Leyeron la Odisea

“¡Con Homero empezó la decadencia!” Esta frase la repetía Nicanor Parra (pocos más se hubieran atrevido), esto anota Rafael Gumucio en Nicanor Parra, rey y mendigo, y no da muchas más explicaciones. Bastaría esta frase brillante (con brillo) para volver leer a Homero, ese es el primer impulso; el segundo, algo más lento, si es que hay impulso lento, es el de leer a los lectores de Homero, pues damos por supuesto que Parra lo fue y al fin y al cabo lo que nos ha atraído es la opinión de un determinado lector sobre un más o menos determinado autor. Los dos impulsos no son excluyentes.

En la biblioteca de La CALA hay tres ediciones de Odisea y una de Ilíada, todas traducidas al español. También hay un número indeterminado de libros donde autoras y autores dan cuenta de la lectura que han hecho de Homero; es cantidad indeterminada porque no sabemos en qué libro nunca abierto volverá a aparecer un comentario sobre, concretemos, la Odisea.

En 1908, Alfonso Reyes publica Una aventura de Ulises, un relato de ficción que explora la fórmula “y si el relato original fuera falso” para proponer un periplo diferente para Ulises: “Aquel día, la nave de los feacios perdió el rumbo, según era la voluntad de Posidón, señor del rumoroso mar, y Ulises despertó de su sueño, abandonado sobre playa extranjera y no sobre la costa patria, como se dice en los cantos de la Odisea”. No desvelaré la trama de esta aventura en la que tiene un papel importante Hermes.  Anoto que se cierra con un epílogo sorprendente en el que Reyes, autor, invoca la ayuda de Atenea para devolver el alma a la ciudad “moderna” de inicios del S. XX.

Margaret Atwood también utiliza la misma fórmula de Reyes para contar otra cara de la historia, a ella le basta con cambiar de narradora y poner el relato en boca de Penélope La versión de Penélope (así titulan algunos fragmentos de Penelopiad, 2005) es un monólogo que podría llevarse a escena ante cualquier auditorio ávido de comedia. Atwood y Reyes han leído a Homero, es obvio, su lectura he desembocado en la creación de una ficción que dice más de ellos mismos que de la Odisea, algo parecido al comentario coloquial de quien acaba una novela y asegura sentirse plenamente identificado o identificada con tal personaje. Por otro lado, flaco homenaje hacen a una obra que nació, precisamente para descartar cualquier otra versión del relato, a no ser que aceptemos la sub-versión como homenaje, ese parasitismo tan extendido.

No hace falta elaborar una ficción completa para obtener una nueva versión de la Odisea, en ocasiones basta con traducirla como a uno le venga en gana. Esa diversidad de traducciones causaba regocijo a un joven Borges, quien en “Las versiones homéricas” (1932) se alegraba por desconocer el griego y estar obligado a leer Odisea en traducciones, lo que le permitía disponer de “una librería internacional de obras en prosa y verso”. También constataba en ese breve artículo que “Los hechos de la Ilíada y la Odisea sobreviven con plenitud, pero han desaparecido Aquiles y Ulises, lo que Homero se representaba al nombrarlos, y lo que en realidad pensó de ellos. El estado presente de sus obras es parecido al de una complicada ecuación que registra relaciones precisas entre cantidades incógnitas”. Esta última imagen no puede ser más certera y nos sitúa como lectoras, lectores. Sobre la posibilidad de resolver la ecuación volveremos al final de este texto.

En 1942, Erich Auerbach publica Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. Auerbach está en el exilio, escapando de la Segunda Guerra Mundial, no le acompaña su biblioteca y escribe una de las obras fundamentales de teoría literaria “de memoria” (creo que la nota biográfica sobre la memoria viene al caso hablando de la Odisea). La falta de tensión en el relato de Homero, su capacidad para “retardar” el desarrollo de la trama, el interés por que cada acción, aunque sea pasada, se actualice en un presente donde se da cuenta del mínimo detalle, el desprecio por la historia, son aspectos que analiza Auerbach y que contrapone, en un estudio de literatura comparada memorable, a la forma tan distinta en que está redactada la Biblia. Copio un párrafo que se acerca a la síntesis de su pensamiento: “El reproche que a menudo se ha hecho a Homero, de ser mentiroso, no rebaja en nada su eficiencia; no tiene necesidad de copiar la verdad histórica, pues su realidad es lo bastante fuerte para envolvernos y captarnos por entero. Este mundo “real”, que existe por sí mismo, dentro del cual somos mágicamente introducidos, no contiene nada que no sea él; los poemas homéricos no ocultan nada, no albergan ninguna doctrina ni ningún sentido oculto. Se puede analizar a Homero, como lo hemos intentado nosotros, pero no se le puede interpretar”.

Poco después, Arnold Hauser  en Historia Social de la Literatura y el Arte (1951), centrará su análisis en definir el carácter aristocrático de la obra de Homero, al servicio de una sociedad de transición que empieza a abandonar la magia y el ritual colectivo en beneficio de comportamientos individualistas muy preocupados por la fama. Será Hauser quien cuestione los imaginarios románticos que atribuían Odisea a la genialidad de un autor o la ingenuidad de la voz popular, para él la obra es fruto de un trabajo colectivo de especialistas al servicio de las clases dominantes.

Todo lo contrario pensaba Arnold van Gennep, que en 1910 publica La formación de las leyendas y defiende con vehemencia que la Odisea es obra de un solo autor, argumenta para ello: “Tuvo también Ulises toda clase de aventuras, y se han intercalado también en la Odisea temas de diversa procedencia. Pero se percibe en todo el poema una especie de trama, a pesar de lo recargado del bordado en hilos de oro y seda como los bordados árabes. Se desarrolla la novela de las aventuras de Ulises, ante nuestros maravillosos ojos, de un modo continuo; las de Hércules aparecen consecutivamente, como los filmes bruscos de un cinematógrafo. Nada hace sentir tanto la diferencia esencial entre una epopeya, obra de un individuo, como la Odisea, y la obra colectiva, anónima y secular que es un ciclo legendario”.

En 1963, Erick A. Havelock publica Prefacio a Platón, desde las primeras páginas declara que ha escrito el libro buscando una explicación a la rotundidad con la que Platón decide expulsar a los poetas, y a Homero el primero de la Republica, decisión que le extraña y confunde, por eso Havelock decide leer a Homero, a Platón, y a Platón leyendo a Homero. Nosotros, lo ha adivinado el lector, leemos a Havelock leyendo a Platón leyendo a Homero. De esta fascinante cadena el único que no leyó a nadie, o casi nadie, fue Homero. El libro de Havelock tiene un desarrollo parecido al de una investigación en busca de prueba y, sin dejar de ser ensayo, un ensayo determinante para el estudio de la transición de la oralidad a la escritura aprovecha estrategias de expectación-descubrimiento propias de la novela de detectives. Prefacio a Platón es uno de esos libros difíciles de resumir, que provocan una y otra vez su lectura íntegra. El mayor acto en defensa de esta afirmación sería copiar aquí y ahora el texto íntegro; no lo haremos, elegimos con dificultad un fragmento: “Los sucesores de Homero seguían dando por supuesto que sus obras serían repetidas y memorizadas. De ello dependían su fama y su esperanza de inmortalidad. Luego también daban por supuesto -aunque de modo fundamentalmente inconsciente- que sus palabras debían ser las apropiadas para preservarse en la memoria viva del público. Esto les impedía apartarse de la corriente principal de la tradición helénica, pero también fortalecía inmensamente lo que podríamos denominar la elevada seriedad de sus composiciones.

Lo que aquí nos interesa no es la crítica literaria, sino los orígenes del intelectualismo abstracto a que dio forma la “filosofía” griega. Hemos de comprender que obras geniales compuestas dentro de la tradición semi oral, aun suponiendo una magnífica fuente de placer para el lector moderno del griego antiguo, constituían o representaban una mentalidad total que no es la nuestra ni tampoco la de Platón; y que así como la poesía, mientras ejerciera su reinado absoluto, se alzaba como un obstáculo para el logro de una prosa eficaz, así también existía una mentalidad que, por conveniencia, podríamos denominar “poética” u “homérica” o “condición oral” de la mente, que constituía el principal obstáculo al racionalismo científico, al empleo del análisis, a la clasificación de la experiencia, a su reorganización en secuencias de causa y efecto. De ahí que la mentalidad poética sea para Platón el formidable archienemigo -y resulta fácil comprender por qué-. Las prédicas de Platón van contra una costumbre secular, contra el hábito de memorizar la experiencia mediante palabras rítmicas. Platón está pidiendo al hombre que examine esa experiencia y que la reorganice, que piense lo que dice, en lugar de limitarse a decirlo; y que se distancie de ello, en lugar de identificarse: el hombre ha de alzarse en “sujeto” aparte del “objeto”, reconsiderando, analizando y evaluando éste en lugar de limitarse a “imitarlo”.

¿Cuáles eran esas prédicas de Platón? El filósofo es implacable en República: quienes escriben como Homero, que presentan con verdad puras invenciones, no sirven para crear una ciudad ideal, donde los seres humanos puedan ser felices, por eso lo mejor es expulsarlos de la República: “Entonces, Glaucón -dije-, cuando encuentres admiradores de Homero que dicen que este poeta ha educado a Grecia, y que por el gobierno y la educación de los asuntos humanos merece ser que se lo tome como objeto de estudio y que los hombres vivan organizando toda su vida de acuerdo con lo que este poeta dicta, es preciso ser amables y considerados teniendo en cuenta que hacen lo mejor que pueden. Hay que convenir que Homero es el más poético y el primero de los autores de tragedias, pero es necesario saber que hay que admitir en la ciudad solo los himnos a los dioses y los elogios a los hombres buenos. Si, por el contrario, se admite a la Musa dulce en cantos y versos, pondrás a reinar en la ciudad al placer y al dolor en lugar de la ley y el raciocinio, que es considerado siempre mejor para la comunidad”.

Afirmaciones como esta eran las que sorprendieron tanto a Havelock ,y quizás sigan sorprendiendo a un lector actual, máxime si es amante de la poesía, por eso antes de denigrar a Platón y su República, merece la pena leer a Havelock y conocer cómo salió de su asombro y, adelantemos desenlace, se reconcilió con Platón.

Esa ausencia de verdad, reprochada por Platón, y ya sobriamente justificada por Erich Auerbach, fue motivo de reflexión en la lectura de la Odisea que hizo en 1978 Italo Calvino. En “Las Odiseas de la Odisea”, tras analizar la estructura del relato y la importancia que se da en él a la lucha contra el olvido, concluye, citando a Alfred Heubeck, con una paradoja que ilumina cualquiera de nuestras lecturas: “La novedad de la Odisea es haber enfrentado a un héroe épico como Ulises con hechiceras y gigantes, con monstruos y devoradores de hombres”, es decir, en situaciones de un tipo de saga más arcaica, cuyas raíces han de buscarse “en el mundo de la antigua fábula y directamente de primitivas concepciones mágicas y xamánicas”.

Añadan a todas estas lecturas de la Odisea la o las que han hecho ustedes directamente de la obra, o de las obras de quienes la han leído y lo han contado. Concluyo con una lectura muy reciente, que nos ha puesto a pensar en todas las anteriores y en las que vendrán.

La visión de la Odisea (2014), de Aida Míguez Barciela, es y no es otra lectura más, porque intenta tener en cuenta las más notables de entre las anteriores, así sea para desmontarlas, y porque intenta también (y lo consigue) resolver la ecuación que intrigaba a Borges: “Empezamos recordando algunos de los resultados más relevantes de la investigación homérica del pasado siglo. Que nos tomemos las repeticiones que una y otra vez encontramos en Homero como pasajes superfluos, síntomas de negligencia poética, o cosas por el estilo, no constituye sino una muestra evidente de nuestra propia incompetencia como lectores modernos. Por lo mismo, tomarse las escenas típicas homéricas como un mero recurso para aligerar la composición oral del aedo no es en el fondo sino una confesión de nuestro propio fracaso hermenéutico. Las repeticiones homéricas no son recursos meramente técnicos ni meramente poéticos, sino que están fundadas en la cosa misma; constituyen por tanto un autentico desafío para el hermeneuta, quien, si en verdad es hermeneuta, no ahorrará esfuerzos a la hora de intentar comprenderlas -no excusarlas- en tanto que marcas características del género. Nos hallamos aquí ante un problema de fondo, problema que no puede esquivarse, tampoco resolverse, sino quizás exhibirse y delimitarse como tal”.

Formo parte de la masa de lectores modernos incompetentes y solo puedo agradecer a Aida Míguez que me lo haya recordado y que me haya invitado a volver a leer la Odisea, esta vez en su compañía, atendiendo a cada una de sus traducciones directas del texto original, meditando sobre cada una de sus interpretaciones, apartando a manotazos prejuicios, como quien batalla contra una legión de moscas.

La generosa luz que aporta La visión de la Odisea no deslumbra y nos permite seguir viendo nítidamente las lecturas de Platón, Erich Auerbach, Hauser, Havelock o Italo Calvino, que nos siguen interesando; quizás, si algo comparten todas ellas es la voluntad de acercarse al tema del conocimiento, del saber, por eso puede ser un buen final esta cita del libro de Aida Míguez: “Por otra parte, los parajes y paisajes en los que Odiseo (no-) ha estado forman el elemento de contraste necesario en la elaboración homérica de eso que podríamos llamar un poco enfáticamente, una “fenomenología del saber”. En un estado donde no se carece de nada ni falta de nada no se necesita nada, tampoco el conocimiento; un estado de lujo supremo y extrema abundancia (ese lujo que los griegos llaman a veces habrosýne induce a la blandura, no siendo en él por tanto posible el conocimiento, el cual solo tiene sentido ahí donde, por el contrario siempre se carece de algo y se necesita algo, pudiéndose incluso afirmar que el conocimiento irrumpe precisamente porque no se tiene, porque falta, por eso el esfuerzo, por eso la lucha por obtener eso que no se tiene. En el contexto griego antiguo la penuria y la pobreza no se valoran nunca per se, sino solo como acicates para el desarrollo de sophía, la cual, paradójicamente es el arme para combatir la penuria y la pobreza (cf.Heródoto 7.101-104). En este orden de cosas habría que situar la descripción de la simplicidad, incluso la relativa pobreza de Ítaca como territorio respecto al cual la opulencia del país de los feacios funciona como un término cuya alteridad produce definición”.

Al lector siempre le falta algo.

Nota final: estas lecturas, a veces relecturas, este recordar que Aquí hay libros ha nacido en esta ocasión de una experiencia excepcional: la lectura colectiva de la Odisea propiciada por la biblioteca de Villanúa (Huesca, España) durante el mes de febrero de 2021.