Maneras de leer

Grassa Toro

Desde que escribe, el ser humano no ha dejado de pensar e investigar acerca del propio acto de escribir. De Aristóteles a Roland Barthes, de Quintiliano a Julio Cortázar, desde los maestros antiguos a los estructuralistas de Tel Quel, clásicos, renacentistas, neo-clásicos, románticos, naturalistas, formalistas rusos y no tan rusos se han ocupado de desentrañar qué es eso que llamamos escribir y, en muchas ocasiones, han buscado definir qué es eso que llamamos escribir literatura. Nos faltarían vidas si quisiéramos conocer este inmenso corpus que, paradójicamente, cuanto mayor es más crece, invitando a pensar que se trata siempre de un conocimiento o imperfecto o inabarcable, aun sí, como en estas líneas nos refiramos solo a una parte mínima de todo lo escrito, la incluida dentro de lo literario.

A estas horas sabemos, o podemos saber qué es literatura, incluso podemos tener respuestas distintas y hasta contradictorias acerca de qué es escribir, cómo aprender a hacerlo, cómo hacerlo bien, cómo saber si nosotros y otros lo hacemos o lo hacen bien, y un largo etcétera de saberes analíticos, clasificatorios, sintéticos, conceptuales, sistémicos u operativos.

Algo muy distinto ocurre con el acto de leer. La psicología y la pedagogía se ocupan del primer aprendizaje, casi siempre escolar. La historia ha registrado cronológicamente visiones generales y algunas particulares, referidas a países concretos. Antropología y sociología efectúan (y esto es muy reciente) análisis de campo que desvelan comportamientos humanos. Y poco más, no existen grandes teorías que aborden el acto de leer (literatura) como se aborda el acto de escribir (literatura).

Quizás valdría la pena detenerse un momento para, al menos, dejar formuladas algunas cuestiones: ¿por qué esa diferencia de interés entre la lectura y la escritura?, ¿por qué sabemos todo lo que humanamente es posible saber acerca de la manera de escribir de Flaubert, Poe o Breton y no sabemos nada de la manera de leer de los lectores de cualquiera de ellos tres? ¿Porque este saber no tiene ningún rasgo de interés? ¿Porque es difícil, casi imposible definir cómo leemos? El primer argumento, el interés, está por descubrir; el segundo, el de la dificultad, si es real, se podrá vencer, en menor o mayor grado.

Vencer la dificultad de la definición y descubrir qué significados múltiples tiene leer son los propósitos a los que vengo dedicando algunos momentos de lectura, pensamiento y experimentación durante los últimos años, empresa que hoy continuo por la vía de este curso que vuelve a llamarse Maneras de leer, como ya se llamó en otras ocasiones recientes, si bien en esta su contenido aparece en buena parte ampliado y renovado.

Reconozco que mi trayectoria no ha sido diferente a la común de la humanidad: me interesé desde muy joven por cualquier teoría de la escritura que saliera a mi encuentro y ni siquiera era capaz de imaginar que pudiera elaborarse algo al mismo nivel referido a la lectura.

Mi interés por el acto de leer como objeto de investigación es relativamente reciente y no son ajenos a él lecturas que, intuyo, van a acompañarme durante los años venideros, me refiero a Presencias reales, de George Steiner; Cómo hablar de los libros que no se ha leído, de Pierre Bayard; Las compañías que elegimos, de Wayne C.Booth; La hora del lector, de José María Castellet; y El defensor, de Pedro Salinas. Libros que abarcan varias decenas de años, que responden a sensibilidades y a maneras de expresarlas muy distintas, incluso contradictorias, y que actúan como complementarios, con un gran poder de atracción entre ellos y hacia mí. No son los únicos, y habrá tiempo para sacar otros de las estanterías.

Maneras de leer se propone como curso a través de una correspondencia telemática individualizada con cada participante. Como curso expondré algunos conocimientos propios y ajenos; en tanto correspondencia nos serviremos de nuestras propias experiencias lectoras para ir definiendo algunas regularidades que nos ayuden a formular hipótesis de leyes generales y prestaremos igual atención a las excepciones que no se avengan a ninguna ley general.

Maneras de leer quiere ser un curso descriptivo, que nos acerque al conocimiento de cómo leemos y de cómo leen otros. Y no quiere ser una secuencia didáctica, no se trata de “aprender a leer”; tampoco una propuesta normativa, no vamos a decir “cómo hay que leer”; y muchos menos una práctica evaluadora, no vamos a diferenciar: “usted es buen lector, usted es mal lector”. Ni siquiera, en principio, se trata de una defensa de la lectura, aunque el magisterio de Pedro Salinas invite a pensar en ello.

Maneras de leer se acercará al acto de leer desde cuatro conceptos que no pertenecen específicamente al mundo teórico de la literatura: memoria, encuentro, amistad, diálogo. Esta distancia frente al uso de terminologías especializadas es posible que marque alguna diferencia con otras formas de aproximarse a este conocimiento, pero en ningún caso supone renuncia al conocimiento científico acumulado y difundido por otros.

Leemos lo que podemos, leemos como podemos, cuando podemos, a veces, al lado de quien podemos, como sucede con tantas otras cosas de nuestra vida.

Lo que es cierto es que leemos y, en tanto lectores, somos el fundamento, la piedra angular sobre la que bascula el infinito universo de la escritura. Si nos apartamos, si desaparecemos, ese universo se viene abajo. ¿No merece la pena pararse un momento a pensar cómo hacemos algo tan importante?