Notas sobre la escritura de La demasiada realidad. Voces de los conquistadores españoles *

El libro que nos ocupa salió de imprenta.

En el inicio de la construcción de este libro hubo un consejo del escritor y titiritero argentino Javier Villafañe, un consejo pronunciado en el andén de la estación de El Portillo de Zaragoza antes de que se subiera al último tren: «lee las crónicas de Indias», dijo.

Villafañe no le dio el consejo al lector que yo era, se lo dio al escritor que yo quería ser por aquella primera mitad de los años noventa.

Desconocía las razones de la recomendación, porque desconocía absolutamente todo lo que tuviera que ver con el tema.

No olvidé nunca esas palabras, tardé algunos años en hacer caso a Villafañe, tantos que él ya no lo supo.

Desde la primera lectura, intuí que Javier, lector de mis relatos de juventud, había identificado en mi escritura literaria algunos rasgos de lo que popularmente conocemos como realismo mágico. 

Las Crónicas abundan en episodios, acontecimientos, fulguraciones que, por escapar a lo que los conquistadores conocían hasta ese momento como realidad, la suya, se presentan desde el asombro, incluso desde el miedo, como una realidad que, por desconocida, se les hace difícil de entender y de aceptar, algo que se parece más a una irrealidad, y que era plena realidad para quienes allí vivían cuando llegaron, los indígenas que llevaban cientos o miles de años construyendo el mundo que los españoles llamaron Nuevo.

El choque inesperado, desmedido y violento de dos realidades muy distintas y, sobre todo, el relato que una de las partes, los conquistadores, hará de ese choque violento, es terreno abonado para que surja el discurso literario, tal y como lo entendemos desde Homero, aunque no fuera esta en ningún caso la intención de los cronistas. De hecho, ellos defendían vehementemente que su único propósito era contar la verdad.

García Márquez lo había dicho en su discurso de recepción del Premio Nobel, él había sido capaz de escribir Cien años de soledad porque alguien, casi cien años atrás, había escrito las Crónicas.

Ahora sabemos que, como era costumbre en él, es posible que García Márquez desviara la atención sobre sus fuentes, y sabemos que es El Otoño del Patriarca el deudor de las Crónicas. Poco importa, el hecho es que buena parte de lo escrito por los conquistadores es un elemento de gran valor de nuestro patrimonio cultural y tanto García Márquez como Javier Villafañe hicieron bien en recordárnoslo. 

Hasta aquí, me estoy refiriendo a la escritura y no al contenido de la misma, a los hechos narrados. Este fue mi segundo descubrimiento como lector: los hechos exceden cualquier posibilidad de representación escrita o plástica, lo sucedido es inabarcable tanto para los que lo vivieron como para los que luego hemos tenido noticia de lo vivido, de ahí el título del libro, La demasiada realidad, un título que tardó varios en aparecer, pero que otorga pleno sentido a lo que el libro ofrece, un título que no cambiaría por ningún otro.

A pesar de ser demasiada y por ello inabordable, decenas de conquistadores intentaron darla a conocer y no solo mediante lo que canónicamente llamamos Crónicas, también mediante historias, relaciones, sermones, memoriales, bulas, codicilos, testamentos, cartas, diarios, diálogos, coloquios, capitulaciones, tratados, cédulas, balances, procesos, apuntamientos, instrucciones.

Este corpus de miles y miles páginas manuscritas, guardadas en su mayoría en el Archivo de Indias de Sevilla, ha tenido una historia editorial por momentos apasionante, que comprende desde la censura, el olvido o el desprecio absoluto que las ha relegado al silencio del archivo hasta la difusión a lo largo de los siglos en variedad de lenguas y lugares y modos de edición, convirtiéndose algunos textos en auténticos best sellers, véase: los Diarios de Cristobal Colón; Historia verdadera de la conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo; o Brevísima Relación de la Destruición de las Indias, de fray Bartolomé de las Casas.

Esto significa que cualquier persona, máxime si lee en español, tiene fácil acceso a una ingente cantidad de textos escritos por los conquistadores durante los primeros cien años de Conquista. Me refiero a las fuentes directas. Mucho mayor y más inabarcable, si es que el adjetivo permite grados de comparación, es la bibliografía referida al tema escrita y publicada durante quinientos años bajo forma de historia, política, derecho, teología, antropología, arte, etc.

La demasiada realidad se nutre exclusivamente de las primeras fuentes, de lo escrito por los protagonistas de la conquista.

He leído esos textos en ediciones de los siglos XX y XXI, transcritos, en la mayoría de los casos, al español actual.

Ya he dicho que en el principio fue la lectura, una lectura que debía facilitar mi aprendizaje en el oficio de escritor literario.

Fue la mía, y continúa siendo, una lectura llena de escrituras en los márgenes: signos, palabras, frases escritas a lápiz iban superponiéndose sobre la letra impresa de los libros que acabo de citar. No tardaron en aparecer las recurrencias, las repetidas ocasiones en las que se hablaba de oro, ídolos, canibalismo, esclavitud o caimanes. Empecé a hacer un listado de voces haciendo caso a la intuición y empecé a copiar debajo de cada una de ellas fragmentos de mis lecturas; algunas voces fueron acumulando citas rápidamente, otras más despacio; aparecían nuevas voces, desaparecían las que no proporcionaban ni en cantidad ni en calidad información que me resultara significativa. Tomé muchas decisiones, empecé a ser autor. Copiaba a mano.

No tardó mucho en aparecer la intención de escribir, que no nació del valor indudable de los aspectos formales, sino de la sorpresa provocada por los contenidos que aparecían conforme avanzaba la lectura.

¿Cómo era posible que desconociera un episodio central de la historia de la humanidad, más allá de ser también un episodio clave en la definición de identidad de la nación donde nací?

¿Le sucedería algo parecido a más gente?

Dado que no soy un ser excepcional, era fácil pensar que sí.

Contestar a la primera pregunta, saber de dónde nacía ese desconocimiento, era interesante, pero era todavía más interesante tomar la decisión de acabar con esa ignorancia. 

Sé que la lectura aporta información sobre la realidad, pero soy un firme defensor de que son la conversación y la escritura las que aportan el conocimiento.

La decisión estaba tomada, iba a escribir sobre la Conquista, para ser más preciso, iba a reescribir lo que otros habían escrito.

La posterior decisión de publicarlo tenía que ver con la segunda de mis preguntas: ¿podría interesarle a más gente lo que yo estaba conociendo? Las respuestas empezarán a formularse a partir de ahora (y me encantaría tener noticias de ellas).

La forma elegida para esta reescritura descartaba la experiencia personal (obvio, yo no viví la Conquista) igual que descartaba la ficción. Pocas fuentes le quedan a un escritor una vez ha renunciado a estas dos principales: quedaban los textos de los demás. Seguí leyendo.

Elegía, ordenaba, mostraba, ocultaba, reescribía con vocabulario y sintaxis actuales lo que leía, pero no añadía a lo escrito en las fuentes consultadas ni informaciones ni opiniones propias. Me até manos, lengua y ojos para no hacerlo. Renuncié hasta el final, hasta este final, a la lectura de libros de historia sobre el periodo, también de antropología, de etnografía; apenas mantuve conversaciones sobre el proyecto; no he inventado, no he analizado, no he juzgado. He elegido, a solas, en compañía de un puñado de muertos. 

Todos ellos, hombres, se esforzaron por convencernos de que lo que escribieron era verdad. Argumentan en sus textos que cuentan lo que vieron, que ellos sí estaban allí, y ese estar presente les resulta argumento suficiente de veracidad. Podríamos llamarlos, sin demasiado rubor, protagonistas.

Yo también he escrito la verdad, la de mis lecturas, yo escribo lo que he leído, igual que los primeros autores escribieron lo que veían. Yo también he estado allí, mi allí ha sido el espacio del libro, de sus libros. Por eso no me cuesta escribir: «La casa del cacique del reino del Bogotá se construían abriendo primero hoyos en la tierra. Dentro de cada hoyo hacían entrar a una niña, hijas todas de los principales del pueblo. Una vez que las niñas estaban dentro, hincaban palos gruesos sobre ellas y las iban macizando con tierra porque decían que los cimientos de carne y sangre humana daban fortaleza a la casa y traía buena suerte». No me cuesta escribirlo porque es verdad, la de mi lectura. 

Durante más de veinte años he necesitado descubrir, conocer, quizás entender. Y para esto no se me ocurrió nada mejor que volver a contármelo, como tantas veces hacemos en la vida con aquello que deseamos hacer nuestro. 

Volver a contarlo en una lengua que me fuera propia.

No podía ser la lengua de los primeros autores, de los vencedores, la lengua del poder, tan seductora en su apariencia de totalidad y, sin embargo, siempre tan incompleta.

Tampoco podía ser la lengua científica del historiador, el antropólogo, el etnógrafo que no soy, y que solo hubiera usurpado un espacio que no me corresponde.

Cabía la tentación de utilizar una lengua que se quisiera política, comprometida, hasta combativa, según los estándares de compromiso y combate que desde los años 70 marcaran algunos autores de éxito; esa lengua que tarde o temprano acaba fragmentada en eslóganes dispuestos para el consumo de masas. Una lengua de denuncia, que antepusiera el Yo a cualquier contenido: «Yo acuso». También lo descarté porque semejante ejercicio de narcisismo hubiera perturbado cualquier mensaje.

No, nada de lo que le sirve a la mayoría de la gente, me servía a mí.

Así que elegí esto, una escritura que ofrece información, que avanza, retrocede, se queda ensimismada, duda, que no prioriza el concepto sobre el caso ni, lo que hubiera sido atroz, el caso sobre el concepto. 

Una escritura que acabó resultando bastante parecida a un extenso relato oral, semejante al que hacemos tantas veces mientras nos dura el entusiasmo de nuestras lecturas recientes. 

No, escritura oral no es una contradicción, es una forma, quizás extraña, es esta forma: contar lo leído, en feliz fusión de espacios, tiempos y fuentes, redactando en pasado o presente, sin ningún compromiso con la cita bibliográfica, atrevimiento que debo a la generosa sabiduría de Carmen Martín Gaite.

Una escritura llena de rimas internas, cualidad de la literatura.

Una escritura pensada palabra a palabra, frase a frase. Sí, pensada, de pensamiento, esa forma de la emoción.

He pasado veinticuatro años de mi vida escribiendo este libro. Voy a intentar ser algo más preciso: durante veinticuatro años de mi vida he pasado algunos momentos escribiendo este libro. Miles de horas. Dedicar mucho tiempo a la realización de una obra no asegura la bondad de esta, se puede fracasar durante veintiún años seguidos. El lugar común que hace del esfuerzo algo encomiable también olvida que hay esfuerzos despreciables. 

Si contabilizo todos estos años es para constatar que quien ahora acaba de terminar el libro es alguien diferente a quien lo empezó, y añadir que, durante este tiempo he mantenido un diálogo despiadado con los sucesivos Grassa Toro, diálogo que siempre giraba en torno a una misma pregunta: ¿qué estás escribiendo?

La duda ha alimentado borradores, cambios de título, de subtítulo, y el continuo aplazamiento por llegar a un final que me obligara a responder definitivamente a la pregunta: ¿qué has escrito? He escrito un libro que es y no es.

La demasiada realidad no es un libro de historia. 

El proceso de escritura difiere del de una obra histórica: no he acudido a los manuscritos originales, no he agotado las fuentes documentales, hay escasas referencias a datos concretos. No hay un orden que establezca una continuidad narrativa. Un libro de historia nunca diría “los indios”, como si algo parecido existiera, un libro de historia dejaría claro qué indios, dónde los indios, cuándo los indios.

La demasiada realidad se parece a un libro de historia.

Se presenta, se hace presente, un pasado colectivo, a partir de algunos testimonios escritos de quienes lo vivieron. Se atiende a aspectos políticos, religiosos, económicos, culturales, etnográficos, demográficos, antropológicos sucedidos hace cinco siglos. 

La demasiada realidad no es una novela.

No hay ficción. No hay hilo narrativo que señale un principio y un final. Cuesta hablar de personajes, de trama. Hay un narrador, sí, pero parece que está hablando, no escribiendo. Una novela no se hubiera conformado con dedicar unas líneas a Lope de Aguirre, cuya vida ya ha dado para varias obras magníficas; o hubiera entrado hasta el hipotálamo de los franciscanos para tratar de entenderlos; en una novela se vería venir quién iba a morir de hambre en el siguiente tramo del viaje por la selva.

La demasiada realidad se parece a una novela: suceden cosas y muchas cosas están relacionadas entre sí; suceden en un tiempo y en un espacio; las cosas le suceden a la gente, a los protagonistas, a los antagonistas. Se relatan cambios de fortuna de magnitudes inimaginables por Aristóteles y Horacio. 

La demasiada realidad no es un ensayo.

Incumple la primera regla autoimpuesta por Montaigne: partir del propio yo. No es subjetivo, ni provisional, no es novedad.

La demasiada realidad se parece a un ensayo: evita la búsqueda de una verdad más o menos científica; prefiere la aproximación, el descubrimiento, la elipsis, llegado el caso. Es fragmentario.

La demasiada realidad no es una enciclopedia.

No pretende agotar el tema, condición imprescindible en las enciclopedias: faltan voces que podrían estar ocupando el lugar que ocupan las publicadas: cientos, quizás miles. La escritura no responde a los criterios de redacción de una voz enciclopédica, que pretende la comprensión universal y directa. En una enciclopedia la entrada «bula» hubiera ocupado varias páginas y todas ellas hubieran sido reveladoras. En una enciclopedia no hubiera faltado un solo nombre.

La demasiada realidad se parece a una enciclopedia: está ordenada alfabéticamente: presenta una realidad de un modo fragmentario; finge una totalidad; permite la contigüidad de conceptos que habitualmente aparecerían por separado, alejados entre sí, que en otra forma de escritura se repelerían y cuya coincidencia sobre la página crea una tensión especial y es una eficaz manera de desvelar las relaciones escondidas de la existencia humana; valga el ejemplo de las voces consecutivas: «dios» y «divorcio»; «flecha», «Francis Drake» y «franciscano»; «mujer» y «mutilación»; «orín» y «oro». 

La demasiada realidad no era necesaria. 

La bibliografía de y sobre la Conquista es, ya lo he dicho, inabarcable para un ser humano, incluso para un grupo de seres humanos, lo que permite intuir que hay poco o nada nuevo que decir sobre el tema. 

La demasiada realidad me era necesaria, y aunque razón de ser, método de trabajo y escritura fueran muy distintas, reconozco que la Nueva Enciclopedia de Alberto Savinio siempre estuvo presente como obra ejemplar. 

La demasiada realidad son voces.

Voces de los conquistadores de América, y me permito llamar conquistadores a todos los que participaron en la conquista: voces leídas por mí, que no escuchadas, en libros editados en el s.xx, voces donde se reescriben historias, crónicas, relaciones, sermones, memoriales, bulas, codicilos, testamentos, cartas, diarios, diálogos, coloquios, capitulaciones, escritos entre 1492 y 1592 por españoles, todos varones, que participaron en la conquista de América. Hay una excepción temporal: Fray Pedro Simón escribió después de 1592. Y dos excepciones espaciales: Francisco López de Gómara y Pedro Mártir de Anglería que escribieron acerca de la Conquista sin haber viajado allí.

Los primeros autores son clérigos, soldados, médicos, reyes, funcionarios, navegantes. Ellos estuvieron allí.

Los segundos autores, los que actualizaron la lengua de los siglos XV y XVI para facilitar la lectura en las ediciones del s.xx son historiadores, profesores, editores.

Yo actúo como tercer autor, he leído a los primeros autores en la edición de los segundos, y he creado mi propia reescritura de lo leído, utilizando una forma que se aleja de autorías particulares y que resalta la polifonía: son voces. Una forma que ahora trato de describir por activa y por pasiva, y que solo acabará definiéndose en cada lectura. 

Una escritura, en fin, que calla, que calla casi todo, porque es ese enorme silencio el único lugar donde cabe la demasiada realidad. 

*El libro que nos ocupa salió de imprenta a mediados de octubre de 2024. Esta esto está redactado a finales del mismo mes, recogiendo notas desperdigadas durante años. El libro es el quinto volumen de Biblioteca La CALA y puede adquirirse a través de este enlace: https://lacala.es/tienda/demasiada/