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Caminar

“Uno no sabe qué va a escribir en un blog.
De eso se trata, de escribir para saber.
Y de caminar.”

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“Uno no sabe qué va a escribir en un blog.
De eso se trata, de escribir para saber.
Y de caminar.”


De lo que es la sombra.
Tratado de la pintura de Leonardo da Vinci.
(Aquí hay libros)

Grassa Toro

Leonardo da Vinci nunca dio a la imprenta un libro titulado Tratado de la pintura y, sin embargo, es su libro, un libro hecho y vuelto a hacer por amigos, eruditos, editores que durante cuatro siglos encuentran, agrupan, ordenan y dan sentido a materiales dispersos en los que Leonardo se ocupa de cuantos temas relativos al arte de pintar podamos pensar, con una amplitud de miras (sí, de miras) de la que puede dar cuenta esta selección de epígrafes entresacados del índice: Argumentación del poeta contra el pintor. De si es mejor dibujar en compañía o no. Evita los perfiles, es decir los límites bruscos de las cosas. De los colores reflejados por la carne. De la belleza de los rostros. De dónde nace el azul del aire. Del movimiento causado por la destrucción del equilibrio. Del fingir un lugar selvático. De por qué las cosas se ven menos cuanto más se alejan de la vista. Del viento pintado. De lo que es la sombra.

Cincuenta láminas en negro, treinta y ocho en sepia, cuatro en colores y cientos de viñetas calcadas sobre croquis de Leonardo nos permiten ver lo que leemos. Giorgio Vasari firma una vida de Leonardo y el poeta Paul Valéry discurre sobre “Leonardo y los filósofos”.

Dice Paul Valéry: “La belleza es una especie de muerta. La han suplantado la novedad, la intensidad, la extrañeza; en suma, todos los valores de choque. La excitación en bruto es dueña soberana de las almas recientes; y las obras tienen por función actual arrancarnos del estado contemplativo, de la felicidad estática cuya imagen estaba en otro tiempo íntimamente unida a la idea general de lo Bello.”

Aún no ha empezado la contemplación del libro cuando el editor, de la mano de Valéry nos invita a situarnos, a reconocernos en un lado u otro. Y no solo en lo referido a las distancias entre la perfección y la originalidad, también en las distintas maneras de enfrentar la realidad que ofrecen la filosofía y el arte. Continúa Valéry: “Mientras que para el verdadero filósofo el límite que hay que alcanzar y el objeto que hay que encontrar al final de las excursiones y operaciones del espíritu es lo que es, el artista se propaga en la posibilidad y se hace agente de lo que será.”

Reflexión que recuerda a la de la escritora española María Zambrano: “La cosa del poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento, sino la complejísima y real, la cosa fantasmagórica y soñada, la inventada, la que hubo y la que no habrá jamás. Quiere la realidad, pero la realidad poética no es solo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás.” Y concluye: “El poeta no le teme a la nada”.

Leonardo no le temió a la nada.

Hay algunos libros de María Zambrano en la biblioteca de la CALA, ediciones de bolsillo que no se parecen en lo formal a la lujosa edición de este Tratado de la pintura, una edición que estuvo al cuidado de Teodoro Becu, Pedro Henríquez Ureña y Attilio Rossi, que trabajaron para la editorial Losada de Buenos Aires. El Dr. Ernesto Sábato se encargó de corregir los dibujos de las viñetas que había trazado G. Francesco de Rossi para la edición de 1817, publicada por Guglielmo Manzi en Roma.

El volumen se terminó de imprimir un veintitrés de diciembre de mil novecientos cuarenta y cuatro en los talleres de la Imprenta López, sita en el número 666 de la calle Perú en la ciudad de Buenos Aires. No es el único libro de esta biblioteca que tiene este pie de imprenta, la edición de 1944 de Pleamar, de Rafael Alberti y la de 1948 de A la pintura del mismo autor también salieron de ese número 666 de la calle Perú.

Canta Alberti en el poema que dedica a Leonardo en A la pintura: “Es la contemplación, es la obstinada / fijeza agotadora del detalle, / el minucioso análisis que lleva / más allá de los términos del éxtasis.” Vale decir algo parecido para los libros que producía la Imprenta López en aquellos años 40’ mientras en Europa olía a carne quemada, carne humana, real, la misma que enseñaba a dibujar Leonardo cuatro siglos antes buscando la belleza.

 

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Queridos monstruos.
(Aquí hay libros).

Grassa Toro

Queridos, deseados, buscados, creados, parece que nos cuesta vivir sin monstruos a nuestro alrededor. En la biblioteca de La CALA abundan, ocupan buena parte de un tercer estante, al alcance de los niños.
Es lógico que los monstruos habiten las bibliotecas, durante siglos los monstruos vivían en los libros. A pesar de los intentos de Homero, San Agustín, John Mandeville, Ambroise Paré y de tantos otros por hacer creer a sus contemporáneos que los monstruos habitaban desde tierras incógnitas hasta algún barrio de París, lo cierto es que fuera de libros, pinturas, esculturas, dibujos y tapices no se prodigaban y la población tenía que conformarse con el relato de su existencia o forzar el concepto y admitir dentro de la categoría a seres deformes o mutilados por causa de nacimiento, accidente o enfermedad.
Que nadie se encontrara con ellos a la vuelta de una esquina no menguaba su importancia; se sabía que estaban ahí, que no eran fruto de la imaginación, se les reconocía en su ambivalencia simbólica: eran, a la vez, fruto del poder de Dios que podía permitirse hasta crear monstruos, y expresión del mal.
Diferentes, extraños, dañinos, muchas veces feos, y poco dados a procrear. Excepcionales, pero nunca insólitos; al contrario, hasta el Renacimiento a casi todo el mundo le parecía normal que existieran. Y más allá: se necesitaba su existencia porque intelectualmente permitía justificar lo desconocido y lo inexplicable, y moralmente permitía situar el mal fuera de los seres “normales”, volverlo ajeno, juzgarlo y condenarlo, eximiendo de responsabilidades.
Y no fueron las críticas de Luciano de Samosata en el s.II, ni las de San Bernardo de Claraval en el s.XII las que acabaron con estas creencias; fueron las navegaciones, los descubrimientos geográficos, las crónicas, los mapas, los avances científicos, los hechos empíricos los que fueron desterrando poco a poco la idea de la existencia de los monstruos.
Un buen día (disculpen la metonimia) dejó de haber monstruos, el mismo día que una buena parte de la humanidad decidió crearlos. Salieron de la vida cotidiana por la puerta de la iglesia, la religión, el catecismo y volvieron a entrar por espacios de representación tan diversos como la literatura, incluida la infantil; la caricatura satírica, el cine, el cómic, la tv, los videojuegos, el arte.
Su función ha cambiado, ahora los convocamos para disfrutar del miedo (de mentiras), provocarnos risa o hacernos compañía.
Ya no son criaturas de dios, sino de autores de carne y hueso, mayoritariamente artistas. Ya no son portadores del mal; han diversificado sus funciones: provocan susto, ofrecen afecto, trasmiten valores estéticos. Ya no trabajan para la iglesia, ahora están en nómina de las grandes empresas y producen pingües beneficios en las subastas de arte, en las taquillas de los cines, en las ventas de best-sellers.
Del mal, ahora, nos encargamos cada uno de nosotros, usted y yo, este ha sido el gran descubrimiento de la Modernidad al que contribuyeron ciudadanos tan dispares como Goya, Freud o Kafka.
Quizás por esto, durante el siglo XX, exceptuando algunos poderosos, casi irreales de tan poderosos, la mayoría de la gente evitó el retrato naturalista que les devolvía su propia cara y prefirió la versión deformada, caótica, monstruosa, como si se sintieran más cómodos con esa imagen.
Hasta que llegó el selfie que, devolviéndonos a todos nuestra cara y nuestro cuerpo, deja bien claro que ya no hay nada de lo que asustarse, nada que temer: el mal ya no existe. Todos somos buenos. Todos, eso es importante.

P.S.: En las imágenes que acompañan este texto pueden leerse nítidamente títulos y autores de libros que contienen monstruos y que están en ese tercer estante de la biblioteca de La CALA. Hay monstruos en otros estantes, en otros libros, en los de literatura fantástica, en los de anatomía, en los de arte (que tienen el arbitrario privilegio de guardarse en una estantería con puertas de cristal) en los de diseño gráfico, en los infantiles, en los libros infantiles hay una cantidad desmesurada de monstruos. Y en los de Topor, claro.
Otro día sacaremos libros de esos estantes.

 

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No quiero contar mi vida.
Karl Vossler escribe sobre el pudor.
(Aquí hay libros).

Grassa Toro

El relato autobiográfico ocupa ahora mismo un lugar cuantitativamente importante en la novela, el cómic, el cine y el documental. El gusto de escritores y lectores por esta proximidad del lenguaje a referentes conocidos, privados, incluso íntimos tiene abundantes argumentos de defensa y numerosas explicaciones; no se utiliza mucho la palabra realismo, ni neo-realismo, pero subyace en todas estas obras el ideal de representar con exactitud (algunos la llaman sinceridad) un pedazo de realidad cotidiana que se deja atrapar directamente por los sentidos.

Entre los comentarios de defensa de esta actitud literaria se esgrime que es fruto de una victoria sobre el pudor. El pudor no es un tema extraño a la crítica literaria; cuando el hispanista Karl Vossler se puso a analizar el realismo en el Siglo de Oro español, concluyó: “Tan pronto como los poetas presienten, o reconocen, que no pueden evitar de ninguna manera el exponer sus íntimos sentimientos con su lenguaje, y que siempre, voluntaria o involuntariamente, la poesía es denunciadora de los secretos del alma, se despierta en unos más y en otros menos enérgicamente, el deseo de velar o encubrir su mundo interior, es decir, de no mostrarlo impúdicamente desnudo, sino revestirlo con artístico decoro presentándolo objetivamente asimilado a la realidad. Inspirado en este pudor literario, el padre del realismo moderno, Gustavo Flaubert, proclamó el principio de un arte impersonal, con el que aconsejaba al poeta, no la abolición de su personalidad -lo que sería imposible-, pero sí la subordinación y disciplina bajo la ley del arte.”

El libro de Vossler: Literatura española. Siglo de Oro es un regalo para la memoria y el entendimiento, lo que no me impide, al contrario, discutir semejante afirmación o, por lo menos, discutir la generalización de la misma.

Quiero pensar que no utilizar materiales biográficos como argumento de las obras literarias (de aquellas que tienen argumento) es una decisión tomada mayoritariamente a partir de criterios artísticos y no por el impulso de algún rasgo de personalidad más o menos incontrolable, tal el pudor. Un pudor, por cierto, al que hoy se le atribuyen cualidades negativas con la misma gratuita superficialidad con la que en otras épocas se le atribuyeron positivas.

Quienes en nuestro presente defienden una obra apelando al estado psicológico del autor, la falta de pudor en el caso que nos ocupa, durante el proceso de creación de la misma, quienes reivindican la relación automática entre esta falta de pudor y algo como el valor literario, confunden el sujeto con el objeto, confusión que suele acarrear algunas calamidades en cualquiera de los dos sentidos que se presente. Confusión interesada que renueva otras más clásicas, aquellas que volvían objeto de admiración las obras del monje, del revolucionario, de la celebridad, solo por ser ellos mismos admirados. A esto se le llama, no sé si con ambigüedad calculada o no, poner la vida por delante, y provoca que el debate crítico se desvíe hacía la diferenciación entre escritores reprimidos y liberados, cuando de lo que se trata es de algo tan antiguo como encontrar una definición de realismo, para los que nos conformamos con eso, y una definición de verdad para quienes encuentran sosiego en la identificación: a es a.

Los escritores que renunciamos al anecdotario personal; mejor dicho: cuando los escritores renunciamos al anecdotario personal, no estamos más reprimidos, ni somos menos valientes, ni menos sinceros que cuando exhibimos las notas de nuestra agenda; y tampoco estamos más alejados de la representación de la realidad (a no ser que cultivemos géneros maravillosos), cuando en nuestra obra renunciamos a identificar la calle en la que nacimos, a quiénes hemos amado, la canción que más veces hemos escuchado en nuestra vida y la marca de nuestro güisqui favorito.
Sí, el tema del realismo es un buen tema. Volveremos sobre él.

Esta entrada en la sección (Aquí hay libros) la ha disparado la aparición de la palabra pudor en el texto de Vossler. El verbo disparar y el sustantivo disparate interesaron a José Bergamín. La edición de Literatura española. Siglo de Oro que hay en la biblioteca de La CALA es la de 1941, y está impresa en México D.F. por Editorial Séneca, fundada unos meses antes por Bergamín, recién llegado al exilio.
Hay otros libros de Editorial Séneca en esta biblioteca, uno de ellos es la primera y polémica edición en español de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.
Los libros de Editorial Séneca no son llamativos, hay días que pasan desapercibidos en los estantes dedicados a poesía y a estudios literarios.
Este ejemplar de Literatura española. Siglo de Oro tiene varias páginas marcadas con el sello de un colegio jesuítico de una urbe latinoamericana; esto invita a pensar que se trata del fruto de un expurgo. En la biblioteca de La CALA hay decenas de libros provenientes de expurgos, libros que encuentran refugio entre estas paredes en ese instante que precede a su destrucción.

La misma tarde que leo el libro de Vossler releo Pic-nic de Fernando Arrabal en un ejemplar desencuadernado, también proveniente de un expurgo, esta vez el de una biblioteca municipal de un pequeño pueblo aragonés.

La introducción a esta edición de Pic-nic la escribe Ángel Berenguer. Al lado de pasajes esclarecedores y relevantes acerca de la génesis del texto; junto a claves literarias de lectura que favorecen el disfrute de la obra (el reconocimiento de la dicotomía verosímil-inverosímil), aparecen comentarios que hoy me hacen sonreír y que quizás tomé muy en serio la primera vez que los leí. Es el caso de la explicación acerca de la escasa importancia que Arrabal otorga a la relación entre dos personajes de la obra, el señor Tepán y su esposa la señora Tepán; dice Berenguer: “permítasenos señalar aquí una posible injerencia de la mediación autobiográfica que, en esta primera obra de Arrabal, y dado el contexto en que fue producida, nos proporciona ciertos elementos explicativos. El padre de Arrabal sufre la incomprensión de su esposa durante su permanencia en la cárcel”.

La sonrisa crece, se multiplica, se vuelve interrogante: ¿es Arrabal un escritor pudoroso? ¿Es Pic-nic una obra realista? ¿Qué nuevos libros valiosos traerá hasta esta biblioteca el próximo expurgo?

 

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Tesoros (ediciones pataphysicas)

Grassa Toro

La CALA dio soporte administrativo, desde 2001, al Altíssimo Instituto de Estudios Pataphysicos de la Candelaria. Chodes-Bogotá, para editar doce Tesoros que, como tantos tesoros, han permanecido ocultos para la mayoría de la población durante algunos años. Los nuevos medios virtuales invitan a una renovada distribución de obras que fueron, son y serán cumbres del conocimiento inútil. Poco a poco, iremos extrayendo de recónditos almacenes los escasos ejemplares que todavía quedan intactos y los pondremos a disposición del público a través de la librería on-line de La CALA.

Se llamaron Tesoros porque son tesoros, lo dijo el policía del aeropuerto de Bogotá cuando un 11 de septiembre de 2001 un grupo de pataphysicos denunció el robo de ‘Pataphysica de las impresiones, en una de las salas de espera de un aeropuerto desierto: “¿Se extrañan de que les hayan robado un libro? Un libro es un tesoro”. En realidad, el catálogo de la exposición del mismo nombre no era un libro, era una caja de cartón llena de postales, doble tesoro.

Quien desee un rápido plano del Tesoro, puede desplegar ante sus ojos estas breves notas que puntúan algunos de los hitos de este proyecto que fue más y menos que una editorial.

El Altíssimo Instituto de Estudios Pataphysicos de La Candelaria. Chodes-Bogotá se fundó por miembros activos del Collège de ‘Pataphysique el 19 clinamen 128 E.P. (10 de abril 2001 vulgar), en la Gare du Nord de París.

El 1 gidouille 128 E.P. (15 de junio de 2001 vulgar), el n° 4 de los Carnets Trimestriels del Collège de ‘Pataphysique dio la primera noticia de la fundación de este Instituto Extranjero.

El 28 phalle 128 E.P. (7 de septiembre de 2001 vulgar), tres acontecimientos en uno anunciaron al mundo que la Candela Verde se había prendido en las dos orillas del Océano Atlántico para no apagarse: en la Biblioteca Nacional de Colombia se inauguró la exposición ‘Pataphysica de las Impresiones; apareció el catálogo de la misma, que será ya para siempre la primera publicación del Instituto; y el Rector Magnífico dictó la conferencia popular: La ‘Pataphysica al alcance de todos y de nadie.

El 10 sable 130 E.P. (10 de diciembre 2002 vulgar), salió de la Imprenta de la Editorial Códice de Bogotá el libro Ubú, rey mudo, imaginado por Isidro Ferrer.

El 21 As 131 E.P. (23 de noviembre de 2003 vulgar), apareció a la luz pública Cartas Marcadas, libro de Pep Carrió.

El 14 gidouille 131 E.P. (28 de junio de 2004 vulgar), la conferencia La ‘Pataphysica al alcance de todos y de nadie, pronunciada por el Rector Magnífico se materializó en formato de libro y de CD.

El 25 palotin 132 E.P. El álbum de El Rinoceronte, coordinado por Juan Mejía se abrió hueco en el universo.

El 20 tatane 132 (2 agosto 2005), el Altíssimo Instituto de Estudios Pataphysicos de La Candelaria tomó posesión en la localidad de Chodes de un pedazo de tierra del Reino de Aragón, antiguo dominio del Rey Ubú. San Caracol ayuda en labores de acarreo de archivos y biblioteca. El Altíssimo Instituto abrió su sede permanente en La CALA.

En la actualidad, tras la proclamación del Gran Apagón, decretado por el Rector Magnífico en 2014 vulg., el Altíssimo Instituto no mantiene actividad pública.

 
 

Inventario de primeros Tesoros rescatados

(sigue el trabajo arqueológico para rescatar ejemplares del resto de Tesoros, avisaremos oportunamente de su aparición).

 

‘Pataphysica de las Impresiones

Catálogo de la exposición ’Pataphysica de las Impresiones, consagrada a recorrer la historia editorial del Collège de ‘Pataphysique.

12 x 16 cm.
caja de cartón con 32 postales: 28
edición numerada de 128 ejemplares (últimos ejemplares a la venta)
El 28 phalle 128 E.P. (7 de septiembre de 2001 vulgar),

21 euros

  

Ubú rey mudo

Imágenes de Isidro Ferrer para Ubú rey, de Alfred Jarry.

10 x 10 cm.
54 págs.
cubierta serigrafiada
edición de 227 ejemplares (últimos ejemplares a la venta)
El 10 sable 130 E.P. (10 de diciembre 2002 vulgar),

17 euros

  

Cartas marcadas

Collages de Pep Carrió

10 x 13,5 cm.
60 págs.
edición de 494 ejemplares
El 21 As 131 E.P. (23 de noviembre de 2003 vulgar),

15 euros

  

La ‘Pataphysica al alcance de todos y de nadie (conferencia popular)

Texto íntegro (impreso y en audio) de la conferencia pronunciada por el Rector Magnífico en la Biblioteca Nacional de Colombia, durante los actos de fundación del Altíssimo Instituto de Estudios Pataphysicos de La Candelaria.

17 x 24’5 cm.
48 págs.
contiene CD
tirada de 413 ejemplares
El 14 gidouille 131 E.P. (28 de junio de 2004 vulgar),

17 euros (contiene CD original)

  

Álbum de El Rinoceronte

Álbum de cromos con imágenes de El Rinoceronte, coordinado por Juan Mejía

64 págs.
24 x 33,5 cm.
15 hojas sueltas con 265 imágenes
desplegable mapamundi
edición de 532 ejemplares
25 Palotin 132

20 euros

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De leyendas negras y de realidades sin adjetivo.

Grassa Toro. Aquí hay libros.

Escribe Fray Bartolomé de las Casas en Brevísima relación de la destrucción de las Indias: “Y cuando algunos cansaban y se despeaban de las grandes cargas y enfermaban de hambre y trabajo y flaqueza, por no desensartarlos de las cadenas les cortaban por la collera la cabeza y caía la cabeza a un cabo y el cuerpo a otro”.
Y esto: “La isla de Cuba es cuasi tan luenga como desde Valladolid a Roma: está hoy cuasi toda despoblada. La isla de San Juan y la de Jamaica, islas muy grandes y muy felices y graciosas, ambas están asoladas. Las islas de los Lacayos, que están comarcanas a la Española y a Cuba por la parte del norte, que son más de sesenta, con las que llamaban de Gigantes y otras islas grandes y chicas y que la peor dellas es más fértil y graciosa que la Huerta del Rey de Sevilla y la más sana tierra del mundo, en las cuales había más de quinientas mil ánimas, no hay una sola criatura: todas las mataron trayéndolas y por traellas a la isla Española, después que vían que se les acababan los naturales dellas”. Y mucho más.

Escribe María Elvira Roca Barea en Imperofobia y leyenda negra (Siruela, 2017): “Tengo para mí que muy pocas personas han leído la Brevísima. Su mera lectura es suficiente para desacreditarla como documento fidedigno y no hace falta desarrollar ningún tipo de razonamiento. produce estupor y lástima a partes iguales. Nadie con un poco de serenidad intelectual o sentido común defiende una causa, por noble que sea, como lo hizo el dominico. Solo el haber caído en manos de la propaganda ha podido hacer de fray Bartolomé un apóstol de los derechos humanos”.

En la Biblioteca de La CALA están los dos libros que acabamos de citar y los hemos leído los dos.

Fray Bartolomé de las Casas nunca ha sido bien visto por quienes califican la Conquista de América por los españoles como algo positivo. Hay rachas, pueden pasar años sin que nadie se acuerde de él y, de repente, vuelve a ser blanco de todas las iras.

El 27 de enero de 2018, el diario El País publicaba un artículo titulado “Operación: lavar la imagen de España, en el que, a requerimiento del periodista Borja Hermoso, el señor Borja Cardelús dice a propósito del nacimiento de Fundación Civilización Hispánica. “Esto nace después de tantos años de aguantar la losa de la leyenda negra, aventada por otros países y sobre todo por Inglaterra y Holanda en su momento por razones religiosas y políticas, aunque tiene su origen en un español, Fray Bartolomé de las Casas, que fue el tonto útil de todo esto. Se ha vertido una cantidad increíble de falsedades que hablan de España como un país genocida y destructor de las culturas americanas, y esto no solo no se apaga, sino que cada 15 o 20 años recrudece, también entre buena parte de la población española”.

Leyenda y negra, así se le llama todavía, ahora ya es difícil cambiarle el nombre. Hace referencia, entre otras cosas, a la campaña de denuncia que iniciaron en el siglo XVI varios países europeos poniendo en evidencia los abusos de los conquistadores españoles en América. El término todavía es de uso común.

El 27 de marzo de 2015, Silvia Blanco firma en El País, con el título “Un Hernán Cortés globlal”, una reseña de la exposición Itinerario de Hernán Cortés (comisariada, entre otros, por Martín Almagro) y señala que el recorrido ha encontrado “un grabado de 1594, que representa a Núñez de Balboa “aperreando a los indios”, dice el título; echándoselos a comer a los perros. La nota explicativa reza: “Versión deformada de las críticas exageradas de fray Bartolomé de las Casas popularizada por la leyenda negra”.

Fray Bartolomé de Las Casas fue Cronista de Indias, y no fue el único. Bernal Díaz del Castillo, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Fray Ramón Pané, Diego de Landa, Josef de Acosta, Bartolomé Álvarez, Pedro Sarmiento de Gamboa, entre otros, relatan la conquista y el descubrimiento mientras se está llevando a cabo, o muy poco tiempo después.
Descalificar a Fray Bartolomé de Las Casas tratándolo de enajenado o de tonto útil, intentar presentarlo como el único que denunció abusos y crueldades cometidos por los conquistadores, supuestamente inventados por él, apunta a una falta de lectura, si no a una lectura interesada.

Los libros de Crónicas de Indias ocupan en la biblioteca de La CALA un armario pequeño, exento, con puerta de cristal, que se sitúa entre los dos grandes ventanales que dan al jardín. Abrir uno a uno los volúmenes, leer con calma entre los miles de páginas nos ofrecerá una versión bien distinta de la que intentan difundir los detractores de Fray Bartolomé, que quieren hacer del dominico un ejemplo excepcional.

Fray Diego Durán, en Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme comenta a propósito de una matanza de Pedro de Alvarado: “fueron todos (los indios) muertos, quedando el patio lleno de sangre de aquellos desventurados, y de tripas y cabezas cortadas, que era el mayor dolor y compasión que se pudo pensar, especialmente con los dolorosos gemidos y lamentaciones que allí en aquel patio se oían, sin poderlos favorecer, ni ayudar, ni remediar”.
Y a propósito de otra de Hernán Cortés: “Aunque los muertos de aquel día fueron, por todos, así de los unos, como de los otros, más de cuarenta mil hombres y mujeres, que huyendo de la refriega y de la muerte cruel que los españoles e indios amigos les daban, se echaban en las acequias, así mismo como a sus hijos e hijas, por no verse en poder de los españoles. Y fue tanto el hedor que hubo de cuerpos muertos que, aunque los echaban fuera de la ciudad, no los podían agotar, ni se podían valer del mal olor por muchos días”.
Fray Diego Durán, dominico, llegó a América alrededor de 1542; son sus fuentes códices y manuscritos, “pinturas”, y lo que ve y lo que escucha de testigos vivos. En el "Prólogo" del libro, Durán expone claramente su propósito: su misión es evangelizar a los indios, para ello hay que eliminar de raíz su antigua fe; para eliminarla hay que conocerla, identificarla, describirla; y para lograrlo se necesita toda la información, información que él recogerá, convirtiéndose en lo más parecido a lo que entendemos por etnógrafo.
Fray Diego Durán, se horroriza de las matanzas, pero, impertérrito, declara que puestos a acabar con una población, los españoles erraron las víctimas y la intención: “Y si los españoles, entre las grandes crueldades y atroces que hicieron en matar hombres y mujeres y niños, mataran cuantos viejos y viejas hallaran, para que los nacidos después acá no tuvieran noticia de lo antiguo, fuera quizá, haciéndolo con celo de dios, pecado y crueldad más remisible delante de Su Majestad que no el haberlos muerto y empalado y aperreado y ahorcado, por quitarles su oro y su plata y joyas, pues con ello, por ser mal llevado, quizá se fueron al infierno, y quizá con estotro, mezclándose celo de Dios, se salvaran y se fueran al cielo doliéndose de sus culpas”.

Es cierto, y así lo afirman los que tildan a Fray Bartolomé de Las Casas de exagerado y mentiroso, que los españoles nunca pensaron acabar con toda la población; la principal razón era que necesitaban esclavizarla.
“Y allí se nombraron alcaldes y regidores y se dio orden cómo se corriese los rededores sujetos a Méjico, en especial los pueblos adonde habían muerto a españoles, y allí se hizo el hierro con que se habían de herrar los que se tomaban por esclavos”. Así lo recoge Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Herrar es marcar un signo de propiedad a fuego sobre la piel.
La costumbre de la esclavitud seguía viva varias décadas después, cuando Pedro Sarmiento de Gamboa escribe en carta al Rey de España: “Afirmo a Vuestra Majestad lo que otras veces, que esto de la esclavería desta tierra es desordenada y se hace con mala conciencia y con muchos daños y abominaciones, y que, desta manera, brevemente quedará la tierra sin naturales, como fue lo de Santo Domingo y Cubagua y Cuba y Jamaica y Puerto Rico, y lo mesmo será del Viaza, adonde envían de aquí a comprar o rescatar esclavos indios”.

Acerca de la merma de las poblaciones, ya se había hecho eco Diego de Landa en Relación de las cosas del Yucatán: “Que se alteraron los indios de la provincia de Cochua y Chectemal y los españoles los apaciguaron de tal manera que, siendo esas dos provincias las más pobladas y llenas de gente, quedaron las más desventuradas de toda aquella tierra. Hicieron (en los indios) crueldades inauditas cortando narices, brazos y piernas, y a las mujeres los pechos y los echaban en lagunas hondas con calabazas atadas a los pies, daban estocadas a los niños porque no andaban tanto como las madres, y si los llevaban en colleras y enfermaban, o no andaban tanto como los otros, cortábanles las cabezas por no pararse a soltarlos. Y trajeron gran número de mujeres y hombres cautivos para su servicio con semejantes tratamientos”.
Diego de Landa era franciscano y dirigió un auto de fe en Maní, el 12 de julio de 1562, del que nos ha quedado el relato que Diego Rodríguez Vibanco hizo a Felipe II: “Comenzaron el negocio con gran rigurosidad y atrocidad, poniendo a los indios en grandes tormentos de cordeles y agua, y colgándoles en alto a manera de tormento de garrucha con piedras de dos y tres arrobas a los pies, y allí colgados dándoles muchos azotes hasta que les corría a muchos de ellos sangre por las espaldas y piernas hasta el suelo; y sobre esto los pringaban como se acostumbra hacer a los negros esclavos, con candelas de cera encendidas y derritiendo sobre sus carnes la cera de ellas”.

Se busca el bien de los indios, lo recuerda Josef de Acosta en Historia Moral y natural de las Indias. “hubiese siquiera la mitad del cuidado en ayudarles su salvación (la de los indios) del que se pone en aprovecharnos de sus pobres sudores y trabajos, sería la cristiandad más apacible y dichosa del mundo. Nuestros pecados no dan muchas veces lugar a más bien. Pero con esto digo –lo que es verdad y para mí muy cierta- que, aunque la primera entrada del Evangelio en muchas partes no fue con la sinceridad y medios cristianos que debiera ser, mas la bondad de Dios sacó bien de ese mal e hizo que la sujeción de los indios les fuese su entero remedio y salud”.

Dominicos, franciscanos, jesuitas, Fray Bartolomé de Las Casas no fue el único en levantar acta de la tortura, la esclavitud, el asesinato, la destrucción. Las Crónicas de Indias, contrariamente a lo que hace pensar la lectura de las más populares, dedican miles de páginas al conocimiento de las culturas precolombinas, al estudio de la naturaleza, al arte de navegar.

En la biblioteca de La CALA pueden consultarse libros de Cristobal Colón, Fray Ramón Pané, Bernal Díaz del Castillo, Diego de Landa, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Fray Bartolomé de Las Casas, Fray Bernardino de Sahagún, Fray Diego Durán, Bartolomé Pérez, Pedro Sarmiento de Gamboa, Josef de Acosta, Fray Pedro Simón, Hernando Colón, Gonzalo Fernández de Oviedo, Francisco Hernández, Pedro Cieza de León.

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Maneras de leer

Grassa Toro

Desde que escribe, el ser humano no ha dejado de pensar e investigar acerca del propio acto de escribir. De Aristóteles a Roland Barthes, de Quintiliano a Julio Cortázar, desde los maestros antiguos a los estructuralistas de Tel Quel, clásicos, renacentistas, neo-clásicos, románticos, naturalistas, formalistas rusos y no tan rusos se han ocupado de desentrañar qué es eso que llamamos escribir y, en muchas ocasiones, han buscado definir qué es eso que llamamos escribir literatura. Nos faltarían vidas si quisiéramos conocer este inmenso corpus que, paradójicamente, cuanto mayor es más crece, invitando a pensar que se trata siempre de un conocimiento o imperfecto o inabarcable, aun sí, como en estas líneas nos refiramos solo a una parte mínima de todo lo escrito, la incluida dentro de lo literario.

A estas horas sabemos, o podemos saber qué es literatura, incluso podemos tener respuestas distintas y hasta contradictorias acerca de qué es escribir, cómo aprender a hacerlo, cómo hacerlo bien, cómo saber si nosotros y otros lo hacemos o lo hacen bien, y un largo etcétera de saberes analíticos, clasificatorios, sintéticos, conceptuales, sistémicos u operativos.

Algo muy distinto ocurre con el acto de leer. La psicología y la pedagogía se ocupan del primer aprendizaje, casi siempre escolar. La historia ha registrado cronológicamente visiones generales y algunas particulares, referidas a países concretos. Antropología y sociología efectúan (y esto es muy reciente) análisis de campo que desvelan comportamientos humanos. Y poco más, no existen grandes teorías que aborden el acto de leer (literatura) como se aborda el acto de escribir (literatura).

Quizás valdría la pena detenerse un momento para, al menos, dejar formuladas algunas cuestiones: ¿por qué esa diferencia de interés entre la lectura y la escritura?, ¿por qué sabemos todo lo que humanamente es posible saber acerca de la manera de escribir de Flaubert, Poe o Breton y no sabemos nada de la manera de leer de los lectores de cualquiera de ellos tres? ¿Porque este saber no tiene ningún rasgo de interés? ¿Porque es difícil, casi imposible definir cómo leemos? El primer argumento, el interés, está por descubrir; el segundo, el de la dificultad, si es real, se podrá vencer, en menor o mayor grado.

Vencer la dificultad de la definición y descubrir qué significados múltiples tiene leer son los propósitos a los que vengo dedicando algunos momentos de lectura, pensamiento y experimentación durante los últimos años, empresa que hoy continuo por la vía de este curso que vuelve a llamarse Maneras de leer, como ya se llamó en otras ocasiones recientes, si bien en esta su contenido aparece en buena parte ampliado y renovado.

Reconozco que mi trayectoria no ha sido diferente a la común de la humanidad: me interesé desde muy joven por cualquier teoría de la escritura que saliera a mi encuentro y ni siquiera era capaz de imaginar que pudiera elaborarse algo al mismo nivel referido a la lectura.

Mi interés por el acto de leer como objeto de investigación es relativamente reciente y no son ajenos a él lecturas que, intuyo, van a acompañarme durante los años venideros, me refiero a Presencias reales, de George Steiner; Cómo hablar de los libros que no se ha leído, de Pierre Bayard; Las compañías que elegimos, de Wayne C.Booth; La hora del lector, de José María Castellet; y El defensor, de Pedro Salinas. Libros que abarcan varias decenas de años, que responden a sensibilidades y a maneras de expresarlas muy distintas, incluso contradictorias, y que actúan como complementarios, con un gran poder de atracción entre ellos y hacia mí. No son los únicos, y habrá tiempo para sacar otros de las estanterías.

Maneras de leer se propone como curso a través de una correspondencia telemática individualizada con cada participante. Como curso expondré algunos conocimientos propios y ajenos; en tanto correspondencia nos serviremos de nuestras propias experiencias lectoras para ir definiendo algunas regularidades que nos ayuden a formular hipótesis de leyes generales y prestaremos igual atención a las excepciones que no se avengan a ninguna ley general.

Maneras de leer quiere ser un curso descriptivo, que nos acerque al conocimiento de cómo leemos y de cómo leen otros. Y no quiere ser una secuencia didáctica, no se trata de “aprender a leer”; tampoco una propuesta normativa, no vamos a decir “cómo hay que leer”; y muchos menos una práctica evaluadora, no vamos a diferenciar: “usted es buen lector, usted es mal lector”. Ni siquiera, en principio, se trata de una defensa de la lectura, aunque el magisterio de Pedro Salinas invite a pensar en ello.

Maneras de leer se acercará al acto de leer desde cuatro conceptos que no pertenecen específicamente al mundo teórico de la literatura: memoria, encuentro, amistad, diálogo. Esta distancia frente al uso de terminologías especializadas es posible que marque alguna diferencia con otras formas de aproximarse a este conocimiento, pero en ningún caso supone renuncia al conocimiento científico acumulado y difundido por otros.

Leemos lo que podemos, leemos como podemos, cuando podemos, a veces, al lado de quien podemos, como sucede con tantas otras cosas de nuestra vida.

Lo que es cierto es que leemos y, en tanto lectores, somos el fundamento, la piedra angular sobre la que bascula el infinito universo de la escritura. Si nos apartamos, si desaparecemos, ese universo se viene abajo. ¿No merece la pena pararse un momento a pensar cómo hacemos algo tan importante?


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Hacer pedazos el Guernica.

Grassa Toro. Aquí hay libros.

En 1993 la revista Poesía troceó el Guernica de Picasso en 532 pedazos, a escala 1:1.
No es un puzle: los cortes, rigurosamente rectangulares, vienen impuestos por las necesidades de maquetación; las piezas aparecen ordenadas, la numeración en el margen indica el sitio que deben ocupar en una posible reconstrucción. No es un puzle: es un mapa, el que pensara Borges en El hacedor, coincidente con el territorio, así lo presenta la revista.

No es un mapa: es el cuerpo amado, cuando está próximo, cercano, cuando es cuerpo y es amado, cuando pierde su unidad y se fragmenta en infinitas porciones de carne más o menos morena, más o menos peluda. Por amor al cuerpo (amado) somos capaces de renunciar a su entera visión, a la aprehensión completa e instantánea de su forma que fue, sin embargo, la que nos sedujo y atrajo. Hacemos el viaje del todo a la parte, a las partes. Y cuando se acaba el acto (amarse siempre es un acto) volvemos a tomar distancia para asegurarnos de que sigue ahí entero y verdadero, por si la próxima vez.

No es el cuerpo: es pintura. En negros y blancos que nunca o casi nunca lo son. Rayas, manchas, puntos, trazos. Es el mayor argumento posible contra quienes continúan dividiendo la pintura en abstracta y figurativa; lo es porque no necesita ningún discurso para anular la tramposa diferenciación. El argumento se impone, con total ausencia de pudor, al ojo que mira. Sin pudor y con alegría.

No es pintura: es la fotografía de una pintura que a su vez lo fue de ciertas ideas que habitaron entre nosotros con el nombre de realidad. Es la representación de la representación de la realidad. Es la representación de la representación de cuan fácil es matar y de la desgarrada complejidad del morir cuando se defiende la vida.

Es una representación encuadernada (sutilmente): es una revista. Pocas veces una revista lo fue tanto: re-vista, volver a ver, ofrecer la oportunidad de mirar de otra forma lo que ya se había mirado. ¿Queda alguien por ahí que no reconozca el Guernica? Sin embargo, atracción fatal del fragmento, mi querido Barthes, aquí todo vuelve a ser descubrimiento, invención, poesía.
Fiel a sus exquisitos modos, la publicación ofrece en volumen aparte un minucioso estudio de Josefina Alix en el que se recoge la historia del cuadro. Una delicada intención didáctica se ocupa con parecido interés de la producción artística paralela a la ejecución del Guernica como de las sucesivas legitimaciones de la propiedad por parte del estado español, por citar los extremos entre los que se ofrece información variada referida a los amigos de Picasso, a sus mujeres preferidas, a su manifiesta toma de partido del lado de la República, o a las geografías recorridas por el lienzo.
La revista Poesía se publicó con puntual irregularidad desde 1978 a 2005. En la biblioteca de La CALA hay veintisiete de los cuarenta y cinco números que conforman la colección completa; todos están agrupados en la tercera estantería de la parte de abajo, contando desde el muro que da a la era, excepto este doble 39-40 que está en una estantería cerrada con cristal, junto a otros libros de Picasso y de arte surrealista.

Leonardo Sciascia escribió a propósito de Picasso: “La grandeza de Picasso no está por decirlo de manera aproximada, en la vanguardia, sino en la tradición. O sea: no contempló el futuro sino el pasado, lo que ya había sido hecho y que él, con su grandísimo y febril talento, ya no podía hacer. Podía únicamente disgregar, descomponer, deformar, muchas veces con ironía, otras con desprecio, siempre con la rabia de haber llegado cuando ya todo había sido hecho. Recorrió así toda la historia del arte, y también todo el arte sin historia. Y dijo sobre el hombre, sobre el pasado del hombre, reinventándolo, rehaciéndolo, todo aquello que hoy niegan los imbéciles.” El texto puede leerse en Negro sobre negro, un diario que va de 1969 a 1984. En la biblioteca de La CALA hay un ejemplar editado por Bruguera, y traducido por Joaquín Jordá; está en la estantería de narrativa extranjera, en el balcón del primer piso, al lado de otros libros de Sciascia y de casi toda la obra de Italo Calvino.

En Negro sobre negro Sciascia no especifica quiénes son los imbéciles, mejor así.

AQUÍ HAY LIBROS es una sección de este blog dedica a presentar libros que están al alcance de la mano en las estanterías de la biblioteca de La CALA; en algunas ocasiones utilizaremos para la presentación fragmentos de textos publicados el siglo pasado por Grassa Toro en diarios de provincias.


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Por leer

Grassa Toro

El año 2018 en La CALA tendrá este motivo: Por leer.
La primera idea que viene a la cabeza cuando pronunciamos o escuchamos esas dos palabras, es la de un futuro en el que colocamos todo lo que nos queda por leer, a ese futuro nos emplazamos a nosotros mismos mediante mecanismos de deseo, desafío, expectación, incluso culpabilidad.

Hay sin embargo un por leer que tiene que ver con el pasado, en el que esta oración causal remite a todas las posibles consecuencias: soy feliz por leer; por leer creció mi soledad; me salvé por leer; donde a leer se le otorga la categoría de causa.

A pesar de ello, de acarrear consecuencias, en el imaginario colectivo leer es considerado como una actividad no productiva. Y es en esa condición de lo no productivo donde nos cuesta reconocerla como creativa.

Nos hemos acostumbrado demasiado rápidamente a identificar creación con producción; la identificación es forzada, puede haber producción sin creación, y puede haber creación sin producción, al menos, sin lo que reconocemos fácilmente como producción, un objeto que podemos percibir por los sentidos: un texto, un cuadro, una canción, un artilugio.

Este año La CALA quiere pensar en los creadores que no producen nada físico, a quienes han hecho de la lectura, de la lectura literaria, o de cualquier otra lectura un acto creador.

Son la inmensa mayoría, somos la inmensa mayoría, porque incluso quienes producimos, leemos más de lo que producimos.
Somos una inmensa mayoría silenciosa que llenamos la vida de actos de creación íntimos, no expresados, no comunicados.

No pretendemos hacerles un homenaje, ni sacarlos a la luz, ni reivindicarlos, no pretendemos hacer nada que perturbe ese silencio conseguido a lo largo del tiempo y ya imposible de recuperar en el lado de los productores.

Si acaso, reconocerlos, nombrarlos con un susurro, ni siquiera convocarlos, decirles. sabemos que estáis ahí, y si no estuvierais ahí, con vuestra capacidad creadora, al otro lado del frenesí de la producción, de la comunicación, de la vista pública, habría muy poca cosa que hacer.


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El París entra en imprenta

Grassa Toro

Así, El París, con ese artículo delante del nombre de una ciudad que tanta gente conoce, cree conocer o quiere conocer; con ese artículo donde no se acostumbra se escribe el título del primer volumen de Biblioteca La CALA.

El libro entra en imprenta esta semana, en la ciudad de Huesca, ocasión para redactar algunas notas de presentación, no muchas, no se trata de guiar lecturas, ni siquiera de enmarcarlas; se trata de eso, de presentar, algo así como: —¿os conocéis? —preguntó ella, más por invitar al encuentro que por saber.

En El París pasan cosas, en El París también. El primer lugar es un café; el segundo es una novela, en los dos pasan muchas cosas. Se suceden vertiginosamente unas a otras en el tiempo real de la acción y en el tiempo del recuerdo de los protagonistas: lo que cabe en una noche, poco más de lo que cuesta leer la novela.

En El París se viven muchas vidas; no siempre sabemos la de quién, pero se viven. En El París se acaba con algunas vidas; no siempre sabemos quiénes les ponen fin, pero se acaban. Ese no saber quién es importante: en El París y en El París no se trata de chercher la femme, ni siquiera al asesino.

El París no está escrita para que el lector ande sobresaltado, impaciente, apostando al placer en la vertiginosa carrera por descubrir qué va a pasar dos páginas más adelante. Ese placer dura poco, desaparece a la misma velocidad que llega.
Es otro placer el que propone El París, el de preguntarse constantemente qué está pasando y, más allá del reconocimiento de hechos, emociones y sentimientos, preguntarse: por qué está pasando.

El París es un universo, la representación de un universo en tres escenarios cerrados, cotidianos, y es también el lenguaje que construye ese universo, un lenguaje capaz de construir un relato que será capaz de construir una realidad que será capaz de construir una vida, muchas vidas.

El París es el primer título de Biblioteca La CALA.


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Este cuerpo es humano / This body is human
entra en imprenta

Grassa Toro

Así, con un demostrativo este donde habitualmente se utiliza un posesivo mi, se escribe el título del segundo volumen de Biblioteca La CALA. Hay una razón poderosa para utilizar un deíctico en lugar de otro: no tenemos un cuerpo, no podemos referirnos a él con un posesivo.

Este cuerpo es humano / This body is human entra esta semana en imprenta en la ciudad de Huesca.

Este Atlas poético de anatomía es también un libro científico: debe lo mismo y por igual a la invención de la metáfora y a la invención de los rayos X.

Si al lector no avisado le sorprendiera la escritura de este Atlas poético de anatomía hasta el punto de dudar de si lo que en él se le ofrece es ciencia o literatura, cosa que puede suceder, el autor del mismo le propone dos compañeros de viaje que le ayuden a situarlo en el enorme mapa de lo escrito en este mundo. Son dos autores alejados en tiempo, espacio, ropaje y condición. Adelanto los nombres y argumento a continuación por qué Lucrecio y Émile Zola han sido los elegidos.

Lucrecio mostró en De rerum natura, que nosotros hemos leído dos milenios después con el título De la naturaleza de las cosas, que era posible presentar la ciencia, en su caso una doctrina física, con una escritura poética, dirigida a cualquier persona sin necesidad de que esta fuera iniciada en el tema. Su intención queda clara cuando hace recaer en la musa, inspiradora de la poesía en la antigüedad clásica, la capacidad de transmisión del conocimiento científico: “Si estos conocimientos que te ofrece / mi humilde musa, hubieres comprendido, / porque con una cosa otra se ilustra / no te robará el paso oscura noche / sin que penetres los secretos hondos / de la naturaleza: de este modo / unas verdades esclarecen otras”.

Digámoslo: no abundaron los científicos en el modelo; antes bien al contrario, buscaron una escritura propia que deshiciera cualquier ambigüedad de sentido y significado. Discurrieron durante siglos ciencia y literatura a solas, lo que no impidió, como nos recordaba Barthes, que buena parte de la primera acabara convirtiéndose en la segunda con el paso de los años.

Fue Zola, a finales del S.XX, quien levantó la voz para reconciliarlas, si bien su enorme proyecto, que conocemos como naturalismo o novela experimental, actuara en sentido inverso y requiriera para la literatura los conocimientos de la ciencia.

Zola estaba convencido de que un día la fisiología desvelaría cómo piensa, cómo ama, como razona o enloquece el ser humano. En esas estamos.

Zola reconocía la existencia de la ciencia y la poesía, y ante los avances de la ciencia no proclamaba la muerte del poeta; le pedía que actuara desde el sentimiento y también desde la comprensión. Apelaba a su inteligencia, a la búsqueda de una verdad más allá de la emoción, una verdad que él suponía fruto de la observación, la formulación de hipótesis, la
experimentación, el análisis… Nada de idealismo, nada de metafísica: física, mucha física, realidad, mucha realidad, realismo.

Ni Lucrecio ni Zola estuvieron presentes en la redacción de este libro durante el largo año de 2007. Los convoco ahora más como lector que como escritor.

Sí me acompañaron entonces algunos finados: Henri Laborit, Faustino Cordon, mi madre, y algunos vivos, Nubia Villamil, Alfredo Martínez Cabeza, Marisa Gimeno, Christopher Yates, Joana Tortella. A todos renuevo mi agradecimiento.

Este cuerpo es humano / This body is human es el segundo título de Biblioteca La CALA.


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Nace Biblioteca La CALA

Grassa Toro

Las primeras navegaciones por esta web y las primeras entradas en este blog coinciden con el proceso de gestación de Biblioteca La CALA.
Esta entrada no es anuncio, que ya se hizo público el 1º de noviembre durante la celebración del 12º aniversario; es descripción de modelo editorial, firme proclamación de intenciones y, obviamente, invitación a la lectura.

En Biblioteca La CALA aparecerán, con una cadencia propia de una tarea agrícola, título inéditos y nuevas ediciones de títulos descatalogados.
Recordamos que las tareas agrícolas conllevan: la preparación de la tierra; la siembra; el cuidado de la planta, que incluye riego, poda, protección frente a inclemencias meteorológicas y plagas; y recolección. Este proceso que empieza en la sal de la tierra y acaba un instante antes de que el fruto pase a formar parte de nosotros mismos puede durar meses, un año, años.

Para que una obra acabe integrando la Biblioteca La CALA será requisito imprescindible que la totalidad o parte del proceso, que va desde la sal de la idea original a la edición final a punto de ser uno con el lector, haya sucedido entre los muros de la biblioteca (ahora con minúscula) de La CALA.

Hablamos de requisito y no de argumento.
Resulta difícil argumentar por qué merece la pena publicar libros; resulta difícil hacer la defensa de algo tan indefinido, tan difícil de acotar. Publicar libros no es un valor en sí, pese a lo que repite insistentemente el discurso publicitario; el valor lo tendrá, si es el caso, cada libro en particular, cada lectura propia.

Dejemos pues que cada libro de esta Biblioteca se defienda a sí mismo y que cada lectura sea un argumento en su contra o a su favor.

Aprendimos con Georges Perec que los libros se pueden ordenar en una biblioteca de modos y maneras múltiples, divergentes, heterodoxas, incluso canónicas.

Aprendemos hoy que los criterios de edición también pueden alejarse de retóricas vanas que apelan a la calidad, la novedad, la necesidad de la obra en cuestión, criterios todos ellos terminados en –dad, y que no ayudan mucho a diferenciar una obra de otra.

Que una parte o toda la publicación se haya gestado en la biblioteca de La CALA es, en principio, un criterio espacial, geográfico o, si se prefiere, paisajístico.
Debajo de este criterio superficial y no por ello menos valioso (todo paisaje es superficial y muchos paisajes son valiosos), crecen criterios más profundos que hunden sus raíces en principios y valores que definen La CALA.
Si nos preguntan cómo pensamos, les contestaremos que pensamos desde la estética, apreciamos la belleza.
Si nos preguntan cómo actuamos, les responderemos que actuamos desde la ética, queremos el bien común.
En nuestras intenciones: evitar el tópico, la reproducción automática de lo ya dicho, ya hecho, ya pensado; fundir las acciones de cada día: conocer, pensar, crear, sentir, expresar, comunicar, en un solo proceso; dicho de otra manera: evitar estados de alienación, vivir experiencias plenas donde la vida no se separe en compartimentos, ya saben, ocio y trabajo, físico y mental, intelectual y afectivo; nada de esto, por favor.

Biblioteca La CALA nace dentro de esta casa, condición favorable para que se le abran las puertas de otras casas, de otras bibliotecas.

Si este deseo se cumple, los dos primeros títulos en llegar a la suya serán: El París y Este cuerpo es humano.


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En La CALA usted puede hacer más de nueve mil cosas distintas, estas son algunas:

Grassa Toro

  • Conocer la producción textil de los indios Guna de Colombia y Panamá.
  • Consultar el mayor fondo documental de España relativo a la ‘Pataphysica.
  • Encontrar el tiempo y el espacio necesarios para realizar un estudio profundo, o una obra de creación.
  • Escuchar la voz de los poetas hispanoamericanos más importantes del siglo XX, en grabaciones fonográficas.
  • Contemplar la colección de máscaras de América del Sur.
  • Aprender español.
  • Encontrarse con artistas nacionales e internacionales.
  • Recoger tomillo.
  • Acceder a la consulta y lectura de los ocho mil volúmenes de la biblioteca.
  • Analizar la interpretación tridimensional de la figura humana a partir de la colección de piezas populares del viejo y nuevo mundo.
  • Contemplar exposiciones de diseño gráfico e ilustración, fotografía, escultura, dibujo, objetos, artes populares.
  • Enviar y recibir un correo electrónico.
  • Acercarse al arte y a la técnica fotográfica.
  • Comparar una docena de ediciones de Poeta en Nueva York de García Lorca.
  • Escuchar en grabación fonográfica muestras del folklore hispanoamericano.
  • Diferenciar el aroma del romero y de la lavanda.
  • Aprender a escribir. Escribir.
  • Compartir con sus alumnos una jornada dedicada a la expresión artística.
  • Recordar la vida y obra de Luis Buñuel.
  • Dibujar. Aprender a dibujar.
  • Proponer proyectos de investigación y creación.
  • Iniciarse en los procesos de la forja.
  • Ensayar.
  • Oler sahumerio.
  • Leer las Crónicas de Indias.
  • Escuchar la voz de Apollinaire en grabación original.
  • Contemplar la puesta del sol.
  • Construir objetos.
  • Imaginar otros mundos que puedan ponerse al lado de este mundo.
  • Diseñar abecedarios.
  • Medir sílabas.
  • Debatir.
  • Plantar un árbol.
  • Realizar una búsqueda en Internet.
  • Pensar.
  • Hacer historietas gráficas.
  • Escuchar un cuento occitano a la luz de la luna.
  • Tomar café.
  • Diferenciar técnicas periodísticas.
  • Investigar.
  • Discurrir por los senderos de la imaginación de la literatura infantil.
  • Diagramar carteles.
  • Aprender a respirar.
  • Reconstruir la historia de la poética desde Aristóteles.
  • Escuchar el canto de los pájaros.

Hasta aquí llegaba un texto que redacté en julio de 2005, el título tiene un error, dice “usted puede hacer” y debería decir “usted podrá hacer”, porque faltaban todavía cien días para que La CALA abriera sus puertas en Chodes.

Doce años después, podemos decir que todo lo imaginado, o pensado, como prefieran, ha sido realidad, algunas veces realidad excepcional, otras veces, mucha realidad.

Dan ganas de continuar la lista:

  • Ver films al aire libre
  • Elegir entre decenas de especias diferentes
  • Construir con adobe
  • Encender la chimenea
  • Plantarse enfrente del atardecer
  • Consultar las obras completas de Javier Villafañe
  • Dibujar seres vivos del natural
  • Dormir
  • Clasificar una extensa iconografía de monstruos y seres maravillosos
  • Pintar murales
  • Interrogar en voz alta sobre la belleza
  • Conocer al vecindario, intimar con el vecindario
  • Lavarse la cara
  • Leer en francés sin interrupción durante años
  • Producir fotonovelas
  • Cantar
  • Acariciar a Vaca
  • Ensayar el ensayo
  • Celebrar inauguraciones que duran siete, ocho, nueve horas
  • Escuchar el rasgueo de una guitarra, el soplo de una armónica
  • Contemplar el vuelo de las grullas dos veces al año.

Podría seguir, llegar a las nueve mil:

  • Atarse un zapato
  • Cortar una rama de laurel
  • Discutir acerca del papel de la novela en la sociedad
  • Tararear un bolero
  • Contar estrellas fugaces las noches de agosto.

Podría seguir, sin embargo, voy a dejar aquí el recuento: tengo, tenemos muchas cosas que hacer.


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Prólogo

Grassa Toro

La CALA es una casa, las casas no escriben. Este blog lo firma Grassa Toro, director y fundador de La CALA. Si un día escribe otra persona se anunciará con tipográfica delicadeza.

No sé si un blog admite prólogo, cuando termine este texto quizás hayamos despejado la duda de lado y lado, usted como lector y yo como escritor. ¿O debo decir redactor?

Prólogo

A este blog irá a parar lo que no ha encontrado otro lugar en el web site que lo aloja. Quizás debería decir lo que no ha encontrado tiempo. Aunque lacala.es está pensado para la navegación lenta, el medio web lleva en su ADN una impronta de frenesí que quizás no sea la más favorable para disfrutar de algunos contenidos.

Estos contenidos: habrá textos, extensos en algunas ocasiones; habrá imágenes, no siempre. ¿Voces? Podría haber voces, y sonidos. Renunciaremos, ya lo han adivinado, al gusto, al tacto y al olfato.

Se dará cuenta la plural actividad de esta casa, cabrá la noticia, el relato y algún pensamiento; confieso que me atrae más esta última opción.
Se rescatarán de los archivos algunos documentos, siempre que hayan mantenido viva una frescura que acredite ausencia de nostalgia.

Y poco más puedo anunciarles. Uno no sabe qué va a escribir en un blog. De eso se trata, de escribir para saber.

Y de caminar.

P.S.: Es más que posible que, en ocasiones, utilice el plural, a pesar de ser yo quien firme a solas. La CALA tiene un imán que atrae el plural, y no pienso ofrecer mucha resistencia.


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CALA es el acrónimo de Casa Abierta La Andariega.

Grassa Toro

Casa

un lugar en el mundo, un espacio físico construido desde el interior de la tierra hacia el cielo. Todos sabemos qué es una casa.

Abierta

a la gente, a las ideas, a los hechos: crear, descubrir, investigar, contemplar, interpretar, mirar, pensar. Todos sabemos qué significa abierta.

La Andariega

como la carreta con la que Javier Villafañe recorrió América del Sur y España. La Andariega porque hay casas que caminan. Todos sabemos caminar.

La CALA también es un tiempo en el mundo.

La primera actividad pública, la exposición ‘Pataphysica de las Impresiones, en la Biblioteca Nacional de Colombia, está fechada en 2001, meses después de la fundación de la CALA por Grassa Toro y Raquel Arellano.

Esta web es otra casa, virtual, con ventanas abiertas, con ánimo navegante: os damos la bienvenida.


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