¿Qué guarda la abuela en el cajón de la cómoda?

Primeras notas sobre el patrimonio cultural privado en el mundo rural

Grassa Toro

Acabamos de desmontar SIN RED. Modos de comunicación en la transición política española. La exposición recogía piezas que guardan algunas vecinas y vecinos de Chodes en sus casas. Ahora toca ordenar y devolvérselas.

A la Pili (me van a permitir que anteponga el artículo) le devolveremos las fotografías del encierro sindical en 1976, en una parroquia de un barrio obrero de Zaragoza; aparece en todas, rodeada por sus compañeros de la empresa textil y embarazada de su hija. Cuarenta y tres años después las nietas de la Pili, que son de Teruel, han visitado la exposición.

A la María Jesús le devolveremos la colección de la revista de historia contemporánea Ayer, cuya lectura tanto nos sirvió para conceptualizar algunos contenidos de la exposición. María Jesús es abuela y guarda en su casa una biblioteca especializada en historia que cuenta con cientos de volúmenes que arrancan en el S.XVII.

Al Fernando le devolveremos el ejemplar de la Constitución Española de 1978 firmado por Santiago Carrillo. Fernando tiene nietos en España y en Holanda.

Al Jesús le devolveremos los discos de Serrat, el libro sobre la primera época de ETA, y la colección de los primeros números de Interviu. Jesús tiene nietas y nietos en España y en Perú.

Al Alfredo le devolveremos los primeros números de Ajoblanco, Ozono, Bicicleta, Ecologista; una fotografía que hizo a sus compañeros de encierro en la siderúrgica en la que trabajaba en 1977, y el carné de la CNT en el que se le identificaba por un número y no por su nombre para no ponérselo demasiado fácil a la policía. Alfredo es abuelo y desde antes de que lo fuera todo el mundo le llamaba abuelo.

Estas son algunas de las cosas que guardan nuestras vecinas y vecinos, que son gente del pueblo y que, salvo María Jesús, no han desempañado profesión o actividad que tuviera relación con la cultura o el arte. No hacemos el inventario de lo que aportó La CALA a la exposición porque sus fondos son mucho más públicos y conocidos, basta navegar por esta web.

Los discursos del poder político, institucional, académico, mediático quieren que los habitantes de la España rural seamos los guardianes de un patrimonio cultural privado que solo existe en el imaginario de quienes detentan ese poder, y nos animan a preservar herramientas antiguas que ya nadie fabrica, colchas tejidas por la tatarabuela, cántaros de barro que recuerdan nuestro pasado musulmán, y las primeras cajas metálicas en las que llegaban productos hasta las desaparecidas tiendas de ultramarinos. Desde esa fantasía a caballo entre el rastro, la tienda de antigüedades y el museo etnográfico nos invitan a guardar, rescatar, recuperar lo que ellos han decidido que nos es propio, específico, casi natural, en su torpe manera de entender el mundo, objetos de un pasado de escaparate, pura decoración.

Este vecindario de Chodes guarda todo esto, no tema el poder pérdidas irreparables, pero también guarda documentos de la transición política española (los que hoy empezaremos a devolver); artesanías de cualquier rincón del mundo; máquinas con las que se podría reconstruir una historia de la fotografía y el cine; obras de arte; miles de libros que abarcan desde la literatura universal hasta la descripción científica de plantas medicinales; instrumentos de música con y sin enchufe; otros miles de fotografías y diapositivas analógicas. Podría seguir.

Sí, guardamos todo esto y el poder no lo sabe y, lo que puede sorprender, parece que no tiene ganas de saberlo. Quizás porque en su confusión haya concluido que hay dos clases de patrimonio cultural privado, el de la ciudad y el del campo, y a nosotros nos ha encomendado preservar el botijo y la plancha de hierro.

En Chodes dormimos todas las noches del año alrededor de sesenta personas (el padrón duplica esa cifra). Nosotros hoy devolveremos lo que nos prestaron para la exposición cuatro casas, que suman seis habitantes. Mis vecinas y vecinos, estas abuelas y abuelos guardan todo este patrimonio porque es parte de su vida y porque en los pueblos todavía hay cultura de guardar, y espacios físicos donde poder hacerlo.

No creo que Chodes sea una excepción. Los pueblos de este país tienen que estar llenos de un patrimonio cultural privado que el poder desconoce, sino es que desprecia.

En cualquier caso, estas líneas no van dirigidas a los inventores de un mundo rural que no existe, sino a todas y todos los que estamos viviendo fuera de la ciudad de otra manera, y utilizo esta expresión tan indeterminada para que en “otra manera” quepan todas las posibilidades. Trato de reconocerme en ellas y en ellos, mientras espero que quienes toman decisiones importantes sobre nuestras vidas den un primer paso real para conocernos.