر قدرتی است که هنر و عکاسی در مواجهه با خشونت و ظلم دارند؛ سلاحی که گاه از گلولهها هم سهمگینتر است.
جمشید ساکت بود. نه برای تأثر، نه برای حیرت.
شاید چون خوب میدانست آنچه را دوربین نشان میدهد، اغلب چیزی است که روح، پیشتر تجربه کرده است.
او تصویر را میدید، اما در ذهنش شاید به نقاشیهایی فکر میکرد که باید میکشید؛
شاید چهرهی مرگ، این بار نه در میدان جنگ، که روی مقوای نقاشی.
***
پانزدهم خرداد
تعطیلی رسمی است و خیابانها خاموش، مثل صفحهای خالی. نه صدای بوق، نه قدمی، نه شتابی.
هوای نیمهگرم بهاری، چون پردهای نازک و کدر، روی تن شهر افتاده. آفتاب، بیرنگ و باد، بیجهت. برگها بیصدا میلرزند، گویی هیچچیز نمیخواهد مزاحم این سکوت سنگین شود.
ساعت یازده و نیم صبح به گالری رسیدم.
همهچیز را برای آمدنش آماده کردم؛ فنجان صورتیاش را برای قهوهی شیرینِ شیرینش، رنگها را مرتب چیدم، قلمموها را با دقت با تینر روغنی تمیز کردم، مقوای نو را روی میز پهن کردم. همیشه زودتر از من میآمد. اما امروز نه.
با خود گفتم: شاید تاکسی پیدا نکرده. تعطیلات همیشه نظم آدمها را به هم میزند.
نشستم و مشغول خواندن مقالهای شدم از «کاترین جِنتلسون» دربارهی "بدویهای مدرن" و بازنمایی آنها در نمایشگاههای موزهی هنرهای مدرن نیویورک.
وقتی سرم را بلند کردم، ساعت از دو و نیم گذشته بود. هنوز نیامده بود. کمی نگران شدم، اما سعی کردم فکرم را منحرف کنم.
ساعت نزدیک پنج عصر به خانهاش زنگ زدم.
کسی پاسخ نداد.
شب، سروناز مشغول پختن شام بود. مهمان داشتیم: مادر و مادربزرگش.
وقتی از راه رسیدم، پرسید: جمشید چطور بود؟ کار پیش رفت؟
گفتم: نیامد. تماس هم گرفتم، کسی برنداشت.
لحظهای مکث کرد. اخمی در نگاهش نشست: یعنی فراموش کرده؟
شانه بالا انداختم. گفتم: نه، بعیده... اما ته دلم آرام نبود.
میز را چیدیم. میان آشپزخانه و میز شام در رفتوآمد بودم که تلفن زنگ زد. شمارهای ناآشنا.
جواب ندادم. گوشی را به شارژ زدم.
در میانهی شام، صدای دو پیام پیدرپی آمد.
شهنازجون پرسید: این صدای گوشی کی بود؟
بیاعتنا گفتم: از من بود... بعداً میبینم.
اما کنجکاوی در جانم چنگ انداخت. برای آوردن ظرفی برای هستهی زیتون بلند شدم. گوشی را برداشتم.
پیام اول:
سلام جناب زاهدی، من دکتر نجفیزاده هستم.
پیام دوم:
ممنون میشم تماس بگیرید. در مورد جمشید است. اتفاقی افتاده.
دلام لرزید. تماس گرفتم. مردی آرام و مودب، خودش را معرفی کرد: خواهرزادهی جمشید بود.
پرسید: آیا امروز پیش شما بود؟
جواب دادم: نه… چیزی شده؟
مکث کرد. و بعد، جملهای گفت که جهان را متوقف کرد:
«جمشید... فوت کرد. »
هوا از سینهام بیرون کشیده شد.
باور نکردم. فقط توانستم بپرسم: چطور؟
جواب داد: ایست قلبی.
زندگی گاهی همینقدر ناگهانی، بیمقدمه، و بیرحم تصمیم میگیرد ادامه پیدا نکند.
Notas sobre la escritura de La demasiada realidad. Voces de los conquistadores españoles *

El libro que nos ocupa salió de imprenta.
En el inicio de la construcción de este libro hubo un consejo del escritor y titiritero argentino Javier Villafañe, un consejo pronunciado en el andén de la estación de El Portillo de Zaragoza antes de que se subiera al último tren: «lee las crónicas de Indias», dijo.
Villafañe no le dio el consejo al lector que yo era, se lo dio al escritor que yo quería ser por aquella primera mitad de los años noventa.
Desconocía las razones de la recomendación, porque desconocía absolutamente todo lo que tuviera que ver con el tema.
No olvidé nunca esas palabras, tardé algunos años en hacer caso a Villafañe, tantos que él ya no lo supo.

Desde la primera lectura, intuí que Javier, lector de mis relatos de juventud, había identificado en mi escritura literaria algunos rasgos de lo que popularmente conocemos como realismo mágico.
Las Crónicas abundan en episodios, acontecimientos, fulguraciones que, por escapar a lo que los conquistadores conocían hasta ese momento como realidad, la suya, se presentan desde el asombro, incluso desde el miedo, como una realidad que, por desconocida, se les hace difícil de entender y de aceptar, algo que se parece más a una irrealidad, y que era plena realidad para quienes allí vivían cuando llegaron, los indígenas que llevaban cientos o miles de años construyendo el mundo que los españoles llamaron Nuevo.
El choque inesperado, desmedido y violento de dos realidades muy distintas y, sobre todo, el relato que una de las partes, los conquistadores, hará de ese choque violento, es terreno abonado para que surja el discurso literario, tal y como lo entendemos desde Homero, aunque no fuera esta en ningún caso la intención de los cronistas. De hecho, ellos defendían vehementemente que su único propósito era contar la verdad.
García Márquez lo había dicho en su discurso de recepción del Premio Nobel, él había sido capaz de escribir Cien años de soledad porque alguien, casi cien años atrás, había escrito las Crónicas.
Ahora sabemos que, como era costumbre en él, es posible que García Márquez desviara la atención sobre sus fuentes, y sabemos que es El Otoño del Patriarca el deudor de las Crónicas. Poco importa, el hecho es que buena parte de lo escrito por los conquistadores es un elemento de gran valor de nuestro patrimonio cultural y tanto García Márquez como Javier Villafañe hicieron bien en recordárnoslo.

Hasta aquí, me estoy refiriendo a la escritura y no al contenido de la misma, a los hechos narrados. Este fue mi segundo descubrimiento como lector: los hechos exceden cualquier posibilidad de representación escrita o plástica, lo sucedido es inabarcable tanto para los que lo vivieron como para los que luego hemos tenido noticia de lo vivido, de ahí el título del libro, La demasiada realidad, un título que tardó varios en aparecer, pero que otorga pleno sentido a lo que el libro ofrece, un título que no cambiaría por ningún otro.
A pesar de ser demasiada y por ello inabordable, decenas de conquistadores intentaron darla a conocer y no solo mediante lo que canónicamente llamamos Crónicas, también mediante historias, relaciones, sermones, memoriales, bulas, codicilos, testamentos, cartas, diarios, diálogos, coloquios, capitulaciones, tratados, cédulas, balances, procesos, apuntamientos, instrucciones.
Este corpus de miles y miles páginas manuscritas, guardadas en su mayoría en el Archivo de Indias de Sevilla, ha tenido una historia editorial por momentos apasionante, que comprende desde la censura, el olvido o el desprecio absoluto que las ha relegado al silencio del archivo hasta la difusión a lo largo de los siglos en variedad de lenguas y lugares y modos de edición, convirtiéndose algunos textos en auténticos best sellers, véase: los Diarios de Cristobal Colón; Historia verdadera de la conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo; o Brevísima Relación de la Destruición de las Indias, de fray Bartolomé de las Casas.
Esto significa que cualquier persona, máxime si lee en español, tiene fácil acceso a una ingente cantidad de textos escritos por los conquistadores durante los primeros cien años de Conquista. Me refiero a las fuentes directas. Mucho mayor y más inabarcable, si es que el adjetivo permite grados de comparación, es la bibliografía referida al tema escrita y publicada durante quinientos años bajo forma de historia, política, derecho, teología, antropología, arte, etc.

La demasiada realidad se nutre exclusivamente de las primeras fuentes, de lo escrito por los protagonistas de la conquista.
He leído esos textos en ediciones de los siglos XX y XXI, transcritos, en la mayoría de los casos, al español actual.
Ya he dicho que en el principio fue la lectura, una lectura que debía facilitar mi aprendizaje en el oficio de escritor literario.
Fue la mía, y continúa siendo, una lectura llena de escrituras en los márgenes: signos, palabras, frases escritas a lápiz iban superponiéndose sobre la letra impresa de los libros que acabo de citar. No tardaron en aparecer las recurrencias, las repetidas ocasiones en las que se hablaba de oro, ídolos, canibalismo, esclavitud o caimanes. Empecé a hacer un listado de voces haciendo caso a la intuición y empecé a copiar debajo de cada una de ellas fragmentos de mis lecturas; algunas voces fueron acumulando citas rápidamente, otras más despacio; aparecían nuevas voces, desaparecían las que no proporcionaban ni en cantidad ni en calidad información que me resultara significativa. Tomé muchas decisiones, empecé a ser autor. Copiaba a mano.
No tardó mucho en aparecer la intención de escribir, que no nació del valor indudable de los aspectos formales, sino de la sorpresa provocada por los contenidos que aparecían conforme avanzaba la lectura.
¿Cómo era posible que desconociera un episodio central de la historia de la humanidad, más allá de ser también un episodio clave en la definición de identidad de la nación donde nací?
¿Le sucedería algo parecido a más gente?
Dado que no soy un ser excepcional, era fácil pensar que sí.

Contestar a la primera pregunta, saber de dónde nacía ese desconocimiento, era interesante, pero era todavía más interesante tomar la decisión de acabar con esa ignorancia.
Sé que la lectura aporta información sobre la realidad, pero soy un firme defensor de que son la conversación y la escritura las que aportan el conocimiento.
La decisión estaba tomada, iba a escribir sobre la Conquista, para ser más preciso, iba a reescribir lo que otros habían escrito.
La posterior decisión de publicarlo tenía que ver con la segunda de mis preguntas: ¿podría interesarle a más gente lo que yo estaba conociendo? Las respuestas empezarán a formularse a partir de ahora (y me encantaría tener noticias de ellas).
La forma elegida para esta reescritura descartaba la experiencia personal (obvio, yo no viví la Conquista) igual que descartaba la ficción. Pocas fuentes le quedan a un escritor una vez ha renunciado a estas dos principales: quedaban los textos de los demás. Seguí leyendo.

Elegía, ordenaba, mostraba, ocultaba, reescribía con vocabulario y sintaxis actuales lo que leía, pero no añadía a lo escrito en las fuentes consultadas ni informaciones ni opiniones propias. Me até manos, lengua y ojos para no hacerlo. Renuncié hasta el final, hasta este final, a la lectura de libros de historia sobre el periodo, también de antropología, de etnografía; apenas mantuve conversaciones sobre el proyecto; no he inventado, no he analizado, no he juzgado. He elegido, a solas, en compañía de un puñado de muertos.
Todos ellos, hombres, se esforzaron por convencernos de que lo que escribieron era verdad. Argumentan en sus textos que cuentan lo que vieron, que ellos sí estaban allí, y ese estar presente les resulta argumento suficiente de veracidad. Podríamos llamarlos, sin demasiado rubor, protagonistas.
Yo también he escrito la verdad, la de mis lecturas, yo escribo lo que he leído, igual que los primeros autores escribieron lo que veían. Yo también he estado allí, mi allí ha sido el espacio del libro, de sus libros. Por eso no me cuesta escribir: «La casa del cacique del reino del Bogotá se construían abriendo primero hoyos en la tierra. Dentro de cada hoyo hacían entrar a una niña, hijas todas de los principales del pueblo. Una vez que las niñas estaban dentro, hincaban palos gruesos sobre ellas y las iban macizando con tierra porque decían que los cimientos de carne y sangre humana daban fortaleza a la casa y traía buena suerte». No me cuesta escribirlo porque es verdad, la de mi lectura.
Durante más de veinte años he necesitado descubrir, conocer, quizás entender. Y para esto no se me ocurrió nada mejor que volver a contármelo, como tantas veces hacemos en la vida con aquello que deseamos hacer nuestro.
Volver a contarlo en una lengua que me fuera propia.
No podía ser la lengua de los primeros autores, de los vencedores, la lengua del poder, tan seductora en su apariencia de totalidad y, sin embargo, siempre tan incompleta.
Tampoco podía ser la lengua científica del historiador, el antropólogo, el etnógrafo que no soy, y que solo hubiera usurpado un espacio que no me corresponde.

Cabía la tentación de utilizar una lengua que se quisiera política, comprometida, hasta combativa, según los estándares de compromiso y combate que desde los años 70 marcaran algunos autores de éxito; esa lengua que tarde o temprano acaba fragmentada en eslóganes dispuestos para el consumo de masas. Una lengua de denuncia, que antepusiera el Yo a cualquier contenido: «Yo acuso». También lo descarté porque semejante ejercicio de narcisismo hubiera perturbado cualquier mensaje.
No, nada de lo que le sirve a la mayoría de la gente, me servía a mí.
Así que elegí esto, una escritura que ofrece información, que avanza, retrocede, se queda ensimismada, duda, que no prioriza el concepto sobre el caso ni, lo que hubiera sido atroz, el caso sobre el concepto.
Una escritura que acabó resultando bastante parecida a un extenso relato oral, semejante al que hacemos tantas veces mientras nos dura el entusiasmo de nuestras lecturas recientes.
No, escritura oral no es una contradicción, es una forma, quizás extraña, es esta forma: contar lo leído, en feliz fusión de espacios, tiempos y fuentes, redactando en pasado o presente, sin ningún compromiso con la cita bibliográfica, atrevimiento que debo a la generosa sabiduría de Carmen Martín Gaite.
Una escritura llena de rimas internas, cualidad de la literatura.
Una escritura pensada palabra a palabra, frase a frase. Sí, pensada, de pensamiento, esa forma de la emoción.
He pasado veinticuatro años de mi vida escribiendo este libro. Voy a intentar ser algo más preciso: durante veinticuatro años de mi vida he pasado algunos momentos escribiendo este libro. Miles de horas. Dedicar mucho tiempo a la realización de una obra no asegura la bondad de esta, se puede fracasar durante veintiún años seguidos. El lugar común que hace del esfuerzo algo encomiable también olvida que hay esfuerzos despreciables.

Si contabilizo todos estos años es para constatar que quien ahora acaba de terminar el libro es alguien diferente a quien lo empezó, y añadir que, durante este tiempo he mantenido un diálogo despiadado con los sucesivos Grassa Toro, diálogo que siempre giraba en torno a una misma pregunta: ¿qué estás escribiendo?
La duda ha alimentado borradores, cambios de título, de subtítulo, y el continuo aplazamiento por llegar a un final que me obligara a responder definitivamente a la pregunta: ¿qué has escrito? He escrito un libro que es y no es.
La demasiada realidad no es un libro de historia.
El proceso de escritura difiere del de una obra histórica: no he acudido a los manuscritos originales, no he agotado las fuentes documentales, hay escasas referencias a datos concretos. No hay un orden que establezca una continuidad narrativa. Un libro de historia nunca diría “los indios”, como si algo parecido existiera, un libro de historia dejaría claro qué indios, dónde los indios, cuándo los indios.
La demasiada realidad se parece a un libro de historia.
Se presenta, se hace presente, un pasado colectivo, a partir de algunos testimonios escritos de quienes lo vivieron. Se atiende a aspectos políticos, religiosos, económicos, culturales, etnográficos, demográficos, antropológicos sucedidos hace cinco siglos.
La demasiada realidad no es una novela.
No hay ficción. No hay hilo narrativo que señale un principio y un final. Cuesta hablar de personajes, de trama. Hay un narrador, sí, pero parece que está hablando, no escribiendo. Una novela no se hubiera conformado con dedicar unas líneas a Lope de Aguirre, cuya vida ya ha dado para varias obras magníficas; o hubiera entrado hasta el hipotálamo de los franciscanos para tratar de entenderlos; en una novela se vería venir quién iba a morir de hambre en el siguiente tramo del viaje por la selva.
La demasiada realidad se parece a una novela: suceden cosas y muchas cosas están relacionadas entre sí; suceden en un tiempo y en un espacio; las cosas le suceden a la gente, a los protagonistas, a los antagonistas. Se relatan cambios de fortuna de magnitudes inimaginables por Aristóteles y Horacio.
La demasiada realidad no es un ensayo.
Incumple la primera regla autoimpuesta por Montaigne: partir del propio yo. No es subjetivo, ni provisional, no es novedad.
La demasiada realidad se parece a un ensayo: evita la búsqueda de una verdad más o menos científica; prefiere la aproximación, el descubrimiento, la elipsis, llegado el caso. Es fragmentario.
La demasiada realidad no es una enciclopedia.
No pretende agotar el tema, condición imprescindible en las enciclopedias: faltan voces que podrían estar ocupando el lugar que ocupan las publicadas: cientos, quizás miles. La escritura no responde a los criterios de redacción de una voz enciclopédica, que pretende la comprensión universal y directa. En una enciclopedia la entrada «bula» hubiera ocupado varias páginas y todas ellas hubieran sido reveladoras. En una enciclopedia no hubiera faltado un solo nombre.
La demasiada realidad se parece a una enciclopedia: está ordenada alfabéticamente: presenta una realidad de un modo fragmentario; finge una totalidad; permite la contigüidad de conceptos que habitualmente aparecerían por separado, alejados entre sí, que en otra forma de escritura se repelerían y cuya coincidencia sobre la página crea una tensión especial y es una eficaz manera de desvelar las relaciones escondidas de la existencia humana; valga el ejemplo de las voces consecutivas: «dios» y «divorcio»; «flecha», «Francis Drake» y «franciscano»; «mujer» y «mutilación»; «orín» y «oro».
La demasiada realidad no era necesaria.
La bibliografía de y sobre la Conquista es, ya lo he dicho, inabarcable para un ser humano, incluso para un grupo de seres humanos, lo que permite intuir que hay poco o nada nuevo que decir sobre el tema.
La demasiada realidad me era necesaria, y aunque razón de ser, método de trabajo y escritura fueran muy distintas, reconozco que la Nueva Enciclopedia de Alberto Savinio siempre estuvo presente como obra ejemplar.
La demasiada realidad son voces.
Voces de los conquistadores de América, y me permito llamar conquistadores a todos los que participaron en la conquista: voces leídas por mí, que no escuchadas, en libros editados en el s.xx, voces donde se reescriben historias, crónicas, relaciones, sermones, memoriales, bulas, codicilos, testamentos, cartas, diarios, diálogos, coloquios, capitulaciones, escritos entre 1492 y 1592 por españoles, todos varones, que participaron en la conquista de América. Hay una excepción temporal: Fray Pedro Simón escribió después de 1592. Y dos excepciones espaciales: Francisco López de Gómara y Pedro Mártir de Anglería que escribieron acerca de la Conquista sin haber viajado allí.
Los primeros autores son clérigos, soldados, médicos, reyes, funcionarios, navegantes. Ellos estuvieron allí.
Los segundos autores, los que actualizaron la lengua de los siglos XV y XVI para facilitar la lectura en las ediciones del s.xx son historiadores, profesores, editores.
Yo actúo como tercer autor, he leído a los primeros autores en la edición de los segundos, y he creado mi propia reescritura de lo leído, utilizando una forma que se aleja de autorías particulares y que resalta la polifonía: son voces. Una forma que ahora trato de describir por activa y por pasiva, y que solo acabará definiéndose en cada lectura.
Una escritura, en fin, que calla, que calla casi todo, porque es ese enorme silencio el único lugar donde cabe la demasiada realidad.
*El libro que nos ocupa salió de imprenta a mediados de octubre de 2024. Esta esto está redactado a finales del mismo mes, recogiendo notas desperdigadas durante años. El libro es el quinto volumen de Biblioteca La CALA y puede adquirirse a través de este enlace: https://lacala.es/tienda/demasiada/

Memoria de La CALA 2024

La memoria de actividad de La CALA durante 2024 será más corta que en años anteriores, hemos hecho menos cosas. Como nunca valoramos la cantidad, hacer menos no nos conduce, a priori, a una situación de debilitamiento o pérdida, ni siquiera de fin del mundo.
Sí vivimos un momento, otro más en la historia de esta casa, de cierto cambio.
La clausura de la sala de exposiciones en 2023 y la finalización del programa de Residencias Abiertas en 2024, nos han liberado de tiempos que hemos podido aprovechar para otras actividades.
Durante el año hemos grabado tres podcasts, en orden: Jaime Serra, periodista; Carolina Cajal y Ana Calatayud, maestras del colegio público de Alpartir; Cristina Laborda, coordinadora de Andar de Nones. Los principales temas tratados, en el mismo orden, fueron: la comunicación, la educación, la diversidad y la cultura comunitaria. Decimos principales porque también hubo tiempo para conversar de arte, información ruralidad, derechos, sexo, muerte, maternidad, y de casi todo lo que atañe al ser humano.
Que los temas centrales de ESTACIÓN LA CALA hayan sido este año los que acabamos de referir da una pista acerca de algunos intereses, no exclusivos, que mueven la búsqueda, la investigación, el encuentro de quienes ahora construimos día a día La CALA.
El otro gran polo de atracción de nuestros intereses ha sido durante el año, sigue, y seguirá siendo el art brut. Los principales hitos en este terreno han sido:
La dirección del documental ZheBRA, el arte del sí, a partir del trabajo en taller de creación plástica promovido por la Fundación Valentia en Huesca, y dirigido por Eduardo Cajal.
La concepción y coordinación editorial de Impar, el primer libro de arte del colectivo Andar de Nones, y uno de los primeros libros de artistas brut españoles contemporáneos.
La participación en el coloquio de Arte organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en Benasque, con la ponencia Españoles en los inicios de la Compagnie d’art brut.
La ampliación de nuestro fondo bibliográfico dedicado al tema.
En cuanto a las jornadas multitudinarias de puertas abiertas en esta casa, antes bastante frecuentes, el modelo de mecenazgo nos permite planificar actividades para público más reducido y propiciar así modos más cercanos de relación entre las partes invitadas.
En este formato, exclusivo para mecenas, tuvimos un encuentro con el ilustrador Diego Fermín con motivo de la aparición de su fanzine Viva la muerte 2, y otro encuentro con la Compañía de Títeres Etcétera, de Granada, encuentro que siguió a su actuación en Arándiga.
Sirva la mención de Arándiga para rememorar nuestras relaciones con el entorno del valle del Jalón en 2024:
En Arándiga colaboramos con el Ayuntamiento en la función de Títeres Etcétera, hicimos una donación de libros con motivo de la inauguración de su nueva biblioteca e impartimos un taller de escritura en las jornadas de inauguración.
Con el Colegio público de Alpartir cerramos un año de trabajo en torno al aprendizaje de la escritura con las grabaciones de dos episodios de nuestros respectivos podcast, con intercambio de papeles.
En la biblioteca municipal de Morata de Jalón celebramos la poesía con el alumnado del Colegio público, descubriendo el juego de la poesía visual.
Y en Saviñán, tutelamos, en un papel más parecido al del Ángel de la Guarda que a otra cosa, los conciertos internacionales de clave organizados por Titus Crijnen, mientras esperamos que la colaboración devenga algo más terrenal.
En el terreno internacional, este año acogimos a la narradora escénica colombiana Carolina Rueda, que dedicó su estancia a discurrir en pensamiento y acto sobre la oralidad.
El resto de la actividad internacional se ha centrado en buscar en Francia fuentes vivas y documentales relacionadas con el art brut.
La CALA no es menos ni más CALA cuando cierra la puerta de esta casa y desarrolla su actividad en el exterior.
Por cuarto año consecutivo, en esta casa se ha diseñado y dirigido el Programa completo de La Compañía Ilustrada, una iniciativa de la Diputación Provincial de Huesca que aúna ilustración, libros y bibliotecas y que llega con exposiciones, talleres y lecturas a cuarenta bibliotecas de la provincia de Huesca. Dentro del Programa incluimos también la concepción y dirección del encuentro profesional Así ilustramos.
A punto de terminar el año (los años de La CALA terminan el 31 de octubre), salió de imprenta La demasiada realidad. Voces de los conquistadores españoles.
Es el quinto volumen de Biblioteca La CALA y, como los anteriores, nace física, intelectual y artísticamente en esta casa, este es el propósito de nuestro servicio de publicaciones: difundir las creaciones de La CALA.
El texto del libro lo firma Grassa Toro, las ilustraciones son de David Adiego.
Durante la larga gestación de La demasiada realidad, la biblioteca de la CALA Se ha nutrido de una amplia bibliografía sobre el tema, que la convierten en un sugerente espacio para el deleite y la investigación, sin entender que los dos términos sean contrapuestos.
Iniciamos hoy nuestro particular 2025 con el que cumpliremos, daremos por cumplidos, los primeros veinte años de asentamiento en Chodes (recordemos que La CALA nació cuatro años antes en Colombia).
El propósito es continuar con las líneas de acción que hemos definido este año, sin perjuicio de dejar campo abierto a la aparición de lo improbable, tal y como anuncia nuestra frase del año.
Terminamos esta memoria dando las gracias a artistas, profesionales, instituciones públicas y privadas que nos han acompañado durante todo el año.
También agradecemos a los mecenas, que con sus aportaciones hacen posible que producciones ajenas al mercado, como es el caso del podcast, pueda seguir vivas. Recordaos que cualquiera puede colaborar con nuestro micro mecenazgo y que podemos encontraréis toda la información al respecto, aquí: https://www.patreon.com/c/lacala
La CALA 2025: lo improbable
Españoles en los inicios de la Compagnie de l’Art Brut *

Antes de adentrarnos en el tema que anuncia el título de este texto conviene recordar algunos acontecimientos, ordenar algunas fechas, recuperar algunos documentos que nos ayuden a contextualizar esa presencia de españoles en los inicios de La Compagnie de l’Art Brut.
La guerra ha terminado (1945 – 1949)
En 1944, la Galería René Drouin (17, place Vendôme, Paris) realiza la primera exposición monográfica de la obra de Jean Dubuffet (20 de octubre - 18 de noviembre). El catálogo comprende 55 pinturas al óleo, 24 pinturas al agua o a tinta, 3 litografías, en total 82 obras1.
Antes de esta exposición individual, Dubuffet había participado el año anterior en dos colectivas de la misma galería: El desnudo en el arte contemporáneo y 21 paisajes.
A partir de este momento y hasta su partida hacia EE.UU. en 1951, las exposiciones se suceden a ritmo vertiginoso en París, New York, Bruxelles.
Dubuffet se convierte en artista.
En 1945, acabada la segunda guerra mundial, el pintor viaja por Suiza y el sur de Francia, visita hospitales psiquiátricos, conoce a médicos e internos, va en busca de arte, de una determinada producción artística, empieza a recopilar documentación fotográfica, incluso se hace con las primeras obras de lo que, en carta al doctor Ladame de 8 de agosto de1945 denomina por primera vez como «art brut»:
«Dibujos, pinturas, labores de arte de todo tipo que emanan de personalidades oscuras, de maníacos, que provienen de impulsos espontáneos, animados por la fantasía, por el delirio incluso, y extraños a los caminos del arte catalogado.»2
Aparecen ya algunas de las señas de identidad del proyecto que está iniciando y que le ocupará toda su vida. El artista reconocido que empieza a ser sale, literalmente, en busca de la obra de artistas absolutamente desconocidos, marginales y marginados, tanto en su condición de artistas como de personas.
Ese primer corpus recogido incluye además de obras de enfermos mentales, dibujos de niños, grafitis, tatuajes, producciones de médiums. Tan heteróclito conjunto va a tener, necesita tener, algo en común. Y Dubuffet lo va a encontrar, lo común será el nombre: «art brut».
A partir de aquí, seguirán las sucesivas definiciones y redefiniciones del concepto.
El acontecimiento queda registrado en dos documentos escritos, la carta que acabo de citar y otra a René Aubrejonois: en la que le asegura: «He preferido “Art brut” a “Arte oscuro”»3.
Dubuffet escribirá a lo largo de su vida miles de cartas, recibirá otras tantas. También escribirá monografías de artistas, textos críticos, algunos con valor de manifiesto, notas, anuncios, incluso una heterodoxa obra literaria.
Dubuffet es escritor, y esa condición va a ser determinante en el proceso de creación y desarrollo del Art Brut.
Esa ingente producción se conserva y es la que hoy nos permite seguir paso a paso la historia, una historia, del Art Brut.
En 1947, las primeras obras ¿objetos? de Art Brut recopiladas por Dubuffet y sus colaboradores se exponen en el Foyer de l’Art Brut. El emplazamiento elegido es el sótano de la Galería René Drouin de París. Durante diez meses algunas personas, no muchas, podrán ver obras de, Joseph Crépin, los Barbus Müller, Gironella y Miguel Hernández.
La figura del galerista René Drouin cobra una especial significación, no solo ha acogido tres años antes a un artista, Dubuffet, por entonces desconocido y poco fácil de clasificar, sino que ahora asume la exhibición de unas obras igualmente desconocidas, de otros desconocidos y que hasta ese momento nadie ha considerado arte.
Dubuffet, que quiere alejarse por todos los medios del arte establecido, vuelve a utilizar el poder generador de la nomenclatura para crear un territorio propio, y donde lo común hubiera sido hablar de «galería» o «museo», refiriéndose a ese espacio de conservación y exhibición, él decide abrir un «Foyer», «Hogar», en español, denominación nunca utilizada en la historia del arte y que tiene evidentes connotaciones de acogida, cuidado, protección, incluso familia.
En 1948 el Foyer se traslada al Pavillon Gallimard, en los jardines de la editorial en París.
En septiembre se inaugura la primera exposición, en la que puede verse obra de artistas expuestos antes en la Galería Drouin: Juva, Hernández, Salingardes, Gironella y de artistas recién descubiertos: Alöise, Wölfli.
En octubre de ese año, Dubuffet crea la Compagnie de l’Art Brut, junto a Jean Paulhan (director de la Nouvelle Revue Française), Charles Ratton (marchante pionero en artes «primitivas»), Henri-Pierre Roché (escritor, amigo de Duchamp, autor de Jules et Jim), Edmond Bomsel (abogado, coleccionista, mecenas), Michel Tapié (músico, artista, crítico de arte) y André Breton (poeta, fundador del Movimiento Surrealista).
Por tercera vez en tres años aparece un nombre nuevo relacionado con el arte: «Compagnie». No es un grupo, no es un colectivo, no es un movimiento, no es una generación, es una «Compañía».
La otra novedad es que quienes la integran no son los autores de las obras, por lo tanto, no son asimilables ni a impresionistas, fauvistas, futuristas, cubistas, o cualquier otro grupo de creadores.
Una hoja volandera presenta el objetivo de esta Compañía:
«Buscar producciones artísticas debidas a personas oscuras y que presenten un carácter especial de invención personal, de espontaneidad, de libertad frente a las convenciones y las costumbres heredadas. Atraer la atención del público sobre esta clase de trabajos, desarrollar el gusto por ellos y promoverlos.»4
La tarea se llevará a cabo, continúa explicando la circular, mediante publicaciones, exposiciones en París y en el extranjero y la contemplación «in situ» de obras y archivos las tardes de martes a viernes.
La renuncia a cualquier carácter comercial obliga a proponer unas tasas que permitan el mantenimiento del taller: nacen los socios y los miembros activos.
Las primeras exposiciones se consagran a Wolfli, Aloïse Corbaz, Jeanne Tripier, Auguste Forestier, Müller, Miguel Hernández, Gironella. Empieza a definirse el panteón de la futura Collection de l’Art Brut.
En 1949, el Art Brut vuelve a la Galería de René Drouin, pero esta vez no se expone en el sótano, sino en sus salones principales del edificio del siglo XVIII, visitados por artistas, intelectuales y la burguesía parisina. Es con ocasión de la exposición Art Brut en la que se exhiben casi 200 obras de 63 artistas, entre ellos dos españoles: Joaquim Vicens Gironella y Miguel Hernández.
La exposición se convierte en un acontecimiento, acuden a verla: Francis Ponge, Henri Michaux (artista de la Galería), Tristan Tzara, Victor Brauner, Claude Levi-Strauss, André Malraux, Michel Ragon, Miró…
Todavía se exponen dibujos de niños y objetos de arte popular. Será la última vez, pronto dejarán de ser considerados por Dubuffet como Art Brut, igual que los grafitis y los tatuajes.
Hay una tirada aparte de treinta ejemplares del catálogo que llevan una litografía original de Miguel Hernández5.
Es en ese catálogo donde Dubuffet publica «El Art Brut preferido a las artes culturales», auténtico manifiesto:
«Entendemos por eso [Art Brut] obras ejecutadas por personas indemnes de cultura artística, en las cuales, todo mimetismo, contrariamente a lo que sucede en el caso de los intelectuales, tenga poco o ningún sitio, de manera que sus autores saquen todo (temas, elección de materiales trabajados, ritmos, formas de escritura, etc.) de su propio interior y no de clichés del arte clásico o del arte de moda. Estamos ante la operación artística completamente pura, brut, reinventada en todas sus fases por su autor, a partir solamente de sus propias impulsiones. Arte en el que solo se manifiesta la función de la invención, y no las constantes del arte cultural, del camaleón y del mono.»6
Si bien quizás sea este el fragmento más citado, hay otro que ha cobrado especial significado con el paso del tiempo:
«La razón de ser del arte es ser una operación que no pasa por el camino de las ideas. Donde las ideas se mezclan, solo hay arte oxidado, eso ya no vale nada. ¡Ideas, las menos posibles! ¡El arte no se alimenta de ideas!» 7
Para ese entonces, Duchamp lleva años diciendo y haciendo lo contrario.
Podríamos leer la historia del arte a partir de ese momento como la convivencia de estos dos planteamientos distintos y opuestos, y con una considerable mayor presencia, hasta la fecha, de la propuesta conceptual de Duchamp y sus derivadas.
Entre 1947 y 1949 Le Foyer o La Compagnie inauguran dieciséis exposiciones. Los artistas destacados de este periodo son Adolf Wölfli (enfermo mental), Alöise Corbaz (enferma mental), Jeanne Tripier (médium, enferma mental), Heinrich Anton Müller (enfermo mental), Auguste Forestier (enfermo mental), Joaquim Vicens Gironella (exiliado) y Miguel Hernández (exiliado).
En 1951, se disuelve la Compagnie d’Art Brut. Dubuffet y las obras de la primera Colección viajan a EE.UU., a casa del artista Alfonso Ossorio, de donde regresarán en 1962. Han pasado seis años desde aquella primera carta al Doctor Ladame y el Art Brut, sea lo que sea, es ya una realidad destinada si no a entrar en la historia del arte, algo que puede resultar difícil desde el punto de vista conceptual, sí a tener su propia historia.
Las guerras han terminado (1939-1949)
En nuestro primer y sucinto relato han aparecido constantemente los nombres de dos españoles.
Joaquim Vicens Gironella
El 30 de agosto de 1948, Jean Dubuffet escribe a André Breton:
«Muy querido André Breton, Me han mostrado veinticinco obras en corcho esculpido de un obrero del corcho español que se llama Joaquim Vicens Gironella -manifiestamente muy delirante- que son extremamente interesantes. Haremos una exposición en los próximos meses»8.
Dubuffet acababa de conocer la obra de Joaquim Vicens Gironella, esta vez el descubrimiento no había sido fruto de la investigación del propio Dubuffet o de alguno de los colaboradores y amigos que le acompañaban en Francia y Suiza en la búsqueda de obras que ejemplificaran lo que en 1945 había definido como Art Brut, esta vez había actuado el azar en forma de casualidad.
Dubuffet era todavía en esa época, y por poco tiempo más, comerciante de vinos, con esa condición acudió a una entrevista con el señor Lajus, fabricante de corchos para botellas; se encontraron en el despacho de este en los Champs Élysées de Paris en 1948, sobre las paredes colgaban una treintena de obras talladas en corcho que atrajeron la atención de Dubuffet, que había acudido allí en condición de cliente para su almacén de vinos y alcoholes.
El señor Lajus explicó a su cliente, como luego contó Dubuffet, que el autor se llamaba Joaquim Vicens Gironella, que tenía treinta y siete años, y que había nacido en 1911 en un pequeño pueblo de los Pirineos en la provincia de Girona. Exiliado en 1939, interno durante un año en el campo de concentración de Bram, después de su liberación se había instalado en Toulouse con su familia, y trabajaba en una empresa de corchos. Había empezado a crear esculturas hacia finales de 1946. Es posible que esta fecha se pudiera adelantar hasta 1941 o 1943 como señala Narcís Selles Rigat en un estudio reciente.
No será esta la única y justificable imprecisión u omisión. Quizás el señor Lajus tampoco sabía o no le dijo a Dubuffet que Gironella escribía desde joven, sobre todo en el Empordá Federal, donde manifestaba sus posiciones laicas, y tampoco le dijo que durante la guerra civil española se opuso al golpe de estado militar contra la II República, que formó parte de la corporación municipal de su pueblo, Agullana, primero como miembro de la CNT, luego como miembro del PSUC y que acabó coordinando la revista Victoria dirigida a los combatientes republicanos. También escribió en Combatiente del Este.
En los primeros años de exilio, además del campo de Bram, y tras la ocupación alemana de Francia, estuvo recluido en los campos de Récébédou y Le Croisic, y fue obligado a integrar la Organización naiz Todt para construir el Muro Atlántico de defensa.
Liberada Francia, regresó a Toulouse, donde dirigió la revista Catalunya y donde empezó su obra escultórica.
El diccionario de la Real Academia de la Historia española se limita a señalar su condición de soldado republicano y de exiliado, sin entrar en detalles sobre su filiación política y la represión nazi que sufrió.
Gironella nació en una zona rica en alcornocales, trabajó el corcho desde su juventud, continuando con una tradición familiar.
El encuentro con Dubuffet hará de un desconocido uno de los artistas más relevantes del Art Brut en sus inicios.
Repasemos la cronología:
_ 1947. Exposición individual en la Galerie Œillet, Toulouse. Es su primera exposición, dos años después del final de la Segunda Guerra Mundial.
_ 1948 (17 julio a 31 agosto). Exposición colectiva de Art Brut en la Galería René Drouin, París.
_ 1948 (2 de octubre). Jean Dubuffet escribe a Joaquim Vicens Gironella, a su residencia de Toulouse. Le anuncia la fundación de la Compagnie de l’Art Brut, y le comenta que, en ese momento, en la nueva sede del Foyer (pavillon de Gallimard, en rue Université), hay una exposición colectiva que cuenta con dos obras de suyas prestadas por Lajus: un crucifijo y un cuadro en relieve titulado Vacances.
La carta es una petición con forma de propuesta. Dubuffet quiere hacer una exposición individual de Gironella a principios de enero de 1949 (luego, veremos que la adelanta unos meses), y quiere que Gironella le envíe obras, además de las que aportará Lajus. También quiere que le escriba sobre su proceso de creación con el corcho, necesita esa información, le explica en la carta, para poder redactar un artículo que aparecerá en el futuro Almanach de L’Art Brut 1949. Dubuffet le urge, tiene que hacer los envíos lo antes posible.
Aparecen en la carta rasgos característicos del modus operandi de Dubuffet: quiere obra, quiere conocer al autor (por escrito), quiere a su vez escribir sobre él, y lo quiere ya.
Gironella responde el 4 de octubre de 1948, dos días después: ha accedido al imperativo de urgencia, pero discrepa de otras peticiones de Dubuffet:
«No sé hasta qué punto puedo aportar precisiones que, en mi opinión, no existen. Mi estimado SR. DUBUFFET, usted ha visto mis obras, puede volver a verlas cuando le parezca bien, y creo que eso es bastante, por no decir todo. Juzgue sobre la materia; materia inédita, por otra parte, en lo que concierne a la escultura; juzgue lo que yo he expresado con ella.
Usted conoce mi nombre, mi edad, sabe dónde nací, todavía puedo ayudarle. Quiero repetirle que soy fabricante de corchos y que es seguramente el gran conocimiento que tengo de esta materia lo que ha permitido que manifestaciones de mi espíritu se expresen a través de ella y tomen forma: volúmenes, líneas, pensamientos que quizás los demás se vean obligados a descifrar, ideas que quizás aparezcan más claras en mis poemas que en mis esculturas. No, no tengo ninguna escuela, y me hacen reír cuando me dicen: «Eso es Picassaino». Añado que yo no conocía en absoluto a PICASSO cuando comencé mi escultura. ¿Tengo que pedirle perdón?»9.
_ 1948 (11 de octubre). Fundación de la Compagnie de l’Art Brut.
_ 1948 (septiembre-octubre). Exposición Colectiva en el pavillon Gallimard. Se exponen, además de artistas brut, artistas africanos, dibujos de niños y obras anónimas.
_ 1948 (9 de noviembre / 3 de diciembre). Exposición de Joaquim Vicens Gironella en el Foyer de l’Art Brut, en el recién estrenado pabellón de la editorial Gallimard. Exposición individual con cuarenta obras del artista.
El texto que Dubuffet había redactado para su Almanach de l’Art Brut 1949, en concreto para el mes de marzo, y que nunca llegó a publicarse, aparece como prefacio al catálogo de esta exposición. Dubuffet ofrece unas notas biográficas sobre Gironella y lleva a cabo un análisis de la obra, mejor dicho, del acto de creación de Gironella a partir de las posibilidades inauditas que ofrece un material tan poco frecuente en las bellas artes como el corcho:
«Este material especialmente vivo (y por eso especialmente hablador), esta carne orgánica vegetal sobre la que pone sus manos -es el árbol y el bosque los que hablan en estos corchos- provocan aparentemente en el artista asociaciones de ideas sobre un hilo poético, es decir lo arrojan a una especie de febril delirio.»10
La nota de Dubuffet se cierra con esta definición de lo español como seña de identidad tan subjetiva como compartida por artistas e intelectuales extranjeros desde el romanticismo:
«El movimiento de sus creaciones lleva la firma de España: tempestuosa danza, brutal veracidad, grotesco trágico, respeto por la fealdad, erotismo filosófico y grave, sangre y muerte.»11
Gironella era catalán, y se presentaba como tal, defendiendo una identidad propia y diferente a la española; Dubuffet no apreciaba la diferencia.
Por esas fechas, Dubuffet trabaja en la confección de sus álbumes fotográficos. Las piezas de Gironella aparecen en el Álbum N.º 2. La mayoría son exentas, escasean los relieves que darán fama al escultor. Dubuffet marca a pie de foto las que ya pertenecen a su colección de las que solo aparecen como aporte documental. En el mismo álbum hay fotografías de la obra de Miguel Hernández, Chaissac, Véreux, Jura y Séraphine12.
_ 1949 (octubre) Exposición L’Art Brut en la galería de René Drouin. Gironella está entre los sesenta y tres artistas expuestos, también Miguel Hernández. Y Auguste Forestier.
Miguel Hernández
El primer español en exponer en el Foyer de l’Art Brut fue Miguel Hernández, homónimo del poeta alicantino.
Nacido en Ávila en 1893, con diecinueve años viaja a Sao Paulo, Buenos Aires y Rio de Janeiro donde trabaja de campesino, pastelero, comerciante o cocinero. Con treinta años regresa a Europa, es detenido en Lisboa por colaboración con una revista anarquista. Pasa a España, cumple con el servicio militar y es enviado a la guerra contra Marruecos.
En 1930, ya en Madrid, está afiliado a la FAI y es el tesorero del Comité por la Amnistía; por esa época, es miembro del grupo de Los Intransigentes, y junto a Benigno Mancebo y González Inestal publica el semanal El Libertario (Madrid, 1931-1933). Entre 1935-36 colabora con el periódico Campo libre, órgano de la federación campesina de la CNT del Centro. Fue miliciano durante la guerra civil.
Internado en varios campos de concentración en el exilio francés, tendrá que separarse de su esposa, con la que se había casado en 1938.
Liberado, pasa un año en Toulouse y en 1945 se instala definitivamente en París.
No sabemos si Gironella y Miguel Hernández llegaron a encontrarse, a pesar de que las coincidencias entre sus biografías son relevantes: militancia anarquista, guerra civil española, exilio, paso por los campos de concentración franceses, dedicación a la redacción y edición de periódicos de carácter político y afición por la escritura literaria.
Desde 1948, sus biografías confluyen gracias a la decisión de Dubuffet de incluirlos en la primera nómina de artistas sobre la que sustentará la definición de Art Brut. Solo por este hecho, ya tienen un sitio en la historia.
En el París de la Liberación, Miguel Hernández se relaciona con artistas de la época. Hay datos y documentos que lo prueban: una carta poema dirigida a Breton en 1949, un retrato del poeta de 1952; están también las fotografías que le hace Doisneau, y su fulgurante aparición en el catálogo del Foyer de l’Art Brut de la mano de Michel Tapié, que organizará la primera exposición de Hernández.
Recién inaugurado el Foyer de l’Art Brut, Dubuffet viaja al Norte de África, donde pasará algunos meses. El Foyer queda a cargo de Michel Tapié y Robert Giraud, colaborador de Dubuffet hasta 1951, y amigo del fotógrafo Robert Doisneau. Todo parece indicar que es este grupo, inmerso en la vida popular de Paris, el que descubre a Dubuffet la obra del exiliado español.
Desde el primer momento, Dubuffet lo tiene en la más alta consideración, la prueba es que aparece en el cuaderno nº 2 de su álbum fotográfico, junto, entre otros, a Gironella13.
A su vuelta de África, Dubuffet trabajó en la redacción de su Almanach de l’Art Brut 1949: un mes, octubre, iba a estar dedicado a Miguel Hernández, le encargó el texto correspondiente a Michel Tapié, que no lo entregó, y es el mismo Dubuffet quien acabó redactándolo; se trata de una nota biográfica y crítica que se publicará poco después en el nº 6 de Les Cahiers de la Pléiade, dedicado al Art Brut (otoño 1948-invierno 1949). El Almanach no llegó nunca a editarse.
En una carta de 29 de septiembre de1949, dirigida a Jean Berne, Dubuffet explica:
«No me gusta ese cuaderno nº 6 de la Pléiade. No encuentro ahí dentro nada que me guste. He dejado a Jean Paulhan incluir la cosa sobre el Art Brut porque le apetecía hacerlo, pero a mí no me gusta ver el Art Brut entre esos doctores de falso arte; es la peor compañía que se pueda tener. He hecho ese artículo sobre Hernández para intentar contribuir a sacarlo de la angustiosa miseria en la que se encuentra; lo hago por la amistad que le tengo a esa buena persona y porque su arte me interesa enormemente.»14
En mayo de 1949, se inaugura una exposición del artista español en el Foyer de l’Art Brut, se acompaña de una separata del texto extraída del dossier de Les Cahiers de la Pléiade. Dubuffet analiza la obra de Hernández en estos términos:
«El arte de Hernández es la máxima expresión de un arte abstracto y cerebral. La gente de vista corta y primaria cree que lo abstracto en arte consiste en no pintar figuras humanas ni objetos. Hernández es seguramente todo lo contrario de lo que llamamos un intelectual; es un primitivo y no posee de la cultura clásica poco más que las cuatro reglas de la aritmética y su pequeño bagaje de contable, que tanto apreciaba. Pero un primitivo puede ser y es a menudo, un cerebral.
La belleza no es su punto fuerte. Necesita de lo feo para expresarse.»15
En octubre de 1949, Miguel Hernández forma parte de la exposición colectiva: L’Art Brut, en la galería René Drouin de París. A su lado, entre otros, Gironella y Forestier.
Dubuffet acabará ampliando el texto inicial sobre el pintor en un artículo de 1964 para el primer fascículo de la nueva publicación: L’Art Brut (otra vez Hernández en los inicios de un proyecto de Dubuffet)16. En esta versión de 1964, Dubuffet da noticia de la muerte de Miguel Hernández, acaecida en París en 1957, después de diez años dedicado a pintar de manera casi compulsiva en condiciones de lo que Dubuffet consideraba «pobreza dramática», enfermedad y soledad; circunstancias, cita también Dubuffet, que no parecían preocupar a Miguel Hernández.
A pesar de esa manifiesta indiferencia del artista español hacia sus difíciles circunstancias de vida, los imaginarios acerca de los artistas que construía Dubuffet en estos primeros años del Art Brut estaban envueltos en una épica de perdedores, marginados, olvidados. Es quizás esa visión, hecha a su medida, de la vida de los otros la que empujó a Dubuffet a redactar unas líneas en la primera versión de este texto, la de 1949, líneas que el paso del tiempo ha convertido en patéticas en la doble y contradictoria del término: conmovedoras y ridículas, máxime cuando sabemos que la tirada de la plaquette fue de cien ejemplares:
«Señor General Franco, si usted lee alguna vez esta página, le ruego que haga las paces con Miguel Hernández, se lo ruego; devuélvale su agraciada mujer y que él cese de partirnos el corazón cada vez que pinta su retrato; es un buen hombre y generoso como no hay otro, y bueno como el pan; y además es un gran pintor. Ya sabemos que él no querrá, orgulloso y terco como es, él se morirá antes que hacer las paces.»17
El fragmento es de gran interés por varias razones: Dubuffet evitó toda su vida manifestaciones de tipo político y esta vez le habla de tú a tú al único dictador fascista de Europa que ha sobrevivido a la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial. El hecho es excepcional.
Estamos, además, ante el inicio de una estrategia retórica que Dubuffet explotará al máximo: explicar la obra de los autores por alguno de sus rasgos biográficos, en la ocasión: la separación forzada de Hernández de su mujer.
En este momento de la historia, Dubuffet trata de definir el Art Brut, escribe infatigablemente textos para catálogos, pequeñas monografías, abundante correspondencia; pide textos a sus colaboradores; archiva cuidadosamente las fotografías de las obras que encuentra (algunas de las cuales pasan a su propiedad); redacta el Almanach, que nunca publicará; discute con sus colegas; abre el Foyer a un público minoritario elegido por él. Es un proceso de búsqueda, de definición, en el que establece una batalla dialéctica entre lo que la realidad le ofrece a cada paso y sus prejuicios, fantasías, deseos.
Ese choque entre la realidad y lo que podríamos denominar su proyecto queda registrado en algunos textos. En esta ocasión, en el fragmento que amplia en 1964 la monografía de Miguel Hernández publicada en 1949, habla, casi veinte años después, desde el recuerdo:
«Nos sorprendió encontrar entre los refugiados españoles que constituían en París el entorno de Miguel Hernández varios otros casos similares de hombres como él poco instruidos y ejerciendo profesiones sin relación con actividades artísticas, que se ponían de golpe a pintar cuadros. También nos sorprendió el interés que ponían sus camaradas en sus trabajos y lo poco que se sorprendían por verlos dedicarse a esas tareas. Debemos señalar sin embargo que, ante el carácter ciertamente extraño de los cuadros de Miguel, cuando en 1947, comenzó a entregarse regularmente a la pintura, sus camaradas percibieron una alteración de su equilibrio mental y se alarmaron.»18
Todo el proyecto de Dubuffet tiene algo de adanismo: artistas, obras, ideas, reflexiones parecen surgir de una Nada con ilimitadas capacidades creadoras, solo cuando él las nombra. El pasado no tiene sitio, no se lo otorga en la formación del Foyer y de la Compagnie, todo empieza con él, y por él. Hay algo de ahistórico en la creación del Art Brut como concepto.
Quizás si le hubiera interesado más el pasado, se hubiera preocupado por conocer el impulso creador del exilio español y su sorpresa hubiera sido menor.
Por otro lado, si bien Dubuffet renunció tempranamente a la identificación del Art Brut con el arte de los enfermos mentales, no desaprovecha la aparición de una «alteración en el equilibrio mental» para redondear el perfil del artista elegido.
Y es precisamente este punto, el de la relación entre enfermedad mental y Art Brut del que me ocuparé a continuación.
Hasta aquí hemos presentado a dos artistas, nos queda por presentar un tercer español que también juega un papel importante en los inicios de la Compagnie de L’Art Brut, me refiero al psiquiatra Frances Tosquelles. (Recuerdo que el título de este texto hace alusión a españoles, sin calificación expresa de artistas).
Francesc Tosquelles
Catalán, miembro del POUM, responsable de servicios psiquiátricos de la República durante la guerra civil española, exiliado, interno en el campo de concentración francés de Septfonds, Tosquelles llega en enero de 1940 al hospital de Saint-Alban, en el sur de Francia, y desde el primer momento lleva a la práctica una psiquiatría que coloca la institución, en este caso el hospital, al servicio del paciente, al que se lo ofrece por un lado la seguridad del asilo, y por otro, la libertad de desarrollar sus capacidades intelectuales y expresivas, incluidas las artísticas.
A ese psiquiátrico, dirigido en aquel momento por Lucien Bonnafé, llega Dubuffet en septiembre de 1945, después de pasar por otro psiquiátrico, el de Rodez. Le interesa conocer a Auguste Forestier, escultor en madera, del que ya ha podido apreciar una obra en casa de Paul Éluard en París. Forestier lleva años interno, y Dubuffet intuye que su obra es determinante para el inicio de su Colección. Es el mismo Forestier que compartirá Foyer y aparecerá en las primeras exposiciones colectivas junto a Gironella y Miguel Hernández.
Lo que no sabe Dubuffet es que Tosquelles ya tiene sus propias ideas de la relación entre el arte y la locura, y no coinciden con las suyas, para Tosquelles prima el intercambio, el encuentro con el otro, del binomio le importa más la locura que el arte, y de la locura le importa el ser humano.
Así lo recordaba Tosquelles, en 1991, pocos años antes de morir:
«El arte brut es la producción espontánea de los enfermos. Habitualmente es algo que hacen solos. De hecho, cuando yo llegué a Saint-Alban, Forestier, que es conocido por todo el mundo, ya lo había inventado. En aquella época, aunque el hospital tenía un muro, abríamos totalmente las puertas una vez por semana. Los campesinos que iban a la feria lo atravesaban con sus vacas, para no cansarse. Forestier construía sus barcos, sus pequeños mariscales, colocaba un pequeño puesto en el camino, y la gente de la Lozére, al pasar, le cambiaba sus obras por un paquete de cigarros o un poco de dinero. Le compraban el art brut. Es importante convertir este arte en mercancía, en eso que se ha llamado, equivocadamente, la «socialización», hay que saber superar el exhibicionismo para reencontrar al otro.»19
Queda claro, para Tosquelles lo importante es la vida de Forestier; a Dubuffet le importa el relato, la biografía, que nunca se puede confundir con la vida. Excepción hecha con Miguel Hernández, a Dubuffet la vida de los creadores de art brut le daba igual, por no decir que solo le interesaba como elemento retórico de creación de un imaginario marginal, excluido, incluso oscuro, imaginario con el que él trataba de otorgar un sentido a su creación, el Art Brut, y que muchas veces podía confundirse, y con razón, con el deseo de construir algo parecido a una imagen de marca.
Tosquelles no tuvo que pensarlo dos veces: impidió el encuentro de Dubuffet con Forestier y que el primero sacara obras del hospital. Lo contrario de lo que había sucedido en los psiquiátricos suizos por los que acababa de pasar Dubuffet en compañía, entre otros, de Le Corbusier.
La argumentación de Tosquelles convierte su negativa a colaborar con Dubuffet en la primera crítica a la empresa que está poniendo en marcha, y no es menor, porque plantea uno de los interrogantes que todavía permanecen abiertos: ¿a quién beneficia la existencia de algo llamado art brut?
Joana Masó y Eric Fassin, en 2022, en el catálogo de la exposición Tosquelles. Como una máquina de coser en un campo de trigo retoman un debate que ha estado latente en toda la historia del Art Brut:
«Sin embargo, el proyecto de Dubufffet difería profundamente del de Saint-Alban. No solamente no se creó ninguna colección ni museo en el hospital porque los médicos no fueron coleccionistas de arte, sino que la psicoterapia institucional, lejos de interesarse por posturas anticulturales, había hecho de las prácticas culturales una herramienta para elaborar el vínculo social que la psiquiatría clásica había negado a los enfermos.
Para Tosquelles, las esculturas de Auguste Forestier que Dubuffet tanto deseó adquirir para la colección de art brut formaban parte de una economía de trueque que entendía como una relación social»20.
Debemos a Joana Masó, Eric Fassin y Carles Guerra haber puesto el foco sobre este otro momento fundador de la historia del art brut; momento que durante años no ha aparecido en la bibliografía sobre el tema, fundamentalmente la francesa y la suiza.
Si el viaje de Dubuffet a Suiza en busca de las primeras obras de enfermos mentales ha llegado a ser mítico, bien podría empezar a serlo el viaje a Saint-Alban. Lo que sucedió en Suiza forma parte de un pasado, lo que sucedió en Saint-Alban está más presente que nunca: la cuestión, siempre abierta, es saber qué rol desempeña cada uno de los actores dentro del universo del art brut, donde los actores son: creadores, coleccionistas, críticos, historiadores del arte, divulgadores, entorno médico en el caso de los enfermos mentales, entorno familiar y social.
La proverbial terquedad de Dubuffet, y el apoyo que le brindaron otros psiquiatras del entorno de Tosquelles, en concreto, Gentis y Oury, propició que poco tiempo después de este primer rechazo Dubuffet se hiciera con piezas de Auguste Forestier, obras que se convertirían desde el primer momento, y hasta hoy, en iconos del Art Brut y de la Collection.
En lo que sí siguió firme Tosquelles fue en la negativa a dar valor de imagen publicitaria a las biografías de los artistas. En carta a Dubuffet de 22 de noviembre de 1965, con la Colección de Art Brut ya en marcha, Tosquelles escribe a Dubuffet:
«Pero amigo mío, no puedo contarle nada de Forestier; que un día como este me ofreció un cigarrillo y que otro día hablamos de la lluvia y del buen tiempo; que yo estaba más o menos cerca de él cuando se asfixiaba, luchando contra la muerte. Todo esto no le servirá de nada. Incluso si pudiera darle algo indescriptible, algo que hubiera captado en su mirada cuando se estaba muriendo, ¿cómo podría explicárselo?»21
No es la única vez que un español, republicano y exiliado le lleva la contraria a Dubuffet. Gironella también había discutido algunos años antes, como ya hemos visto en su correspondencia cruzada, la necesidad de una nota biográfica morbosa.
Estas negativas de Tosquelles y Gironella lejos de ser anecdóticas, cobran especial significación porque atacan a uno de los pilares de la definición de Art Brut, que considera como tal arte el que llevan a cabo ciertas personas, con ciertas características psicológicas o sociales.
Hasta Dubuffet nadie se había atrevido a definir una obra de arte por la condición de su autora o autor, por eso para él era tan importante escudriñar en las biografías, elegir los episodios más oscuros de las vidas, los más alejados de las vidas «normales» de cualquier espectador, crítico o coleccionista.
No hay que ver en las reiteradas negativas de Tosquelles la esencia de ninguna animadversión personal contra Dubuffet, que podría existir por otras razones. Es una cuestión de principios, la prueba es que más de cuarenta años después, Tosquelles se seguía negando a una utilización interesada de la biografía de Forestier.
El 21 de septiembre de1989 Cécile Hamsy presenta en la emisora de radio France Culture el programa: Profils perdus - Saint-Alban-sur-Limagnole en Lozère : L'esprit d'un lieu, (primera parte). Escuchamos, entre otras, las voces de Paul y Germaine Balvet, Lucien Bonnafé, que dirigieron el hospital de Saint Alban, y la de Tosquelles que, interrogado a propósito de Auguste Forestier, ofrece algunas generalidades acerca de su vida, pero evade dar informaciones más precisas, hasta que en un momento de la entrevista zanja el asunto con una afirmación programática: «Aquí todo el mundo era Forestier.»22
En las antípodas del programa de Dubuffet y de sus sucesores y acólitos.
La postguerra no termina nunca (1949-2024)
Aunque traspase el ámbito temporal que fijaba el título de este texto, haré una coda para apuntar algunos datos acerca de la trascendencia de la obra de estos tres españoles en un periodo, el de postguerra (postguerras en nuestro caso), que por definición no termina nunca.
Tosquelles afirmaba que el ser humano siempre está en guerra; más cautelosos, afirmamos que siempre estamos en postguerra.
Francesc Tosquelles
Tosquelles desarrolló su carrera profesional como psiquiatra en Francia.
A partir de 1967, retomó su relación con el hospital Pere Mata de Reus, en Cataluña. Creó un seminario de estudio con el personal del psiquiátrico. Serán viajes de ida y vuelta hasta, prácticamente, su muerte (1994), y estancias cortas.
En 1989, la cadena púbica de radio France Culture dedica dos programas al hospital de Saint-Alban.
En 2007, las ediciones Éres de Toulouse publican L’ombre portée de François Tosquelles, un libro de Patrick Faugeras que recoge veintitrés entrevistas con colaboradores, amigos y familiares de Tosquelles.
En 2014, la editorial Octaedro publica en Barcelona Función poética. Una lectura de «In memoriam» de Gabriel Ferrater.
En 2021, El centro de arte Les Abattoirs de Toulouse inaugura: La Déconniatrie: Art, exil et psychiatrie autour de François Tosquelles. Comisariada por: Carles Guerra, Joana Masó, Julien Michel, Annabelle Téneze. La exposición se prolonga hasta marzo del 2022.
En 2022, el CCCB (Centro Cultural de Cultura Contemporánea de Barcelona) inaugura Francesc Tosquelles. Como una máquina de coser en un campo de trigo. Comisariado de Joana Masó y Carles Guerra.
El mismo año 2022, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía inaugura Francesc Tosquelles. Como una máquina de coser en un campo de trigo. Comisariado de Joana Masó y Carles Guerra. La exposición se clausura en 2023.
En estas dos últimas exhibiciones, en Barcelona y Madrid, hay obra de Gironella y de Miguel Hernández.
En 2024, el American Folk Art Museum, (New York, Etats-Unis) inaugura
Francesc Tosquelles: La psiquiatría de vanguardia y el nacimiento del Art Brut. Comisariada por: Valérie Rousseau, Joana Masó, Carles Guerra y Edward Dioguardi.
A lo largo, de cuatro años, la exposición se adapta a cada espacio, incluso cambian los curadores, y los títulos. A su paso por España, el CCCB, MNARS y la editorial Arcadia editan en 2022 publican Tosquelles. Como una máquina de coser en un campo de trigo23.
En 2022, Joana Masó publica Tosquelles. Curar les institucions y la traducción al español: Tosquelles. Curar las instituciones, (Barcelona, Arcadia), biografía del psiquiatra catalán.
Desde 2021 hay una continua recuperación de la figura de Tosquelles, que ha servido para conocer mejor los inicios del Art Brut.
Miguel Hernández
La primera exposición de Miguel Hernández en España de la que tenemos noticia es de diciembre de 1976, en la Dirección General de Patrimonio Artístico y Cultural. España todavía no era una democracia, el 15 de ese mes de diciembre se convocó el referéndum sobre el Proyecto de Ley para la Reforma Política.
El de enero de 1977, el crítico de arte Antonio Manuel Campoy firmó un artículo en ABC titulado «Vida y obras dramáticas de otro Miguel Hernández». Además de algunas notas biográficas, hacía un sucinto análisis de su obra:
«Que eso es Miguel Hernández un poeta elemental, pueril, de sus tormentos apasionados y puede que también de sus esperanzas. Un eros dramático cobija su pintura. Hoy estamos, como siempre que de auténticos primitivos se trata, ante un arte entre rudimentario y pueril. (…) Miguel Hernández (Ávila, 1893- París, 1957) es otro de los que resumen en su obra casi todos los datos de primitivo no en la acepción que la tristona historia del arte occidental da a esta palabra, sino más bien en el sentido que se le dio a partir de Frobenius.»
Campoy reconoce en la obra de Miguel Hernández: abstracción, esquematismo, inmediatez, alta potencia expresiva, sentido ornamental,
«y por supuesto que también ese horror vacui visceralmente barroco que Moreno Galván ve en la obra de Miguel Hernández, que desde luego no tiene nada que ver con el art- brut en el sentido que lo exaltó Dubuffet, admirador de Miguel Hernández y, al mismo tiempo, el espíritu más antitético del pintor abulense, intuitivo y elemental en igual medida que Dubuffet es refinado y cerebral.»24
Rastrear la pervivencia de Miguel Hernández desde su muerte hasta hoy no es tarea fácil, y es muy probable que los datos ofrecidos aquí no completen el listado de exposiciones ni el de colecciones donde puede contemplarse su obra.
En 1984, Le Musée d'Art Naïf de Laval (Francia) organizó una exposición colectiva con cincuenta y dos obras del pintor español, al lado de otros artistas: Louis Bouscaillou, Jean-Joseph Sanfourche et Jacques Reumeau. La exposición se tituló De cara y de perfil y en el prefacio, Charles Schaettel afirmaba que desde la disolución de la Compagnie de l’Art Brut no se había vuelto a exponer a Miguel Hernández en Francia. No aparecía ninguna indicación acerca de la procedencia de las obras.25
En 1986-87 L’Association l’Aracine abrirá durante cuatro meses la exposición Miguel Hernández, con obras que pertenecen a los fondos permanentes de L’Aracine.26
En 1999, la misma Asociación, creada por Madeleine Lommel, Claire Teller et Michel Nedjar , donó al museo LaM, Métropole Musée d’art Moderne, d’art contemporaine, et d’art brut, todos sus fondos, Miguel Hernández pasó a la colección permanente de LaM.27
Es muy posible que el proveedor de las obras de Miguel Hernández fuera el coleccionista Noël Rovers d'Hont, con residencia en Málaga (España).
En 2022, se exponen obras suyas en Tosquelles. Como una máquina de coser en un campo de trigo. Exposición comisariada por Joana Masó y Carles Guerra para CCCB y MNARS.
Actualmente la obra de Miguel Hernández forma parte, además de la Colección de LaM, Lille Métropole Musée d’art Moderne, d’art contemporaine, et d’art brut; de la Collection de l’Art Brut Lausanne28 y de la abcd/ art brut. Collection Bruno Decharme29.
No he encontrado nada en España.
Joaquim Vicens Gironella
En mayo de 2022, el Museu Memorial de l’Exili (MUME) de la Jonquera, en colaboración con el Museu del Suro de Catalunya, sito en Palafrugell, inauguran la exposición: Joaquim Vicens Gironella. Viure en temps convulsos i crear des dels marges.
Con tal motivo, Narcís Selles Rigat, comisario de la exposición, firma el catálogo con el mismo título, la más amplía monografía de la que disponemos hasta el momento sobre la vida y obra de Gironella.30
El inventario de exposiciones individuales de Gironella entre 1947 y 2007, da un total de veintiuna, de las cuales solo tres se vieron en España:
_ 1985. Sala Municipal Vianrdell i Roig, Girona.
_1985. Galeria França-Catalunya, Barcelona
_1991 Museu del Suro, Palafrugell
El inventario de principales exposiciones colectivas entre 1948 y 2021 da un total de veintiocho repartidas entre Francia, USA, Bélgica, Suiza, Australia, Alemania, Italia, Portugal, Inglaterra.
La Galería Christian Berst de París, actualiza en su web31 el listado de las exposiciones de Gironella, (el artista forma parte de los fondos de la Galería)32.
Gironella ha estado presente entre 2021 y 2024 en otras ocho exposiciones colectivas (Francia, España, Portugal, USA, Suiza) y en dos individuales: la del MUME, que ya he citado y otra en la propia galería CBAB: Joaquim Vicens Gironella : paradis perdu. Du 6 avril au 4 juin 2023.33
Obra de Gironella hay en ocho colecciones de Suiza, Francia, Portugal, y España. En España hay obra suya en el Museu del Suro34, el Museo del corcho.
Salvo en el Museu del Suro de Catalunya, no he encontrado obra de Gironella expuesta en España.
En las tres grandes exposiciones que se han presentado en el s.xxi en España a propósito de Art Brut no aparece obra de Gironella ni de Miguel Hernández. Las exposiciones son: Art brut. Genio y delirio. Madrid. Círculo de bellas artes, 2006. Mundos interiores al descubierto. Madrid. Fundación La Caixa, 2006. Visiones paralelas. Artistas modernos y arte marginal. Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1993.
La investigación sigue, necesariamente, abierta.
Hay muchas formas de exilio.






*Conferencia dictada por Grassa Toro el 12 de septiembre de 2024 en el Encuentro Infancias, juguetes, humor, postismos; organizado por la UIMP en el Centro Cultural Palacio de los Condes de Ribagorza. Benasque (Huesca).
La memoria de LA CALA durante 2023 se escribe con letras
Lo que sigue es un intento de recuerdo de lo vivido desde el 1 de noviembre de 2022 hasta hoy, fecha cercana al 1 de noviembre de 2023. El uso del abecedario ayuda a rescatar de la memoria algún nombre, alguna idea que podrían escaparse en un ejercicio clásico de memoria. También da una cierta idea de haber hecho algo redondo, completo, idea que serena el espíritu. Nada más lejos de la realidad, el abecedario es incompleto y, además, está todo por hacer, como siempre.
Pedimos disculpas por los olvidos en este relato, y animamos a enlazar con la información ofrecida en la web siempre que se pueda, será un camino para descubrir otra manera de contar lo que ha acontecido.
ART BRUT. Estamos consolidando una vía de estudio interno en torno al tema. Ahora mismo, participamos en dos proyectos con artistas brut y un nutrido grupo de profesionales (un libro y un documental), que verán la luz en los próximos meses. Es significativa la ampliación del fondo bibliográfico que, en este campo, hemos realizado durante este año. BIBLIOTECA. Crece día a día, en el último año se han incrementado los fondos relativos a diseño gráfico, art brut, cómic, ética, novela contemporánea, estudios literarios. Biblioteca sirve también para nombrar nuestro servicio de publicaciones: https://lacala.es/publicaciones/. CASA. La CALA sigue siendo una casa. DONACIONES. Seguimos recibiendo con frecuencia donaciones de libros. Aceptamos y agradecemos aquellas que tienen sentido dentro del corpus de nuestra biblioteca. Donaciones y mecenazgo son cosas distintas. ENSAYAR EL ENSAYO. Es un programa de conocimiento, y reflexión. Este año lo ha llevado a cabo la Comunidad educativa del Colegio Público de Alpartir, con un título y un propósito claros: «Aprender a escribir en la escuela»: https://lacala.es/historico/aprender-a-escribir-en-la-escuela/. FRANCIA. Si un país ha marcado nuestro último año ha sido Francia. En La CALA hemos recibido a una cantidad significativa de invitados originarios o residentes en este país y, por nuestra parte, hemos realizado viajes de estudio a Toulouse, Sète, Montpellier, Céret. GONZÁLEZ, LUIS JOSÉ. Hace dos años fue protagonista de dos episodios de nuestro podcast: https://lacala.es/historico/entrevista-a-luis-jose-gonzalez-1/ y https://lacala.es/historico/entrevista-a-luis-jose-gonzalez-2/. Mucho antes, durante los primeros años del siglo XXI fue nuestro impresor en Bogotá, de Códice ed. salieron los primeros volúmenes de las ediciones del Altíssimo Instituto de Estudios Pataphysicos de La Candelaria, recién creada La CALA: https://lacala.es/tienda/pataphysica-al-alcance-de-todos/. Este verano nos ha visitado para volver a debatir algunas ideas en torno a la ética y el sentido de la vida. HUESCA. La Compañía Ilustrada es un Programa de Ilustración y bibliotecas organizado por la Diputación Provincial de Huesca, que se despliega durante nueve meses por esta provincia desde hace tres años. La creación y dirección del Programa se lleva desde La CALA. https://www.instagram.com/lacompaniailustrada/?hl=es . INSTAGRAM. Utilizamos la red para informar de lo sucedido y de lo que está por venir. Es también una herramienta de documentación. No es un medio de opinión: @lacaladechodes. JUSTO BAGÜESTE. Fue el protagonista del primer episodio de podcast del año. Conversación sobre música, años de transición política en España, y libertad: https://lacala.es/historico/entrevista-justo-bagueste/ . KARISHMA CHUGANI. Con su exposición «Cortège» y la edición gráfica de su obra realizada por el taller de Tintaentera: https://lacala.es/historico/cortege-karishma-chugani/ ) cerramos nuestra sala de exposiciones, después de dieciocho años de actividad y cuarenta y dos muestras: https://lacala.es/exposiciones/. LINDE, ANA. Realizó una Residencia Abierta en el mes de julio. Propósito: buscar en la escritura, el dibujo, el collage y la pintura una forma artística capaz de expresar la ausencia. https://lacala.es/historico/residencia-ana-linde-soto/. LLORENS, JAVI. Había realizado una Residencia Abierta en 2022: https://lacala.es/historico/javi-llorens/; volvió este verano de 2023 para consolidar el proyecto de escuela de carpintería que había gestado en La CALA el año anterior, y que ya es una realidad: https://www.instagram.com/amesura.laescuela/?hl=es . MECENAZGO. Nos permite producir el podcast y difundirlo gratuitamente, actualizar la biblioteca, mantener la web y las redes, plantar árboles, y la celebración de ágapes: https://www.patreon.com/lacala . NONES. Andar de Nones es un colectivo de artistas brut de Zaragoza con el que venimos desarrollando proyectos desde hace dos años. Este verano iniciamos la colaboración en un libro de arte con su obra, que verá la luz próximamente. https://www.behance.net/andardenones . OSCURIDAD. La aprovecharon algunos ciudadanos para cometer un acto de vandalismo contra la casa, en el entorno de las eras; fue en mayo y, felizmente, no queda huella del destrozo. PODCAST. Hemos cumplido dos años desde el inicio. En total, veintidós episodios, ocho en este año en el que hemos entrevistado a Justo Bagüeste, Teresa Cuartero, Carolina Rueda, Esteban Escobar, Ana Linde y Colectivo Topotrope, en torno a temas tan plurales como la creación musical, el latín, la narración oral, la memoria, la transición política española, la psicoterapia institucional, y los procesos de urbanización capitalista. Cada episodio se graba después de un proceso de investigación sobre el tema, proceso que amplia o genera nuevos apartados bibliográficos y documentales en La biblioteca de La CALA. https://lacala.es/radio/. RADICAL. El 1º de noviembre de 2022 se presentaba en la fiesta aniversario de La CALA Radical. Vocabulario, de Teresa Cuartero Lausín, y Ana Yael, editado por Biblioteca La CALA. https://lacala.es/tienda/radical/ Durante este año, el libro se presentó en otras tres ocasiones, una en Barcelona y dos en Bruselas (Metaprosa y Comisión Europea). SUDREAU, MARIE LAURE. Realizó una Residencia Abierta durante el verano. Su intención: buscar formas de expresión plástica y/o escrita para expresar las emociones https://lacala.es/historico/marie-laure-sudreau/ . TOPOTROPE. El colectivo, formado por Alexandra Caunes y Julio Bescós, realizó una Residencia Abierta en el mes de septiembre: https://lacala.es/historico/topotrope/. Sus temas de estudio y creación: ciudades enfermas, ciudades recorridas, ciudades imaginarias, la urbanización de la realidad: https://open.spotify.com/episode/6ky0DoHjT8Qwsh6SqGZuaY?si=6561a87504034e4f UVA. La parra del jardín nunca había dado tantos racimos. Esto es el valle del Jalón. Tampoco los había dado nunca tan pronto, se podían comer desde mitad de agosto. VISITAS. Amigas, amigos, familiares, vecindario, profesionales, etc. Este año hemos registrado unas quinientas visitas aproximadamente. WEB. Es nuestro archivo documental. Creada en 2017, recoge una parte de la actividad realizada en La CALA desde 2005 hasta la fecha de su creación, y prácticamente, todo lo llevado a cabo durante estos últimos seis años. https://lacala.es/
(Hoy ya no decimos LA CALA 2023: acontece; hoy, decimos La CALA 2023: aconteció).
La sala de exposiciones
La sala de exposiciones de La CALA ha cerrado. El domingo 16 de abril de 2023, la artista Karishma Chugani Nankani descolgó, del aire del que pendían, las cuarenta imágenes de su Cortège y abrimos de par en par las ventanas para que el espacio vacío se llenara de todos los colores del jardín.
La historia de esta sala comenzó un 1º de noviembre de 2005; la historia de las exposiciones de La CALA se había iniciado cuatro años antes. La noche del 7 de septiembre de 2001, inauguramos nuestra primera exposición: ‘Patapahysica de las impresiones en la Biblioteca Nacional de Colombia, era una exposición documental de nuestros propios fondos (libros, revistas, tarjetas postales, carteles, sellos, manifiestos: impresos del Collège de ‘Pataphysique). Un año más tarde la exposición viajaría hasta la Alianza Francesa de Quito (Ecuador).
Entre 2001 y 2005 La CALA mantuvo un Programa de exposiciones en Colombia y Ecuador, la más significativa de ellas fue República de la palabra, con imágenes de Arnal Ballester, Pep Carrió, Isidro Ferrer y Raúl, exposición que itineró durante todo el año de 2003 por la Red de Bibliotecas Públicas de la ciudad de Bogotá.
Resulta difícil recordar por qué decidimos inaugurar La CALA con una exposición y no con otra actividad de creación; incluso resulta difícil recordar si en aquel 2005 teníamos un plan para seguir exponiendo durante dieciocho años. Sí aparece más nítida la decisión de abrir la sala con la exposición República de la palabra (a la que se sumó Peret), se establecía así una relación directa con nuestro pasado más reciente en América del Sur.
Para nuestra segunda exposición (Molas, arte textil Guna) Jesús Jiménez, nuestro querido herrero, ya había instalado un sistema artesanal de iluminación que, lejos de cánones expositivos, nos permitía evocar las luces y las sombras de un teatro. Las paredes de la sala pasaron de ser blancas a teñirse de un amarillo tierra. Pronto llegaría el negro definitivo que ha sido una de las señas de identidad formal de la sala, junto a la particular iluminación.
Nombrar a Jesús Jiménez invita a recordar a todas las personas que nos han ayudado a lo largo del tiempo en la producción y montaje de exposiciones, todas ellas vecinas de Chodes: Jesús Jiménez, Alfredo Martínez, Pili Gutiérrez, David Martínez, Iris Pérez Mendoza, ellas y ellos han forjado soportes, abierto huecos en la pared, construido peanas, cosido telas, montado andamios, pintado paredes o fregado los suelos. En otras ocasiones, los propios artistas también se han sumado al diseño y montaje expositivo. Sin producción y montaje la obra no llega a exponerse, igual que sin libro que las sustente es difícil leer novelas.
La sala de La CALA no ha sido nunca una galería de arte (entendemos por galería un espacio comercial donde el público puede comprar obras). No hemos tenido relación con el mercado del arte. Esta circunstancia ha definido una manera de elegir, contemplar y relacionarnos.

Las elecciones de artista y obra no venían determinadas por relaciones económicas, cálculos de venta y promoción, o estrategias de marketing.
La contemplación de la obra se veía liberada de la posibilidad de apropiación física de la misma y de los dilemas que plantea esa posibilidad durante el propio acto de la contemplación.
Nuestra relación con los artistas no era de distribuidor a productor.
La relación de los artistas con el público no era de proveedor a cliente.
No tenemos necesidad de hacer crítica ninguna a las galerías de arte, tampoco al comercio de obra artística (tan necesario para la supervivencia de algunas personas), simplemente anotamos que en el modelo que definimos nosotros (y otras muchas salas y museos) las relaciones entre obra, artistas, público y anfitriones tienen matices que nos diferencian, y que las relaciones comerciales entre artista y público pueden establecerse de manera directa, fuera del espacio de exhibición que actúa como anfitrión.
Durante dieciocho años hemos inaugurado cuarenta y dos exposiciones. Resulta difícil enmarcar (valga la palabra) esta obra plural en movimientos artísticos, escuelas, conceptos… Sí somos capaces de inventariar los oficios que hay detrás de lo expuesto: diseño gráfico, artesanías tradicionales, edición (impresa, sonora), ilustración, forja, dibujo, escultura, fotografía, serigrafía, grabado, pintura, bordado, cerámica, papel recortado.
La primera, directa, reflexión es que hemos expuesto la obra de gente que sabe dar forma con sus manos, y con ayuda de algunas herramientas, a ideas, sensaciones, sentimientos. A eso lo llamamos expresión o expresión creadora; esta forma elegida es, como poco, estética y tiende en mayor o menor medida a ser artística (hacemos excepción de las que fueron exposiciones documentales), aunque algunas de las personas que han expuesto renuncien a la calificación de arte para su obra.
Si lo que hemos contemplado en esta sala es arte o no, se decidirá en una larga conversación iniciada en 2005, que se mantendrá abierta hasta que las obras o la memoria de ellas desaparezcan, acontecimiento que puede postergarse años o siglos. En esa conversación hemos participado y seguiremos participando los propios creadores, los anfitriones y el público. Mientras dure la conversación pueden darse momentos en los que todo el mundo coincida en que este espacio que ahora se cierra ha sido una sala de arte, momentos en los que haya discrepancias entre los conversadores, incluso momentos en los que quienes conversen estén de acuerdo en que durante dieciocho años aquí no entró una sola obra de arte.
Los responsables de la programación, que en este texto venimos llamando anfitriones, hemos participado en la conversación convencidos del valor artístico de muchas de las piezas expuestas. También estamos convencidos de haber sido testigos y actores de otras cosas que pueden resultarnos igual de interesantes y en las que merece la pena detenerse: la evocación de la belleza (que no es imprescindible en el arte); la manifiesta presencia del acto creador que se aleja de cualquier tentación de copia o lugar común y que diferencia una obra de un producto; la posibilidad de creación y exhibición sin necesidad de atender a cánones mediáticos.
Una sala de exposiciones no es nada hasta que no recibe la visita del público. Abrir durante todo el año una sala de exposiciones en un pueblo de menos de cien habitantes, en el interior de España, permite tener algunas vivencias que son menos frecuentes cuando la sala se ubica en una gran ciudad. En nuestro caso, nos permitía conocer el nombre de todas las personas que han visitado las exposiciones; de muchas de ellas acabábamos conociendo sus ocupaciones, sus gustos, su relación con la belleza. Conversábamos. En ese tiempo compartido nos devolvían sus impresiones sobre la obra que acababan de contemplar: emociones, sensaciones, análisis intelectuales.
La sala de La CALA, y esta puede ser otra de sus particularidades, ha recibido público de todas las edades, desde la primera infancia hasta la avanzada vejez; público de procedencias geográficas distantes de Chodes y distantes entre sí; público de ámbitos profesionales muy diversos, la mayoría sin relación con las artes. La sala se ha llenado año tras año de público, de respetable público.
Quedan en nuestros fondos documentales miles de fotografías, decenas de textos de sala, y algunas de las obras expuestas, que forman ya parte de la colección permanente de La CALA. A fotografías y textos se podrá acceder desde nuestra web; algunas de las obras de la colección podrán seguir contemplándose en el espacio que nace para nuevos usos donde hasta ahora se ubicaba la sala; para la contemplación del resto de la colección permanente, facilitaremos la consulta en nuestros archivos documentales.
En la dirección de la sala de exposiciones han estado Carolina Mejía (2005-2013), Ana Mareca (2016-2023) y Grassa Toro (2005-2023).
Estación La CALA. La radio que hacemos es la que queremos hacer.
Carlo Emilio Gadda entró a trabajar en la radio pública italiana, la RAI, en octubre de 1950, tres años después redactó Norme per la redazione di un testo radiofónico, normas que se adjuntaban al contrato que firmaban los colaboradores, y eran de obligado cumplimiento. Gadda quería cuidar (e imponer) su visión del lenguaje, quizás del lenguaje literario, Gadda era escritor, en 1954, dejó la RAI. No podemos transcribir las normas completas, a modo de ejemplo citamos una que nos resulta particularmente simpática: «evitar en cualquier circunstancia el recurso a la primera persona del singular, al “yo”. El pronombre “yo” tiene un carácter exhibicionista, autobiográfico o simplemente indiscreto. Sustituiremos el “yo” por el “nosotros” de timbre más neutro, cercano al relato. Evitaremos la auto cita y para el juicio: “Yo encuentro que la Divina Comedia es la obra cumbre de Dante”, preferiremos: “La Divina Comedia es…”»
Independientemente de que estas normas fueran aceptadas o no, y de que a la RAI le fuera mejor durante esos cuatro años (difícil de comprobar), es poco probable que alguien las recuerde y, todavía menos probable que hoy alguien las siga.
La radio de 1950 convivía con libros, revistas, películas de cine y discos. La radio de 2022 convive, además de con los anteriores, con dos medios que han cambiado las reglas de la comunicación de masas: la televisión e internet.
Así y todo, cuando decidimos poner en marcha Estación La CALA, no buscamos consejo en la omnipresencia de tutoriales digitales que explican cómo hay que hacer un podcast, nos sentamos en un sillón y leímos a Gadda (y a Orwell). Hicimos otras dos cosas: le pedimos a Fran navarro que nos guiara hasta conseguir el sonido que queríamos para nuestros programas, y encargamos a Teatro Bobó una sintonía que anunciara que algo estaba a punto de suceder, igual que las grullas anuncian en el cielo de La CALA el cambio de estación.
Sin otra experiencia previa en la radio que la de oyentes o entrevistados circunstanciales, el 20 de marzo de 2021 subimos a la red nuestro primer programa. Habíamos tomado antes algunas decisiones con las que hemos cumplido durante nuestro primer año.

Hasta ese momento, en La CALA habíamos elegido para documentar obras y vidas de otros los lenguajes visual, audiovisual y escrito. Podríamos haber vuelto a utilizar cualquiera de los tres, no lo hicimos, elegimos la oralidad, elegimos la voz, las voces. Estación La CALA es una acción documental.
Creamos tres líneas de programación que, desde la primera entrega, presentábamos así: «En Tiempo de exposición entrevistaremos a quienes se acercan a esta casa en condición de artistas y/o investigadores. Nos vamos de este mundo son largas conversaciones con personas que ya pueden contar una vida. Conferencia eres tú recupera algunas producciones propias que fueron en su día conferencia de contenido artístico y que, versionadas para radio, respetan y, quizás, trascienden el género.»
Los tres programas, bien distintos, tienen en común no ofrecer noticias, no ser espacios de opinión, y mantener un leve vínculo con la actualidad: la fecha en la que se graban.
Formalmente se fundamentan en la voz humana y salvo, por el momento, una excepción, no recurren a otro sonido: música, ruido, efectos, etc. Sí contemplan el silencio. Haber dejado la voz a solas ha sido fundamental para crear un espacio y un tiempo de comunicación alejados de las propuestas actuales del medio, un espacio que evoca primitivas oralidades: conversar, contar, dejar que los silencios se hagan presentes. Oralidades primitivas y, literalmente, esenciales.
La duración de los programas es variable y no está determinada de antemano, se advierte una tendencia a acercarse a la hora de duración.
Se emiten sin edición, tal y como se grabaron, lo que nos acerca a una poética del directo, aunque la recepción no sea simultánea a la producción.
Los elementos de producción son mínimos y suficientes: micrófonos, auriculares, mesa de sonido, ordenador con programa de audio, cables.
No van acompañados de ningún tipo de publicidad, ni siquiera auto referencial.
Se difunden gratuitamente a través de un amplio abanico de aplicaciones digitales. Contamos para su realización con el apoyo de nuestros mecenas a través de: patreon.com/lacala. A esto se le puede llamar independencia económica.

El ritmo de producción y difusión no es periódico, viene marcado por los ritmos vitales de La CALA, de nuestras invitadas e invitados, y los de los que hacemos posible la realización.
Algunas, si no todas, de las características que acabamos de inventariar están rotundamente desaconsejadas por los expertos actuales sobre el tema (no sabemos si la palabra adecuada es «expertos», esperamos que sirva para evocar a un sector de la población).
Escuchamos sus reflexiones acerca de cómo hay que hacer los podcasts y escuchamos los podcasts que producen, algunos de los cuales admiramos. Los escuchamos y hacemos Estación La CALA de otra manera, convencidos de que, si es posible, merece la pena intentarlo.
Aterricemos: una hora de entrevista entre dos personas sin otra interrupción sonora que los silencios de los entrevistados (o sus suspiros) no es, precisamente, el modelo que hoy en día se propone como canon de mercado (tampoco Gadda lo hubiera aplaudido). Es curioso que los argumentos que se esgrimen para rechazar esta posibilidad carguen exclusivamente la responsabilidad en el receptor, una o un oyente que, según los expertos, no puede mantener la atención durante tanto tiempo; desconecta cuando un silencio dura algunos segundos; demanda interludios musicales o efectos especiales; se cansa, en fin, de escuchar solo dos voces.
Si los expertos tienen razón, hay que ofrecer al oyente lo que el oyente desea o puede escuchar, lo que obliga, indefectiblemente, a conocer qué desea o puede escuchar. ¿Cómo se alcanza tal conocimiento? Mediante estadísticas. ¿De dónde nacen estas estadísticas? Del tráfico que provoca un producto fabricado para competir en el mercado. ¿Qué elementos intervienen en esa competición? El propio producto y todo el aparato publicitario que lo rodea. ¿Cómo decide el oyente qué desea o puede escuchar? Eligiendo entre la oferta del mercado vehiculada a través de la publicidad. El círculo tiende a cerrarse, este cierre es muy interesante porque una vez trazado el círculo es mucho más fácil reconocer todo el espacio que queda fuera de él. Dicho de otra manera: una vez que el mercado define su espacio, nos queda todo el resto para actuar y proponer acontecimientos que no entran dentro de ese círculo por grande que sea. Surgen entonces, en ese espacio exterior saltarinas preguntas: ¿es definitiva la condición de oyente que propone el mercado? ¿Es universal? ¿Existen oyentes que entran y salen del círculo? Y aparecen las primeras respuestas: no es definitiva, no es universal, existen oyentes que entran y salen del círculo.
Escribió George Orwell en 1945: «En un programa de radio la audiencia es una incógnita, pero es la audiencia con la que uno cuenta. Pueden estar escuchando millones de personas, pero cada una lo hace sola, o como miembro de un pequeño grupo, y cada una tiene (o debería tener) la sensación de que le están hablando solamente a ella.»
Existen los oyentes de Estación La CALA, tenemos pruebas. ¿Cuántos son? Son pocos, por el momento. ¿A alguno de ellos le importa cuántos son? No se lo hemos preguntado, pero intuimos que no. Escuchar la radio es un acto que se realiza a solas o en compañía de algunos íntimos, sin necesidad de grupo o comunidad, lo dijo Orwell y lo sabemos quiénes escuchamos radio.
Queda claro que el modelo de nuestro podcast está fuera del mercado, no contra el mercado, porque aún reconocemos en el comercio características de lo humano. Si cambiamos de opinión, avisaremos oportunamente.
Mientras se escucha la sintonía de nuestro podcast, una voz recuerda en cada ocasión que en Estación La CALA «los nidos construyen pajaritos», queda claro que estamos fuera del círculo. También se escucha esta otra frase: «Juntos en su radio de acción», donde aparecen definidos algunos de los principios que nos mueven: la radio es un acto de comunicación, y todo acto de comunicación acerca a la gente, eso es estar juntos; nos gusta la acción y provocar la acción; y todavía merece la pena tratarnos de usted de vez en cuando.
Puedes escucharnos aquí: lacala.es/radio/
Leyeron la Odisea
“¡Con Homero empezó la decadencia!” Esta frase la repetía Nicanor Parra (pocos más se hubieran atrevido), esto anota Rafael Gumucio en Nicanor Parra, rey y mendigo, y no da muchas más explicaciones. Bastaría esta frase brillante (con brillo) para volver leer a Homero, ese es el primer impulso; el segundo, algo más lento, si es que hay impulso lento, es el de leer a los lectores de Homero, pues damos por supuesto que Parra lo fue y al fin y al cabo lo que nos ha atraído es la opinión de un determinado lector sobre un más o menos determinado autor. Los dos impulsos no son excluyentes.
En la biblioteca de La CALA hay tres ediciones de Odisea y una de Ilíada, todas traducidas al español. También hay un número indeterminado de libros donde autoras y autores dan cuenta de la lectura que han hecho de Homero; es cantidad indeterminada porque no sabemos en qué libro nunca abierto volverá a aparecer un comentario sobre, concretemos, la Odisea.
En 1908, Alfonso Reyes publica Una aventura de Ulises, un relato de ficción que explora la fórmula “y si el relato original fuera falso” para proponer un periplo diferente para Ulises: “Aquel día, la nave de los feacios perdió el rumbo, según era la voluntad de Posidón, señor del rumoroso mar, y Ulises despertó de su sueño, abandonado sobre playa extranjera y no sobre la costa patria, como se dice en los cantos de la Odisea”. No desvelaré la trama de esta aventura en la que tiene un papel importante Hermes. Anoto que se cierra con un epílogo sorprendente en el que Reyes, autor, invoca la ayuda de Atenea para devolver el alma a la ciudad “moderna” de inicios del S. XX.
Margaret Atwood también utiliza la misma fórmula de Reyes para contar otra cara de la historia, a ella le basta con cambiar de narradora y poner el relato en boca de Penélope La versión de Penélope (así titulan algunos fragmentos de Penelopiad, 2005) es un monólogo que podría llevarse a escena ante cualquier auditorio ávido de comedia. Atwood y Reyes han leído a Homero, es obvio, su lectura he desembocado en la creación de una ficción que dice más de ellos mismos que de la Odisea, algo parecido al comentario coloquial de quien acaba una novela y asegura sentirse plenamente identificado o identificada con tal personaje. Por otro lado, flaco homenaje hacen a una obra que nació, precisamente para descartar cualquier otra versión del relato, a no ser que aceptemos la sub-versión como homenaje, ese parasitismo tan extendido.
No hace falta elaborar una ficción completa para obtener una nueva versión de la Odisea, en ocasiones basta con traducirla como a uno le venga en gana. Esa diversidad de traducciones causaba regocijo a un joven Borges, quien en “Las versiones homéricas” (1932) se alegraba por desconocer el griego y estar obligado a leer Odisea en traducciones, lo que le permitía disponer de “una librería internacional de obras en prosa y verso”. También constataba en ese breve artículo que “Los hechos de la Ilíada y la Odisea sobreviven con plenitud, pero han desaparecido Aquiles y Ulises, lo que Homero se representaba al nombrarlos, y lo que en realidad pensó de ellos. El estado presente de sus obras es parecido al de una complicada ecuación que registra relaciones precisas entre cantidades incógnitas”. Esta última imagen no puede ser más certera y nos sitúa como lectoras, lectores. Sobre la posibilidad de resolver la ecuación volveremos al final de este texto.
En 1942, Erich Auerbach publica Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. Auerbach está en el exilio, escapando de la Segunda Guerra Mundial, no le acompaña su biblioteca y escribe una de las obras fundamentales de teoría literaria “de memoria” (creo que la nota biográfica sobre la memoria viene al caso hablando de la Odisea). La falta de tensión en el relato de Homero, su capacidad para “retardar” el desarrollo de la trama, el interés por que cada acción, aunque sea pasada, se actualice en un presente donde se da cuenta del mínimo detalle, el desprecio por la historia, son aspectos que analiza Auerbach y que contrapone, en un estudio de literatura comparada memorable, a la forma tan distinta en que está redactada la Biblia. Copio un párrafo que se acerca a la síntesis de su pensamiento: “El reproche que a menudo se ha hecho a Homero, de ser mentiroso, no rebaja en nada su eficiencia; no tiene necesidad de copiar la verdad histórica, pues su realidad es lo bastante fuerte para envolvernos y captarnos por entero. Este mundo “real”, que existe por sí mismo, dentro del cual somos mágicamente introducidos, no contiene nada que no sea él; los poemas homéricos no ocultan nada, no albergan ninguna doctrina ni ningún sentido oculto. Se puede analizar a Homero, como lo hemos intentado nosotros, pero no se le puede interpretar”.
Poco después, Arnold Hauser en Historia Social de la Literatura y el Arte (1951), centrará su análisis en definir el carácter aristocrático de la obra de Homero, al servicio de una sociedad de transición que empieza a abandonar la magia y el ritual colectivo en beneficio de comportamientos individualistas muy preocupados por la fama. Será Hauser quien cuestione los imaginarios románticos que atribuían Odisea a la genialidad de un autor o la ingenuidad de la voz popular, para él la obra es fruto de un trabajo colectivo de especialistas al servicio de las clases dominantes.
Todo lo contrario pensaba Arnold van Gennep, que en 1910 publica La formación de las leyendas y defiende con vehemencia que la Odisea es obra de un solo autor, argumenta para ello: “Tuvo también Ulises toda clase de aventuras, y se han intercalado también en la Odisea temas de diversa procedencia. Pero se percibe en todo el poema una especie de trama, a pesar de lo recargado del bordado en hilos de oro y seda como los bordados árabes. Se desarrolla la novela de las aventuras de Ulises, ante nuestros maravillosos ojos, de un modo continuo; las de Hércules aparecen consecutivamente, como los filmes bruscos de un cinematógrafo. Nada hace sentir tanto la diferencia esencial entre una epopeya, obra de un individuo, como la Odisea, y la obra colectiva, anónima y secular que es un ciclo legendario”.
En 1963, Erick A. Havelock publica Prefacio a Platón, desde las primeras páginas declara que ha escrito el libro buscando una explicación a la rotundidad con la que Platón decide expulsar a los poetas, y a Homero el primero de la Republica, decisión que le extraña y confunde, por eso Havelock decide leer a Homero, a Platón, y a Platón leyendo a Homero. Nosotros, lo ha adivinado el lector, leemos a Havelock leyendo a Platón leyendo a Homero. De esta fascinante cadena el único que no leyó a nadie, o casi nadie, fue Homero. El libro de Havelock tiene un desarrollo parecido al de una investigación en busca de prueba y, sin dejar de ser ensayo, un ensayo determinante para el estudio de la transición de la oralidad a la escritura aprovecha estrategias de expectación-descubrimiento propias de la novela de detectives. Prefacio a Platón es uno de esos libros difíciles de resumir, que provocan una y otra vez su lectura íntegra. El mayor acto en defensa de esta afirmación sería copiar aquí y ahora el texto íntegro; no lo haremos, elegimos con dificultad un fragmento: “Los sucesores de Homero seguían dando por supuesto que sus obras serían repetidas y memorizadas. De ello dependían su fama y su esperanza de inmortalidad. Luego también daban por supuesto -aunque de modo fundamentalmente inconsciente- que sus palabras debían ser las apropiadas para preservarse en la memoria viva del público. Esto les impedía apartarse de la corriente principal de la tradición helénica, pero también fortalecía inmensamente lo que podríamos denominar la elevada seriedad de sus composiciones.
Lo que aquí nos interesa no es la crítica literaria, sino los orígenes del intelectualismo abstracto a que dio forma la “filosofía” griega. Hemos de comprender que obras geniales compuestas dentro de la tradición semi oral, aun suponiendo una magnífica fuente de placer para el lector moderno del griego antiguo, constituían o representaban una mentalidad total que no es la nuestra ni tampoco la de Platón; y que así como la poesía, mientras ejerciera su reinado absoluto, se alzaba como un obstáculo para el logro de una prosa eficaz, así también existía una mentalidad que, por conveniencia, podríamos denominar “poética” u “homérica” o “condición oral” de la mente, que constituía el principal obstáculo al racionalismo científico, al empleo del análisis, a la clasificación de la experiencia, a su reorganización en secuencias de causa y efecto. De ahí que la mentalidad poética sea para Platón el formidable archienemigo -y resulta fácil comprender por qué-. Las prédicas de Platón van contra una costumbre secular, contra el hábito de memorizar la experiencia mediante palabras rítmicas. Platón está pidiendo al hombre que examine esa experiencia y que la reorganice, que piense lo que dice, en lugar de limitarse a decirlo; y que se distancie de ello, en lugar de identificarse: el hombre ha de alzarse en “sujeto” aparte del “objeto”, reconsiderando, analizando y evaluando éste en lugar de limitarse a “imitarlo”.
¿Cuáles eran esas prédicas de Platón? El filósofo es implacable en República: quienes escriben como Homero, que presentan con verdad puras invenciones, no sirven para crear una ciudad ideal, donde los seres humanos puedan ser felices, por eso lo mejor es expulsarlos de la República: “Entonces, Glaucón -dije-, cuando encuentres admiradores de Homero que dicen que este poeta ha educado a Grecia, y que por el gobierno y la educación de los asuntos humanos merece ser que se lo tome como objeto de estudio y que los hombres vivan organizando toda su vida de acuerdo con lo que este poeta dicta, es preciso ser amables y considerados teniendo en cuenta que hacen lo mejor que pueden. Hay que convenir que Homero es el más poético y el primero de los autores de tragedias, pero es necesario saber que hay que admitir en la ciudad solo los himnos a los dioses y los elogios a los hombres buenos. Si, por el contrario, se admite a la Musa dulce en cantos y versos, pondrás a reinar en la ciudad al placer y al dolor en lugar de la ley y el raciocinio, que es considerado siempre mejor para la comunidad”.
Afirmaciones como esta eran las que sorprendieron tanto a Havelock ,y quizás sigan sorprendiendo a un lector actual, máxime si es amante de la poesía, por eso antes de denigrar a Platón y su República, merece la pena leer a Havelock y conocer cómo salió de su asombro y, adelantemos desenlace, se reconcilió con Platón.
Esa ausencia de verdad, reprochada por Platón, y ya sobriamente justificada por Erich Auerbach, fue motivo de reflexión en la lectura de la Odisea que hizo en 1978 Italo Calvino. En “Las Odiseas de la Odisea”, tras analizar la estructura del relato y la importancia que se da en él a la lucha contra el olvido, concluye, citando a Alfred Heubeck, con una paradoja que ilumina cualquiera de nuestras lecturas: “La novedad de la Odisea es haber enfrentado a un héroe épico como Ulises con hechiceras y gigantes, con monstruos y devoradores de hombres”, es decir, en situaciones de un tipo de saga más arcaica, cuyas raíces han de buscarse “en el mundo de la antigua fábula y directamente de primitivas concepciones mágicas y xamánicas”.
Añadan a todas estas lecturas de la Odisea la o las que han hecho ustedes directamente de la obra, o de las obras de quienes la han leído y lo han contado. Concluyo con una lectura muy reciente, que nos ha puesto a pensar en todas las anteriores y en las que vendrán.
La visión de la Odisea (2014), de Aida Míguez Barciela, es y no es otra lectura más, porque intenta tener en cuenta las más notables de entre las anteriores, así sea para desmontarlas, y porque intenta también (y lo consigue) resolver la ecuación que intrigaba a Borges: “Empezamos recordando algunos de los resultados más relevantes de la investigación homérica del pasado siglo. Que nos tomemos las repeticiones que una y otra vez encontramos en Homero como pasajes superfluos, síntomas de negligencia poética, o cosas por el estilo, no constituye sino una muestra evidente de nuestra propia incompetencia como lectores modernos. Por lo mismo, tomarse las escenas típicas homéricas como un mero recurso para aligerar la composición oral del aedo no es en el fondo sino una confesión de nuestro propio fracaso hermenéutico. Las repeticiones homéricas no son recursos meramente técnicos ni meramente poéticos, sino que están fundadas en la cosa misma; constituyen por tanto un autentico desafío para el hermeneuta, quien, si en verdad es hermeneuta, no ahorrará esfuerzos a la hora de intentar comprenderlas -no excusarlas- en tanto que marcas características del género. Nos hallamos aquí ante un problema de fondo, problema que no puede esquivarse, tampoco resolverse, sino quizás exhibirse y delimitarse como tal”.
Formo parte de la masa de lectores modernos incompetentes y solo puedo agradecer a Aida Míguez que me lo haya recordado y que me haya invitado a volver a leer la Odisea, esta vez en su compañía, atendiendo a cada una de sus traducciones directas del texto original, meditando sobre cada una de sus interpretaciones, apartando a manotazos prejuicios, como quien batalla contra una legión de moscas.
La generosa luz que aporta La visión de la Odisea no deslumbra y nos permite seguir viendo nítidamente las lecturas de Platón, Erich Auerbach, Hauser, Havelock o Italo Calvino, que nos siguen interesando; quizás, si algo comparten todas ellas es la voluntad de acercarse al tema del conocimiento, del saber, por eso puede ser un buen final esta cita del libro de Aida Míguez: “Por otra parte, los parajes y paisajes en los que Odiseo (no-) ha estado forman el elemento de contraste necesario en la elaboración homérica de eso que podríamos llamar un poco enfáticamente, una “fenomenología del saber”. En un estado donde no se carece de nada ni falta de nada no se necesita nada, tampoco el conocimiento; un estado de lujo supremo y extrema abundancia (ese lujo que los griegos llaman a veces habrosýne induce a la blandura, no siendo en él por tanto posible el conocimiento, el cual solo tiene sentido ahí donde, por el contrario siempre se carece de algo y se necesita algo, pudiéndose incluso afirmar que el conocimiento irrumpe precisamente porque no se tiene, porque falta, por eso el esfuerzo, por eso la lucha por obtener eso que no se tiene. En el contexto griego antiguo la penuria y la pobreza no se valoran nunca per se, sino solo como acicates para el desarrollo de sophía, la cual, paradójicamente es el arme para combatir la penuria y la pobreza (cf.Heródoto 7.101-104). En este orden de cosas habría que situar la descripción de la simplicidad, incluso la relativa pobreza de Ítaca como territorio respecto al cual la opulencia del país de los feacios funciona como un término cuya alteridad produce definición”.
Al lector siempre le falta algo.
Nota final: estas lecturas, a veces relecturas, este recordar que Aquí hay libros ha nacido en esta ocasión de una experiencia excepcional: la lectura colectiva de la Odisea propiciada por la biblioteca de Villanúa (Huesca, España) durante el mes de febrero de 2021.






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